ARGENTINA Y LA ESTRATEGIA DEL CARACOL

Fue el 13 de octubre del años pasado.
El Presidente de la Asamblea General de la Naciones Unidas, Peter Thomson, anunció que, “después de extensas consultas con los Estados miembros”, el portugués António Guterres sería ungido, por aclamación, Secretario General de la ONU.
Lo había recomendado el Consejo de Seguridad, luego de un largo y difícil proceso de selección entre 13 candidatos. Entre ellos, la canciller Susana Malcorra, a quien el gobierno argentino había postulado cinco meses antes.
El Presidente portugués, Marcelo Rebelo de Souza, celebró en Lisboa la designación de Guterres, destacando que favorecería “la posición estratégica de Portugal”. El Primer Ministro, António Costa, proclamó el “enorme orgullo” que sentía el país por tal designación. Y el Ministro de Relaciones Exteriores, Augusto Santos Silva, hizo ostentación de los esfuerzos que el gobierno portugués había hecho en favor de la candidatura de Guterres, “movilizando toda la red diplomática de Portugal en los cuatro rincones del mundo”.
La ONU está formada por 193 países. Los trece candidatos que compitieron por la Secretaría General, o sus respectivos gobiernos, buscaron apoyos en los cinco continentes.
La importancia del cargo no puede subestimarse. El Secretario General tiene bajo su responsabilidad nada menos que el control operativo de las misiones de la ONU en países en conflicto (actualmente 16) con fuerzas que suman 100.000 militares y 20.000 civiles. El año pasado murieron en misiones de paz 1.782 “cascos azules”.
El Secretario General puede, además, actuar como mediador entre partes en conflicto. Dag Hammarskjöld promovió en 1956, durante la guerra de Suez, un armisticio que por fin suscribieron Israel, Egipto, Líbano, Siria y Jordania. En 1999 Javier Perez de Cuellar logró de Irán e Irak un alto el fuego que le valió el Premio Nobel de la Paz.
El valor político de la Secretaría General de la ONU es tal que, en el Consejo de Seguridad, las grandes potencias han bloqueado más de una designación. El austríaco Kurt Waldhiem buscaba, con el apoyo de su país, un tercer mandato; pero China lo vetó. Lo mismo hizo Estados Unidos con el egipcio Boutros-Ghali, cuya reelección era impulsada por Egipto.
La Unión Soviética quiso eliminar el cargo de Secretario General y reemplazarlo por un triunvirato, a fin de evitar la concentración del poder de la ONU en una sola persona e, indirectamente, en su país. La iniciativa no prosperó, pero los cuestionamientos al poder de la Secretaría General subsisten.
La candidatura de la canciller Malcorra fue una fuerte apuesta. La visibilidad, respetabilidad y responsabilidad global del país lo hubiesen ubicado en el centro de la escena mundial. Con humor, pero mostrando la importancia del cargo en disputa, un diplomático me dijo en París: “Si ustedes tienen al mismo tiempo el Vaticano y las Naciones Unidas, tendremos que luchar contra el imperialismo argentino”.
La canciller llegó hasta la instancia final, en la que fue elegido Guterres. Ahora, un fiscal federal ha abierto una investigación porque, sostiene, la canciller usó, “en provecho propio”, fondos del Estado. Se refiere al costo que tuvieron algunos de los viajes oficiales durante los cuales se procuraron apoyos a la candidatura argentina. Eso merecería, según el fiscal, la “reclusión o prisión de dos a diez años e inhabilitación absoluta perpetua”.
No hay forma de que semejante imputación prospere. Sin embargo, el hecho es muestra la dificultad que muchos tienen para despersonalizar el análisis de temas relativos al interés nacional.
Si alguien hubiese creído que la canciller no reunía las condiciones para ser la candidata argentina, habría todo el derecho de decirlo y hasta de pugnar para que el gobierno no le prestara su aval.
Nada de eso pasó. Y no sólo porque era muy difícil desconocer los méritos de la candidata. También porque, como el fiscal ahora, muchos pensaron que la candidatura no era un objetivo nacional, sobre el cual la sociedad debía opinar, sino un mero proyecto personal.
No se comprendía ni se comprende, en algunos círculos, lo que siente el gobierno portugués: lo que estaba en disputa era un cargo que hace a “la posición estratégica” y el “orgullo” de un país.
Los razonamientos domésticos, los preconceptos políticos y la falta de perspectiva internacional, son cargas que debemos aligerar.
Las relaciones exteriores son parte necesaria del desarrollo interno, que en gran medida depende de las alianzas en los organismos multilaterales, la intensidad que se de a una u otra relación bilateral, la exposición del potencial económico argentino y la búsqueda de oportunidades de asociación o inversión.
Pero no sólo eso. En el escenario internacional, la Argentina puede ser una contribuyente de peso a la promoción de la paz, la expansión de la democracia, la reducción de las desigualdades, la lucha contra las discriminaciones, la defensa de los derechos humanos y el combate a la corrupción, el narcotraáfico y el terrorismo..
Puede … si tiene poder para influir. La fuerte apuesta a la Secretaría General estaba justificada.
La estrategia del caracol condena a la lentitud y el aislamiento.

Rodolfo Terragno.

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