AQUELLOS SUEÑOS QUE NOS DIERON UNA NACIÓN

Y cruzó los Andes, hace ahora doscientos años. Y llevó la libertad y la igualdad a Chile y al Perú. Y golpeando en lo más poderoso y duro del poder colonial garantizó la construcción argentina. José de San Martín al frente y un sólido equipo político y militar con él. Manuel Belgrano sosteniendo la frontera Norte con el concurso de los salteños de Güemes, su prédica vanguardista del concepto de patria y un incoercible sacrificio físico, hasta el final. Y el Director Supremo coronel mayor Juan Martín de Pueyrredón gobernando al naciente país con brazo de estadista, acaso el primero de nuestra historia.
San Martín, Belgrano y Pueyrredón compartían un sueño. Lo discutieron juntos, cada uno tomó su lugar con una confianza total en los compromisos acordados, sosteniendo recíprocamente los trabajos sin desánimo en las derrotas. Acaso debemos aprender a mirarlos así, como un triángulo virtuoso y hacedor. Y el más golpeado, el más ansioso por sus responsabilidades era Pueyrredón, el hombre que luchó protagónicamente al lado de Liniers contra los ingleses, se jugó en el rescate del tesoro de Potosí en 1811 y aceptó en 1816 el cargo de Director Supremo sobre un país derrotado en todos los frentes y baldado por el nacimiento de la anarquía.
Se habían puesto de acuerdo en que la única estrategia ganadora podía ser la del frente occidental, cruzar los Andes, unir a los recursos argentinos la potencia de los chilenos y derrotar al colonialismo en la cabeza de Lima. El custodio de esa estrategia sería Pueyrredón: debía movilizar hasta la injusticia los recursos de hombres y dinero, realizar un gobierno nacional con autoridad cabal, sostener con lo posible el “aguante” de Belgrano en el Norte y soportar la afrenta de la ocupación portuguesa de la provincia oriental, levantando oleadas de insultos de los partidarios de Artigas. Pero Pueyrredón conocía la estrategia, que acaso concurrió a diseñar, si se recuerda que en 1811, siendo general en Jefe del Ejército del Norte, le escribe al Primer Triunvirato en situación parecida: “Tómense en hora buena los portugueses la Banda Oriental. Aseguremos nosotros nuestro estado, que peligra, y yo respondo que la vomitarán entre su sangre , cuando sin otras atenciones, podamos emplearnos en su restauración”. ¡Todo al frente occidental!
El Pueyrredón que eso aconsejaba en 1811 era ahora quien debía satisfacer sin pausa las enormes erogaciones de la Campaña de los Andes y los preparativos para la ofensiva al Perú. Y estos trabajos de 1816-19, el tiempo de su mandato, insumirían una cantidad indeterminada de dinero que San Martín reclamaba a veces con la renuncia en la mano. Por lo menos, un millón de pesos aportados por la pequeña Argentina: para soñar la independencia.
¿Qué pensamientos le traería a Pueyrredón esa furia económica? Conviene recordar que en ese año terrible de 1811 el más grande de todos nuestros ejércitos fue derrotado y desbandado en el desastre de Huaqui, actual frontera entra Perú y Bolivia. Y que el coronel Pueyrredón, nombrado gobernador de Charcas, toma la decisión onírica de entrar en Potosí con su sola escolta, reunir el enorme tesoro allí acumulado por el bloqueo de la guerra y trasladarlo entre las tropas enemigas hasta Salta destinado al frágil gobierno patrio. Con una custodia de sólo cuarenta y cinco hombres organizó, dirigió y encaminó una recua de cuatrocientas mulas cargadas de plata y oro a lo largo de cientos de kilómetros de montaña durante veintinueve días. Era otro millón de pesos… ¡Para un país casi inexistente!
Sueño fue aquel de Potosí y sueño el cruce de Los Andes hace dos siglos. Pero era el sueño y el pacto de San Martín, Belgrano y Pueyrredón y eso es lo que los mantuvo empeñados en construir el futuro de nuestra existencia y acaso también en perdonar los malos tratos y los malos dichos que soportaron en el final de la vida. Pero inolvidable es lo que con ese sueño común hicieron, infatigablemente.
Ahora recordamos esos doscientos años y es imperativo retener la enseñanza de que la política tiene su fuente en proponer sueños movilizadores y verosímiles. Aquellos tres hicieron política toda su vida y esa política dio frutos acaso más grandes que los que habían soñado. Pero tenían el sueño común detrás de todas las políticas. Y estaban los trabajos de servicio: Belgrano se pasaba las noches traduciendo al español los reglamentos de la caballería napoleónica, San Martín recorría su campo con visitas imprevistas y Pueyrredón se empeñaba en poner en marcha la Universidad de Buenos Aires. Y nada era desestimable pues tributaba a una política.
Es legítimo enorgullecernos de ese pasado y de esos compatriotas, y celebrarlos.
Pero a nosotros nos obligan, ellos mismos, a pensar la política como un instrumento de los sueños. Para otro futuro.

Daniel Larriqueta

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