VENEZUELA EXPONE FISURAS REGIONALES

La crisis por la que atraviesa la República Bolivariana de Venezuela va delineando un horizonte de graves consecuencias internas que también puede extenderse allende sus propias fronteras afectando cualquier capacidad latinoamericana de unidad regional. Hasta el momento se han realizado esfuerzos por parte de actores internacionales y el último intento de tratar de abrir una esperanza en la salida pacífica del conflicto pareciera que ha colapsado dejando expuesta una fractura casi irreconciliable.
Las alternativas que parecen delinearse en el horizonte son tres: el diálogo entre venezolanos, la intervención internacional o la guerra civil. Los dos últimos caminos, al excluir por su naturaleza a alguno de los actores en la solución final, dejarían heridas que expondrían la incapacidad de la región de solucionar sus propios problemas. En todo caso, es bueno recordar la intervención internacional en Haití, que terminó con el secuestro internacional del presidente constitucional Jean Bertrand Aristide en el año 2004, paradójicamente, al cumplirse el bicentenario de su independencia.
La mesa de diálogo auspiciada por UNASUR y por la Santa Sede a pedido de los propios venezolanos, luego de dos reuniones comenzó a demostrar la flaqueza de la voluntad de las partes contendientes, mientras todo un país está de rehén de ambiciones particulares. Cuatro ex presidentes incluyendo al Secretario General de UNASUR, Ernesto Samper, y el enviado especial del Vaticano, Mons. Claudio María Celli han acompañado a las partes infructuosamente. Tanto el gobierno y el Partido Socialista Unificado de Venezuela (PSUV) como la Mesa de Unidad Democrática (MUD) se han enredado en cabildeos calculadamente inconducentes.
La coyuntura caracterizada por un embrollo descomunal domina la escena y la opinión pública, orientada por actores inmersos en la protervia, pareciera que ha bajado los brazos en la aspiración de una resolución pacífica del conflicto. Lejos de despertar esperanzas, el diálogo es visto como un ejercicio vano. Los principios básicos de toda negociación: buena fe, planteos sinceros y deseos honestos, que en ningún caso suponen ingenuidad en los negociadores, están ausentes.
El fracaso del proceso, en palabras de Ernesto Samper se debe a tres razones: la oposición esta partida en tres lideres que no concuerdan por cuidar sus propias ventajas electorales, por el gobierno que desconoce a la Asamblea Nacional y por esta que no reconoce al gobierno de Maduro. Para ambas partes, la mesa de diálogo solamente fue un campo de juegos tácticos. Para el oficialismo, un instrumento para aliviar las presiones frente a un referéndum revocatorio que acechaba; para la oposición, la necesidad de medir las fuerzas y la voluntad de cada espacio en términos de cálculo electoral.
La sociedad venezolana en gran medida desiste y denigra al diálogo, absurdamente, en nombre de la democracia. Quienes tienen en sus manos la solución institucional del problema político son los exponentes extremos de ambos bandos: por un lado, el vicepresidente Tareck El Aissami, de ganado desprestigio, aún en su propio PSUV, por su carácter confrontativo y refractario al diálogo; por el otro, el presidente de la Asamblea Nacional, el socialdemócrata Julio Borges, de Primero Justicia, poseedor de un sistema de alianzas que le suma demérito para ejercer su liderazgo.
Monseñor Claudio María Celli, invitó a recapacitar señalando que en el marco de la situación global de “guerra de a pedazos”, Venezuela corre el riesgo de verse involucrada por la cantidad de intereses y conflictos que podrían alcanzarla directa o incidentalmente. Al mismo tiempo, la frustración de quienes acompañaron el diálogo no provoca los deseos de la diplomacia regional de involucrarse amigablemente ya que la insensatez irreconciliable de sus actores es refractaria a cualquier gesto constructivo de encuentros pacíficos.
Por su parte, continuando la política de Barack Obama sobre Venezuela, Donad Trump está muy activo en el caso.
Una curiosa investigación de la CNN sobre pasaportes venezolanos traficados desde la embajada en Bagdad, que según la denuncia terminaron en manos de organizaciones terroristas y de narcotráfico, dio a luz coetáneamente con la visita a Washington, de delegaciones opositoras venezolanas. Lilian Tintori, la simbólica y activa esposa del preso político Leopoldo López también visitó al Senado, la Cámara de Representantes y al propio Donald Trump. Un pedido de parlamentarios estadounidenses a su presidente para que ratifique el decreto condenatorio de Obama del 2015, cosa que ocurrió, y la acusación de narcotraficante del vicepresidente Tarek El Aissami, son algunos de los elementos que integran el cuadro de una actividad concurrente por parte de los Estados Unidos.
La aplicación de los extremos de la Carta Democrática a Venezuela por la OEA no sería tarea sencilla pero una declaración condenatoria por violación de derechos humanos o de la propia Carta Democrática daría pié a Washington para aplicar sanciones unilaterales de mucha mayor dureza y comenzar una estrategia de aislamiento continental. La ejecutividad de Trump no permite descartar medidas en los próximos meses y una de las cartas más efectivas y letales de que goza Washington serían sanciones a PDVSA ejecutadas a través de las empresas estadounidenses que operan con la petrolera venezolana.
Trump ha discutido sobre el tema con los presidentes de Panamá, de Colombia, de Perú y de Argentina; a los ojos de Washington, hay una derecha sudamericana que puede ser más receptiva a sus maniobras de aislamiento. Mientras Pedro Pablo Kuczinski ha expresado que se siente latinoamericano, Macri ha declarado que en Venezuela no existe la democracia pero que no sabe como se sale de esa situación.
Es un renunciamiento que latinoamérica no encuentre la forma de acompañar en bloque, activa y eficazmente un proceso de diálogo entre las partes, corriendo el riesgo de dejar a la región expuesta a soluciones extra regionales; sería desalentador que algunos gobiernos sean de oídos sensibles a soluciones de dudosa perspectiva.

Mario José Pino

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