EL ALZA DE LAS TASAS EN EE.UU. GOLPEA A TODOS

CIUDAD JUÁREZ, México — Francisca Hervis Reyes y su familia perseveraron en la frontera, trabajando en fábricas a más de 2 mil kilómetros de su pueblo natal. Allí se quedaron aún cuando una guerra mortal entre los cárteles de la droga convirtió a esta ciudad en una de las más peligrosas del planeta.
Sin embargo, podrían no resistir las predilecciones cambiantes de la Reserva Federal, el banco central de EE.UU..
Reyes recibe su salario en pesos mexicanos, una moneda que viene perdiendo valor al tiempo que la Fed deja entrever planes para subir las tasas de interés este año. En el terreno árido justo al sur de la frontera estadounidense, los precios de la comida y otras necesidades siguen al dólar, cuyo valor viene en alza. Es como si la Fed hubiera recortado el sueldo de Reyes.
Al igual que millones de personas desde el sureste asiático hasta África y América Latina, Reyes y su familia cargan con las consecuencias de un cambio importante que se desarrolla en la economía mundial.
Al tiempo que la Fed subía las tasas de interés el 15 de marzo, le añadió ímpetu a un flujo constante de dinero que está abandonando los mercados emergentes para fluir hacia las costas de Estados Unidos. Con más incrementos esperados este año, los países en desarrollo se están preparando para impactos adicionales: la retirada de más inversiones, la caída de más monedas y el debilitamiento de más economías.
Por mandato, la Fed le responde al pueblo de Estados Unidos.
En tiempos de austeridad cuando los negocios están renuentes a contratar, la Fed hace que el dinero esté más fácilmente disponible al reducir ligeramente las tasas de interés. En épocas de vacas gordas, cuando crece la preocupación por los precios elevados, enfría las cosas al subir las tasas y restringir el crédito.
Sin embargo, en realidad, la Fed es el banco central del mundo.
El dólar es el dinero más ampliamente utilizado como depositario de ahorros y como moneda para el comercio. Cuando la Fed baja las tasas, vuelve al dólar menos atractivo, alentando a los inversionistas a buscar recompensas en otro lado. Cuando la Fed eleva las tasas, los inversionistas cambian de tácticas, sacando capital y liquidando otras monedas.
Por toda China, cientos de millones de personas que invirtieron sus ahorros en los bienes raíces son vulnerables.
En Malasia, los negocios luchan con costos más altos de artículos con precios en dólares al desplomarse la moneda local. En México, las familias son golpeadas por una moneda volátil que ya iba a la baja a raíz de las amenazas del presidente Donald J. Trump de gravar bienes que cruzaran la frontera.
“Cada vez que baja el peso, nos alcanza para menos”, dijo Reyes una noche reciente. “Estamos pensando en regresar a Veracruz. La gente está dejando las fábricas y regresando a sus pueblos”.
A medida que se desarrollaba la crisis económica de 2008, el banco central tomó medidas extraordinarias para hacer que el crédito siga fluyendo. El resultado fue una oleada de inversión a los mercados emergentes.
Más de 259 mil millones de dólares entraron a países en desarrollo al año siguiente, de acuerdo con el Instituto de Finanzas Internacionales, una asociación de la industria.
En 2013, la Fed sorprendió a los mercados con planes de desacelerar sus esfuerzos de estímulo. Los inversores entonces salieron en tropel de los países emergentes, provocando el desplome de las monedas en Brasil, India, Indonesia, Sudáfrica y Turquía.
La mayoría de los economistas supone que los incrementos a las tasas esperados este año se desarrollarán de manera mucho menos dramática. La Fed dejó entrever sus planes, dando tiempo a los inversionistas para prepararse. Muchos países emergentes acumulan mayores reservas de dólares, para contrarrestar parcialmente una caída en sus monedas.
No obstante, algunos países ya muestran señales de presión.
En el mundo de las inversiones, el peso funciona como un representante de todos los países en desarrollo —algo contra lo qué apostar cuando los sentimientos se tornan negativos. “Es algo así como la primera parada para cualquiera que crea que va a suceder algo malo en los mercados emergentes”, apuntó Mark Weisbrot, director del Centro de Investigación Económica y de Políticas en Washington. “México es vulnerable”.
Durante mucho tiempo, los líderes chinos albergaron temores sobre un éxodo incontrolable de dinero. Un desplome de la moneda incrementaría los precios para los consumidores chinos, generando enojo público. Podría reventar las burbujas inmobiliarias que se desarrollaron en muchas ciudades chinas.
Allen Zhang, un electricista que trabaja en una mina de carbón en las montañas del centro de China, vive en una casa modesta en las afueras de Jincheng.
Zhang buscó complementar su salario mensual de 290 dólares a través de la nueva demanda que hay por la vivienda. Echó mano de sus ahorros y de sus habilidades como hombre de mil habilidades para añadir seis cuartos a su hogar familiar, y decidió alquilarle el nuevo espacio a trabajadores de fábrica.
Un comprador le acaba de ofrecer 350 mil dólares por la casa, una suma que equivale a lo que Zhang percibiría en las minas en el curso de un siglo. Zhang la rechazó. “Quiero más”, afirmó.
Hace un año, las luces brillaban intensamente para Vivy Yusof, una emprendedora malaya. Yusof es parte de un grupo de líderes empresariales con ojo para la tecnología que surgieron al tiempo que Malasia trata de evolucionar más allá de su dependencia tradicional en la venta de materias básicas como aceite de palma y petróleo.
El crecimiento viene decayendo, una realidad que se escenifica por todo el sudeste asiático al tiempo que la región se adapta a la desaceleración de China. China no está comprando materias básicas como solía hacerlo.
Yusof vende hijabs, y su clientela está compuesta por musulmanas cosmopolitas. Algunas de sus prendas están hechas en China. Cuando sube el dólar, se reducen sus márgenes de ganancias. Y aunque registra buenas ventas online, la actividad en sus tres locales en centros comerciales ha empezado a bajar.
En México, Reyes, de 47 años, no tiene manera de reducir sus propios gastos más allá de poner menos comida sobre la mesa. Ella hace autopartes que van dentro de las transmisiones, percibiendo 162 pesos diarios, o unos 8.40 dólares. Su esposo gana 149 pesos al día, unos 7.75 dólares, haciendo fusibles para tableros eléctricos. Pero al tiempo que el peso cede alrededor de una cuarta parte de su valor en el curso de los últimos cinco años, el nivel de vida de la pareja se deteriora.
Reyes solía enviar dinero a su familia en Veracruz, donde una de sus hermanas está ciega. Ya no puede.
Al interior de la vivienda de block que comparte con su esposo, sus tres hijas y sus tres nietos, el techo está manchado por las goteras. Las paredes se están desmoronando.
Mientras los miembros de la familia se preparaban para compartir una sola cama, colocando sus cuerpos de lado para maximizar el espacio, no tenían calefacción para mitigar la fría noche.
“Usamos cobijas y el amor que tenemos”, expresó Reyes.

POR Peter S. Goodman, Keith Brasher y Neil Gough
THE NEW YORK TIMES, MARZO, 2017

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