LA REPRESIÓN EN EL INTA Y LAS GALLINAS DE SIGFRIDO KRAFT

Sigfrido Kraft desarrolló una línea genética de gallinas aptas para zonas marginales. La investigación fue un éxito y amenazó las ganancias de grandes empresas. La represión no tardó en dejarse caer.

El Instituto Nacional de Tecnología Agraria fue uno de los organismos estatales más golpeados por la dictadura: diez científicos asesinados, diez científicos desaparecidos y más de 800 trabajadores cesanteados de un total de cinco mil. Y entre toda esta historia terrible hay una que sorprende: la Sigfrido Kraft y sus gallinas “subversivas”.
En 1959 Sigfrido Kraft, ingeniero agrónomo, hijo de campesinos y criador de aves, recibió una beca del INTA para estudiar en EE.UU. lo que nadie quería hacer: nutrición aviar. “No tenía muchas opciones, necesitaba comer y acepté”, dijo Kraft en una entrevista hecha por la historiadora de la ciencia Cecilia Gárgano en el año 2013.
A pesar del plan que sujetaba la creación del INTA a la promoción de la Revolución verde de un incipiente agronegocio, hasta antes de la dictadura de 1976 los textos científico-sociológicos que circulaban en INTA tenían un sujeto de estudio e intervención: el productor rural, el chacarero, el latifundista.
Luego de terminar sus estudios, Kraft comenzó a buscar la forma de mejorar el estilo de vida de las comunidades rurales del chaco semiárido, con la mayoría hacheros y campesinos con raíces originarias.
Así, en un enfoque que hoy denominaríamos como ecológico, Kraft estuvo vinculado a investigar y experimentar sobre alimentación en gallinas ponedoras en INTA Pergamino.
Buscando reemplazar la alimentación tradicional, el grupo comenzó a experimentar con nuevos alimentos hasta entonces no utilizados con esos fines. A la novedosa experimentación en alimentación (que buscaba reemplazar el balanceado comercial por elementos disponibles en ambientes geográficos locales), el equipo sumó también investigaciones dirigidas a obtener una alta resistencia a las enfermedades más habituales, y así lograr aves reproductoras que se adaptaran a ambientes habitados por población de bajos recursos y graves problemas nutricionales.
Su plan era seleccionar para generar una variedad de gallinas que pudiera sobrevivir y posteriormente producir comiendo solo los alimentos que difícilmente algún otro ser vivo pudiera utilizar sin la necesidad de insumos veterinarios costosos.
El trabajo de genética nutricional comenzó en 1959. El objetivo era utilizar (despertar) genes dormidos “latentes” para generar una raza adaptada a las condiciones extremas de alimentación con granos no tradicionales. Las gallinas fueron alimentadas con semillas de algodón y sorgo antipájaro. La semilla de algodón posee un 50 % de proteína pero, al mismo tiempo y en altas cantidades, posee un principio tóxico denominado gosipol, un polifenol con efectos directos de infertilidad, fatiga, anemia y pérdida de peso. El sorgo posee una gran cantidad de taninos, lo que le confiere una baja palatabilidad y un efecto antinutricional directo, al unirse a proteínas impidiendo su correcta digestión.
El consumo de estos alimentos inicialmente promovía un 80 % de dificultad en el crecimiento y un 20 % de desarrollo normal en las aves. Luego de seis años la ecuación se había invertido logrando, no solo una mayor supervivencia, sino también un adecuado crecimiento y postura utilizando unos alimentos ampliamente disponibles en la zona y muy económicos.
“Sos un mal ejemplo, porque si vos lo haces otros lo van a hacer también”, le dijeron a Kraft los importadores. “Es una cuestión de independencia. Cualquiera que esté en posesión de algo sensible como es la producción de alimentos, cualquiera que desarrolle eso, tiene en sus manos un arma. Siempre y cuando la sepa usar bien, usándola a favor del desarrollo”, manifestó Kraft.
No sólo se buscaban ejemplares que pudiesen tolerar la alimentación, también buscaban mejorar la resistencia a la coccidiosis, una grave enfermedad parasitaria de las aves. “Nosotros teníamos un lema: la que se enfermó, se jodió. Cuando varias se enferman y una sobrevive…”, Kraft seleccionaba ese individuo y su genética de resistencia.
Con esto llegó a constituir una línea genética que amenazaba los negocios de las grandes compañías, los fabricantes de alimentos balanceados y farmacéuticos. A Sigfrido Kraft lo dejaron cesante, como a otros 800 trabajadores de INTA.
Habían pasado sólo dos días desde el 24 de marzo de 1976 cuando la Armada intervino el predio. Kraft fue a hablar con las autoridades militares en Buenos Aires. Les dijo que hicieran con él lo que quisieran, pero pidió que no tocaran a las gallinas. No lo escucharon y mandaron un pelotón que entró al galpón donde había miles de gallinas. Mataron a la mayoría de los 1200 animales seleccionados. De esta forma bloqueaban la posibilidad de que los pobladores contaran con una fuente alimentaria segura y accesible, lo que hubiese constituido un paso hacia la soberanía alimentaria.
Las gallinas adaptadas, obtenidas luego de muchos años de búsqueda de ejemplares exóticos, de cruzamiento, selección, desafíos y reproducción de cientos de generaciones, fueron destinadas a ser comida para los pergaminenses.
El caso de las gallinas “fusiladas” de INTA Pergamino y el trabajo de investigación de Cecilia Gárgano, nos muestra que los objetivos de la deliberada destrucción de todo este conocimiento acumulado, fue someter a toda la sociedad a la dependencia colonial de las transnacionales cartelizadas que lenta, pero inexorablemente, fueron apropiándose de todos los engranajes de la producción de conocimiento, de la producción de bienes y servicios, orientándolos hacia la explotación de la fuerza laboral, la acumulación de capital y la toma permanente de ganancias. Una casta empresarial viviendo una vida de lujos y excesos.
“Un país bien organizado, si se quiere mantener independiente y no ser el furgón de cola de otros, tiene que organizarse de alguna manera. Esa organización supone que sus investigadores hagan algo. Pobre el destino de los países que no sepan aprovechar a sus investigadores”, nos dice Kraft.
La organización independiente de la sociedad también implica investigar, pero con el objetivo de mejorar los medios de vida de la vasta mayoría de la sociedad, por sobre los intereses mezquinos de quienes ven al sistema social como un mero mecanismo para su enriquecimiento. La socialización colaborativa del trabajo mancomunado de los trabajadores entre sí, permitirá minimizar el tiempo dedicado al trabajo y avanzar al pleno disfrute de la vida plena, como lo soñaron nuestros 30.000 desaparecidos.

Sebastián García.

Marzo (La Izquierda Diario)

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