LA BATALLA DE SIRIA

De conformidad con la recomendación de Sherlock Holmes, corresponde en primer término excluir lo imposible para desentrañar la verdad (o, en este caso, una parte de ella). La conmoción que habría provocado la muerte de infantes como consecuencia del uso de gas sarín en el hombre que quiso prohibir el ingreso de todo refugiado sirio a su territorio, pese a los padecimientos de público y global conocimiento, carece de credibilidad y no merece mayor análisis. Sobra decir que a diferencia de su británica madre patria, Estados Unidos siempre se opuso a las intervenciones militares fundadas en cuestiones humanitarias. El cambio radical entre la retórica anti cambio de régimen, expresada por el secretario de estado Tillerson y la embajadora Nikki Haley hace muy pocos días, y el lanzamiento de misiles contra Assad responde con seguridad a otros motivos.

El bombardeo decidido por Trump no implica una disrupción de la política de su predecesor. Se verifica una intensificación del intervencionismo estadounidense en el conflicto sirio. Obama apostó a los ataques aéreos, suministros de materiales, entrenamiento y asesoramiento de fuerzas autóctonas; Trump adicionó regimientos de marines y rangers y sigue, por ahora, con el bombardeo (que Obama no concretó, entre otras razones, por no conseguir apoyo de su Congreso). Se detecta un patrón que acusa una escalada militar de las administraciones norteamericanas en Siria. Las acciones del actual ocupante del Salón Oval pueden ser tildadas de apresuradas pero no incoherentes con el desenvolvimiento precedente, ahora definitivamente bipartidario.

¿Por qué Assad lanzó este ataque? Este interrogante parte de una premisa en la que Assad es responsable de la agresión, cosa que tanto él como los rusos desmienten (hay que decir que un solitario congresista republicano descarta que el dictador sirio haya sido autor de cosa tan contraproducente). Stephen Bryen sostiene que lo hizo para boicotear un acuerdo entre Washington y Moscú, destinado a “cantonizar” Siria y reducir el control alawita a los territorios en los que son dominantes. El pronunciamiento del vocero de Putin, acerca de un apoyo limitado, para nada incondicional, a favor de Assad, conjuntamente con las denuncias periodísticas e investigaciones relativas a las relaciones entre gobiernos y burocracias de Estados Unidos y Rusia pueden ser interpretados por los sirios como la confirmación de una colusión en su contra. El uso de gas sarín, según Bryen, desafía más a los rusos que a los norteamericanos, y sirve para manifestar la oposición a cualquier tipo de apoyo a las pretensiones autonómicas de los kurdos por parte de Putin.

Lo cierto es que Rusia mantiene desplegados tropas y sistemas defensivos aéreos idóneos para infligir bajas significativas a las fuerzas de Trump, y estáf tomando medidas para fortalecer su efectividad. No en vano el general retirado John Allen, responsable de la ofensiva contra el Estado Islámico en Irak y Siria durante los años de Obama (a quien criticó en duros términos por su pasividad ante Assad), conmina a reflexionar seriamente sobre la posibilidad de provocar muertes rusas. Allen sabe que lidiar con ellos requiere distraer recursos que actualmente priorizan la lucha contra el Estado Islámico; habilita nuevos frentes que exigen una nueva estrategia (si acaso existe alguna actualmente); y desalienta la participación de aliados actuales y potenciales, por las retaliaciones de que pueden ser objeto. Allen duda que exista la “irritación moral suficiente” como para encarar empresa de semejante envergadura.

La escalada norteamericana en Siria convive allí, y en otras zonas de Medio Oriente, con intervenciones, solidaridades y apartamientos volátiles, desestabilizantes, provocadores de vacíos que procuran ser llenados por oportunistas de diversa naturaleza. Gran Bretaña, Israel, Arabia Saudita y Turquía informaron su apoyo al bombardeo en Siria, pero los dos últimos evalúan con preocupación las denuncias de acciones coordinadas entre Estados Unidos y milicias afines a Irán para combatir a Al Qaeda en Yemen, y el progreso de las fuerzas iraquíes chiitas en la recuperación de Mosul, que parece contar con el visto bueno de Washington. Arabia Saudita anhela la caída de Assad para lastimar cualquier proyecto hegemónico de Irán, que cuenta, el último, con la participación del Hezbolá como soporte de su iniciativa en Siria. Turquía desde un primer momento operó para el derrocamiento de Assad, pero la potencia rusa y el temor al separatismo kurdo (aliados de los norteamericanos en el norte sirio) disuadieron a Ankara de este objetivo, y lo resignaron a una extraña relación diplomática con Moscú y el Irán chiita con el que antagoniza y compite.

Las ambiciones de los kurdos son resistidas por el propio Assad, en defensa de la integridad territorial del país que -al menos formalmente- aún gobierna. Moscú defiende a Assad, en tanto garantía de su proyección al Mediterráneo. Los intereses de los actores mencionados se superponen con los de otros sujetos, como las milicias y los señores de la guerra empleados por Assad para mantener con vida a su régimen, bandas que aprovechan el conflicto civil para privatizar servicios esenciales que un estado demolido no puede ya ofrecer, o simplemente dedicarse al saqueo y la rapiña. Agentes del ejército y de la fuerza aérea sirios serían competidores y/o cómplices de ellos.

Richard Haass estima que la inacción de Obama frente al uso de armas químicas por parte de Assad, fue el “momento definitivo de su presidencia” en relación a las políticas de Cercano Oriente, y a la credibilidad de su gobierno entre los actores e intereses que contienden en esta región. No es el mejor momento para Donald Trump: investigaciones sobre sus relaciones con la Rusia de Putin golpean rutinariamente a miembros de su gabinete; no logró obtener apoyo del Congreso para reemplazar el Obamacare; y denuncias por conflictos de intereses afectan a sus empresas y las de su familia. ¿Busca Trump construir credibilidad doméstica mediante intervenciones militares en el exterior? Con seguridad, los legalistas de Washington le buscarán la vuelta al artículo 51 de la Carta de las Naciones Unidas, y a los antecedentes de Ronald Reagan en Libia y de Bill Clinton en Afganistán y Sudán, para justificar una agresión misilística sin mandato del Consejo de Seguridad de la ONU.
En buena parte de Cercano Oriente impera un caos que reclama como nunca un ordenador policial que asegure equilibrios compatibles con el flujo de petróleo demandado por los principales consumidores globales. Es posible que esto no resulte de vital importancia para Estados Unidos que compra del Golfo Pérsico el 16% del petróleo que importa, pero los barriles que adquieren Japón, China, India, Corea del Sur, entre muchos otros estados, sí dependen de las respuestas que la Quinta Flota y el Ejército norteamericano prodiguen a las inestabilidades generadas por los decisores públicos civiles a los que están subordinados.

Por Fredes Luis Castro

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