ASISTENCIA vs TRABAJO

La Argentina es un inenarrable contraste y una angustiante contradicción. En relación con sus recursos y su escasa población, es el país más rico del mundo, pero sufre una pobreza – mucho más estructural que circunstancial- del treinta por ciento. Este claroscuro tiene sus causas. No se puede echar culpas a los otros. Es nuestra responsabilidad. Es la mala política y la pésima gestión.
¿Qué hace próspero y grande a un país? La capacidad emprendedora de su pueblo, la cual conlleva buena formación educativa,-cultural y mucho trabajo. Éste es el generador por antonomasia de la riqueza y, además de dignificar a quienes laboran, legitima el derecho de propiedad.
¿Qué empobrece y achica a una nación? La caída de la cultura del trabajo, el aguardar que otro – el crecientemente todopoderoso Estado, pero ascendentemente inútil – nos done soluciones mientras nosotros ingresamos, más o menos lentamente, en el área de la contemplación y pasividad, cuando no en el de la vida espiritualmente vegetativa. Nos vamos indignificando como personas para devenir en entes corpóreos vacíos de misión y de ambición. Esto que acaece en cada vez más individuos finalmente recala en todo el país. Así, a la postre, a la que le falta misión y ambición es a la Argentina entera. Irrumpe el vacío en una Nación, algo insufrible que deja exhausta al alma colectiva.
Sin dudas, la mala política es la responsable de la decadencia argentina. Para encuadrar este análisis sin remontarnos a antecedentes añejos, desde 1983 con la restauración de la democracia, la cultura del trabajo fue siendo permeada hasta reducirla a un tercio del país. En los primeros años surgió el Plan Alimentario Nacional para asistir a 500 mil compatriotas que no podían acceder a la canasta básica. La asistencia fue aumentando a la par que mermaba la cultura del trabajo y también las oportunidades para prestarlo. En la Provincia de Buenos Aires, en los noventa, apareció el Plan ‘Trabajar’ que incrementó el número de asistidos a casi 2 millones. Con la crisis de 2001, el crecimiento de la asistencia fue exponencial, llegando a casi 8 millones de seres en 2015. En 2016 subieron a 9 millones. Parece imparable.
Lo más grave de este cuadro – además de la crudeza de tanta gente con necesidad- es que ni por asomo se ha podido organizar un sistema de control que contenga el estricto cumplimiento de una contraprestación laboral. Salvo San Luis, en todo el país gozar de un plan es prácticamente cobrar sin trabajar. Algunos malévolos hablan sin rubor de ‘planes descansar’. Obviamente, este contexto fogoneó el desplome de la cultura del trabajo y muchos otros efectos malignos.
Un país con el 60% de sus miembros económicamente activos descansando – o siendo nulos productores de bienes o servicios – no puede progresar. Así de literal. Consecuentemente, es un país que genera una pobreza dura – estructural – muy alta que torna inviable la convivencia social. Esa pobreza con altísima dosis de marginalidad deseduca, lo cual se comprueba con el bajísimo rendimiento en cualquier evaluación – sin aptitud para la aritmética básica, para la comprensión de un elemental texto – y desocializa, corroborable por las características del delito común que padecemos, cada vez más cruel y numeroso.
La ausencia de cultural laboral genera un circulo vicioso: cuando se demandan trabajadores con alguna calificación el pedido queda semidesierto porque hay pocos con secundario completo o con formación de oficios o tecnicaturas. El sistema de no trabajar es el método que trae el antiprogreso, precisamente la antítesis de lo que proclaman los dirigentes que más propugnan el asistencialismo.
Si son cada vez más quienes no producen y se eleva la cantidad de erogaciones estatales para atender a los asistidos, ¿de dónde salen los fondos? Se originan en los impuestos que pagan el 40% que trabaja – en sus diversas modalidades -, en la emisión monetaria o en el endeudamiento externo. Más presión impositiva es imposible porque definitivamente haría inviable a la economía productiva y tornaría a nuestro trabajo no transable en el mercado externo. Emisión sin respaldo es uno de los factores de la inflación y ésta es una bomba de tiempo que ya vimos cómo nos explota en las manos. Financiar el gasto público corriente con deuda externa también conocemos cómo estalla.
El déficit público está camino al desborde. Para contenerlo hay que contraer deuda que genera tres efectos perniciosos: la hipoteca que significa, la abundancia de dólares que el Banco Central debe comprar emitiendo pesos; y la emisión de Lebacs para captarlos con cada vez más alto interés que hace colapsar la economía de producción. Otra vez el escenario de una inflación contenida no por la mayor cantidad de bienes, sino por las medidas monetarias que suelen ser pan para hoy y hambre para mañana. En esto el populismo es la contracara, pero con absolutamente iguales resultados.
Es encomiable la lucha antiinflacionaria, pero hay que buscar el equilibrio macroeconómico por el parámetro de más trabajo y más producción. No hay sortilegios, sino convicciones y métodos y, por sobre todo, una fuerte apuesta a la cultura del trabajo, gran ordenadora social.
¿Qué se propone? Relanzar los programas asistenciales para cumplir a rajatabla con estas condiciones esenciales: todo asistido tendrá dos obligaciones innegociables, capacitarse y simultáneamente trabajar en lo que se le asigne, desde pintar escuelas hasta mantener el aseo del espacio público. Hay que depurar la intermediación de cooperativas, municipios, organizaciones sociales y demás. Se deberá organizar un sistema de control, clave para que la asistencia vaya cediendo paso al trabajo y la pobreza a la prosperidad. Y que la ayuda social se acote a una minoría lamentablemente necesitada que la solidaridad nacional jamás dejará a la buena de Dios.

Por Alberto Emilio ASSEFF

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