DIPLOMÁTICOS DE CARRERA VERSUS EMBAJADORES POLÍTICOS

La ley 20.957 permite que el Poder Ejecutivo nombre excepcionalmente a personas que no pertenezcan al servicio exterior; los de carrera cuentan con 30 años de experiencia

La renuncia de Martín Lousteau como embajador argentino en los Estados Unidos producida la semana pasada vuelve a poner en primer plano una vieja rivalidad en el mundo diplomático: los embajadores de carrera versus los representantes que vienen de la política, pero que no tienen formación en el hilado fino de las relaciones exteriores.
«Nos sorprendió el portazo de Lousteau, tengo entendido que se estaba generando un encuentro entre los presidentes Macri y Trump. El timing fue muy malo», dice un diplomático de carrera, con varios destinos en su haber. «Quienes formamos parte del servicio exterior tenemos una carrera que cuidar, pero quienes vienen de la política, a veces tienen otros intereses», agrega.
Sin contar a Lousteau, en este momento hay 12 embajadores políticos, sobre un total de 25 que permite un decreto del ex presidente Carlos Menem. «Como asociación profesional, sostenemos que es mejor que los diplomáticos sean de carrera, ya que tienen una carrera de 30 años antes de llegar a ser embajadores», sostiene, desde la Asociación Profesional del Cuerpo Permanente del Servicio exterior de la Nacion Eduardo Mallea, sobrino del reconocido escritor homónimo.

Para trabajar en el ámbito de la diplomacia, se debe concursar para entrar al Instituto del Servicio Exterior de la Nación (ISEN), que funciona desde 1963. «Lo central en la carrera diplomática es la vocación de servicio», dice el consejero Juan Ignacio Roccatagliata, desde el ISEN. «Se trata de servir a la nación, a la sociedad argentina», agrega, haciendo hincapié en una cuestión vocacional en este sentido.
Después de una carrera meticulosa y ascendente, donde hay que seguir un paso a paso, quienes la eligen aspiran al máximo puesto, el de embajador, que llega, como dijo Mallea, en general después de unos 25 o 30 años de servicio. Previamente, los aspirantes pueden elegir por lo menos un destino en cada uno los 5 continentes, que les puede ser adjudicado, o no.
Pero no es fácil entrar al ISEN. Cada año lo logran sólo entre 8 y 55 personas, pero se postulan muchos más. El cupo se determina de acuerdo a las necesidades de la Cancillería y para 2018 hay 25 vacantes disponibles, que pueden presentarse del 17 de abril al 13 de mayo. Los exámenes son del 28 de agosto al 5 de septiembre y se necesita un promedio no inferior a 7.50 para entrar.
Como requisito, se debe ser argentino nativo o por opción, y tener un título universitario de validez nacional en los grados de licenciatura, profesorado, maestría o doctorado con planes de estudio no inferiores a los 4 años y entre 21 y 35 años. Además hay que presentar certificados del idioma ingles, de tipo Cambridge, Ielts o Toefl.
Los exámenes de ingreso abarcan temas como derecho constitucional e internacional público, historia política y económica argentina, historia de las relaciones políticas y económicas internacionales, economía y comercio internacional, teoría política y conocimientos sobre la realidad nacional e internacional. También, los aspirantes pasan por una evaluación psicológica y un «coloquio público final de aptitud diplomática», explican en ISEN. Allí se evalúa la capacidad de respuesta bajo presión, la afabilidad, un modo de actuar ético, entre otras cuestiones.
Luego de aprobar el Concurso de Ingreso, los seleccionados ingresan al Instituto y son becados para estudiar durante dos años, cursando un plan de estudios que demanda una dedicación de tiempo completo. Finalmente los egresados se incorporan al Cuerpo Permanente Activo del Servicio Exterior de la Nación en la categoría más baja, es decir, Secretarios de Embajada y Cónsules de Tercera Clase.
Desde allí, comienza una laboriosa carrera, que implica ascender a secretario de embajada y cónsul de segunda y primera clase, consejero de embajada y cónsul general, ministro plenipotenciario de segunda clase y ministro plenipotenciario de primera clase, o embajador.
Esta carrera se ve coartada por la designación política de representantes que se «saltean» todos los pasos, aunque está avalada por el artículo 5 de la ley 20.957, que dice que «el Poder Ejecutivo podrá designar excepcionalmente embajadores extraordinarios y plenipotenciarios a personas que, no perteneciendo al Servicio Exterior de la Nación, posean condiciones relevantes» y el mandato se termina junto al del presidente que los nombró. Por eso, desde el servicio exterior dicen que «no hay registro de una renuncia en un plazo tan corto».
«Sabemos que hubo, hay y habrá embajadores políticos, lo tenemos asumido», dice una diplomática. Pero es cierto, agrega, que hay algunas aptitudes difíciles de obtener sin un entrenamiento, sobre todo cuando hay contrapartes complejas.
La misma ley dice que los funcionarios deben conducirse en forma honorable; mantener una conducta económica ordenada e inobjetable y tener, el funcionario y su cónyuge, condiciones psicofísicas y de cultura social adecuadas», entre otros requisitos.
Por otro lado, los profesionales consultados, están de acuerdo en que la relación con la familia es sensible para un diplomático. «Las cosas cambiaron mucho», dice Roccatagliata». Si antes se nombraba a un embajador y su mujer hacía de «ama de casa», organizando los eventos sociales de la embajada y asegurándose de que todo estuviera impecable, hoy las perspectivas son otras. «Casi todas las parejas quieren trabajar. Para ello hay convenios laborales con diferentes países». Además, hay tanto parejas heterosexuales, como homosexuales.
En cuanto a los hijos, es posible que elijan quedarse en la Argentina si son mayores de edad, algo razonable si se tiene en cuenta que los embajadores suelen nombrarse a partir de los 50 años aproximadamente. Quienes son menores y viajan, en general vuelven en algún momento de su escolaridad para tener en la Argentina un grupo de pertenecía. En cuanto a los sueldos, «no son lo que la gente cree», dice el diplomático. Solo el embajador tiene residencia, el resto debe alquilarse un lugar (reciben un subsidio si el país tiene alojamiento muy costoso y el alquiler asciende a más del 25% del sueldo) y solventar el colegio de sus hijos si no puede mandarlos a uno público por cuestiones de idioma mayormente. Es sacrificado, y ellos lo saben.

Paula Urien
LA NACION
ABRIL DE 2017
5

1 Comment on "DIPLOMÁTICOS DE CARRERA VERSUS EMBAJADORES POLÍTICOS"

  1. estimada paula con todo respeto el ultimo embajador en los ee.uu. no es un ejemplo de político que cubre un puesto en el servicio exterior. podemos poner otros ejemplos Tucu Paz, como símbolo, alieto guadagni, Eduardo amadeo, diego guelar etc. La importancia de un embajador político es la comunicación directa con el presidente de la republica yla carencia de obediencia y de temor por su carrera administrativa. hay sin duda infinidad de embajadores de carrera que con su prestigio ej. Ortiz de rozas y otros unieron a su capacidad diplomática, su formación cultural y su prestigio lo hacia, en cuanto a la comunicación con el presidente de la republica, como el mejor embajador político. un abrazo felix juan borgonovo

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