EN SIRIA SE PONE A PRUEBA LA INSEGURIDAD DEL MUNDO

Las bombas con agentes químicos lanzados el pasado 4 de abril, presumiblemente por las fuerzas de Damasco en Khan Sheikhoun y la respuesta del 7 del mismo mes a las bases aéreas de Shayrat por parte de misiles de la marina estadounidense provocan una situación de alcances globales con lo que varios esfuerzos de control o alivio de situaciones de conflicto quedan comprometidos. Como refleja el comunicado del Gobierno israelí de apoyo a la decisión de Donald Trump, el ataque norteamericano es un mensaje que debe ser escuchado por otros actores, incluidos Pyongyang y aún más allá. Así, la incertidumbre abre camino a la inseguridad.
En el primero de estos incidentes la cifra de muertos superó las 80 personas y se declara que siete u ocho fallecieron por los misiles estadounidenses Tomahawk en el segundo. Entre 2011 y 2016 se han registrado 168 ataques con agentes químicos que han dejado un saldo de alrededor de 1.500 víctimas. De ellos, mil se produjeron en el ataque a Goutha, en las afueras de Damasco, en agosto de 2013.
El número de víctimas derivado del uso de bombas con agentes venenosos como el Sarín, el VX u otros, es escaso si se compara con las más de cuatrocientas mil víctimas fatales y los cinco millones de desplazados y refugiados. El último 17 de marzo un ataque de la aviación norteamericana en Mosul ocasionó la muerte de más de doscientos civiles. Daños colaterales, se dice.
El bombardeo químico de Bashar al Assad en Goutha, el 21 de agosto de 2013, provocó una reacción internacional de envergadura, comandada por los Estados Unidos, que estuvo a punto de invadir Siria y derrocar a Al Assad. La prevención de Barack Obama de someter el tema a la aprobación del Congreso y la enérgica ofensiva moral, la acción diplomática conducidas por el papa Francisco y ejecutada por la diplomacia vaticana evitaron esas acciones. A partir de ese momento Vladimir Putin adquirió una nueva dimensión en el juego regional y global.
Por esos días el empresario Donald Trump se esmeraba en señalar al presidente Obama la inconveniencia de atacar a Siria, pero no hay que ir tan lejos, hasta finales de marzo de 2017, cuando Washington sostenía que la presidencia de Al Assad era cuestión que incumbía al pueblo sirio y que los Estados Unidos estaban enfocados en la derrota del Estado Islámico.
No se entiende, entonces, la conveniencia de Al Assad de perder legitimidad, cuando el mundo se había olvidado de demandar su salida del poder. Se ha esgrimido la hipótesis de que se estaría probando con estas acciones la reacción de los distintos actores, principalmente los Estados Unidos. Se basa esta idea en el hecho de que días antes, el 30 de marzo, hubo otro ataque con armas químicas, por parte de la aviación siria, en Latanme, al norte de Alepo, que no produjo víctimas fatales pero tampoco reacción.
A su vez, los esfuerzos por entender la conducta internacional contradictoria de la nueva administración estadounidense resultan infructuosos. Estados Unidos aparece apoyando tanto a amigos como a enemigos; sostiene a aliados de Irán pero debe limitarla; queda en el medio entre kurdos y Turquía. En Alepo da apoyo aéreo a los chiítas conducidos por Irán contra las sunitas. Sostuvo hasta hace poco que su objetivo era derrotar al Estado Islámico y que la presidencia de Al Assad era una cuestión del pueblo sirio para considerar ahora que este no puede permanecer en el poder. Según el propio Trump, ver imágenes de niños inocentes muertos por el bombardeo de Khan Sheikhoun provocó una alteración de su espíritu que lo llevó a adoptar un cambio de posición; curiosa reflexión política.
Presiones internas y opiniones externas, como la de Turquía y Gran Bretaña, ponen en la mesa de alternativas, políticas o militares, la intervención para el derrocamiento del presidente de Siria, pero aún están frescas las derrotas de Libia e Irak que solamente agravaron la inestabilidad de la región y cerraron la posibilidad de contar con interlocutores válidos.
En el marco del juego global, lo que primero ha cedido es el multilateralismo, lo que no es una buena noticia para el mundo. La embajadora de Washington ante la ONU, Nikki Haley, ha sido contundente: cuando las Naciones Unidas fracasan en su deber de actuar colectivamente, hay momentos en la vida de las naciones en que están obligadas a actuar por sí mismas. El mismo Trump declaró que había recibido un mundo que era un desorden y que lo iba a ordenar.
Todo indica que los Estados Unidos han retomado la doctrina de los ataques preventivos enunciados por George Bush (h) en septiembre del 2002. Como aquel, ante la falta de apoyo de la comunidad internacional en sus pretensiones, particularmente en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, la ha emprendido por sí sólo. En tal doctrina, lo que parece difícil de verificarse es que el acontecimiento del 4 de abril constituya una amenaza a la seguridad nacional de los Estados Unidos. Aun así y por el momento, la reacción ha sido limitada a una base militar, de la que supuestamente partieron los aviones que arrojaron las bombas químicas.
Siria ha puesto nuevamente cara a cara a los Estados Unidos y Rusia. Son elocuentes la suspensión por Moscú del memorándum suscrito con Washington tendiente a evitar colisiones entre fuerzas de ambas potencias y la cancelación de la visita programada, en el medio de las necesidades del Brexit, por el canciller británico a Moscú, en razón de la nueva situación en Siria. Como en otras crisis, buques estadounidenses y rusos cargados de armamento se acercan al epicentro. Son indicios claros de las connotaciones del conflicto.
El secretario de Estado Rex Tillerson viajará en estos días a Moscú para encontrar bilateralmente algunos puntos de acuerdo que se le niegan a la comunidad internacional en su conjunto y, mientras sucede este remedo de la Guerra Fría, China, que desarrolla el segundo presupuesto militar y tiene firmado un acuerdo de cooperación y asistencia médica con Irán para el ejército islámico, toma nota.

Mario José Pino
Infobae- abril de 2017

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