BAJEN Y EMPUJEN

La campaña electoral, ¡¡otra vez!!, consiste en agrandar la grieta. Todos coinciden que, para el oficialismo, el “mejor negocio electoral” será agrandar la grieta.
Agrandar la grieta es agrandar a Cristina, hacer lobby judicial para que las causas que la aproximan se mantengan a fuego lento y no concluyan: ni culpable ni inocente. Permanente estado de sospecha.
Agrandar la grieta también es ningunear a toda expresión de la oposición política capaz de generar más futuro que reivindicaciones del pasado y hacer lo posible para dividir el movimiento obrero generando negociaciones sectoriales para impedir que la CGT unificada represente al colectivo del trabajo.
Agrandar la grieta es dividir para quedarse con “el poder”. Y hacerlo aunque esa estrategia pequeña, marketinera, impida lo único que le da sentido a la política que es “poder hacer las cosas”. Una estrategia electoral exitosa y un abandono irresponsable de la estrategia de desarrollo.
Los que rodean al Presidente, esculpidos en la cultura de los negocios y el marketing, se solazan con “un éxito” – en este caso el electoral – mientras postergan los mandatos de la moral política o la ética del buen gobierno.
Esos mandatos consisten, como el mismo Mauricio Macri postuló en campaña, primero, en “unir a los argentinos”, forjar un espacio común.
Un núcleo duro de consenso, para urgir las soluciones de problemas sistémicos que, como dijo Macri en su campaña, eran lograr “pobreza cero” y “erradicar el narcotráfico”.
La realidad es que pobreza y narcotráfico crecen y combatir ambas requiere un programa más largo y profundo que el impacto de una campaña.
No existe ese programa sin la confluencia de fuerzas sociales y políticas en un diseño de largo plazo y transformación estructural. Nada que se hace sin tiempo logra durar. El tiempo exige unión y consenso.
La grieta, el fomento de la misma, es lo que impide, vela, traba, la procura del consenso y de la unidad, del tiempo, del programa y las transformaciones.
Pero las preguntas del marketing de J. Duran Barba, Marcos Peña y los “estrategas” son otras.
Por ejemplo ¿quién – dejando de lado a los fanáticos obnubilados o los emocionales de estados transitoriamente mejores – podría dejar de huir despavorido si de la vereda de enfrente se anunciaran como única oposición al presente a los representantes del cristinismo? ¿Quién podría aspirar a ser representado por los imberbes ajados de La Campora? ¿O a las huestes de Hebe Bonafini, por Oscar Parrilli, Aníbal Fernández? ¿Quién podría tolerar la reivindicación de la lucha armada, el asesinato de José I. Rucci?¿Quién podría apostar al futuro de ese pasado en todas sus dimensiones?
La respuestas aseguran que, en el país, el 70 por ciento de los argentinos iría en dirección contraria a las boletas que contengan esos candidatos o ese espíritu.
La grieta es una estrategia electoral que le brindaría al oficialismo, en tanto que enemigo principal de ese retorno, la posibilidad de votos favorables a pesar de la inmensa cantidad de decepcionados de la gestión.
Al gobierno le va mal. Estamos mal. Y no vamos bien. A pesar de la reiterada monserga de “estamos haciendo para el futuro”. No es verdad. “El futuro no es lo que va a venir, sino lo que nosotros vamos a hacer”. (Henri Bergson, filosofo).
Atención. Lo más grave acerca de nuestro futuro es la continuidad del modelo de dependencia planteado en la relación de nuestro país con la economía China. La continuidad de lo peor del cristinismo. Ayer importamos trenes, ¡durmientes!, desde China. Fue la espantosa destrucción de una posibilidad productiva transformadora al solo efecto de posicionarse para una elección. Ya sabemos lo que le pasó al candidato que no fue.
Ahora, ante el drama habitacional, vamos a ¡importar!, casas chinas PRO.
Dos industrias potencialmente transformadoras, construcción industrial o ferroviaria, las rifamos para pagar con soja cuyo precio, en definitiva, lo instala la misma economía que nos vende y financia valor agregado importado.
Ese fue el modelo del Imperio Británico para con estas tierras. Agro local versus industria e infraestructura importada.
Ese mismo modelo, pero ojala fuera el mismo, lo votó, al aprobar el acuerdo estratégico con China, el parlamento del FPV. Y ahora, con entusiasmo, lo extiende y prorroga el PRO.
Un verdadero espanto en que navega el espíritu progresista de Franco Macri.
La manera más sencilla de dar trabajo a lo largo de todo el país, trenes y vivienda, en lugar de ser producido, es importado – con Cristina y con Mauricio – para ganar elecciones.
Ignorancia y poca moral política. De eso se trata.
Ignorancia porque una cuestión es la demanda y otra la oferta. La oferta se forma con el valor agregado local (que es incluyente social y territorialmente) y con importaciones que, en definitiva, se transforman en endeudamiento externo o en una pulsión primarizante. Que es lo que estamos viviendo.
Los K – en todo su gobierno – y los M, en estos años, van por el mismo camino.
La ignorancia económica consiste en no percibir que “el modelo de la economía para la deuda” es esencialmente excluyente social y territorialmente. Arroja a la pobreza y de manera indirecta afecta a la lucha contra el narcotráfico.
Poca moral, porque ese modelo no apunta al Bien Común sino al mero servicio electoral. Lamentable. Ese es el futuro que estamos haciendo por falta de visión.
¿Y mientras tanto?
Un ejemplo. Nos quedamos sin nafta, aventuró un pasajero. Se paró el colectivo en la montaña y antes del repechaje posterior a la bajada. El ruido del motor no se sentía.
La respuesta del conductor fue “nos quedamos sin motor”.
La posición del vehículo era inestable. El pasaje era numeroso. Ponerlo en marcha era imprescindible.
La única manera de moverlo era bajarse y todos a una empujar en la misma dirección con voluntad.
Si alcanzaban la cima, después, todo sería más fácil. Con habilidad y aprovechando el envión de la bajada saldrían de lo más difícil y en condiciones de esperar repuestos y el arreglo del motor propio.
Todos tenían claro que había que empujar en la misma dirección.
El escenario inimaginable es que el pasaje dividido hiciera fuerza en contrario. Para atrás, barranca abajo y con el colectivo mirando en dirección contraria, el desbarranque estaba garantizado.
Para adelante, si bien era cuesta arriba, después tendrían la dirección y camino a favor. No debería haber discusión. Todos abajo y a empujar en la misma dirección.
La economía argentina se quedó sin motor. Hace rato. El precio de la soja dejó de crecer y las materias primas en general derraparon. Brasil se paralizó. Decir que la inversión está quieta es una redundancia. No hay nada genuino que nos empuje. Fue fácil crecer a impulso de la demanda externa derivada de un escenario excepcional como la expansión china y su presión sobre los términos del intercambio.
Fue fácil la existencia en un mundo fantasioso como la “chimérica” en la que los Yankees consumían a lo pavote, los chinos producían sin freno y ahorraban para financiar los desequilibrios americanos.
También nosotros contribuíamos modestamente incrementando nuestras reservas mientras disfrutábamos de una década de viento de cola que terminó siendo una década “soplada” por que el viento la empujó, pero la política irresponsable dilapidó lo que debería haber sido la palanca de transformación.
Y eso no ocurrió con CFK sino con el propio Néstor desde el primer momento en que nos encontramos con la abundancia inesperada de recursos, con términos del intercambio favorables y con las ventajas internas de un súper tipo de cambio heredado más una deuda en default, que significa dejar de pagar. Todo a favor.
El escenario dramático de pobreza y desempleo implicaba ausencia de presión de demanda doméstica sobre los precios mientras el súper tipo de cambio ayudaba a poner en marcha motores apagados desde hacía años.
Eso no está más. Ahora el motor no está. Y la solución, como en el caso del colectivo, no es técnica. En todo caso no es primero técnica. La solución es política. Todos a una. Abajo. Bajarse del pony dicen los chicos. Y a empujar. A pedir para que empujen y no prepotear con méritos aún no demostrados.
La oposición política, con la excepción de algunos pocos hombres y mujeres de distintas fuerzas que manifiestan visión de hombres de Estado, no se destaca por disponer de “una visión” que llene de sentido el vacío de la política.
No funciona el discurso de reivindicación del pasado porque es ahí donde está la causa de no tener motor propio. Lo peor es imitar al pasado con otra etiqueta.
Para la oposición dura que reivindica el pasado hay que aclarar que no funciona la paja en el ojo ajeno cuando la viga en el propio es monumental.
Habrá ahora pícaros, atorrantes, pecadores. Sí. Pero cómo explicar las fortunas de los amigos. La magia de los hoteles que se reproducen como hongos. Los bolsos. No todos participaron. Obvio. Pero carece de sentido defender o no condenar lo que estuvo mal. Aunque haya cosas que se hayan hecho bien. Y aunque haya cosas que los otros hayan o estén haciendo mal.
Pero mucho menos dispone de una “visión” el oficialismo que, después de la multitudinaria manifestación del 1A, de reacciones disciplinarias que disolvieron el exceso de acción directa y el desprestigio de los dirigentes de los gremios docentes, ha optado por el discurso “somos los mejores”, “los más”, “los únicos”. Verdaderos desubicados de otra “revolución imaginaria”.
El ministro Guillermo Dietrich y el Jefe de Gobierno Horacio Rodríguez Larreta están lanzados a repetir que “ha ocurrido” lo que esperan que ocurra. Me explico.
El primero afirma disponer del plan de obras públicas de infraestructura “más grande de la historia”. Pero en todo caso es un “plan”. Sería bueno esperar a que ocurra para poder comparar con lo que otros hicieron.
Es cierto que hace años que en el país se hace poco. Pero no es menos cierto que “mejor que prometer es realizar”.
Y la prudencia, que es una virtud a la que deben aspirar no sólo los políticos sino también los gerentes de empresas metidos a funcionarios, aconseja hacer el recuento de lo que hicimos después de haberlo hecho y no antes.
Habrá planes y obras en marcha. Pero hasta ahora no mueven el amperímetro.
Esto no quiere decir que Julio de Vido y la trouppe de funcionarios K, merezcan calles con su nombre. Aunque, como decía Jorge Luis Borges, es desagradable convertirse en una calle que nadie sabe porque se llama así.
Lo mismo cabe al intendente Larreta que nos comenta por radio que tenemos el plan de seguridad mas ambicioso de la historia ¿Y?.
Lo lógico es hacer ese plan y una vez con los resultados a la vista y pudiendo caminar a las 12 de la noche por Leandro Alem, tan seguros como lo hacíamos unas décadas atrás, comentarlo.
Recuperar infraestructura y seguridad es una tarea imprescindible. Pero nadie se debe comer el asado antes de que deje de sangrar en la parrilla. Lo crudo indigesta.
El oficialismo, habrá excepciones entre ellos, y la oposición, hay excepciones – la diferencia es mi ignorancia – no disponen de una “visión” que contemple el diseño del motor que arranque a la sociedad argentina del letargo y decadencia en la que estamos postrados mientras se viene la noche.
¡Y ni hablar de la vocación PRO china de resolver todo importando financiado! Sociedad de consumidores que no produce lo que consume y se endeuda para hacerlo ¿termina bien?
En términos de coyuntura la economía no arranca porque los motores externos no están u operan a baja presión o solamente figuran como expectativa. Y los motores internos no existen. O están fundidos. Y para aparentar que hay vida “importamos”.
En esa circunstancia el conductor, si conduce, debe instar al pasaje a bajarse (y el conductor bajarse del pony de las encuestas de J Duran Barba impresentable para Elisa Carrio), generosamente, arremangarse, confesar la impotencia – que no es pecado – y convocar al gran empuje nacional.
El gran empuje nacional pasa primero por la catarsis de la crisis de la que todos los sectores, por lo menos todos los mayores de 21 y todos los que no están bajo la línea de pobreza, somos culpables por omisión o comisión (algunos de la comisión tienen notables cuentas pendientes pero es otro tema).
A partir de allí abandonamos el pasado. Lo sepultamos por un tiempo y al menos hasta que alcancemos la cima. En ese momento no sería necesario seguir haciendo fuerza porque la inercia nos llevaría a tomar velocidad a destino con todos arriba.
¿Es posible? Sí. Es curioso que nadie recuerde el año 1971 en el país y se llenen la boca con La Moncloa que fue una copia. ¿Hasta en política importamos?
En plena dictadura la CGT dirigida por José Ignacio Rucci – en un país asolado por la guerrilla y bajo la presión de una dictadura – cuando las balas mataban dirigentes sindicales, lanzó un documento que proponía un camino para salir de la recesión, el desempleo y la inflación que reventaba los salarios.
El documento comenzaba con la frase “Hombres y mujeres sin trabajo”.
El texto desarrollaba una “visión” desde la mirada de “productores” de la clase trabajadora argentina. Una”visión” convocante para más PBI.
Ricardo Balbín supo capturar el sentido profundo del mensaje y convocó a “La Hora del Pueblo”. Todos los partidos políticos, menos la guerrilla (la Tendencia, Montoneros, grupos marxistas) y el liberalismo tradicional más los adherentes a la dictadura, lo firmaron.
La clase obrera y las fuerzas políticas instalaban un diálogo propositivo y dibujaban un programa para lograr la democracia con sentido.
Poco después en 1972 y repitiendo la misma frase “Hombres y mujeres sin trabajo” todos los partidos, la CGT, la Confederación General Empresaria, que agrupaba a los sectores pequeños y medianos de todo el empresariado nacional, industrial, rural, de servicios y sumaba más de 1 millones de asociados, firmaban las “Coincidencias Programáticas”.
Un documento, avalado por Juan Perón desde el exilio, con un diagnóstico compartido por todas esas fuerzas y además, lo más importante, una propuesta de 20 leyes que habrían de instalar un modelo de desarrollo inclusivo, social y territorialmente, de la Nación. Un giro en la raíz.
La fuerza de esa visión compartida obligó a la dictadura a la convocatoria electoral. El 90 por ciento del electorado apoyó a las fuerzas políticas que habían acordado una “visión” a la que Ricardo Balbín definió con “el que gana gobierna y el que pierde apoya”. Gobierna con ese programa común y apoya ese programa común.
A la semana de asumir el poder el nuevo gobierno se gestó el Acta de Compromiso para la política de ingresos en el marco de una deflación inédita.
La inflación pasó de 80 por ciento a mucho menos de la mitad en pocos meses. Roberto Aleman felicitó el acuerdo. Todos los empresarios de la UIA y hasta de ACIEL firmaron una extensión del mismo.
En diciembre de 1973 y antes de la crisis del petróleo, Juan Carlos De Pablo escribió una nota desde FIEL donde sostenía que “no había mercado negro”.
En 1974 – un año después – se había logrado el mayor nivel de reservas de la historia hasta ese momento, un desempleo de 3 por ciento y la pobreza de 4 por ciento. No era el mérito del que había ganado sino de lo que se había acordado. Todas las leyes de las Coincidencias se sancionaron por unanimidad.
Más allá de la discusión sobre el final, la cuestión principal es el principio.
Con los militares en el poder y la guerrilla asesinando a mansalva, se logró un acuerdo valioso, profundo, inteligente que ofreció soluciones inmediatas y procuró un futuro. Por ejemplo se expandió la frontera agropecuaria y se introdujo el cultivo de soja. Fueron programas concretos. Se puso en marcha Yacyretá, obra que el gobierno sabía que no inauguraría. Largo plazo, acuerdo, consenso.
Los que no firmaron los acuerdos usaron la fuerza sistemáticamente para terminarlo. La opinión pública lo apoyaba.
Primero los Montoneros motivaron el asesinato de Rucci, quien había lanzado la estrategia y después la dictadura terminó el trabajo. Hizo falta tanta violencia …
No hay que agrandar la grieta, aunque rinda electoralmente.
Para que el “colectivo” se mueva hay que procurar el motor del empuje nacional. Bajarse de la soberbia. Convocar. Y empujar.
Esa acción nos saca de la coyuntura entrampada en la deflación y nos permitirá dialogar sobre el futuro.
Pero por ahora, en política económica, estamos en el “día de la marmota”. Una pesadilla de tiras de computadora que reflejan las encuestas de un país al que se lo fuerza a mirar para atrás mientras, conscientes o no, construyen un futuro agotador. ¿No hay otra idea que comprar a crédito? Bajen. Inviten a empujar. Empujen.

Carlos Leyba

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