¿ROMA Y CARTAGO NUEVAMENTE EN GUERRA EN EL 2017?

En estos días los imperios mutaron sus nombres. Aquellos viejos nombres desaparecieron. Ahora se llaman Washington y Moscú. Las situaciones se repiten y la historia parece vivir un permanente retorno.

Hoy, en este 2017, en el centenario de las apariciones de Fátima que no fueron suficientemente obedecidas por los Papas, chocan nuevamente Roma contra Cartago con los nombres actualizados de Rusia y Estados Unidos.
Si aquellos imperios, que se hicieron la guerra entre los siglos III y II a.C., hubiesen colaborado entre sí, habrían construido en el Mediterráneo, un faro de civilización que hubiese permanecido hasta nuestros días y la humanidad habría dado grandes saltos pacíficos de progreso y armonía. Pero prefirieron matarse entre aquellos dos pueblos brillantes de la antigüedad. Como liberales antiguos, eligieron independizar la inteligencia de la realidad y esa fue su perdición. Una mezcla de terror y de vicios y de avaricia ciega por el poder, fue la que preparó aquella terrible debacle para la humanidad. ¿Cuál fue el resultado? Las invasiones germánicas y el azote de Atila sobre Roma. La caída del imperio de occidente. Luego, la aparición del Islam, que se cierne como un castigo y que llevó al norte de África a un retraso espiritual hasta el día de hoy. Creencia que se convirtió en una guerra permanente contra Europa. Y ese fue el cambio espiritual que arrasó con la herencia del mundo antiguo forjado en el Mediterráneo. Solo pocos cristianos árabes se resistieron hasta el martirio antes de perder la fe, que guardan hasta el día de hoy. Y tal vez por sus méritos espirituales, el islam pudo ser detenido en Poitiers, Granada, Lepanto y Viena.
Por el contrario, en la última península mediterránea, allá en Tartesos, los pueblos ibéricos, antiguas tribus de carpetos y vetones, recibieron a lo mejor de Roma, Grecia y Cartago. Fusionaron sus culturas con las del norte de Europa y las forjaron todas unidas, en el crisol de la cristiandad. Aquellos hombres bravos y tenaces, entendieron que la libertad llega siempre de la mano amorosa de Dios. El resultado fue, gracias a la reina Isabel la católica, cuando su voluntad caminó sobre el azul del mar hacia el poniente, lograr la unión de todo el orbe, que coronó con cuatro siglos de esplendor cristiano en todo un nuevo continente y en parte de Asia y África, también. Y logró el contrapeso que mantuvo a occidente en su condición de cristiano, evitando ser arrastrado como lo fue el imperio de oriente tras la caída de Constantinopla en 1452.
Poco antes de la gesta civilizadora de los reyes Católicos, en el siglo XV, la Guerra de las Rosas acabó con lo mejor del pueblo inglés y abonó el terreno espiritual para la desastrosa aparición del anglicanismo. Y con este, nació el espíritu de latrocinio y piratería que descompuso a occidente y mató el alma de Inglaterra, aquella flor artúrica y míticamente grialística del Medioevo.
Hoy, las dos grandes potencias tecnológicas, que podrían solucionar unidas los problemas mundiales y hacer del hemisferio norte el mayor faro de luz, repiten esa historia, sin querer aprender nada de ella. ¿Que vendrá del enfrentamiento entre ambas potencias nucleares? Otra herejía, como ha ocurrido siempre. Pero esta vez posiblemente sea la última, pues será la que instale al gobierno absoluto y encarnado del mal sobre la Tierra. Y que se entronizará como árbitro indiscutido ante las disputas humanas. Las almas están frías, refractarias a la meditación y ese es su mejor abono.
Los Estados Unidos de hoy parecen la Unión Soviética de ayer, ese monstruo que no aceptaba disenso alguno cambió de bandera, mientras que la Rusia de hoy, aparece tímidamente, misteriosamente encaminada y con tropiezos a su conversión tal como fue profetizada por la Virgen de Fátima. ¿Veremos este cambio de paradigma espiritual, como un renacer del catolicismo? La primera de estas dos potencias nació como un estado sin tradición y dividido por colores raciales. De un cisma del otro cisma anglicano. A diferencia de esta nación, tanto la corona española como el imperio ruso nacieron fusionados por la fe, uniendo a distintos pueblos que aportaron lo mejor de sí mismos, sus almas.
Problema parecido al norteamericano lo tenemos hoy con nuestras repúblicas liberales, que son el fraccionamiento del poderoso imperio español, estados nuevos en los que elegimos gobernarnos prescindiendo del santo temor a Dios, aquel respeto que recomendaba el Quijote al buen Sancho para gobernar la ínsula. Este imperio católico fue el gran Katehón contra el mal. Y de habernos mantenido unidos, sin provocar la ruptura de la tradición, podríamos haber llevado la Fe al oriente, donde nuestra moneda dominaba; Inglaterra habría sido menos poderosa, los E.E.U.U. serían una franja costera en el Atlántico y de esa manera Wall Street no habría podido financiar a la revolución de Lenin; se habrían evitado las dos guerras mundiales y el mundo estaría encaminado a la conversión espiritual. Tal vez tenga todavía, la hispanidad, un rol que cumplir en esta lucha por la civilización cristiana. La latencia hispánica, el poder de su tierra y de su ser, tal vez sean el subsuelo oculto de Dios a manifestarse, a sublevarse contra el mal. España y Rusia son naciones bisagras del continente europeo, ellas expandieron al cristianismo. Tuvieron frontera común, allá por Alaska. Puede ser que estén llamadas a la reconciliación en la fe y a portar la última llama.
Hoy se enfrentan una nación liberal y protestante, (y bastante protestonta por cierto, así es su endeble base religiosa), con una nación tradicional pero cismática; mala combinación para lograr la paz. Los terceros en juego son orientales y ateos, de ellos es muy difícil imaginar que resultados dará.
A comienzos del siglo XX, en plena «belle époque», Europa bailaba con la impulsiva dama de la sinrazón sin percibir que la pista de baile era el Titanic. Y así fue su desgracia, en 1914, se hundió en las trincheras de la Gran Guerra Europea en la que murió, como una seda sutil que se desgarra, lo mejor de la juventud europea. Y los pueblos y sus gobernantes no aprendieron y en 1919 firmaron el Tratado de Versalles. Con el alimentaron la fogata para una nueva y más terrible guerra. Y en su pertinacia en el error, sufrieron en 1920 la «gripe española» que produjo más muertos que la Primera Guerra Mundial. La libertad sin fe, fue su lema. Dios gritaba con mil señales, pero las advertencias de S.S. Pio X, solo encontraban eco en el último emperador de Austria y Hungría, el beato Carlos de Habsburgo; los demás hacían oídos sordos. Necios que veían morir a occidente ante sus pies y aun así, separaban arbitrariamente la conciencia y la inteligencia de la ley eterna. Solo se dirigían por impulsos erráticos separados de toda razón. La mala intención los dominaba como el misterio de iniquidad del que advertía San Pablo.
Así se repitió la historia, una y otra vez. Y así cayeron los últimos reinos cristianos entre los años 1918 y 1945. Pero los hombres no aprendieron y esta vez el castigo fue mucho peor, en lugar de ser cruento con los cuerpos, lo fue con las almas. Se produjo con la renuncia de Roma a seguir siendo Roma. Y la consecuencia fue que se perdió la fe constructora de la civilización, en apenas dos generaciones. Un castigo casi invisible que el hombre moderno sufre pero que no lo puede percibir. El katehón de la liturgia, el último obstáculo, corre grave riesgo de desaparecer. Una vez caído, temblará el mundo. A los viejos odres de cuero, ya le cuestan contener al vino consagrado.
Así se hace la historia, con los resultados esperables tras siglos de preparación humana.
En estos tiempos, nuestra tierra ha sido invadida nuevamente por valores inhumanos y sobre todo anti-femeninos. ¿Por qué la femineidad es atacada y mutada en feminismo? Porque es la mujer la que tiene en su carácter el timón de la reconquista de la civilización. En su capacidad de unir el presente con el pasado, en sujetar la voluntad a la autoridad natural y la ciencia con la razón en una línea de tradición de valores primordiales y trascendentes, que ella sabe, protegerá a quienes guarda en su corazón. Hay cientos de ejemplo en la historia.
Nuevamente como en aquel pesebre, nuestro socorro está en sus manos. Nuestra misión es devolverle el sentimiento, la fe, la magia y la belleza que ella siempre ha portado y que Dios ha enaltecido.
La batalla espiritual es del hombre. La victoria es de la Divina Providencia. Miremos unidos esta etapa de la historia en la que vendrán persecuciones. Y luego de ellas ¡¡EL TRIUNFO FINAL DE CRISTO!!! ¡¡No temáis. Vigilancia y tranquilidad en el alma. Porque el día y la hora en que ha de volver el Hijo del Hombre nadie la sabe, sin embargo, llegará como ladrón en la noche para salvar al pequeño rebaño que haya cuidado el rescoldo de la fe, que debemos y necesitamos guardar paciente y confiadamente en El!!

Por PATRICIO LONS

(Historiador)

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