CONSENSO PRO

En el debate económico gubernamental hay diferencias y consensos. Las diferencias están instaladas en la “velocidad macro”. El principal consenso conforma lo que habitualmente se llama “el modelo”.
Las diferencias en el manejo de la macro las vamos a sintetizar en lo que compone “el lado rápido”, que conduce el BCRA, cuya característica es la aplicación de tasas demoledoras de interés apenas se produce un arranque inflacionario.
Las consecuencias de esa acción dura e inmediata son evidentes, y tienen que ver, sobre todo, con haber montado, gracias a las demás condiciones que no vamos a detallar, un fenomenal pedal financiero que transforma dólares en pesos y genera una tasa de ganancia extraordinaria en dólares de la que los principales beneficiarios son los sectores más ricos y líquidos, los especuladores y los banqueros.
El lado lento, llamado “gradualismo” es el comandado por Mario Quintana que conduce las finanzas públicas. El lado lento se ocupa de tratar que la economía arranque sobre la base de distintas componentes del gasto público. Ese “gradualismo” fiscal es absolutamente contradictorio con la “velocidad monetaria”.
Brillantemente, esta contradicción en el manejo de la macro en el seno del gobierno, las caracterizó, mi querido compañero de Colegio, el Dr. Miguel Ángel Broda de la siguiente manera: aprietan a la vez el botón de frío y el de calor del aire acondicionado. Es decir, o se neutraliza la climatización o el equipo se quema.
Esta es la caracterización de la parte macroeconómica de la acción de gobierno.
El resultado de la contradicción es que la economía no crece y que la inflación no baja todo lo que desean que baje. Suma cero. No es bueno tener una conducción de la economía dividida. Si eso ocurre reina la realidad y su pronóstico no es bueno. Sobre este tema volveremos la semana próxima.
Vinculado al viaje del Presidente nos resulta más interesante analizar el consenso que los hombres del gobierno tienen sobre el modelo, es decir, la economía del largo plazo. Es un consenso potente y estructurante.
Lo interesante es que el resultado de la contradicción macro de las políticas de coyuntura es, hasta ahora, el retraso cambiario. Que todo indica que continuará. El tipo de cambio retrasado es la bisagra que hace converger la visión de largo plazo del gobierno con su “contradicción de corto plazo”.
El “PROyecto de futuro”, el largo plazo, es una economía que se abra comercialmente al mundo y sea socia activa de la globalización.
No cualquier globalización. Sino la globalización tal cual la proponen los organismos internacionales y las empresas multinacionales. Y en la parte “práctica” una globalización, como hemos dicho, encarada con un tipo de cambio retrasado. Apertura y tipo de cambio retrasado fueron las combinaciones explosivas de los programas de la Dictadura y del menemismo.
Vamos al contexto. Como todos sabemos el capital es, de hecho, “internacional” o global. Pero el trabajo – la vida de las personas – por el contrario está amarrado al territorio. Y la política que, bien o mal, se ocupa de las personas, como es obvio, ocurre en el territorio.
Esa contradicción, entre el proceso globalizador y las condiciones de la vida de las personas, está a flor de piel en Occidente. A nivel de las naciones hay fisuras (el voto Brexit, Trump, Le Pen,etc.) que se manifiestan en la política: el Consenso Occidental está relajado a causa de este debate que es el de cómo se realiza, se conduce, se controla el proceso de la globalización.
La más fuerte intervención de la política vis a vis la globalización, ha sido la estrategia de Trump de convenir con el líder chino la reducción del déficit comercial que viene generado Estados Unidos y cuya contrapartida es el ahorro y el financiamiento chino. Ese es el mundo de “la chimerica” de la que hemos sido beneficiarios vía los precios de las materias primas. Atención.
En la academia y en los organismos internacionales también hay fisuras sobre esta cuestión de la globalización. El FMI acaba de colocar en el Index el adjetivo calificativo peyorativo “proteccionista”. Y lo ha reemplazado por “políticas de protección” lo que pone esas políticas en el ámbito de las cosas opinables. A su vez los Ministros de Economía del G20 (Berlín) no izaron la bandera del “libre comercio” y al no izarla dejaron un espacio para el debate acerca de su condición de receta infalible.
Conclusión: hay algo más que “libre comercio” en las relaciones entre las naciones; y algo que se reconoce como civilizado en las políticas de protección.
Hay que recordar que los países centrales no han practicado jamás a pleno el libre comercio. Y tampoco jamás han renunciado a las políticas de protección. Biodisel y limones son pequeños ejemplos de ambas cosas en este viaje de Mauricio Macri.
Pero estos cambios en el uso de palabras y consignas, no suponen cambios reales sino el ocaso de la hipocresía de los gobiernos occidentales que han custodiado sus intereses con las armas disponibles y nunca se han quedado “sin protección” ni jamás sometidos a la libertad irrestricta del comercio. Algo bueno en sí. Volvamos a casa.
Hoy, con retraso cambiario, el elenco gobernante es un enemigo acérrimo de la protección y amante encendido del libre comercio. Los resabios de control que hoy operan son una carga de la que quisieran desprenderse cuanto antes. No son parte de la política sino ‘’restricciones heredadas” que apenas podamos vamos a liquidar.
No son sólo los miembros del gobierno los que militan en esas consignas. En nuestro país predomina el pensamiento traducido. Sabemos que “traduttore, tradittore”. Pero además toda traducción – aún en tiempos de Internet – arriesga atraso. Predomina el pensamiento traducido que le impone “atraso” al pensamiento.
Aquí la política se inspira en traducciones de “concepto” con diez años de añejamiento. Es por eso que se repite con ingenuidad: “lo bueno de abominar del concepto “protección” o lo bueno de soñar con “libre comercio””.
Traducir evita el esfuerzo en comprender las reales estrategias de los países centrales. Pero si nos limitamos a la “traducción” podemos afectar los intereses nacionales por no estar a la altura de las ideas económicas y políticas de nuestro tiempo.
Occidente (ni hablar de Oriente) – siempre hay excepciones – está hoy comprometido con la construcción y reconstrucción del tejido industrial. Justamente porque ese tejido se rompió durante el Consenso de Washington.
No son sólo Donald Trump y Marine Le Pen expresan voces que no están en ese “consenso” sino también Bernie Sanders y Benoît Hamon.
Lo obvio a considerar es siempre lo que hacen o lo que tratan de hacer. Hoy la Comisión Europea ha decidido llevar la participación de la industria en el PBI de la Unión Europea del 15, en el que está, al 20 por ciento del PBI.
La UE promueve sus exportaciones de industria, que son el 80 por ciento del total de lo que vende, mediante la multiplicación de acuerdos de libre comercio.
Independientemente de esa propuesta “comercial”, los países desarrollados subsidian el capital para las grandes inversiones privadas que enraciman PYMES, el trabajo y la innovación. Ellos se preparan para ganar en esos acuerdos.
Las migraciones, la desindustrialización, finalmente obligan a crear trabajo para preservar el orden social y político. Y en ese contexto la política industrial es la herramienta que gobierna, en cada país, la apertura comercial, la estructura y el nivel de la protección arancelaria y la creación de empleo.
Eso es lo que pasa en Occidente; y las traducciones locales todavía no lo han procesado.
El consenso PRO considera “la integración al mundo” como una epopeya basada en acuerdos de libre comercio, sea con la Unión Europea, la Alianza del Pacífico o con la profundización del acuerdo estratégico kirchnerista con China.
La idea PRO es apertura en base a nuestra dotación natural de factores, integrarnos a la distribución mundial del trabajo con nuestras riquezas naturales (tierra, minería, energía, belleza)
Apostilla: Según el BM en 2005 (antes de Vaca Muerta) el capital natural por habitante de la Argentina alcanzaba a 10200 dólares, un cuarto del de Australia y nada respecto de Kuwait. Problema de diagnóstico.
La procura de inversiones (que para el PRO deben ser externas a pesar de tener 100 mil millones de U$S criollos blanqueados yirando por el mundo) está centrada en energía y minería.
Mauricio Macri viaja al Primer Mundo para inversiones para Vaca Muerta.
Apostilla: USA industrializa el gas a 2/3 US el MMBTU y J Aranguren lo quiere pagar 7. Paolo Rocca dijo “a más de 3 no hay industria”. ¿?
Mientras Macri busca recursos para Vaca Muerta, los ministros procuran, en el segundo mundo, comprar trenes y casas con financiación y mano de obra China.
Todos sabemos que la estructura productiva la definen las dotaciones naturales explotadas más las inversiones.
Y como las inversiones que busca el oficialismo están destinadas a explotar la naturaleza, concluimos que – salvo normativa en contrario – la “integración PRO” está pensada para exportar naturaleza con el concurso del capital extranjero y para comprar trabajo (¿chino?) con el concurso del financiamiento externo. Nada nuevo.
Ese modelo no necesita programa ni plan porque las “fuerzas naturales del mercado” lo producen espontáneamente.
Tal vez por eso el oficialismo, ante el reclamo de un programa, responde – con razón – que, aunque no haya sido explicitado, el programa existe. Y existe hace 40 años, aunque con diversa intensidad y diverso discurso. El PRO procura vitalizarlo.
El problema colectivo es que es ese programa el que nos trajo hasta aquí: la frustración del desarrollo.
Algunas decisiones gubernamentales más la radical ausencia de otras, suman lo que produce en la práctica ese planteo estructurante o, para ser claros, frustrante del desarrollo.
Una de esas decisiones gubernamentales, de esta gestión, es la decisión de encargar al mercado cambiario la “definición del nivel del tipo de cambio” en abundancia de oferta de dólares. Abundancia provocada, en esta gestión, por el endeudamiento público (nacional y provincial) y como consecuencia del blanqueo y la verdadera locura de la tasa de interés.
Circuito de dólares venta, pesos compra, dólar futuro, Lebac a 25 por ciento, venta de pesos, ganancia en dólares por el dólar futuro. Dólar retrasado es una picada segura en esa dirección.
Hoy el mercado cambiario tiene abundancia de oferta (blanqueo, deuda, tasa de interés en pesos) y genera un nivel de tipo de cambio que no es de equilibro del balance de pagos, que es un concepto de equilibro general y requiere pleno empleo simultáneo.
Este gobierno no tiene una visión política del tipo de cambio sino que más bien renuncia a la política económica que requiere de esa decisión estratégica. Se entrega al mercado cambiario, con independencia del capital físico ocioso o el desempleo que incluye los miles de “empleos artificiales en el sector público, planes nacionales y provinciales”, una decisión crucial de la vida económica colectiva y se lo hace premiando de manera inmoral la especulación: inmoral porque atenta contra el Bien Común.
Otra renuncia estratégica de esta gestión es no disponer de legislación fiscal y de recursos financieros destinados a viabilizar decisiones privadas para transformar la estructura productiva urbana (lo que en buen romance llamamos “industrialización). Esa es una decisión que estructura.
Una decisión que implica no “industrializarnos” y hacerlo después del industricidio que sufrimos durante los últimos 40 años.
No industrializarnos es “primarizarnos” y poco importa que sea vía deuda externa (dictadura, Menem) vía soja (los últimos 15 años) o Vaca Muerta (en los próximos 20 años).
Estas decisiones y omisiones convergen en el consenso oficialista que consiste en conformar una estructura productiva “no transformada y, por lo tanto, no transformadora” de la realidad social.
De la estructura económica vamos a la estructura social porque no hay divorcio entre estructura económica y estructura social.
Este nivel de pobreza en que vivimos, que comenzó a acumularse a lo largo de estos últimos 40 años, es consecuencia de esa ausencia de transformación, y es una condición que si no se transforma oblitera el futuro.
La frustración del desarrollo responde a una estructura económica que este gobierno ha heredado. El problema es que la está profundizando.
Y al hacerlo se aleja de la meta de “pobreza cero” y de “unir a los argentinos”.
Porque la exclusión social que – en este contexto – es provocada y generada por un programa aperturista y primarizador, alienta la desunión, la fractura y la exclusión social.
Esta “opción” estratégica enunciada por el oficialismo prorroga la “estrategia efectiva” (más allá de los discursos) que es, sea por condiciones externas o decisiones u omisiones internas, la que se viene acumulando desde hace 40 años sin Programa de Desarrollo. Es lo que conforma la frustración del desarrollo.
¿Cuál es el pronóstico, de este programa oficial, en términos de desarrollo?
La experiencia local, nuestra experiencia, indica, sugiere, provoca un pronóstico negativo en términos de pobreza, equidad, inclusión y sustentabilidad económica, social y política.
Todos los intentos fuertes, hubo dos, primero la dictadura y después el menemismo, comenzaron y ejecutaron la tarea de demolición requerida y provocada por la apertura sin transformación y sin diversificación del aparato productivo.
Esa apertura es lo contrario a la transformación con apertura. El orden de los factores, en política económica, altera el producto.
No hay duda que no hay transformación sin abrirnos a la exportación industrial; y para lograrlo hay que producir primero la transformación de la estructura productiva. El proceso es: primero transformación después apertura.
Lo inverso, “apertura sin transformación”, significa ahora, y significó antes, la frustración del desarrollo.
Los gobiernos que sucedieron a la dictadura y al menemismo, que fueron los programas fuertes de demolición, se limitaron a acomodar los escombros productivos de la demolición: no pudieron reparar el daño y con ellos siguió el crecimiento espantoso de la pobreza.
Ese modelo la produce. Y sin transformación de la estructura hacia la exportación industrial, la pobreza se reproduce. En 40 años pasamos de 800 mil pobres a 13 millones. ¿Qué más decir de la experiencia local?
Y si auscultamos la experiencia internacional, comprobamos que todos los casos de desarrollo acelerado con mejoras en la inclusión social y distribución del ingreso y con sustentabilidad comprobada para más de una generación, se lograron con la base de industrialización exportadora.
Es cierto que esto ocurrió con contextos geopolíticos favorables que implicaron el financiamiento generoso de la cuenta corriente deficitaria.
La ideología de la globalización, y de la especialización productiva primaria para participar en ella, está muy firme en el PRO.
Esa visión la comparten consultores, periodistas políticos y económicos, y representantes de las entidades empresarias. Lamentablemente ese “consenso” viene en paralelo con la “doctrina del atraso cambiario” que se utiliza como ancla para detener la inflación y como “incentivo” a la capacidad competitiva de nuestras industrias. Todo mal.
Apertura y atraso cambiario, son las dos hojas de la tijera que frustra el desarrollo. Hay que recordar que JA Martínez de Hoz y Domingo F. Cavallo usaron esa tijera: la tijera mecánica.
Hace décadas que en nuestro país no hay un debate económico profesional serio acerca de este modelo instalado y conflictivo.
El mundo no va a toda velocidad en esa dirección. Está más que claro que no hay una opinión unánime.
El Consenso de Washington, a nivel planetario, está contestado por los problemas sociales, económicos y políticos que, si no los produjo que es lo que creo, al menos no los pudo resolver, lo que nadie puede dudar. Es decir, no sirve.
Para los periodistas que forman opinión, Mauricio Macri hoy es “el adalid” de la globalización, como si eso en sí fuera bueno que no lo es.
Es bueno recordar respecto de los adalides que Carlos Menem fue el único presidente que habló en la reunión del FMI y el que logró que la Argentina sea parte del G20. Sería bueno tener en cuenta que para el país de poco sirven los elogios y los halagos ajenos si no somos capaces de pensar un proyecto propio, es decir, un consenso del Bien Común.

Carlos Leyba

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