COREA DEL NORTE Y LOS LIMONES TUCUMANOS

El presidente Trump, en las vísperas de recibir a nuestro primer mandatario, dijo que “Macri me hablará de los limones y yo le pediré ayuda por Corea del Norte”. A primera vista se trató de una frase fanfarrona, desdeñosa. Algo así como que mientras la Argentina está preocupada por un asunto doméstico menor, su país está inmerso en una cuestión mayúscula de índole global. Es más que posible que el norteamericano – que conoce cómo influir y hasta torcer la voluntad de la contraparte, pues la vida empresarial exige ese atributo, esas mañas – haya querido condicionar psicológicamente al presidente Macri. En buen romance, apichonarlo desde el vamos.
Sin embargo, más prolijamente analizada, esa frase es una falacia. Es descabellada. Los limones de Tucumán son tan importantes para la Argentina como los de California para los Estados Unidos. Lo corrobora que el mismísimo Salón Oval – escritorio presidencial norteamericano – se haya ocupado haciéndose eco del fortísimo lobby de los productores californianos y, a contramano de las proclamaciones de la virtudes del libre comercio – eje vertebral de la estrategia comercial de EEUU hasta la llegada de Trump -, haya literalmente prohibido las importaciones de ese cítrico argentino hace ya 17 años. Ellos también se ocupan de los limones a pesar de ser la primera potencia mundial. Quizás, quepa señalar que son los primeros precisamente porque atienden la cuestión de los limones y también los de Corea, sin dejarse atrapar por falsos dilemas, algo que a nosotros funestamente nos deleita.
Puesta en contexto la frase, la Argentina no fue a Washington para tratar “temas menores”, sino fundamentales. Por lo menos, eso es de suponer. Los limones argentinos – somos el primer productor planetario – dan trabajo – sólo en Tucumán – a 50 mil personas. Es una exportación que supera los 300 millones de dólares y si fomentáramos una estrategia para agregarle valor industrial a ese fruto primario – concentrados, jugos – podríamos aumentar el volumen dinerario de esa producción. Además, se abordó – sin resultado positivo – la exportación de biodiésel, otro punto fuerte de nuestra actividad económica, fuente también de empleo para muchos de los nuestros.
La Argentina también puede ocuparse de Corea del Norte y de cómo coadyuvar a la paz mundial. Somos integrantes del G 20 – que reúne a las primeras economías del planeta (¿Se imaginan que fuerza tendríamos si no nos saquease la corrupción y debilitase el despilfarro? Si con corrupción y derroche somos uno de los primeros veinte, ¿Qué rango tendríamos sin esas dos lacras….?). Desde ese sitial y desde el rol que tenemos en el Mercosur y en América Latina podríamos colaborar con la paz en el mundo, asentada sobre una mayor justicia social. Obviamente, no la justicia social populista – la que distribuye abundante pan durante un tiempo previo a la desolación de hambre y penurias que deja como resultado postrero.
Nuestro país y la América meridional a la que pertenecemos estamos llamados a desempeñar un creciente y esperanzador papel con trascendencia mundial. Nos favorecen múltiples factores, desde enormes recursos humanos – jóvenes, preparados, vitales – hasta inmensas riquezas potenciales, incluyendo caudalosas aguas dulces (un bien con tendencia a escasear).
En esas condiciones propicias, la Argentina y nuestra América tienden a incidir ascendentemente en este mundo tan mutante como conflictuado y litigioso. Por eso sostengo que podríamos contribuir hasta para apaciguar la amenazante situación de Corea, con la que nos liga una muy activa comunidad que convive con nosotros y que nos construye un puente que transitándolo doble mano podría ser la base para incrementar el comercio y así enriquecernos mutuamente.
¡Claro que hay aspectos desfavorables! El primero es precisamente el que intentó aprovechar Trump: nuestra autoinferiorización. El segundo es cómo y cuánto permitimos que nos saqueen los de adentro y de rebote los de afuera y cómo admitimos la dilapidación de nuestros recursos, desde cerebros con conocimiento hasta materiales. Es cuantioso lo que perdemos día a día y ya sabemos que un Estado y un país no son barriles sin fondo.
Respecto de ese amilamiento nacional, debo advertir que lejos de revertirse pareciera que los impactantes hechos cotidianos lo nutren. La desconfianza que suscitan nuestras instituciones – al grado de que, por caso, la policía y la fiscalía patentizan cada dos por tres su inepcia para preservar las pruebas en una escena criminal – es corrosiva de la autoconfianza, elemento esencial si una Nación quiere poner rumbo sostenido hacia su destino.
Hace bien el gobierno en recalcar – casi como un neorrelato – en que “volvemos al mundo”, pero las autoridades actuales hacen mal en incurrir en tanta adolescencia de estímulos para volver al sueño argentino de ser la tierra prometedora, con un formidable hado que nos acompaña en nuestro camino ¿Qué capital vendrá si las incertidumbres argentinas fuerzan a que el capital nuestro se vaya? En ese juego de contracorrientes estamos predestinados a ser derrotados. Por eso, la primera confianza a generar es la interna. La otra, la foránea, viene por añadidura.
Sí, nos ocupamos de los limones al igual que ellos, los superpoderosos, se ocupan de los suyos. Sí, nos preocupamos por la paz mundial, con flagrante disparidad con ellos que muchas veces parecen interesados en la beligerancia, vaya a saberse si por ser fuente de jugosos negocios.
No somos pequeños por ser los primeros productores mundiales del cítrico que nos llama la atención en esta nota. Todo lo contrario. Somos adolescentes, sí, si nos apichonamos en lugar de afrontar los desafíos que se nos presentan. El país tiene potencialidades a raudales. Depende de nuestra voluntad colectiva y de una estrategia lúcida de parte de quienes conducen que salgamos del atajo histórico en el que estamos metidos desde hace añares.

Por ALBERTO EMILIO ASSEFF

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