UNA PANTALLA LLENA DE DESPERDICIOS

De haberse enunciado en otro momento, no muy lejano al actual, lo que acaba de afirmar Alejandra Darín hubiese quedado en la antología de las grandes frases recientes sobre el estado de la televisión argentina, a la altura de “Somos actores, queremos actuar”. En la noche del último martes, frente al micrófono de la emisora radiofónica La Once Diez, la presidenta de la Asociación Argentina de Actores dijo sin vueltas: “Hay que pensar una nueva televisión, la TV basura ya ganó la pulseada”, y arremetió directamente para fundamentar lo dicho contra los programas que se dedican a ventilar las indiscreciones de la farándula. “No merecemos 100 programas de chimentos hablando de lo mismo, a ver si tal se acostó con tal, o un programa de reality en que se pasan 40 minutos hablando sobre cosas muy mediocres, muchas banalidades”.
A Darín no le falta razón. La televisión argentina es superficial, imprudente y fisgona. Tiene debilidad por el cotilleo y desprecia los límites que en el pasado se autoimpuso para conservar cierto decoro. En su lugar, hoy defiende sin culpas y con entusiasmo un lenguaje procaz hasta para el debate de los temas de actualidad más candentes y delicados. Curiosamente, en este punto aparece el espacio de disonancia más visible entre los hechos y los dichos de Darín. No porque se falte estrictamente a la verdad, sino porque en primer lugar la televisión de los desechos a la que ella se refiere dejó de ser patrimonio estricto de los llamados “programas de chimentos”. Y en segundo lugar, esa definición de la TV basura le cabe en verdad al conjunto de múltiples pantallas y espacios mediáticos que hoy ciertamente merecen en términos genéricos ser reconocidos como “televisión”.

Si las palabras de Darín hubiesen aparecido, digamos, hace cinco años, el micromundo televisivo aludido habría reaccionado con estrépito. Hoy no lo hace sencillamente porque el margen y la influencia de la “TV chimentera” quedaron sensiblemente reducidos. Lo mismo ocurre con ese modelo de programa autorreferencial que llegó a tener más de una decena de expresiones diarias funcionando al mismo tiempo y cuenta hoy con la solitaria bandera de Bendita para defenderse.
No puede negarse la influencia que todavía tiene en la mentalidad televisiva el eje Los ángeles de la mañana-Intrusos-Infama, a través del cual se alimentan los hambrientos de fama fugaz. Y tampoco puede despreciarse el impacto que tendrá a partir de los próximos días el regreso a las tardes de El Trece de Este es el show, el curioso house organ cotidiano de ShowMatch. Solo Tinelli y Gran Hermano tuvieron entre nosotros el privilegio de disponer de tantas horas de aire al servicio de sus propias expectativas con envíos satélite de sus propios programas.
Los “100 programas de chimentos hablando siempre de lo mismo” aparecen hoy en otro espacio, el de las redes sociales y los espacios de Internet dedicados a difundir intimidades voluntariamente exhibidas por figuritas de moda o aspirantes a famosos/as. No hay lugar más propicio para que esas menciones encuentren lugar para multiplicarse casi hasta el infinito. Allí se acomodó la postelevisión, en un lugar tan placentero que le resulta difícil moverse. Ese ámbito es ideal para la incansable reproducción de las imágenes y los videos caseros de estos defensores de la privacidad cero.
El problema aparece cuando este material que suele manejarse con imprudencia regresa a la televisión originaria. Lo hace de mala manera, con imágenes borrosas y precarias, indignas de la alta definición que ya se instaló en los canales de aire y casi todas las señales informativas. Y también ganando un espacio demasiado inconveniente en un lugar que no le corresponde: el de los noticieros. El infalible imán es una frase tipo “Fulana encendió las redes sociales con un video hot e imágenes de alto voltaje”. Otro homenaje póstumo a Giovanni Sartori.
El noticiero tradicional se transformó en un supermercado de productos descartables y exhibición de terceras marcas, donde las cuestiones faranduleras ocupan por ejemplo diez veces más espacio que el análisis de la política internacional encontramos huellas visibles de una pantalla rebosante de desperdicios. Hasta llegan a confundir deliberadamente la noticia mundana y el escándalo gratuito.
A la vez, la TV basura también se manifiesta todo el tiempo en un terreno en apariencia circunstancial, pero que dice mucho sobre el medio: el de los zócalos y graphs informativos. Una instancia constantemente expuesta al error (ortográfico, sintáctico), a la confusión informativa, a banalizar cualquier hecho narrado y hasta a la manipulación y el riesgo del engaño. El episodio protagonizado en este sentido hace pocos días por la ex presidenta Cristina Fernández de Kirchner es muy elocuente.
Darín pasó por alto todas estas defecciones, tal vez a partir de un antiguo reflejo condicionado que se conecta con un modelo televisivo superado por el tiempo que hoy se sostiene desde una perspectiva más simbólica que real.
En lo que acierta la actriz y dirigente sindical es en el señalamiento de algunos reality shows de estos tiempos como verdaderas banderas de lo que identifica como TV basura. Despedida de soltero (Telefé) y Cuestión de peso (El Trece) desplegaron mientras estuvieron en el aire un muestrario de bajezas, groserías, maquinaciones, deslealtades, abusos, maniobras y faltas de respeto hacia los semejantes y el público pocas veces visto. El primero dejó el aire hace muy poco sin que ya nadie por suerte lo recuerde. El segundo tiene los días contados.
Darín se aferró a la fotografía de un momento televisivo que en verdad existió y quizá descuidó la dinámica de ese mundo siempre inestable, siempre en movimiento. Tanto, que desde tal condición también puede generar sus propios anticuerpos y poner en marcha una depuración. La voluntad de llevarla a cabo es igual de voluble e inconstante. Responde al fin y al cabo a la propia naturaleza de la televisión, pero por ella misma también encuentra siempre algún resquicio para purificarse. Hay miniseries y ficciones atractivas en producción, laboriosas y creativas propuestas documentales, un espíritu permanente de colaboración con televisiones de otros países para alumbrar proyectos conjuntos. Algunas ya vieron el aire, otras esperan su turno.
Las ideas más plausibles siempre resultan más silenciosas. No encuentran la resonancia inmediata que tienen los hechos más estridentes. Seguramente por eso la frase de Darín sobre la TV basura rebotó con más fuerza en los medios que el estreno del nuevo episodio de Supermax.

Marcelo Stiletano
LA NACION
Mayo de 2017

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