EL ACUERDO CHINO O EL DESACUERDO NACIONAL

Hay dos cosas que están presentes desde hace tiempo en nuestra Patria. La primera es la dinámica del desacuerdo nacional. La segunda, más reciente, el entusiasmo por asociarse a como dé, al usufructo del excedente financiero chino que está asociado a una monumental necesidad de colocar sus excedentes reales.La dinámica del desacuerdo nacional es lo que impide pensar y diseñar la acción política para capturar el largo plazo. El desacuerdo nacional es lo que nos encierra en el pasado. El desacuerdo nacional K implicó someter el largo plazo a la estrategia de otro país. El legado de largo plazo K fueron las obligaciones y compromisos, la cesión de soberanía territorial y la justicia británica, que constituyen el Acuerdo chino, a cambio de financiación de obras y bienes que proveerán las empresas, básicamente estatales, chinas. Lo mismo ha repetido Mauricio.

Hay dos cosas que están presentes desde hace tiempo en nuestra Patria. La primera es la dinámica del desacuerdo nacional. La segunda, más reciente, el entusiasmo por asociarse a como dé, al usufructo del excedente financiero chino que está asociado a una monumental necesidad de colocar sus excedentes reales. Como es obvio, “economía para la deuda”. Las financiaciones, se estima, tienen un costo del orden del 8 por ciento anual, si el PBI crece a menos de esa tasa (lo más probable en los próximos años) la deuda acrecienta su participación en el PBI. Volvamos

La dinámica del desacuerdo nacional es lo que impide pensar y diseñar la acción política para capturar el largo plazo. El desacuerdo nacional es lo que nos encierra en el pasado.

Las dos cuestiones, China y el desacuerdo, convergen en el intento del atajo, el camino corto, la fantasía del milagro, la negación de la política con mayúscula.

Néstor soñaba que 20 mil millones de dólares chinos pondrían su retrato en las escuelas en lugar de San Martín. Cristina Elisabet hizo sancionar al Congreso el escandaloso Acuerdo Estratégico con China. Ambos, a su vez, instalaron la filosofía del desacuerdo nacional, la construcción del enemigo, y la radical ausencia de un proyecto: una cosa implica la otra.

El desacuerdo nacional K implicó someter el largo plazo a la estrategia de otro país. El legado de largo plazo K fueron las obligaciones y compromisos, la cesión de soberanía territorial y la justicia británica, que constituyen el Acuerdo chino, a cambio de financiación de obras y bienes que proveerán las empresas, básicamente estatales, chinas.

Lo mismo ha repetido Mauricio. Su campaña electoral se basa en Yo o “la mafia”. Una colosal contribución al desacuerdo. A pesar que la oposición le dio las leyes que necesitaba. No importa. El desacuerdo es “su” oportunidad electoral.

El enemigo como estrategia electoral ayuda a evadirse del presente y por supuesto impide construir un futuro cierto. A tal punto que el Embajador de Japón, qué raro, ha entrado en esa dicotomía diciendo “El oficialismo debe ganar las elecciones para dar certidumbre”. Yo o el caos. Cristina puro.

Y sin presente que exhibir Macri ha comprado, como los K, el futuro de las promesas de financiación china. La financiación es adquirir una deuda para comprar bienes y servicios a las empresas estatales chinas y con adjudicación directa. Un boleto a Comodoro Py.

Afortunadamente en todas las fuerzas políticas laten vocaciones de acuerdo, de voluntad de construir un consenso para un futuro compartido.

Detrás del desacuerdo nacional y de las estrategias de asociación, como la del Acuerdo chino, está el modelo de “economía para la deuda”.

La esencia de un consenso nacional no puede ser otra que transformar la economía para que deje de ser una “economía para la deuda”. Veamos.

“Es exacto decir que el porvenir de la Nación Argentina depende de la carne. Ahora bien: el porvenir de la carne argentina depende quizás enteramente de los mercados del Reino Unido”. Palabras del Príncipe de Gales, pronunciadas en febrero de 1933.

Los dichos del Príncipe resumen, al menos, tres conceptos. Primero, la dependencia tiene que ver con colocar un solo producto de exportación. Segundo, la dependencia tiene que ver con la existencia de prácticamente un solo mercado para ese solo producto. Tercero, sus palabras resumen el Pacto Roca Runciman que implicó crédito por 13 millones de libras y condiciones ventajosas para la inversión en infraestructura, y para las exportaciones británicas a nuestro país. ¿Todo se repite?¿Las segundas versiones son peores?.

Desde entonces el radicalismo y el peronismo centraron sus estrategias, más declaradas que ejecutadas, en romper esa dependencia de nuestra economía. No se quiso, no se pudo o no se supo.

Una economía dependiente impide el desarrollo de la sociedad, es decir, traba la integración plena de todos sus miembros y el diseño colectivo de un proyecto de vida en común. Una economía dependiente impide ser Nación dado que no puede aunar las voluntades populares. Una economía dependiente conforma una sociedad conflictiva porque no tiene lugar digno para todos.

La Nación es un proyecto de vida en común y eso implica que, en el proyecto, no puede haber excluidos. Todos adentro. Un hogar al menos hacia el futuro.

Por eso quienes reivindican la construcción de una Nación integrada socialmente, deben proponerse transformar las condiciones que llevan a una economía a ser dependiente: una economía para la deuda.

Las fuerzas de la dependencia son las que derivan de la especialización, primarización, monocultivo. Los países son lo que exportan.

También lo son las fuerza que se derivan de la relación bilateral privilegiada, es decir con un solo mercado lo que, por definición, impide la diversificación productiva y que además, como decía Raúl Scalabrini Ortiz, genera una “oligarquía” que la constituyen los nacionales representantes de los intereses económicos de esos mercados que, más que comprar, venden. Si hablamos de la carne, no eran verdaderos “oligarcas” los productores agropecuarios sino los representantes nacionales de los frigoríficos foráneos.

Siendo que estamos como estamos, las fuerzas nacionales y populares que fueron gobernantes, en todos estos años y particularmente en los del auge de las materias primas, ratificaron la tendencia a la dependencia al compás de la emergencia del precio de las materias primas y de la economía del Sol Naciente.

Pongámosle los números de José “Pepe” Bekenschtein (China, Argentina, América Latina, en Nosquedamosenel73): lo que la Argentina le exporta a China son, en un 85 por ciento, productos primarios y, de esos productos, casi el 70 por ciento son semillas y productos oleaginosos: soja.

Pero, más grave, el 98 por ciento de lo que nosotros importamos de China es industria y casi el 70 por ciento de esos bienes industriales son de media y alta tecnología elaborados por mano de obra calificada.

El saldo cuantitativo de la relación es, por ahora, negativo y caldo de cultivo de más deuda, que es elemento fundamental de la dependencia. El balance comercial negativo con China, en los últimos cinco años, suma 25 mil millones de dólares.

Pero el saldo cualitativo es más que negativo. Exportamos naturaleza e importamos trabajo, trabajo que genera desarrollo y bienestar … en China; y deja de gestarlo aquí. No es inexorable, pero son los hechos. Los Acuerdos firmados no contribuyen a superarlos.

El kirchnerismo, como bien lo señala Carlos Pagni en La Nación de ayer, puso en marcha el Acuerdo Estratégico con China que Macri continúa y profundiza. Macri en la estrategia de largo plazo y en la estrategia de “dividir para reinar” resultó ser lo más parecido a un discípulo de Cristina. ¿Qué tal?

“La política es la política internacional” (Juan Perón) o, lo que es lo mismo, la política internacional condiciona lo que vaya a ocurrir en la política al interior de sus fronteras.

Es decir, si política es tener ideas claras de lo que hay que hacer desde el Estado para construir una Nación, está bien claro que, el alineamiento y la profundización de la política de intercambio desigual (comercio desequilibrado, colocando naturaleza versus valor agregado), determina, al interior del país, una política de “especialización”.

Y siendo que estamos ante una “especialización” asociada al endeudamiento progresivo y anunciado, implica que esta construcción más que obedecer a ideas claras propias, obedece a ideas claras pero ajenas.

¿ O acaso son propias?¿El PRO celebró con algarabía los acuerdos con China en los tiempos en que fueron llevados a cabo por CFK? ¿Manifestó una coincidencia geopolítica?

Por el contrario ¿recuerda el clima del mini Davos, la visita de Barak Obama, “con la confianza vienen las inversiones”, la lluvia de dólares productivos porque “al fin llega un equipo de personas confiables”?

Nada de eso ocurrió y no ocurrirá, en tanto no existan las condiciones para invertir. Y ese sigue siendo el problema. No puede haber condiciones para invertir sin disponer de un proyecto consensuado de largo plazo.

El del PRO tuvo y tiene un diagnóstico adolescente: básicamente sobrestimaron sus capacidades, para decirlo con una sola palabra. Pero ¿entendieron como funciona esta economía? Claramente no porque, como adolescentes, subestimaron los problemas..

Por lo pronto los mercados les fueron esquivos. Y la reacción fue que los ganó la angustia electoral.¿Cómo?

Los anuncios tienen que llegar sino la expectativa se evapora y como el presente no tiene piso, la confianza se desmorona. El fuego del marketing los quema por dentro. Pero para ser creíbles, después de tantos amagos frustros, tienen que ser avalados por alguien.

Insólitamente la decepción de la política de la “confianza”, convirtió al Estado chino en el garante de que habrá crédito para que las empresas estatales, y algunas privadas, chinas coloquen su producción y sus servicios sin compulsa de precios y calidad con el resto de lo posible oferentes. Esto es lo que quieren y lo que anuncian que pasará. Adjudicación directa o más o menos.

El error de diagnóstico y la consecuente ausencia de política de desarrollo, convirtió al “PRO de los mercados” en la correa de transmisión, de la estrategia del Partido Comunista Chino y de sus bancos y empresas estatales, para que nuestra región profundice su condición de abastecedora de recursos naturales. “A China … le interesa (de la )Argentina … materias primas y alimentos que necesita y que necesitará en el futuro” subraya Carlos Spadone quien no descarta que … recurra … hasta para aprovisionarse de agua” El País 17/5/2017. ¿Qué pensará Lilita?

Para lograr esa “conectividad como recita Mauricio” hay que profundizar la infraestructura de extracción y hacerlo con las empresas y recursos chinos, con créditos chinos que deberemos pagar con nuestros recursos naturales.

Porque esos créditos no apuntan al desarrollo de otra moneda de pago y ahí está la clave de la diferencia entre desarrollo y dependencia. Si el crédito externo financia la industrialización la nueva moneda de pago son bienes industriales, si no lo hace, nos primariza.

El crédito sólo apuntala al desarrollo de la economía nacional cuando contribuye a cambiar la moneda de pago: pagar con valor agregado en el sector industrial y no exportando naturaleza.

El viaje intelectual de los CEO PRO desde el capitalismo de libre mercado, a la moda del Consenso de Washington, hasta aterrizar en el cierre de un compromiso con la economía estatal del Partido Comunista Chino, es un periplo difícil de explicar salvo que introduzcamos la razón electoral. No introducimos otras razones por pura esperanza que es virtud.

El PRO como el FPV son construcciones de máquinas electorales. Ambas tienen la misma estrategia de acuerdos con China y ambas la misma pasión electoral.

Macri ha corrido por el mundo detrás de unos anuncios que alienten la posibilidad de que el futuro está viniendo. Dale al gerundio.

Los miles de millones de créditos para inversiones a pagar son títulos impactantes. Y nadie puede negar que es mejor tener trenes y rutas que no tenerlas. Lo que es más difícil de argumentar es que sea mejor tener centrales nucleares de tecnología china o energía hidráulica de centrales no prioritarias o que todo sea del mismo proveedor que es nuestro comprador clave.

No es menos cierto que la presión china no es menor. Según Sergio Cesarín, especialista de la UNTREF, “como forma de presión, el Gobierno de Xi Jinping ha dejado de comprar soja argentina y se la adquiere al vecino Brasil a un precio superior. El País 17/5/2017.

Pero ¿no aprovechar la “financiación” para tener trenes, rutas y centrales

hidroeléctricas hechas por argentinos en Argentina, con la lógica participación de equipos que no se disponen…por ahora, es un criterio respetable? ¿A quién le cabe en la cabeza que no tengamos capacidad de diseñar, construir rutas, centrales hidroeléctricas y trenes? Lo hemos hecho por años. Hemos exportado locomotoras, hemos equipado trenes. ¿Cómo se puede admitir, con ese facilismo indignante, que necesitemos que lo hagan empresas extranjeras que importaran todo lo que puedan?

Es que el “Acuerdo Estratégico con China”, obedece más al acuerdo pasivo de la política argentina con el diseño estratégico del gobierno chino.

China tiene un proyecto concreto para su rol en el mundo, el Belt and Road (2013) que se diseñó en 2010. Y la Argentina de Néstor y Cristina Elisabet de proyecto, de diseño, de estrategia, ni hablar. Recuerdo a CFK pontificando “a mi no me hablen de planes”.

Pero, no es menos cierto, que más allá de los sueños amarillos del PRO (que coincidencia de elección de marketing y geopolítica) el Gobierno Nacional no ha ofrecido nada que se le parezca a una estrategia de desarrollo del país que arrastra gigantescos problemas de empleo, de concentración territorial, de pobreza extrema consolidada, de déficit de más de 30 mil millones de dólares año en el comercio industrial externo, etc.

Los anuncios de Macri de los acuerdos con China sin duda obedecen a la estrategia china de exportación de sus excedentes de recursos y financieros y difícilmente respondan a las necesidades prioritarias del país.

Hay cosas obvias: necesitamos infraestructura. Todas y cada una de las obras e inversiones anunciadas son ventas chinas.

Pero ¿cuál es el fundamento y prioridad de las obras?¿Cuál es el modo con el que se asocian a proyectos productivos? Miles de millones de dólares que ni remotamente van a generar su repago y que difícilmente estarían en primer lugar en un listado de inversiones prioritarias.

Lo de los K y esta continuidad inesperada de los M, parten del mismo origen, cero de pensamiento estratégico, cero de vocación de concertar el largo plazo, cero de auténtica vocación de diálogo y consenso. En eso son iguales y parece que en la publicidad del futbol también. Ahí estamos.

Pero, siempre, hay una ventana que permite ilusionar el horizonte.

Este jueves en el Senado de la Nación Ramón Tamames expuso el Pacto de la Moncloa que fue una herramienta para encaminar la democracia recién nacida.

Miguel Pichetto recordó que la Argentina tuvo su Moncloa en 1972. Perón y Ricardo Balbín, lo iniciaron con “La Hora del Pueblo” que inauguró el camino de la democracia sin proscripciones. Y se concretó con las Coincidencias Programáticas elaboradas por el movimiento obrero conducido por José Rucci y el movimiento empresario nacional conducido por José Gelbard.

Cuando retornó la democracia el Acta de Compromiso basada en esos dos compromisos, hizo posible una política de ingresos estabilizadora y el Parlamento sancionó por unanimidad 20 leyes propuestas por las Coincidencias un año antes.

Los violentos, la guerrilla y los intelectuales de los golpes cívico militares, no firmaron y fueron ellos los que interrumpieron los acuerdos.¿ Cómo? El asesinato de Rucci – quién nos anticipó su destino – y la muerte de Perón, abortaron el proceso. Fue posible y tuvo resultados.

Pero Pichetto se centró en el futuro, en la necesidad de consensuarlo. Ernesto Sanz y Federico Pinedo, oficialistas, reconocieron en sus exposiciones que se torna imprescindible trabajar para ese encuentro. Tal vez esta cuestión del Acuerdo chino sea una oportunidad para discutir el futuro: ¿vamos a consolidar la economía para la deuda o vamos a apoyarnos para transformarla?

Abrir el debate honesto sobre estos Acuerdos, en el Parlamento y escuchando a todos los sectores sociales de la producción y del trabajo, a las universidades, sería un paso fundamental para acordar primero la manera de evitar los daños ciertos que se derivan de lo firmado; y potenciar las oportunidades posibles que contengan.

En todo caso ese debate podrá poner en claro el desacuerdo nacional sobre el largo plazo y, sobre la base de ese diagnóstico, abrir las bases de un acuerdo que nos permita comenzar un futuro de Nación.

CARLOS LEYBA

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