BELISARIO, EL RATÓN QUE FUE ASTRONAUTA

Hace 50 años, la Argentina realizaba con éxito un experimento espacial con un ser un pequeño vivo, que viajó en cohete.

En plena Guerra Fría, no sólo las grandes potencias –Estados Unidos y la ex Unión Soviética– pugnaban por demostrar quién era el más apto y más fuerte en la carrera espacial. También la Argentina quería hacer su aporte en los viajes al cosmos, no sólo lanzando cohetes de diferentes alcances, sino también mandando misiones tripuladas con pequeños seres vivos. Fue así como un grupo de ratones nacidos y criados en la provincia de Córdoba lograron viajar al espacio, aunque con suerte diversa.
El primero de ellos fue un roedor blanco y chiquitito, al que se lo vistió con un arnés diseñado especialmente a su medida. Se llamaba Belisario. Y el 11 de abril de 1967, logró volar a una altura de 2.300 metros a bordo de una cápsula que se montó sobre un cohete de diseño nacional, llamado Yarará.
Podemos decir, entonces, que el ratón Belisario se convirtió en el primer astronauta argentino. Otros dirán que fue Juan, un pequeño monito caí de la selva misionera, que un día antes de la Nochebuena de 1969 se elevó siete kilómetros en dirección a la atmósfera, habiendo despegado de una base en El Chamical, La Rioja. Ambos experimentos, los dos exitosos, fueron parte de un programa que se llamó BIO.
“Su objetivo era probar la cápsula, su sistema de transmisión de datos biológicos y la recuperación del animal en buenas condiciones para su posterior adaptación a cohetes de mayor porte”, sostiene Pablo de León, el multifacético investigador e inventor argentino, que trabaja junto a la NASA en el diseño de la misión a Marte.
El ingeniero Aldo Zeoli anuncia el experimento a la prensa. Belisario en la mano de otro militar.
Pongamos las cosas en contexto. Cuando Belisario atravesó el cielo, la URSS había lanzado su primer satélite, el Sputnik, una década antes. Y Estados Unidos acababa de perder la nave Apolo 1, en la que murieron sus tres tripulantes. Faltaban dos años para pisar la Luna. El ambiente de exploración espacial era efervescente. Allí se cocinaba una rara mezcla de ingredientes, en el que cabían el heroísmo, el entusiasmo y la pasión por superar las fronteras de la ciencia.
Argentina había decidido que iba a participar de ese juego durante el gobierno de Arturo Frondizi. Entonces, el espacio significaba desarrollo (Estados Unidos invertía el 5 por ciento de su PBI para poder alcanzar el satélite natural de la Tierra). Un ingeniero electromecánico mendocino llamado Teófilo Tabanera –un auténtico apasionado por el espacio– convenció a Frondizi de la necesidad de ser un actor de importancia en este área. Y fue así que se estableció por decreto la Comisión Nacional de Investigaciones Espaciales (CNIE), que fue la que llevó a cabo el proyecto BIO.
En esa época, lo que hacía Argentina era de avanzada, a tal punto que el país firmaba convenios con la NASA, según nos recuerda De León. “Había capacidad técnica, científica e industrial, y una voluntad política para hacerlo”, añade. De León es autor de varios libros, entre ellos, de una magnífica Historia de la Actividad Aeroespacial Argentina.
En 1963, los científicos argentinos habían desarrollado cohetes para incluir una pequeña carga útil, destinada a un proyecto biológico. Y al año siguiente, estuvieron a punto los sistemas para medir el ritmo cardíaco y de respiración del animalito que fuera elegido, a través del desarrollo de un micrófono que podía captar los latidos. En el Hospital Aeronáutico de Córdoba se diseñó la llamada “biocápsula”, como para recuperar al animal en buenas condiciones. El cohete Yarará era de entera fabricación nacional.
Y fue así como Belisario fue seleccionado de un pequeño grupo de ratones de raza Wistar, todos con nombres curiosos: Braulio, Benito y Celedonio. Belisario probó ser el animalito más adecuado para el experimento porque era el más dócil de todos. Lo fotografiaron como a una modelo y le diseñaron especialmente un arnés para inmovilizarlo sin hacerle daño.
“El chaleco estaba para permitir la ventilación y poseía un depósito para recolectar deposiciones sólidas y líquidas que serían analizadas después del vuelo”, recuerda De León en su libro.
Diez, nueve, ocho… El lanzamiento se realizó a las 10 de la mañana desde la pista de la Escuela de Tropas Aerotransportadas, en Córdoba. Ese día, se realizaba en Punta del Este, Uruguay, una cumbre de presidentes y cancilleres del continente entero, lo que incluyó la presencia del presidente norteamericano Lyndon Johnson. El presidente argentino ya era el general Juan Carlos Onganía, golpe mediante. Los diarios hablaban de ese evento político, la televisión hacía transmisiones en vivo de la novedad desde el balneario uruguayo. Y nadie ese día cubría lo que era un experimento histórico para la Argentina. Es curioso.
Belisario se elevó 2.300 metros. A los 28 segundos de su trayectoria vertical, se abrió el paracaídas, que debido a un frente de tormenta, llevó a la cápsula (y al ratón) fuera de los terrenos de la pista. Tardaron unos 50 minutos en encontrarlo. El animal estaba muy nervioso y muy mojado. Producto de la transpiración, perdió 8 gramos de peso. Pero al cabo de unos minutos, Belisario ya estaba repuesto. Recién tres días más tarde, la prensa se enteró de todo.
“El experimento fue un éxito. Se transmitieron los datos biológicos de un animal vivo”, evalua hoy De León. “Se desarrolló un sistema de separación y telemetría”, agrega.
Belisario vivió una larga vida ratona. Pero Celedonio, que también había sido seleccionado en el primer grupo de astronautas, murió estrellado en mayo de 1967, cuando lo lanzaron desde Chamical, en un experimento montado sobre un cohete Orión II. El paracaídas se enredó con el motor y, por lo tanto, no se pudo abrir. En agosto de 1969, se lanzó a la rata Dalila, que fue eyectada a 15 kilómetros de altura, aunque aterrizó sobre la copa de un árbol. Iba sedada.
El mono Juan, que había sido capturado por Gendarmería, viajó en 1969. Ya era un experimento de más envergadura: en vez de un roedor de 120 gramos, era un animalito de 1,4 kilo que medía unos 30 centímetros. Su lanzamiento fue también un éxito.
“La Argentina quería ser una potencia espacial”, señala De León. En ese entonces, sólo tres países, además del nuestro, habían logrado lanzar seres vivos a la atmósfera: además de Estados Unidos y la ex URSS, estaba también Francia. Ese club selecto sigue siendo aún muy pequeño. Desde entonces, a él se unieron sólo China, Japón e Irán.

Marina Aizen

• Revista VIVA

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