HOMBRES DE BUENA VOLUNTAD

El clima está raro. Las inundaciones pesan. Golpean la vida de muchos compatriotas. Seguramente la obra de los hombres podría haber evitado parte de los daños y, seguramente, futuros trabajos podrán reparar parte de las pérdidas. En estos fenómenos hay mucho de inevitable y mucho de imprevisible y de irreparable.
Son accidentes en la medida que, en su naturaleza, está la dificultad de preverlos y de protegerse adecuadamente frente a ellos. Tal vez por eso cada vez que nos castigan esos accidentes los argentinos demuestran su generosa solidaridad. Una reacción que ante cada desgracia los argentinos han tenido. Buena voluntad.
El clima político y social también está raro. Y vaya si pesa. La distancia, el desentendimiento, el rechazo, ahogan muchas posibilidades, por ejemplo – entre otras – la de que muchos argentinos no sufran las consecuencias devastadoras de la pobreza y el desempleo, cuya superación exige un esfuerzo del conjunto.
En ese clima la sociedad ve, año tras año, extraviarse el futuro.
Un futuro que se desplaza sistemáticamente más allá. No es nuevo.
Pero esto no es un accidente, no tiene nada de inevitable, ni de imprevisible y el trabajo de los hombres lo puede evitar y reparar.
No es un accidente ni está en la fuerza ciega de la naturaleza. Lo que necesita es mucha Buena Voluntad. No es buenísmo. Buena voluntad es la actitud viril y adulta de enfrentar el futuro y desandar la telaraña espantosa del pasado y la recriminación.
Hace muchos años un Premio Nobel de economía, dijo que existían cuatro clases de países, los desarrollados, los subdesarrollados, Japón- que nadie sabe por qué crece – y la Argentina, que nadie sabe por qué no crece.
Porque tiene casi todo para crecer o lo que es lo mismo, que tiene todo para desarrollar: una geografía vacía e instituciones vaciadas de virtud. Nuestro subdesarrollo no tiene una explicación tradicional.
Una explicación posible tiene que ver con el clima político y social que es la expresión de donde partimos con este comentario. El mal clima recurrente, el habito de la crispación.
Estamos en una nave en la que viajeros desearían que una parte de ellos no siguiera la travesía y la otra piensa exactamente igual. “Si no estuvieran ellos”. Imposible.
¿Cómo es la travesía en la que, cualquiera sea el destino, los pasajeros pujan por deshacerse de una parte del pasaje? Y entretanto postergan el debate acerca del rumbo.
¿Puede haber discusión sobre el rumbo cuando unos solo aspiran al desembarco obligado de los otros y viceversa? ¿Cómo es eso?
¿Cómo explicar este, el actual, y los anteriores, estancamiento económico y social, la debilidad de la idea de justicia, de mérito, de valor, sin poner en primer lugar el clima de discordia, la preeminencia del rechazo que impide las decisiones fundamentales que reclaman tiempo para que sean duraderas? La ausencia de concertación de rumbo y valores conforma el reino del desconcierto.
Hubo muchos acuerdos valiosos en nuestra historia. Momentos en los que predominó el espíritu de concordia. Ellos deberían ser los inspiradores de la disipación del clima de histeria de esta navegación a los tumbos.
De la historia vivida, que es la que vivieron las generaciones que están de pie, con honestidad podemos recuperar algunos momentos desgraciadamente breves o, peor, fugaces. Los hubo. Como que hubo líderes capaz de abrazarlos.
La memoria de cada uno rescatará el inventario de esos momentos que, como estamos en el reino de la discordia, será polémico. El pasado nos divide, aún para recordar los momentos en que estuvimos en concierto
En estos días se ha hablado del Pacto de la Moncloa. Y por eso es bueno recordar que en momentos de máxima tensión los partidos políticos democráticos – no la guerrilla, y tampoco los que alentaban los golpes militares, los violentos – Juan Perón y Ricardo Balbín, adversarios de años, firmaron “La Hora del Pueblo”. Y luego con el compromiso de la CGT y de los empresarios medianos y pequeños nacionales nucleados en la CGE, junto a aquellos partidos formularon las Coincidencias Programáticas que darían lugar a la salida electoral que llevaría al fin de la proscripción.
Una concordia para la concertación que representaba mas del 90 por ciento de la opinión pública, la casi totalidad de la clase obrera y un porcentaje determinante del empresariado.
Todo se acordó en medio y a pesar de la lucha entre la guerrilla y el gobierno militar que eran expresiones minúsculas de un pueblo ausente de ambas sinrazones.
Una vez en marcha, el acuerdo, fue tan consistente y profundo que fue necesario, para abortarlo, primero el asesinato de José Rucci a manos e inspiración de los Montoneros, la muerte por agotamiento de Perón y finalmente un golpe militar de la barbarie para terminar con ese acuerdo y ese clima. Los liderazgos de acuerdo son la esencia del acuerdo: la política es pedagogía al servicio del rumbo acordado.
En estas condiciones tan crispadas no es fácil preguntarse, en la semana de mayo, si lo que soñaron y por lo que lucharon los próceres indianos, criollos y acriollados, los sueños para construir una Patria, los hemos estado realizando en estos doscientos siete años desde la Revolución de Mayo.
¿Lo estamos haciendo ahora? La respuesta más generosa e indulgente, y seguramente la más compartida, es: “no del todo”.
¿Cómo, qué, hacer para cumplir?
El Cardenal Mario Poli le recordó al gobierno en el Tedeum que “no existe realidad humana y social que no pueda ser redimida, cambiada para bien” . Formidable síntesis de la esperanza en la ciudad terrena.
Dijo “Comparto que muchos pueden pensar que no hay motivos para hacer fiesta patria cuando buena parte de nuestro pueblo no se siente invitado, porque no posee igualdad de oportunidades y carece de lo necesario para una vida digna” Formidable síntesis de la exclusión que consiste en “no invitar” no acoger de buena gana.
Y finalmente, “Dolorosamente hemos aprendido en nuestra historia que la inequidad genera violencias. Todos nuestros acuerdos nacieron para detener y conjurar la violencia.
Y agregó “ En el día en que renovamos el deseo de ser una Nación que incluya a todos, me parece oportuno decir que la solución a nuestros desafíos internos –algunos lo llaman deuda social interna–, depende prioritariamente de nosotros”. Claro no es un accidente. Es la consecuencia de una construcción. Y por eso concluyó con una invocación “a ser fuertes en la adversidad, superando la confrontación que nos roba la esperanza y a buscar por el fecundo y arduo camino del diálogo, un consenso creativo, tan necesario para que se haga realidad el progreso de nuestra Nación”
En estas fechas de la memoria histórica, que ineludiblemente conforma el patrimonio de lo que somos, nos golpea duro ante estas realidades el sentimiento de frustración que se ha convertido en un elemento de nuestra identidad.
Cuanto más tiempo hemos vivido más tiempos pasados mejores podemos recordar.
Por eso no es fácil evadirse de la idea de decadencia para describir nuestro derrotero de Argentina inexplicable. La decadencia solo es posible cuando previamente se ha experimentado la vivencia de progreso.
No importa como describamos el progreso. Pero todos recordamos una etapa previa en que ocurrió y se vivenció en todos los campos en los que solemos dividir arbitrariamente la realidad social.
Justamente la idea de progreso se torna luminosa cuando ocurre a la vez en todas las dimensiones de la sociedad; y cuando cada una de esas dimensiones alimenta a las demás. No hay progreso por partes. No hay tal cosa como compartimentos estancos en la realidad de una Nación.
No es posible, por ejemplo, decir “hay progreso institucional” cuando se experimenta retroceso social. ¿Qué es “institución”?
Celebramos, con razón, haber logrado vivir más de tres décadas en el marco institucional de la democracia y de la libertad.
Pero ésta democracia no realizó la promesa con que nació que “con la democracia se cura, se come, se educa”. Dimensiones virtuosas del Estado, atender el cuerpo y el alma de los habitantes, no se han cumplido.
La pobreza y el fracaso del sistema educativo marchan a la misma velocidad; y con un potencial de reproducción que forman el principal síntoma de la decadencia. Es poco agradable recordarlo.
La visión y el acento en el medio vaso vacío por sobre el medio lleno – que algunos puedan alegar –, en todo caso, es la función de la alerta: cuando el cuerpo duele avisa del mal que la razón no percibe.
Los dolores del cuerpo social son el sistema de alarma que anuncia que el mecanismo no funciona. Así de simple.
Celebramos esta democracia básicamente en función de lo que la precedió. Somos una democracia posterior a la desvirtuación del Estado convertido en un ogro devorador de los más elementales derechos humanos, gobernado por la justificación inmoral de la tortura y el asesinato, el Estado como genocida. Somos una democracia posterior a la entrega de miles de jóvenes a la muerte en la Guerra de Malvinas.
Somos una democracia posterior a la locura, cómo llamarla sino, de jóvenes que supusieron, en los 60 y 70, que “hay personas en el mundo a las que es lícito matar, sean ellos enemigos, subordinados, antiguos aliados, descontentos y así llegar hasta los indiferentes y los tibios” y que de haber triunfado “¿Firmenich habría terminado siendo el mandamás del país y Galimberti su jefe de policía?…¿Tan defendible era ese proyecto”(Christian Ferrer, Carta al Director de la Intemperie,2005,en NO MATAR sobre la responsabilidad).
Después de todo esa reguera de pérdida de virtud – que eso significa desvirtuar – hemos vivido, a los tumbos, tres décadas de funcionamiento institucional razonable. Cierto.
¿Cómo ubicar en lo “razonable” la práctica, bastante generalizada, del cohecho al que lo llamamos crípticamente “corrupción”?
La palabra corrupción apela a la condena del abuso de poder para obtener ventajas ilegítimas. Pero deja en la sombra la existencia del actor sin el cuál la corrupción no es posible. El Poder está en el Estado y el otro actor, simplificando, está en el Mercado.
La corrupción, para materializarse, exige dos partes – “cohecho” -, y carece de sentido amputar su significado apelando a la “corrupción política” cuando se trata de cohecho Estado y Mercado. Es obvio.
Pero es necesario recordarlo. Sobretodo porque algunos funcionarios del PRO – que afortunadamente no niegan la corrupción que los K en el poder sí negaban – enfatizan la “corrupción de los políticos”.
El ministro Guillermo Dietrich – con energía extraordinaria y verborragia generosa –afirma la corrupción durante el período K en la obra pública. Cierto. ¿Pero quiénes eran los beneficiarios privados de la corrupción, los coautores del cohecho?
¿Acaso solamente Lázaro Báez y Cristóbal López? ¿Quiénes llevaron a cabo el 90 por ciento de la obra pública? ¿Sólo “empresarios” K?
¿Qué nos pueden decir los ministros de energía, de obras públicas, de transporte, etc., de las sorprendentes y súbitas fortunas privadas acumuladas por desconocidos en los últimos 12 años a base concesiones que se han seguido prorrogando o que se han beneficiado del silencio público?
Vaya si hay nuevas fortunas sorprendentes y todas asociadas al Estado y sus concesiones. Esta falta evidente de profundidad conceptual cuando se hacen propuestas moralizantes estalla con la cuestión Odebrecht ante la que los K y los M se suman en una parsimonia exasperante.
Se pueden reducir las declaraciones de Elisa Carrió al espionaje y la renuncia de un personaje menor. Pero no se debe ocultar la contundencia de su reclamo que apunta a la voluntad de justicia para todos, para los que se fueron y para los que están.
¿El gobierno va a poner su voluntad real en buscar el “otro lado” de la corrupción y castigar ante la opinión pública a los traficantes de influencias de ayer y de hoy a pesar que se manchen figuras prominentes del mercado y no solo del Estado?
¿Qué nos dice la retahíla de denuncias y de resultados, en término de castigo y preservación del patrimonio público, acerca de la virtud del Estado?
Elecciones periódicas si, libertades públicas si. ¿Pero qué de la aplicación de la justicia?¿Qué acerca del patrimonio público?
La dictadura extravió la virtud del Estado al destruir los derechos humanos. Pero este gobierno, particularmente este gobierno, que llegó con el mandato público – aún de los que lo votaron a regañadientes – de reestablecer la virtud del Estado en la administración, pasada y presente, del patrimonio público, está acumulando una deuda monumental construida a base de silencio.
Identificar las formas, las obras, los autores y coautores de la pérdida de la virtud en la administración de los bienes públicos es una función principalísima y no está cumplida.
De la misma manera que el gobierno no realizó, en el primer momento de su gestión, el inventario de la herencia económica y social recibida tampoco ha realizado el inventario del daño al patrimonio público y sus autores y coautores del mercado. En ambos casos se produce un daño moral porque lima la predisposición necesaria para acometer reparaciones.
No es sano que la sociedad observe la asignación de mérito a empresarios vinculados a la cosa pública que son necesariamente sospechosos de cohecho sobretodo a causa de exhibir fortunas súbitas.
El silencio del Estado y el riesgo de continuidad, es la desvirtuación del carácter moral del Estado.
La Justicia ha logrado la condena de aquellos que desde el poder desvirtuaron al Estado en el terreno de los derechos humanos. Pero no hemos logrado aún la condena, al menos moral colectiva, de los que se arrogaron el derecho de matar en nombre de la Revolución. No lo hemos cerrado todo.
Y esta democracia que más o menos ha regularizado los mecanismos de gobierno, no ha logrado poner en blanco y negro la cuestión moral del patrimonio público privatizado. Que eso es lo que ocurre con el cohecho o la corrupción: unos se apropian de lo de los demás. Y no son los bolsos de López o los 35 millones de Odebrecht: eso es menos que papel picado. No solo en Brasil sino en Estados Unidos se investigan actos de corrupción en nuestro país y ni los K ni los M se han siquiera acercado a mirar.
Detrás de esas carencias, que implican incumplir mandatos y que, por lo tanto, erosionan la moral colectiva, están los problemas que duelen.
Los que tienen que ver con la cuestión de la democracia “que cura, educa, alimenta”.
En el Tedeum el Cardenal reclamó por “igualdad de oportunidades”” vida digna” la inequidad (que) genera violencia”, “saldar la “deuda social interna”
El Cardenal ofreció el camino “del diálogo, un consenso creativo tan necesario para que se haga realidad el progreso de nuestra Nación”.
¿Qué respondió el Presidente, cuáles fueron las palabras oficiales?
No respondieron a ese pedido. Macri apareció como un indignado con la realidad de la que él es partícipe necesario. Y condenó a “jueces, sindicalistas, empresarios, que se creen dueños de decirnos lo que tenemos que hacer”. Otra vez una parte del pasaje debe quedar afuera. “Nosotros” y “ellos”. Confrontación sin distinción de méritos.
El “hijo de Duran Barba”, según los dichos del encuestador, que es Jefe de Gabinete, en las últimas horas multiplicó la descalificación personal para cerrar cualquier discusión de ideas.
Es cierto hay jueces que no merecen serlo, sindicalistas que no deberían ocupar ese lugar y empresarios que no agregan valor sino que lo fugan.
Pero ciudadanos, trabajadores y sus representantes, empresarios y sus sectores, tienen que ser parte de un compromiso económico y social para resolver nuestros problemas gigantescos y que este gobierno, hasta ahora, no ha logrado encaminar. Y no deben callar ni un segundo los reclamos.
Pueden imaginar los funcionarios que las cosas mejorarán, pero no han mejorado. No confundan y no se confundan.
La tarea, aún si hubiera algún éxito, exige el concurso colectivo y eso se logra solamente con consenso y compromiso.
La respuesta de Macri no ha sido la mas apropiada.
Debajo de la superficie de la coyuntura, inflación y estancamiento, están las tendencias y los problemas. No hay allí señales alentadoras.
Si la economía se desempeña, por ejemplo, a la velocidad promedio acumulativo de los últimos doce años – de lo que estamos lejos -, el PBI por habitante se duplicaría recién en 2053. Superar esa tendencia exige un programa que no está y que – peor – el gobierno cree que no lo necesita. No hablo de ganar elecciones para lo que, según Duran Barba y Marcos Peña, es necesaria la confrontación. Hablo de ganar el futuro que es otra cosa.
El PBI no es todo. Pero es un reflejo y una posibilidad. Refleja el estado de la sociedad y posibilita financiar la resolución de los problemas.
Para ello, mejor método que la grieta, la confrontación o ellos o nosotros, es el consenso. La historia de esta democracia que hemos logrado lo demuestra.
La tendencia y los problemas no nos hablan de crisis sino de decadencia. Y para revertirla hay que trabajar en “largo plazo” y eso, sin consenso, es imposible.
Si el gobierno no trata de hacer posible el consenso fracasará aunque gane las elecciones. Y eso significa que la tendencia económica mencionada y los problemas sociales, que la pobreza del 50 por ciento de los menores representa, nos gobernarán.
Vale la pena recordar a JL Borges cuando viendo a unos melenudos que escribían canciones de protesta les dijo “yo no puedo escribir cuando estoy enojado”.
Enojados no se puede ni escribir ni pensar y mucho menos gobernar.
Pero el enojo nos gobierna. Y eso pasó desde el primer día de los K y ahora les pasa a los M. Liderazgos de conflicto nos hunden en el pasado.
El estancamiento y la baja velocidad de expansión suman al clima de conflicto. El gobierno y Macri no son los únicos responsables. Pero sin duda lo son hoy.
Un baño de humildad o sabiduría, ante la realidad de no haber podido siquiera enderezar la espantosa herencia, para apelar a un programa consensuado es el único homenaje posible a los que hicieron los fundamentos de una Patria de indianos y criollos que supo convocar generosamente , en el SXIX, a todos los hombres de Buena Voluntad. Nuestra Constitución es eso.
Buena voluntad es el primer paso del consenso. No es suficiente. Pero sí es necesaria. Pero lamentablemente a pesar del Tedeum, de la fecha patria, es lo que estuvo ausente en las últimas palabras de CFK y del gobierno.

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