CÓMPLICES DEL TERRORISMO

Una sola persona puede sacudir al mundo, acorralar a los líderes de las grandes potencias y lograr una publicidad internacional sin parangón. Una sola persona. O un pequeño grupo. Es el poder del terrorismo. Los Estados toman “medidas de seguridad” pero no pueden aplacar a la ola terrorista que hoy vapulea a Europa. Al mismo tiempo que un pasajero no puede subir a un avión con un frasquito de 150ml de perfume, en Niza un terrorista mata a 84 personas con un camión.
Ni militares ni policías tienen modo de prever estos actos del feroz terrorismo “de bajo costo”. Cada vez que se produce un atentado terrorista los gobernantes aparecen en televisión repudiando la barbarie, prometiendo terminar con ella y transmitiendo sus condolencias a deudos y heridos. A la vez, hay canales de televisión que transmiten todo el día desde el lugar del atentado, y los diarios, blogs y redes sociales se colman de datos, fotos y comentarios sobre lo sucedido.
De ese modo, gobernantes y medios hacen lo que quieren los terroristas. Para éstos, matar a un grupo de individuos anónimos no tiene, en sí, ningún valor. Lo que buscan es repercusión. Y lo logran. El terrorismo moviliza a jefes de Estado o de Gobierno en todo el mundo, como ha ocurrido a raíz de los recientes atentados en Gran Bretaña.
El presidente chino hizo públicas las condolencias que envió a la Reina Isabel. El primer ministro canadiense convocó a “luchar contra el terrorismo con todas nuestras fuerzas”. El presidente ruso deploró los ataques. La canciller alemana prometió luchar “con determinación, traspasando fronteras”. Hasta el primer ministro de Indonesia –el país del mundo con la mayor población islámica—salió a condenar los ataques.
Por su parte, el presidente de los Estados Unidos llegó a acusar al alcalde de Londres de minimizar la inseguridad de la capital británica.
La semana pasada, después de que una furgoneta sembrara muerte en el Puente Londres, la solidaridad simbólica se extendió por todas partes. En París se apagaron las luces de la torre Eiffel. En Berlín, la bandera británica –reproducida mediante un juego de luces—cubrió la puerta de Brandenburgo.
Los terroristas se regodean con estas respuestas a sus actos. Pero, ¿cómo no hacerles el juego? Los gobiernos no pueden mostrarse indiferentes y la democracia no admite la censura del periodismo. Es imposible, ante un atentado terrorista, reducir la reacción a lo que sería más eficaz: que cada gobierno emitiera un comunicado de repulsa y los medios trataran el hecho en la sección Policiales.
Impotentes, algunos gobernantes caen en amenazas incumplibles y frases imprudentes.
La Primera Ministro británica, Theresa May, cree que para frenar al terrorismo es urgente llegar a un “acuerdo internacional para regular el ciberespacio”. La culpable de la ola terrorista es, según ella, Internet. “La malvada ideología del extremismo islámico”, dice, encuentra en la red “espacios seguros” para planear sus atentados. “Ha llegado la hora de decir basta”.
El presidente Donald Trump, por su parte, piensa que, para evitar la propagación del terrorismo a los Estados Unidos, hay que establecer un “bloqueo total” de la inmigración musulmana. No sólo lo piensa. En marzo sancionó un decreto por el cual se prohibía el ingreso de personas provenientes de Somalia, Irán, Siria, Sudán, Libia y Yemen.
Los tribunales impidieron que la norma entrara en vigor y la Corte Suprema se negó a validarla. El Departamento de Justicia, que es un ministerio del Ejecutivo norteamericano, encabezado por el Fiscal General, creyó conveniente presentar a la Corte una versión menos rígida del decreto, pero días atrás la Corte vetó otra vez el bloqueo de la inmigración musulmana, al cual considera inconstitucional.
Ante eso, Trump dijo: “La gente, los abogados y los jueces pueden decir lo que quieran, pero yo estoy diciendo lo que necesitamos, y eso es el bloqueo de la inmigración”. El Presidente disparó contra su propio Departamento de Justicia, por haber presentado una versión “aguada” y (lo que parece resultarle condenable) “políticamente correcta”.
Es inverosímil que los “halcones” dejen de lado sus bravatas y el periodismo amarillo su mercantilismo. Sin embargo, hay cursos de acción probables.
La mayoría de los gobernantes siente que el terrorismo les impone grandes costos políticos y que los dichos o actos oficiales no tranquilizan a la población. En estos tiempos de cumbres constantes, no es impensable que los líderes mundiales se comprometan entre sí en mantener un relativo “bajo perfil” en las reacciones ante los actos terroristas. Condenar sin abultar, asistir a deudos y heridos, acrecentar las tareas de inteligencia y dar amplia publicidad a los éxitos de la prevención.
En el caso del periodismo, la competencia hace difícil los pactos que le impidan a canales o diarios triunfar a la hora del rating o la circulación. Sin embargo, en otras materias rigen en distintas partes del mundo códigos de ética acordados por editores o asociaciones de periodistas.
En cuanto al terrorismo, no se trataría de practicar la autocensura sino de evitar los abultamientos. Las sociedades se beneficiarían si los medios limitaran la cobertura de los actos terroristas a informaciones oficiales o extraoficiales verificadas, se abstuvieran de “alargar” o “rellenar” las notas y no sobredimensionaran la presentación gráfica o audiovisual de los hechos.
Un estudio realizado en los Estados Unidos por los cientistas políticos David Paletz y Alex P. Schmid, Terrorism and the Media, concluye que los objetivos del terrorismo son: mostrar su fuerza y la vulnerabilidad del Estado, radicalizando a los gobiernos para crear caos y miedo. Facilitar todo eso convierte a funcionarios, políticos y periodistas en cómplices involuntarios del terrorismo.

Rodolfo Terragno

(Clarín)

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