EL PELIGRO DE VACUNAR A LOS NIÑOS

Cuando iniciábamos nuestras tareas de padres noveles, una de las actividades más resistidas por nuestros párvulos era la visita del médico o, lo que era aún peor, llevarlos a ellos mismos al consultorio. Tal vez no sea justo atribuir tales temores a nuestros descendientes, cuando nosotros mismos sufríamos todo tipo de terrores en tales eventos. Yo mismo, que he pasado por las manos –y sobre todo, por los bisturíes- de innumerables galenos, no puedo olvidar el terror que me causaba la presencia de unas seudo tijeras que siempre tenía el médico a mano. En realidad, sólo para manipular gasas y algodones, pero cuyo aspecto ominoso nos hacía pensar en todas las partes de nuestro cuerpo infantil corrían el riesgo de ser cortadas por tan terribles aparatos.

Volviendo a nuestros hijos, es inevitable recordar la pregunta que se hacía alguno hoy cuarentón o cincuentón (sin que al día de hoy hayamos encontrado la respuesta correcta) Lo dotore son buenos, lo dotore.
Si así reaccionaban –y siguen reaccionando- seres que han sido beneficiados con los adelantos de la civilización, que se podría esperar de los salvajes que poblaban nuestras pampas siglos atrás.
Don Juan Manuel de Rosas fue designado miembro honorario de la sociedad real jenneriana de Londres, llamada así en homenaje a Edward Jenner, padre de la vacuna antivariólica, “en obsequio de los grandes servicios que ha rendido a la causa de la humanidad, introduciendo en el mejor éxito de la vacuna entre los indígenas del país” Es que como parte no deseada del intercambio de bienes culturales –y de los otros- entre conquistadores hispanos y sometidos nativos los primeros trajeron la viruela y los conquistados aportaron la sífilis. En ambos casos, endémicas para quienes tenían anticuerpos y endiabladas para los que carecían de ellas.
Fue el rey Carlos IV, cuya hija Luisa Fernanda se enfermó de viruela, quien inició la difusión en sus tierras, y así, en los albores del siglo XIX llegó al Río de la Plata. Pero no a los indios que eran quienes más la padecían.
Fue el Restaurador de las Leyes, que conocía a los indios y que era capaz de comunicarse con ellos, más allá del conocimiento del idioma, el que llevó la vacuna de Jenner a los toldos.
Naturalmente, los destinatarios se resistieron, como los niños de nuestra introducción. El temor aprensivo, la desconfianza a las trapisondas del huinca y, seguramente, las leyendas que difundirían las machis, que más que al gualicho misterioso debían temer la amenaza de ser desplazadas de sus tareas ancestrales. Pero Don Juan Manuel sabía cómo tratar a sus interlocutores: él mismo se arremangó y se hizo aplicar el mágico pinchazo en su brazo, a lo que siguieron los hombres de lanza que confiaban en el indio rubio, y que no era cuestión de quedar como gallinas ante el resto de la tribu.

Juan Manuel, muy bueno pero muy loco

Rosas les dijo, según recordaba Catriel: “…Ustedes son los que deben ver lo que mejor les convenga. Entre nosotros los cristianos este remedio es muy bueno porque nos priva de la enfermedad terrible de la viruela, pero es necesario para administrar la vacuna que el médico la aplique con mucho cuidado y que la vacuna sea buena, que el médico la reconozca porque hay casos en que el grano que le salió es falso y en tal caso el médico debe hablar la verdad para que el vacunado sepa que no le ha prendido bien, el grano que le ha salido es falso, para que con este aviso sepa que para el año que viene debe volver a vacunarse porque en esto nada se pierde y puede aventajarse mucho. La vacuna tiene también la ventaja de que aún cuando algún vacunado le da la viruela, en tal caso esta es generalmente mansa después de esto si quieren ustedes que vacune a la gente, puede el médico empezar a hacerlo poco a poco para que pueda hacerlo con provecho y bien hecho y para que tenga tiempo para reconocer prolijamente a los vacunados”

Lonco Pincén

El bravo Pincén comentaría, años más tarde: Juan Manuel muy bueno, pero muy loco; nos regalaba potrancas pero un gringo nos debía tajear el brazo, según él era un gualicho grande contra la viruela. Y algo de cierto debió haber porque no hubo más viruela por entonces.
DE AYER A HOY

Pero los tiempos cambian. Hoy estamos en el siglo XXI y no ha faltado la diputada nacional que ha tomado conciencia de toda obligatoriedad tiende a obliterar la libertad. ¿Qué otra cosa se propondría el gobierno reemplazado hace dos diciembres, cuando dio carácter obligatorio a la aplicación de más de una docena de vacunas a los niños de hoy? ¡Y no sólo a los indios!

La legisladora bonaerense Paula Urroz, que integra la bancada de Unión Pro, ha retomado la bandera de los más recalcitrantes de la toldería, que se negaron a extender el brazo, y no siguieron el ejemplo de Juan Manuel. Es que para ella “las vacunas contienen componentes de naturaleza tóxica (aluminio, mercurio, polisorbatos, formaldehido, etc.) y biológicos (virus y bacterias muertas o atenuadas, restos de ADN de células de cultivo humanas y animales) que conllevan un riesgo, constatado en los hechos, de muerte, enfermedad aguda o crónica de variada naturaleza, a lo que hay que añadir la modificación del patrimonio genético”.
No parece que el proyecto esté destinado a la aprobación. Los legisladores son conscientes de que los padres de hoy prefieren que sus hijos sigan vivos y sanos.
Pero es justo reconocer que, entre ellos, aún existe quien se aferra a una reivindicación a ultranza a las tradiciones. No deja de recordarnos a algunos fanáticos de la España de la guerra civil, bastante monárquicos ellos, que cantaban:
Si mi padre se tirara desde lo alto un balcón
Yo también me tiraría, por seguir la tradición

Enrique José María Manson

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