LA SEGUNDA CONQUISTA DEL DESIERTO

Cuando Argentina logró consolidarse institucionalmente en 1853, quedaba pendiente una formidable tarea de consolidación territorial.
Era necesaria la ocupación productiva de las inmensas tierras vacías del Sur, para garantizar, además, que quedasen fuera de ambiciones extranjeras. Recuérdese la invasión portuguesa, derrotada en Carmen de Patagones en 1827.
Dejando de lado debates acerca de métodos y fines de aquella conquista del desierto, no cabe duda que sin las batallas ganadas, la Patagonia no sería argentina.
La conquista del desierto fue el resultado de una política de Estado que compartieron sucesivos gobiernos desde Rosas hasta Avellaneda. Los resultados están a la vista. El norte patagónico se integró con la pampa húmeda; pero la región austral sigue relegada a pesar de sus enormes recursos naturales.
Aprendiendo de la historia, debería formularse una nueva política de Estado para una segunda conquista del territorio patagónico despoblado. Aunque no existan riesgos de conquistas externas invasivas, estamos frente a un mundo ávido de suelos. Los riesgos tienen el perfil de dominios externos diferentes, potenciados por la globalización, cuando no hay suficiente predominio de la población local.
La ocupación integradora será así sinónimo de consolidación de nuestra soberanía.
Se habla de la Patagonia como una región inhóspita, generando mitos negativos que justifican el desgano. Sin embargo, sus temperaturas mínimas son benévolas respecto de Europa septentrional, gran parte de EE.UU., Canadá, China y Rusia; sus vientos no son catastróficos ni son los tornados caribeños. Por el contrario, tienen la ventaja de su aprovechable energía renovable. La insuficiente lluvia es otra crítica, pero sus mesetas áridas son similares a muchas regiones pobladas del mundo, convertidas en vergeles por el hombre. Al comparar, se concluye que la habitabilidad de la Patagonia es igual o mejor que la de la mayoría de los países desarrollados del mundo.
Poblar la Patagonia significa conquistarla para crecer. Como decía el héroe civil Francisco P. Moreno, “poblarla, duplicará nuestro valor como Nación” Su desarrollo puede instrumentarse por diferentes caminos simultáneos, pero englobados en un plan coherente.
La pavimentación de la ruta 40 austral, permitirá el desarrollo productivo de más de 300.000 hectáreas repartidas en oasis de riego de entre 1.000 y 20.000 hectáreas para ganadería y cultivos. Esto solo permitiría incorporar 200.000 habitantes, 25% de la actual población de Chubut, Santa Cruz y Tierra del Fuego.
Complementando la ruta 40 con rutas transversales hasta el Atlántico cada 200 kilómetros, se afirmará la comercialización de nuevas producciones y se desarrollará de modo exponencial el turismo, ávido de conocer las áreas fascinantes y únicas en el mundo como las del sur patagónico.
La capacidad de expandir la pesca es infinita, con el agregado de la instalación en tierra firme de servicios de mantenimiento de los numerosos barcos que operan en nuestra vasta plataforma oceánica. Además, se podrá reconstruir una industria piscícola competitiva en las ciudades costeras.
La inexplorada minería debe despertarse. Existen amplísimas posibilidades de minería no metalífera: caolines, pórfidos, basalto, sales, yeso, arcilla y minerales fosforados a transformar con energía en innumerables productos, sin contar con la ampliación de las posibilidades metalíferas. La producción de textiles, combinando el procesamiento de lana ovina de altísima calidad con fibras sintéticas y algodón del norte, puede originar una industria textil irrepetible.
Finalmente, está su gran riqueza en energía hasta hoy solo aprovechada localmente por su valor en regalías. La transformación in situ de la energía en productos industriales debe seguir el eximio ejemplo del aluminio en Chubut. Una concepción integradora local de la energía deberá ser meta; así, por ejemplo, el proyecto del río Santa Cruz se afirmará. Además, se abrirá la posibilidad de producir hidrógeno por electrolisis mediante energía eólica, como se señaló en congresos mundiales.
La segunda conquista del desierto requiere esa decisión colectiva que se expresa en una política de Estado que sabe apreciar las oportunidades del futuro y distinguir los peligros de despreciarlas. Toda política de Estado, coherente en sus objetivos con el futuro de la Nación, se transforma en un imán para la iniciativa privada, cuando se completa con disposiciones operativas sensatas y la seguridad jurídica concurrente.
Junto con la continuidad del desarrollo de la pampa húmeda y la recuperación productiva del Norte, esta segunda conquista del desierto permitirá que Argentina sea hogar de millones de habitantes con alta calidad de vida, contribuyendo a suprimir las inequidades de los grandes conurbanos.
Cuando los estadistas argentinos suban al mangrullo, podrán ver el futuro propuesto.
Nicolás V. Gallo y Antonio A. Cadenas son ingenieros. El Ingeniero Gallo fue ministro de Obras Públicas e Infraestructura de la Nación.

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