IRRIGAR EN EL DESIERTO O COMO DISFRUTAR DEL TRABAJO QUE REALIZAMOS

En una reunión académica a la que me honraron con una invitación, analizamos el primer capítulo de La abolición del hombre, de C.S. Lewis, el recordado autor de Las crónicas de Narnia. Este autor y prestigioso profesor de Oxford, se encuentra en la misma línea espiritual de los grandes escritores ingleses. Era muy amigo de J.R.R. Tolkien, y ambos eran miembros activos del grupo literario informal conocido como los “Inklings”, aquel renombrado cenáculo literario de académicos y escritores británicos vinculados a la Universidad de Oxford, en su mayoría de creencias cristianas y que a lo largo del tiempo, han demostrado, como otras grandes plumas inglesas católicas, un profundo conocimiento del alma humana.


El resultado de la reunión con otros docentes fue muy interesante y en particular para mí, ha sido muy enriquecedora, pues me permitió a mí y a cada profesor presente, analizar las posibilidades de mejorar el proceso de enseñar y de buscar cómo vencer las dificultades que se presentan en un aula.
El texto de análisis es muy atractivo y despertó mi interés lo que el autor expone en un párrafo sobre lo que el describe como “la apremiante necesidad educacional del momento. Ven como el mundo está regido por propaganda emocional, han aprendido de la tradición que la juventud es sentimental, y concluyen que lo mejor sería fortalecer la mente de los jóvenes contra las emociones.” El genial Lewis continúa: “Mi propia experiencia de profesor indica lo contrario. Por cada alumno que proteger de un leve exceso de sensibilidad, hay tres que despertar del estupor de la fría vulgaridad. El deber del educador moderno no es talar selvas, sino irrigar en el desierto”. Y finaliza: “La defensa adecuada contra los sentimientos falsos es inculcar sentimientos justos. Si no alimentamos la sensibilidad de nuestros alumnos, solo los convertimos en presa más fácil del propagandista. Pues la hambrienta naturaleza se vengará, y un corazón duro no es protección infalible contra una mente débil”.

Del texto, hay una frase que me motivó estas líneas, fue el desafío plantado por el autor de “irrigar en el desierto”. Cada estudiante, sobre el cual ejercemos una responsabilidad, es un alma intermedia entre un bosque pleno de ideas buenas y malas y un desierto de orden en ellas. Y ahí es donde el docente debe aunar ciencia y arte en el camino del buen enseñar. Los sentimientos ¿se pueden enseñar? Creo que se pueden abrir los caminos a esos jóvenes espíritus para que los busquen, encuentren y desarrollen; para que sepan diferenciar entre el amor y los sustitutos que son solo fascinación. Que sepan valorar la sana amistad, aquella que está más en las malas que en las buenas. Y cuando está en las favorables, que el encuentro esté sumido en el sentimiento de almas gemelas, hermanadas en el mismo espíritu, ese que nunca se traiciona porque es el que se ha forjado en la nobleza de las almas.
En particular espero, que cuando deba rendir cuentas por mi trabajo docente, pueda ver mis manos y encontrar riqueza en ellas, riqueza de buenos surcos bien sembrados, de haber enfrentado el desafío que proponen tantas caras expectantes cada vez que uno ingresa al aula, de saber que he podido aportarle substancia a sus vidas. El ser humano puede enfrentar lo inesperado con muchas actitudes, entre estas se encuentran el asombro o el estupor. Del asombro, que no le permite razonar en el momento, se puede salir de el para luego meditar que fue lo que le sucedió; el estupor, por el contrario, paraliza permanentemente al hombre y este se negará a todo razonamiento presente o futuro.
Preparemos a nuestros estudiantes para que nunca sufran estupor y puedan tener dominio de sí mismos; que tengan señorío, que nada los espante y puedan enfrentar al futuro con sus mejores armas espirituales. Sin la obscuridad del pánico, alumbrados con el santo temor de Dios, que es camino a la sabiduría. Pitágoras nos enseña que “educar no es dar carrera para vivir, sino templar el alma para las dificultades de la vida”. Podemos prepararlos para las peores dificultades, pero esperemos siempre que lo mejor también pueda sucederles. Decía William Butler Yates: “La educación no es llenar el cubo, sino encender el fuego”.
Me vienen a la memoria aquellos monjes medievales que, tras la caída del Imperio Romano, se dedicaron a salvar y recopilar todo el conocimiento de nuestra civilización e iniciaron los métodos de enseñanza para jóvenes. Recordemos que, cuando Antonio de Nebrija le presentó la “Gramática castellana”, allá en 1492 a la reina Isabel de Castilla le dijo: “Esta es el arma más poderosa a los pies de Su Majestad”. Y así, nuestra lengua, fue transformada en el vehículo de nuestro imperio; enriquecida luego por los dialectos aborígenes rescatados y convertidos en idiomas escritos por los sacerdotes misioneros, que convirtieron con su aporte, al castellano en español, lo universalizaron e impusieron en la mitad del mundo.
De todos ellos somos herederos. Si estos antiguos monjes y pensadores pudieron ser creativos con los métodos que contaban, creo que nosotros que disponemos de nuevas y maravillosas herramientas, los podemos mejorar, ser más creativos y encender los fuegos de sus corazones. Tanto el fuego acérrimo de la fe, el fuego vigilante de la esperanza y el fuego hospitalario de la caridad (J.M.Prada dixit). Por último, pero no menos importante, disfrutar junto a nuestros alumnos del encuentro de cada día.
El futuro de ellos en la buena senda, allá en la distancia, lo veremos reflejado en el debido momento en nuestras manos, que habrán disfrutado del trabajo realizado y estarán plenas y ricas del camino concluido en la noble tarea de haber forjado sabias mentes y buenos corazones.
Estimados docentes: ¡¡¡ Emprendamos la aventura. Encendamos cada día, nuestra pasión por enseñar y la pasión de los estudiantes por aprender!!!

Autor: Patricio Lons – Periodista e Historiador de la Hispanidad

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