HACIA UNA DESCONSOLIDACION DE LA DEMOCRACIA?

Ninguna teoría es capaz de explicar lo que pasa hoy

Jean Baudrillard

 

Esta pregunta retórica propone analizar la situación y el porvenir de la democracia

 

Una de las creencias más populares de las ciencias políticas es sostener que una vez que la democracia se encuentra consolidada, el proceso no tiene marcha atrás y es irreversible.

Tras la caída del muro de Berlín y las secuencias posteriores, esa creencia parecía natural y Juan Linz reputaba a las democracias como “the only game in town”. Es decir, la única alternativa posible.

América fue el primer continente que asumió –con la excepción de Brasil- que la única forma legítima de gobierno era la de la soberanía popular, que es el concepto de la democracia en su acepción más básica.

El desarrollo de la democracia ha sido predominante en las décadas siguientes a la Segubda Guerra Mundial. Ello llevó a Huntington a hablar, en 1991, de una tercera ola de democratización.

Fuera de los intentos del llamado “Socialismo del siglo XXI”, el resto de la región podía asumir que la democracia era un sistema legítimo y en funcionamiento.

Con la desaparición de los golpes militares típicos del siglo XX, no era demasiado aventurado suponer que el régimen democrático estaba para quedarse.

 

Muchos políticos suelen partir de esa base y afirman que, “hoy, afortunadamente, la democracia como forma de gobierno se encuentra consolidada” . Esta afirmación puede ahora considerarse no sólo exagerada, sino también peligrosa. En ese sentido, Barack Obama acierta cuando dice que “nuestra democracia está amenazada cada vez que la damos por sentada”.

 

En julio del 2016, dos investigadores, Yascha Mounk, de Harvard University, y Roberto Stefan Foa, de The World Values Services, publicaron un trabajo titulado The Danger of Deconsolidation[1]

El estudio estaba referido a los EEUU y entre los datos a considerar enumeraban la caída en el número de votantes en las elecciones, la creciente debilidad de las adhesiones a los partidos políticos, y el aumento de la cantidad de ciudadanos que apoyaban movimientos antisistema.

Como señales adicionales, Mounk y Foa mencionaban la pérdida de fe en el Congreso por parte de los ciudadanos americanos: solo el 13% aprobaba su labor. Los americanos se mostraban cada vez más insatisfechos con el estado de su sistema político.

La figura de Donald Trump –antes de las elecciones de los EEUU – como candidato antisistema y promesas de campaña que ponían en peligro los derechos de minorías étnicas y religiosas constituía para los autores, claros indicios sobre el estado de la democracia.

Las mismas dudas se extendían a la situación en Europa. La aprobación a los líderes políticos se mantenían en niveles muy bajos y los índices de desconfianza en las instituciones políticas crecían constantemente, mientras florecían partidos extremistas en Francia, Suecia y en el resto de los países de Europa Occidental.

Estas circunstancias era familiares en América Latina. La novedad se daba en incluir en este análisis a los EEUU y extenderlo a Europa.

En el mundo académico y político, el artículo no generó un movimiento importante. Más aún, los propios autores llamaban la atención sobre el hecho de que la mayoría de los estudiosos no veían en esas tendencias una indicación de problemas estructurales en el funcionamiento de la democracia. Académicos prestigiosos como Ronald Inglehart y Russell Dalton, entre otros, interpretaban estos datos como un incremento de la sofisticación de las generaciones más jóvenes con respecto a la política. Como complemento de esta interpretación, distinguían entre “legitimidad de gobierno” y “legitimidad de régimen”, como ya lo había hecho ya David Easton[2]

Es decir, considerar el funcionamiento del gobierno en su propio país diferenciado del régimen democrático como tal.

El acceso de Trump a la presidencia de los EEUU revitalizó el contenido del trabajo de Mounk y Foa. Con este hecho a la vista, en enero del 2017 los autores insistían con un nuevo artículo[3] sobre el mismo tema y volvían a poner énfasis en las señales preocupantes de los datos sobre el proceso democrático, ahora más completos.

La relevancia del triunfo de Trump ya no podía dejar indiferente ni a los académicos ni a los políticos, sobre la fortaleza y la consolidación de la democracia en el mundo. Comenzaron a buscar explicaciones sobre cómo pudo suceder y porqué. En muchos casos, recurrieron al populismo latinoamericano para analizar el fenómeno, con su apelación al nacionalismo y la vuelta al aislacionismo de los años 30.

 

Considerando la cantidad de gente que aducía apoyar a la democracia, ningún otro sistema ha tenido un prestigioso similar en la historia. Sin embargo, los datos y el análisis de los trabajos referidos podrían sugerir otra cosa. Una posibilidad es atribuirlo, como sostiene Inglehart, al crecimiento de las expectativas sobre las democracias, que seguiría siendo el único sistema legítimo, a pesar de haber perdido la confianza de muchos ciudadanos, que ya no creen que la democracia pueda producir lo que se esperaba de ella.

 

 

El estudio sobre la situación de la democracia en el mundo, requiere resolver dos cuestiones previas:

 

  • De qué democracia hablamos?
  • Cómo leer las señales?

 

Respecto a la primer cuestión, vuelven a plantearse las limitaciones y los conflictos del lenguaje. Aún cuando “democracia” sea uno de los términos más usados, está lejos de significar lo mismo para todos, en todos los casos.

Esta ambivalencia del lenguaje y su uso político ha sido motivo de reflexión durante mucho tiempo; en el siglo XX la filosofía del lenguaje se ha ocupado especialmente de esta ambiguedad. Wittgenstein afirmaba que si nos pusiéramos de acuerdo sobre el uso de las palabras, no habría casi discusiones.

No se trata entonces de definir la democracia, sino sólo de precisar en qué sentido la usamos en cada oportunidad.

El nombre democracia implica una estructura de gobierno donde las decisiones son tomadas directa o indirectamente por el pueblo, una concepción de la política en la cual la legitimidad del poder viene del pueblo.

Sobre esa base de adoptó la Constitución de los EEUU. Sin embargo, los constituyentes americanos advirtieron-sobre la base del pensamiento de Locke- que la garantía de la libertad requería poner límites al poder. Esa concepción se conoce como democracia liberal por considerar a la libertad como esencial. El adjetivo “liberal” denota una interpretación particular de la política, en la cual el poder público, aun cuando exprese la mayoría, está inherentemente limitado.

 

A pesar de las diferencias conceptuales, se puede adoptar como base la que la Carta Demócratica Interamericana, adoptada por unanimidad de los países integrantes de la Organización de Estados Americanos en el 2001, que establece la obligación de los países la promoción de la democracia representativa en la región. La misma Carta establece que son elementos esenciales y fundamentales de esa democracia, entre otros, la garantía de los derechos humanos, la separación de los poderes, la independencia del Poder Judicial, las elecciones libres  y transparentes y la libertad de expresión.

Las formas llamadas populistas, que también pueden surgir de elecciones populares, no serían consideradas auténticas democracias, precisamente por no cumplir con las exigencias de la Carta.

El populismo presenta dificultades para su comprensión, especialmente por las formas diferentes que adopta, tanto en el tiempo como en lugares diversos. No se trata de una ideología concreta, sino de una forma de ejercer el gobierno, muy cercana al autoritarismo. Existen excepciones, como en los casos de Brasil y Uruguay, casos de populismo sin autoritarismo.

Este populismo autoritario formula, en adición, una defensa teórica que descree de los límites al poder, en una forma de democracia que podríamos llamar “iliberal” como contrapuesta a la democracia liberal o constitucional y representativa, tal como la define la Carta. Sus líderes sostienen que no representan una amenaza a la democracia, porque provienen de elecciones populares[4]

Después de la desaparición del comunismo, el populismo autoritario se ha constituído hoy en el principal enemigo de la democracia tal como la entendemos.

 

Un segundo problema es determinar cómo advertir e interpretar adecuadamente las señales de los tiempos. El riesgo es no advertirlos o interpretarlos mal.

Bárbara Tuchman, la historiadora americana, describió muchos ejemplos de estos casos en su libro “The March of Folly”[5]. Algo similar hizo Stefan Zweig con “Decisive Moments in History”[6]

Ejemplos de mala lectura abundan, como el nacimiento del nazismo y la miopía de la mayoría de los actores de su época para percibir esa amenaza.

La evidencia preliminar suministrada por el estudio sugiere la necesidad de profundizar el estudio del tema. Hay ascensos populistas en los EEUU y en Europa y hay señales graves de peligro en otras regiones sobre el peligro de la gobernabilidad democrática, incluso en países donde parecían funcionar de acuerdo las normas tradicionales.

 

Las dudas sobre el desarrollo de la democracia tiene antecedentes recientes. En el año 2015, la posible declinación de la democracia fue producto de un fuerte debate en el mundo académico. A los 25 años de la caída del muro de Berlín proliferaron los estudios sobre el estado de la democracia. La cuestión planteada era si la percepción de que la democracia declinaba estaba más difundida que a principios del siglo.

Intelectuales de la talla de Francis Fukuyama, Larry Diamond, Robert Kagan y otros discutían el estado de la democracia con relación a lo que había ocurrido entre 1975 y el 2005, según se advertía en los datos de Freeddom House. En ese cotejo de épocas, la democracia parecía retroceder.

Una causa de esa percepción estuvo dada por el excesivo optimismo de los 90. Muchos alegaban que la caída de la democracia en el mundo carecía de base empírica y que, en lugar de retroceso de la democracia, lo que se daba era una merma en el progreso democrático.

Pero la cuestión quedaba estancada en la pregunta de cuántos países eran democráticos, si aumentaban o no, y qué debía ser interpretado como tal. Los datos y las variables no parecían satisfacer esas dudas.

Larry Diamond percibía una “recesión democrática” y que los buenos días habían quedado atrás. Las transiciones promisorias habían fallado o permanecían incompletas.[7]

Por su parte, Levitsky y Way se preguntaban si podían estar viendo el comienzo del fin de la democracia, pero no creían en ese retroceso y sostenían que la comparación negativa tenía su explicación en la exageración sobre a quienes se habían considerado democracias en ese período. En la mayoría de los casos, la caída de autocracias no había conducido a democracias, sino a regímenes autoritarios más débiles que no podían asimilarse a regímenes democráticos[8]

Por su parte, Fukuyama afirmaba que la legitimidad de muchas democracias dependían menos de sus instituciones que en su habilidad de proveer gobiernos de alta calidad. Considerando el término de largo plazo, la democracia sería el objetivo que los países querrían, unificando legitimidad y logros. El cambio que se había producido en el lapso analizado se debían a tres razones: a) el creciente sentimiento de que las democracias avanzadas están en problemas para lograr buenas performances; b) la confianza y la aparente vitalidad que exhibían algunos gobiernos autoritarios y c) el cambio geopolítico en el balance y sus rivales[9]

Esta tesis era también sostenida por Robert Kagan, que observaba que en los organismos internacionales proliferaban los autoritarismos[10]. En adición a esta circunstancia, agregaba Kagan, el retiro de los EEUU de la arena internacional provoca un daño a la democracia, que se ve acotada por alianzas internacionales con autoritarismos y que está en retirada: la tendencia parecía frenada y estar en retroceso. El peso geopolítico de China y Rusia parecen crear un ambiente internacional hostil a la democracia.

Schmitter no veía declinación en la democracia en la comparación de los dos períodos, sino más bien un proceso de transición, como una crisis producto de la brecha entre lo ideal y lo real de la democracia. No se trataba de destruirla, sino de cambiarla para adaptarse a la realidad.[11]

 

Como conclusiones generales, se notaba una tasa acelerada de caídas en la calidad y estabilidad de las democracias, una profundización del autoritarismo en países importantes y una menor relevancia de las democracias establecidas, su voluntad y confianza en promover efectivamente la democracia.

 

 

Dos casos de desconsolidación

 

  1. Venezuela era considerada en 1980 una democracia consolidada, con dos partidos estables. A partir de l959 era percibida como una democracia estable, con reglas constitucionales y elecciones sucesivas, que mostraban una madurez institucional envidiable, un alto ingreso per cápita, similar al de Israel e Irlanda y como un modelo a imitar en América Latina.

Sin embargo, Chávez accedió al poder en 1998 y, a partir de ese momento, el sistema está muy lejos de poder ser considerado una democracia: no hay separación de los poderes, la justicia no es independiente y el Congreso no es reconocido por el Poder Ejecutivo. En los últimos días, incluso, coexisten dos Tribunales Superiores, elegido uno por la Presidencia y otro por la Asamnblea. No hay libertad de expresión, pero sí presos políticos y una enorme cantidad de exiliados.

Después de la muerte de Chávez y la asunción de Maduro, la situación ya ni siquiera puede considerarse como populismo, porque Maduro no cuenta con el apoyo popular y la resistencia masiva está generalizada.  Hoy es una auténtica dictadura represiva.

 

La caída pudo ser prevista de haber tomado en cuenta la situación que mostraban las encuestas:

 

  • Un alto nivel de insatisfacción con la democracia
  • El creciente número de personas dispuestas a aceptar alternativas autoritarias, incluso un gobierno militar
  • El ascenso de partidos y movimientos anti-sistema

 

Según Latinobarómetro, en 1995:

 

  • Un 22% de los encuestados preferían un gobierno autoritario por sobre una democracia.
  • 46,3% coincidían en que “la democracia no resuelve los problemas del país”
  • un asombroso 81.3% prefería un líder de mano dura
  • los niveles de insatisfacción con los políticos y las instituciones políticas eran muy altos.

 

  1. Polonia es el otro caso importante. Fue considerado como el éxito más grande de la transición postcomunista a una democracia liberal.

Con elecciones ininterrumpidas desde 1990, la sociedad civil mostraba una fortaleza notoria y existían insttuciones sólidas, entre las que se contaban los medios independientes de prensa y la separación de los poderes del Estado.

Este éxito político fue acompañado por un notable éxito económico: entre 1991 y el 2014 multiplicó por 6 su ingreso per cápita y su caso se tomó como un claro ejemplo de consolidación democrática.

 

Contra toda previsión, las medidas que adoptó y está adoptando el gobierno polaco van en la dirección opuesta, ya que son antidemocráticas y contrarias al estado de derecho que regía cuando se incorporó a la Unión Europea.

También en este caso, los datos hubieran permitido prever dificultades serias sobre la vigencia de la democracia. En el 2005, una proporción sustancial de la población (15,7%) declaraba que “tener un sistema político era una manera “mala” o “muy mala” de conducir el país”. Para el 2012, el prcentaje seguí subiendo, al mismo tiempo que un gobierno militar era aceptable para el 22%.

Al igual que en otros casos, la política práctica acompañaba este cambio en las ideas. Varios movimientos anti-sistemas alcanzaban cifras importantes de simpatizantes (Self Defense of the Republic of Polonia, Polish Families y Polikot Moviment) lo que podría explicar el retroceso de Polonia en su democracia. Hoy, los derechos de los polacos después de las elecciones presidenciales y parlamentarias del 2015 no están garantizados, al igual que no lo están la libertad de los medios de expresión.  Recientemente, el gobierno tomó medidas que le da al Poder Ejecutivo control sobre la Corte.

Guy Verhoftad, ex premier de Bélgica, sostiene que las medidas que está adoptando este gobierno son “antidemocráticas y contrarias al estado de derecho que regía cuando Polonia se incorporó a la Unión Europea”. Hoy, Polonia no lograría ingresar.

 

Estos dos casos podrían ser excepciones, pero en realidad son auténticos “cisnes negros”, es decir pruebas de que las afirmaciones sobre la consolidación irreversible de la democracia no son reales.

 

 

Los signos de desconsolidación

 

Mientras en su trabajo anterior, Mounk y Foa se preguntaban sobre el posible peligro de la consolidación, en este nuevo trabajo, con muchos más datos, ven ahora señales concretas de esa desconsolidación.

Se advierte una tendencia universal a debilitar la democracia liberal, una especie de revuelta contra los arreglos que conformaron el Occidente democrático desde el colapso de la Unión Soviética. El desafío parece profundo: algunos partidos, tanto de la izquierda como de la derecha- por lo que estas expresiones puedan hoy significar- están poniendo en discusión las normas e instituciones de la democracia liberal misma, especialmente la libertad de expresión, el estado de derecho y los derechos de las minorías. En todo Occidente hay una creciente impaciencia con los gobiernos que parecen incapaces de enfrentar los problemas crecientes. La inseguridad en aumento ha despertado una demanda por líderes fuertes y formas de autoritarismo.

 

Legitimidad del gobierno

 

Los gobiernos están fallando en prestar los servicios más básicos. Gobiernos de baja calidad están estrangulando a la democracia y minando su legitimidad.

En una encuesta reciente sobre la opinión de la ciudadanía sobre la marcha de su propio país y la performance de su gobierno, el resultado es desalentador. La encuesta abarca un total de 26 países[12] y la pregunta es si “en términos generales, los políticos de su gobierno van en la dirección correcta o no”.

Asumiendo el peso de los países involucrados y su dispersión geográfica, el resultado es preocupante: el promedio de todos los países encuestados que se manifiesta en forma negativa sobre la acción de su gobierno alcanza a 63%, que coincide con la cifra de Gran Bretaña. Los cuatro países que muestran menor rechazo a su gobierno son China (10%), Arabia Saudita (20%), India (24%) y Rusia (42%), conjunto que difícilmente representen en forma cabal a la democracia liberal.

La gran mayoría de los países por encima del promedio se conforma con Israel (64%), los Estados Unidos (65%), Alemania (68%), Bélgica (71%), Polonia (72%), España (78%). Los cinco países más negativos incluye a Italia, Brasil, Sudáfrica, Francia y México (éste con un 96% de rechazo).

 

La insatisfacción de los americanos incluye no sólo a la Administración, sino a la confianza en el Congreso y los medios. Es interesante señalar que esta encuesta es anterior a la presidencia de Trump, lo que permitiría suponer que esta percepción podría ser peor aún más negativa, ya que Trump es el presidente que asumió con menor nivel de aprobación, excepto quizás Abraham Lincoln –aunque por razones diversas- y con mayor cantidad de ciudadanos en contra. Seguramente, la gestión en los primeros seis meses, los escándalos, las falencias y los obstáculos institucionales que presenta, empeoren la situación.

 

En otro dato relevante, el 64% de los votantes en los países de regímenes democráticos, afirman votar “en contra” de un candidato, más que votar “a favor” del otro.

 

 

Legitimidad del sistema

 

Si bien hay que diferenciar la aprobación de un gobierno específico del que corresponde a la legitimidad del sistema o régimen democrático, estos datos pueden ser considerados como una fuerte señal sobre lo que opina la ciudadanía sobre el sistema mismo.

 

Polity y Freedom House son dos prestigiosas instituciones que realizan trabajos y encuestas sobre las actitudes de los ciudadanos acerca de los valores democráticos como sistema de gobierno.

El foco tradicional ha sido ver la perspectiva de la democracia en los países en desarrollo y en los poscomunistas. Ahora, parece imprescindible redirigir la atención a la creciente vulnerabilidad de la democracia en Occidente, especialmente en los EEUU y Europa.

 

Una cuestión previa es preguntarse si la democracia puede ser apropiada en todos los tiempos y para todos los pueblos.

Ya Fareed Zakaria había planteado la cuestión cuando la administración Bush se propuso promover la democracia en Medio Oriente. Zakaria sostiene que si por democracia se entiende el concepto de democracia liberal, sería imposible pensar en “democratizar” a los países de la región. Por el contrario, dice, si llamamos democracia a la mera elección popular sería posible su implantación. El problema, agregaba, es que en ese caso, lo más probable es que el resultado fuese una sociedad más opuesta todavía a Occidente.

 

Acorde con lo que sostienen Mounk y Foa, hay cuatro temas cruciales a la hora de presentar conclusiones:

  • el apoyo al sistema como un todo
  • el nivel de participación activa en la política
  • el grado de apertura a alternativas autoritarias
  • tendencias anti-sistemas

 

Entre los nuevos datos suministrados por los autores sobre la actitud de los ciudadanos de los EEUU, aparecen serias señales sobre el apoyo al sistema de la democracia.

 

  1. El primer dato se articula sobre la pregunta de “si es esencial vivir en un país gobernado democráticamente”.[13]

El análisis distingue a los encuestados con relación al año de su nacimiento, diferenciando entre los babyboomers –nacidos después de la Segunda Guerra Mundial- y los millenials, nacidos después de 1980.[14]

Según los autores, los datos muestran que, además de ser más críticos, los jóvenes se muestran más descreídos acerca del valor de la democracia como sistema político: las generaciones más viejas están más cerca de la democracia que las posteriores, en una reversión generacional.

En los períodos 1981-1984 y 1990-1993, los encuestados jóvenes eran mucho más firmes en la protección de la libertad de expresión y menos propensos a abrazar ideas radicales que en la actualidad.

La encuesta muestra que, mientras el porcentaje de gente nacida entre 1930 y 1950 que contesta afirmativamente a la pregunta, oscila entre el 65 y el 75%, sólo el 26% de los nacidos en 1980 se pronuncia en el mismo sentido.

 

Esta tendencia se repite en Europa:

  • En Holanda, el 52% de los nacidos antes de 1950 considera que sí, es esencial vivir en un país gobernado democráticamente, contra el 28% de los nacidos después de 1980.
  • Suecia muestra la misma tendencia: el 81% de los del primer grupo contestan afirmativamente, mientras que sólo lo hace el 28% de los
  • En Gran Bretaña, el 52% de los nacidos hasta 1950 se pronuncian por el sí, contra el 26% de los nacidos después de 1980

 

 

  1. El segundo rubro analizado es el de la participación activa.

 

Los estudios indican que el compromiso cívico hace a la capacidad democrática para producir bienes públicos, para mantener la responsabilidad de los funcionarios y para proveer gobiernos eficaces.

Desde 1960 se han desplomado las cifras sobre concurrencia a las elecciones y a las de membrecía de los partidos políticos, lo mismo que el interés en la política.

En esta materia también se agranda la brecha generacional:

  • En 1990, una mayoría de americanos jóvenes (53%) y una mayoría de americanos de más edad (63%) manifestaban “algún interés” o “mucho interés” en política.
  • En el 2010, la cantidad de jóvenes americanos interesados en la política ha caído más de 12 puntos, lo que ha ensanchado la brecha, ahora en un 26%
  • En Europa, esa misma brecha se ha triplicado enre 1990 y el 2010, pasando de 4% al 14%

 

Esta declinación en la actividad política no se compensa con otras actividades “no convencionales” de participación, como la incorporación a nuevos movimientos sociales o de participación en protestas. Es decir, que no sólo están menos dispuestas a participar en instituciones formales, sino que tampoco participan en movimientos de interés público o cualquier otra forma

Como ejemplo, 1 de cada 11 babyboomers ha participado en una demostración en el último año, mientras que sólo lo ha hecho 1 en 15 de los millenials.

 

 

  1. Un tema decisivo para interpretar la consolidación de la democracia es el análisis sobre el grado de apertura a alternativas autoritarias.

 

Todas las cifras referentes a este tema han crecido fuertemente, lo cual es un serio indicador sobre la democracia liberal.

 

A la pregunta sobre “si tener un líder fuerte que no esté limitado por el Congreso o las elecciones sería “bueno” o “muy bueno” para manejar el país”, [15]

 

  • Un 30% de americanos contesta afirmativamente.
  • Por encima de ese porcentaje se encuentran:
    • Rusia (78%)
    • México (59%)
    • Colombia (57%)
    • España (42%)
    • Chile (36%)
    • Japón (37%)

 

  • En este mismo tema, en el año 2011, un 24% de americanos jóvenes manifestaron que “la democracia es mala o muy mala para manejar un país”.[16] Este dato muestra un crecimiento importante sobre el que resultaba de encuestas anteriores o de encuestas sobre personas de mayor edad.
  • A su vez, en 1995 1 de cada 16 encuestados manifestaban su aprobación a un gobierno militar. En el 2016, la cantidad era de 1 en cada 6.
  • Aunque el número no es elevado se acompasa con otros datos. Por ejemplo, en el mismo año, el 46% afirmaba que nunca había tenido fe en la democracia americana o que la había perdido.

 

En el mismo sentido, la brecha entre los babyboomers y los millenials es más evidente:

  • Mientras que un 43% de los americanos no creen que sea legítimo que un gobierno militar reemplace a un gobierno incompetente, esa cifra baja a 19% entre los últimos.

 

Lo más inquietante es que estos sentimientos antidemocráticos crecen muy rápido entre las clases más ricas. En 1995, este sector era el más opuesto a los puntos de vista no democráticos, mientras que los de menor ingreso sostenían proposiciones contrarias.

Este número se ha revertido. En 1990, sólo el 5% de los de ingreso superior aceptaban como una buena idea un gobierno militar. Ese número ha crecido ahora al 16%

 

La tendencia hacia alternativas autoritarias es muy fuerte entre ciudadanos que son, a la vez, jóvenes y ricos. En 1995, el 6% de ese grupo aceptaba un gobierno de este tipo. Hoy ese número llega al 35%. En Europa, ese porcentaje también creció: desde un 6% en 1995 hasta un 17% actual.

Vale la pena señalar que, excepto breves períodos, una actitud como ésta era asociada con demandas redisributivas de los sectores de menos ingresos.

 

Esta insatisfacción es parte de una tendencia global. Los mismos porcentajes se encuentra en Gran Bretaña, los Países Bajos, Suecia, Australia y Nueva Zelandia.

En Alemania, la mayoría apoya a la democracia como una “idea”, pero solo la mitad aprueba la democracia en la forma que funciona hoy en la República Federal. Más del 20% cree que Alemania necesita “un partido único, fuerte, que represente al pueblo”

En Francia, 40% de los encuestados en un trabajo del 2015 cree que el país debería ser puesto en las manos de un régimen autoritario y libre de limitaciones democráticas”, mientras que más de las dos terceras partes están dispuestas a delegar la tarea de instrumentar reformas impopulares pero necesarias a expertos no electos.

 

Estos números son reveladores. Pero lo que es más preocupante es que estas ideas se reflejan en el comportamiento político real: en años recientes, partidos y candidatos que reflejan estas ideas crecen y han alcanzado triunfos a través de todo el mundo.

Las características de estos comportamientos suelen incluir un renacimiento de sentimientos nacionalistas, rechazo a la inmigración y a las minorías.

  • En Polonia, Hungría, Grecia, Bolivia, Ecuador, Nicaragua y Venezuela gobiernan partidos populistas.
  • Viktor Orban, en Hungría, Rodrigo Duterte, en Filipinas, Marine Le Pen, en Francia y Geert Wilders, en Holanda, se consolidan como líderes antisistema.
  • En Hungría, una reforma constitucional bajo el gobierno Fidesz ha suprimido los pesos y contrapesos en varias áreas, que comprenden a la justicia, la supervisión de las elecciones y los medios de prensa.
  • En Polonia, tal como quedó dicho, el gobierno de Ley y Justicia ha desafiado la independencia del Poder Judicial, que hora depende del Ejecutivo, y ha tomado el contro de la prensa de radiodifusión.
  • En Grecia, el primer ministro Alexis Tsipras ha designado alidos del partido para posiciones claves en oficinas del Estado y bancos privados y revocado las licencias de ocho empresas de televisión privadas.

 

En América Latina, excepto un grupo pequeño de resabios populistas, parece que la democracia se mantiene estable. Sin embargo, las encuestas muestran una incongruencia seria, acorde con su tradición.

Si bien la gente se manifiesta partidaria de la democracia como idea, no se encuentra un apoyo acorde en las instituciones propias del sistema. Los índices de confianza en los partidos políticos, el Congreso, el poder judicial y los medios de prensa son bajísimos y muy cercanos a una posición antisistema.

 

En una reciente publicación sobre la Argentina[17], mientras la predilección por la democracia es alta (93%), la encuesta sobre Cultura Constitucional muestra una realidad opuesta:

  • Un 80% cree que el país funciona al margen de la ley
  • El 83% piensa que los argentinos desobedecen la ley y son transgresores.
  • Para un 34%, los argentinos estean dispuestos a desobedecer la leu, si les conviene.
  • No existe la igualdad ante la ley (63%), la justicia no es ciega y privilegia a las clases altas
  • Existe un muy alto nivel de desconfianza hacia los partidos políticos, los gremios, la policía y el Poder Judicial
  • Las leyes se incumplen por:
    • Mal funcionamiento del Poder judicial (33%)
    • Mal funcionamiento del sistema de castigos (17%)
    • Falta de independencia de los jueces (60%) y de la Corte (51%)
  • Existe una debilidad del copromiso de la sociedad argentina con la Constitución y sus leyes, y la democracia es de muy baja calidad.

 

 

Las formas de la desconsolidación

 

La inquietud de Mounk y Foa sobre una posible desconsolidación puede orientarse hacia dos hechos:

  1. la tesis de que una democracia consolidada es irreversible
  2. la democracia como sistema puede estar en dificultades

 

La primera de estas posibilidades podría ser considerada como “fuerte”. Es decir, que es muy difícil sostener que las democracias están consolidades y son irreversibles.

Los dos casos expuestos podrían ser prueba suficiente de democracias que parecían consolidadas y han revertido el proceso.

 

La segunda posibilidad, pensar que se justiica un auténtico temor de que esté produciéndose una desconsolidación de la democracia es una tesis más débil y que requiere más estudios y confirmación de datos.

Sin embargo, la información con que se cuenta constituye una señal importante y donde es imprescindible incorporar el avance autoritario, ya que encarna una visión muy opuesta al pluralismo democratico.

Efectivamente, frente a la posible declinación en la consideración de la democracia en Occidente, debe agregarse el crecimiento del populismo autoritario.

El populismo adopta una posición antisistema, que confronta a instituciones vitales para la democracia liberal, como la libertad de expresión, los pesos y contrapesos de los poderes del Estado y la independencia de la justicia.

Ahora, a la situación en América Latina y Europa Oriental, se agregan señales similares en EEUU y Europa Occidental, que podrían constituir un aliciente y una oportunidad para prestarle más atención a los problemas de la democracia.

 

Uno de los grandes desafíos se dará seguramente en los EEUU, donde confrontarán la administración de Donald Trump, con una creciente dificultad en su gestión  en la más antigua de las democracias liberales. La pregunta es si las instituciones americanas serán tan fuertes como para imponerse.

 

Desde el colapso del comunismo, pueden diferenciarse dos etapas: una primera de surgimiento de regímenes democráticos hasta la primera década del siglo XXI, etapa según la cual para Freedom House, las democracias pasaron de 76, en 1990, a 119 en el 2005. Durante ese tiempo, las democracias se beneficiaron con que parecía en verdad que no había otra alternativa.

A partir de esa fecha, se nota un resurgimiento autoritario, representado por las actitudes de China, Rusia, Irán, Arabia Saudita y Venezuela (consideradas como The Big Five), y con medidas más refinadas que en el pasado, que tienden a una coordinación mayor para detener a la democracia. Simultáneamente, la ayuda internacional para promoverla ha disminuída en forma notoria.

 

El autoritarismo maneja ahora formas más sofisticadas para frenar el disenso interno. Así ha mostrado:

 

  • Un mejor y más hábil uso de la ley para reprimir a la sociedad civil, muy superior a los autoritarismos del siglo XX
  • Una mayor eficacia en la manipulación de los medios de prensa, tanto en el desarrollo de un sistema propio y cautivo, como en los métodos de hostigamiento a los medios independientes.
  • Una extensión de sus acciones más allá de sus fronteras. Se ha vuelto global, disminuyendo la influencia de la democracia liberal, tal como se advierte en el manejo de organismos internacionales, como la Organización de Estados Americanos, las Naciones Unidas y el Consejo de Europa.
  • Se proponen claramente hacer retroceder a la democracia liberal, alegando constituir una forma de democracia diferente.

 

Entre los países que representan ese resurgimiento autoritario, hay una mayor participación de países que no pertenecen a Occidente:

 

  • Rusia muestra un poder personalizado, basado en la “doctrina Putin”, que usa la política exterior para justificar su autoritarismo interno.
  • Irán y Arabia Saudita nunca han aceptado la idea democrática.
  • China es el caso más claro y de mayor peso, que se asienta en que:
    • Su ejemplo es claramente el éxito de una régimen iliberal
    • Mantiene un gran aparato de propaganda
    • Adopta una tecnología eficaz de censura y represión política
    • Colabora activamente con otros poderes afines para modificar las normas de organizaciones internacionales.

 

A esta labor, contribuye grandemente el retiro y retroceso voluntario de los EEUU en el orden internacional.

 

 

El mundo está en proceso de cambio. Antes era favorable a la extensión democrática; ahora, el autoritarismo vuelve a pujar, con mejores medios de lo que mostró en el pasado y de manera innovadora.[18]

Se advierte una tendencia universal a debilitar la democracia liberal, una especie de revuelta contra los arreglos que conformaron el Occidente democrática, incrementado con la desaparición de la Unión Soviética.

Emmott considera a Occidente como una idea política exitosa, un conjunto de conceptos, valores y condiciones sociales y políticas. Pero en todo Occidente hay una creciente impaciencia con los gobiernos que parecen incapaces de enfrentar los problemas crecientes.[19] La inseguridad en aumento y la incertidumbre sobre el futuro ha despertado una demanda por líderes fuertes y formas autoritarias.

El desafío parece profundo, ya que algunos movimientos ponen en discusión las normas e instituciones de la democracia misma,  como el estado de derecho.

Una importante literatura política asume que el sistema democrático, como producto esencialmente de Occidente, está en declive y es preocupante. Por el contrario, está claro el auge de Oriente, hacia el cual tiende ahora el centro de gravedad del poder mundial.

 

Precisamente, la negación de la legitimidad de la democracia como sistema es sostenida por el pensamiento chino. Para sus intelectuales, el sistema democrático de elección popular no puede funcionar, porque no puede garantizar que quien accede al gobierno esté preparado para ello y que cualquiera puede ser electo. A ello le contraponen su propio sistema, que consideran una “meritocracia” y que establece un cursus honorum que asegura una preparación gradual de los candidatos para los altos cargos, a través del desempeño probado en cargos de menor jerarquía[20]

 

La elección de Donald Trump y el sistema que lo hizo posible, a lo que se agrega la marcha de su administración, pareciera ser un punto a favor de la crírtica china y una muestra de la pérdida de prestigio de la democracia occidental.

 

Hasta ahora, las democracias no han tomado conciencia de la importancia del desafío autoritario. Si el autoritarismo sigue tomando la iniciativa podemos esperar muchos más problemas en el futuro.

 

Es evidente que el desencanto con la marcha de la democracia es la que abre esta puerta y nos queda todavía mucho trabajo para poder desentrañar las causas de este desencanto. Su supervivencia depende de cuanto hagan sus defensores para sostenerla efectivamente.

 

 

Todorov afirma que la democracia peligra más por las acechanzas y torpezas internas que por ataques externos. Si esto fuera así, tal vez sea el momento de asumir la recomendación de Toni Judt: en lugar de insistir en promoverla, debiéramos prestarle más atención a sus falencias y tratar de solucionarlas. A favor, contamos conque tampoco los populismos ni los autoritarismos pueden mostrar logros reales y sostenibles en el tiempo.

 

La democracia liberal no se sostiene por sí sola. Es un logro humano, no una inevitabilidad histórica y durará mientras los ciudadanos crean que vale la pena luchar por ella.

 Por Guillermo Loustau

Abogado y doctor en Derecho

 

Cuadro 1.

Los políticos de su gobierno van en la dirección correcta o incorrecta?

                                                                                   Porcentaje

Incorrecta                          Correcta

Promedio Mundial                                 63                                          37

China                                                                       10                                          90

Arabia Saudita                                         20                                          80

India                                                            24                                          76

Rusia                                                           42                                          58

Argentina                                                   44                                          56

Canadá                                                        46                                          54

Perú                                                             50                                          50

Australia                                                    55                                          45

Japón                                                          57                                          43

Turquía                                                      61                                          39

Reino Unido                                              63                                          37

Israel                                                           64                                          36

EEUU                                                          65                                          35

Alemania                                                    68                                          32

Bélgica                                                        71                                          29

Polonia                                                       72                                          28

España                                                        78                                          22

Suecia                                                          78                                          22

Hungría                                                      81                                          19

Italia                                                             82                                          18

Brasil                                                           83                                          17

Sudáfrica                                                    86                                          14

Corea del Sur                                            87                                          13

Francia                                                        88                                          12

México                                                        96                                          4

Fuente: Global Advisor, entre 21 octubre y el 4 de noviembre, 2016. Visual Capitalist, Muestra: 19.000 casos en 26 países.

 

 

Cuadro 2.

Es esencial vivir en un país gobernado democráticamente?

 Década de nacimiento           EEUU    Holanda              Suecia      Gran Bretaña

 

1930                                         75             52             81                            52

 

1940                                         60             54             78                56

 

1950                                         55             46             78                 74

 

1960                                         49             46              71                53

 

1970                                         44              40              64                 47

 

1980                                         26              28             58                 26

Fuente: European and World Values Survey, combinando datos de fechas diferentes.

 

 

Cuadro 3

“Tener un líder fuerte que no esté limitado por el Congreso o las elecciones sería “bueno” o “muy bueno” para manejar el país?” 

  • Rusia 78%
  • Rumania 78%
  • India 77%
  • Ucrania 76%
  • Taiwan 66%
  • Georgia 60%
  • Sudáfrica 60%
  • Perú 60%
  • México 59%
  • Filipinas 59%
  • Turquía 59%
  • Colombia 57%
  • Argentina 44%
  • Corea del Sur 44%
  • España 42%
  • Uruguay 39%
  • Chile 38%
  • Japón 37%
  • Estonia 35%
  • EEUU 30%
  • Suecia 22%
  • Australia 21%
  • Nueva Zelandia 20%
  • Alemania 20%

 

Cuadro 4

Un sistema democrático es una “mala” o “muy mala” manera de conducir un país?

 EEUU                        Europa

 

65 años                                             12%                          6%

 

45-65                                                 15%                         6%

 

35-44                                                 16%                         7%

 

25-34                                                 26%                       13%

 

 

[1]  Roberto Stefan Foa y Yascha Mounk: “The Danger of Deconsolidation. The Democratic Disconnnect”, Journal of Democracy, July 2016, Volumen 27, Number 3

[2] David Easton: “The Political System: An Inquiry into the State of Political Science”, 1971

[3] Roberto Stefan Foa y Yascha Mounk: ”The Signs of Deconsolidation”, Journal of Democracy, January 2017, Volumen 28, Number 1

[4] Esta visión del populismo como democracia por su base electoral también era compartida por amplios sectores académicos y políticos de los EEUU y Europa hasta hace poco tiempo.

[5] Bárbara Tuchman: “The March of Folly. From Troy to Vietnam”, Random House, 1985

[6] Stefan Zweig: “Decisive Moments in History”, Ariadne Press, 1999

[7] Larry Diamond: “Facing up to the Democratic Recession”, 2015

[8] Steven Levitsky y Lucan Way: “The Myth of Democratic Recession”, 2015

[9] Francis Fukuyama: “Why is Democracy performing so Poorly”, 2015

[10] Robert Kagan: “The Weight of Geopolitics”, 2015

[11] Phillipe Schmitter: “Crisis and Transition but not Decline”, 2015

[12] Ver Cuadro 1

[13] Ver Cuadro 2

[14] Esta distinción no se vincula al tema de la edad en sí mismo, sino a la pertenencia a una generación específica.

[15] Ver Cuadro 3

[16] Ver Cuadro 4

[17] Eduardo Fidanza y otros: “Argentina, una sociedad anómica”, EUDEBA, 2017

[18] Ver Larry Diamond y otros: “Authoritarianism Goes Global”, John Hopkins University, 2016

[19] Ver Bill Emmott: “The Fate of the West: The Battle to Save the World’s Most Succesful Political Idea”, Profile Ideas, 2017

[20] Ver Xi Jinping: “La gobernación y administración de China”, Ediciones en Lenguas Extranjeras, Beijing, 2014 y Daniel Bell: The China Model: Political Meritocracy and the Limits of democracy, Princeton University, 2015

 

 

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