IRÁN SE HACE FUERTE EN IRAK

En la década de los 80, Irán e Irak libraron una de las guerras más sangrientas y brutales de la historia contemporánea. Hoy, catorce años después de que los EE.UU. la invadieran para derrocar al régimen autoritario de Saddam Hussein, soportando la pérdida de 4.500 vidas y gastando en la frustrada empresa la inmensidad un trillón de dólares, Irak ha terminado siendo colonizada por Irán. Circunstancia que, sin embargo, no es demasiado conocida.
Al menos económicamente, ello parece así. Irán ha conformado una suerte de «corredor de influencia» que se extiende desde Teherán, hasta las costas del mar Mediterráneo. Su influencia aparece por todas partes. Salvo el petróleo, Irak se abastece sustancialmente en Irán. Turquía, que alguna vez apuntó a conquistar y mantener ese rol, ha quedado relegado a un segundo plano en casi todos los capítulos de la actividad económica.
Irán es, desde hace ya 1400 años, el líder «shiita» del mundo musulmán y naturalmente también de su propia región de influencia. Irak -por su parte- es también un país mayoritariamente «shiita», aunque por años fuera conducido por una minoría «sunni», a la que Saddam Hussein perteneciera.
La realidad hoy luce insólita: las fuerzas armadas norteamericanas destronaron a Saddam Hussein para luego dar un paso al costado y dejar el espacio abierto para que, en los hechos, Irán ocupara astutamente ese espacio. Tanto política, como económicamente.
La influencia iraní en Irak es tan grande y notoria, que las fuerzas armadas iraníes reclutan abiertamente jóvenes «shiitas» para sus milicias en territorio iraquí. Como si ello fuera apenas un esfuerzo en el plano de la religión. Así lo acaba de confirmar en una nota importante Tim Arango, desde las columnas del New York Times.
Hoy Irak es, entonces, una suerte de «mercado cautivo» para la industria y el comercio iraní. Los productos iraníes están por todas partes. Hasta las drogas que consumen los iraquíes llegan desde Irán. Desde los medios locales, Irán hoy de alguna manera aparece como el «protector» confiable de Irak. Toda una ironía. Pero es lo que ha sucedido.
No obstante, el actual primer ministro iraquí, Haider al-Abadi, no parece preferir a Irán cuando de solicitar apoyo militar se trata, para lo que se recuesta en los EEUU ensayando un difícil ejercicio de equilibrio.
Las fuerzas militares y, particularmente, las milicias iraníes hoy transitan sin mayores problemas ni burocracia y más o menos libremente por las rutas iraquíes, circulando por el país con amplia libertad.
Las ciudades de Najaf, Samarra y Karbala, consideradas como lugares sagrados por los musulmanes «shiitas» reciben un flujo de peregrinos religiosos en constante aumento. Y hasta se advierte la presencia en ellas de miles de operarios provenientes de Irán, que se encargan de realizar los trabajos de conservación y reparación de las rutas y de los lugares sagrados iraquíes. Como si estuvieran en su casa.
Los contratistas iraníes están además construyendo caminos en el interior de Irak. Ellos se usan para el transporte de armas, municiones y materiales con destino al Líbano y Siria. Con todo lo que ello supone, incluyendo la provisión de misiles a «Hezbollah» que hoy domina políticamente al Líbano y continúa siendo una gravísima amenaza para Israel.
A lo que cabe agregar que Irán no sólo recluta abiertamente un sinnúmero de jóvenes milicianos entre los jóvenes iraquíes «shiitas» del sur del país, sino que luego los entrena militarmente, en Irán.
El general Suleimani, uno de los líderes más conocidos de las fuerza armadas iraníes, es quien maneja la seguridad en la zona iraquí por donde transitan -hacia Siria y el Líbano- los pertrechos y efectivos que las milicias iraníes requieren.
En el pantanoso sur de Irak, donde la población local es casi uniformemente «shiita», la presencia iraní es abierta. Y prácticamente todos los bienes que allí se comercializan son de origen iraní, donde los costos para producirlos son sustancialmente más baratos que en Irak. A lo que cabe agregar que los empresarios y comerciantes del sur iraquí operan con frecuencia con financiamiento y entidades financieras iraníes. Las sociedades iraquíes sirven, asimismo, para tratar de evitar las sanciones económicas internacionales que pesan sobre sus pares iraníes.
Pero los iraquíes son árabes y los iraníes son persas (farsis). Distintos. Dos nacionalidades bien diferentes, con pasados profundos y ricos en modalidades sociales y culturales. Por ello, la integración entre iraníes e iraquíes no es tarea simple y debe superar recelos manifiestos.
La poderosa Guardia Revolucionaria de Irán y sus mandos operan -también ellos- visiblemente en el sur de Irak, sin dificultades. Con frecuencia hacen apariciones públicas, en las que pronuncian arengas, con total descaro. Ocurre que hay un denominador común sectario: la uniformidad religiosa que amalgama a todos los «shiitas» por igual.
Curiosamente, el más respetado líder religioso «shiita», el ayatollah Ali al-Sistani, que es de nacionalidad iraquí, actúa a la manera de «freno» al proceso de integración entre la población de Irán y la del sur de Irak. Con bastante eficacia. Y un cierto tono nacionalista.
Irán parecería estar repitiendo, en el sur de Irán, la estrategia que alguna vez utilizara en el sur del Líbano, hoy dominado por su apéndice armado, el movimiento «shiita» al que se conoce como: «Hezbollah». Apuntando a transformar, más adelante, esas milicias en organizaciones políticas con presencia e influencia en la vida política iraquí.
Si ello tuviera éxito, esa influencia política iraní en Irak crecería muy rápidamente. No obstante, entre la juventud iraquí el «magneto» iraní no parecería estar logrando su objetivo. Los jóvenes con frecuencia participan en protestas públicas por la presencia iraní en su suelo, expresando su disgusto en lo que es una manifestación de cierto nacionalismo que se resiste a desaparecer.
Si, de pronto, los militares norteamericanos se retiraran de Irak, Irán podría intentar ocupar su lugar, de modo de transformar efectivamente a Irak en una suerte de pedazo del mundo «shiita». Lo que seguramente no sería aceptado ni por Arabia Saudita, ni por las demás monarquías «sunnis» de la región. En ese caso, la intensificación del conflicto sectario se transformaría en una posibilidad grave, que no puede ser ignorada.

Emilio Cárdenas

NACION

JULIO DE 2017

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