EL PROBLEMA DE LAS MONEDAS FUERTES

A un argentino le resulta extraño: en Europa hay preocupación porque el dólar es cada vez más barato.
La razón es sencilla: con un dólar barato, el continente se inunda de productos extranjeros. Los que ganan son los importadores.
En la Argentina, la mayor parte de la gente — que no tiene por qué saber de economía– piensa que un peso fuerte es mejor que un peso débil.
Es difícil explicar que no siempre es así. Tal vez convenga imaginar el caso de un fabricante de carteras cuyo negocio es exportar a Brasil, y a quien hasta 2002 hacer una cartera le costaba 100 pesos o, lo que entonces era lo mismo, 100 dólares. No podía competir con los fabricantes brasileños, cuyos costos en reales equivalían, por ejemplo, a 50 dólares. No sólo no podía exportar a Brasil: tampoco podía competir con las carteras brasileñas en la Argentina. Pero vino la devaluación, y el costo en dólares le bajó a un tercio, porque los 100 pesos pasaron a ser 33. El mercado brasileño se le abrió y aquí se terminaron las carteras brasileñas.
Ese resurgir benefició a todos los exportadores, industriales o agrícolas.
Por supuesto, en el mercado interno todo se dislocó, la mayoría –que gana en pesos– sufrió en lo inmediato la devaluación, y sobre todo sufrieron los que tenían ahorros en dólares. Que eran muchos.
Ocurre que una inflación crónica y la periódicas crisis monetarias han hecho que los argentinos desconfiemos del peso. El dólar se ha convertido en una mercancía, y el que puede lo acumula para no perder poder adquisitivo.
Es tanta la gente que ahorra en dólares que, de hecho, la moneda norteamericana se ha convertido en la segunda moneda argentina: esos dólares acumulados se emplean en transacciones, sea para comprar una casa, un auto o muchas otras cosas, así como para indexar los precios, que aumentan en la misma proporción que el dólar.
Pero en 2002, de repente, en la Argentina el dólar perdió dos tercios de su valor. Malo para los que tenían dólares pero, a la larga, bueno para la economía.
El comercio exterior es un motor del desarrollo y la devaluación –unida a la estampida de la soja en el mercado mundial– permitió que la Argentina comenzara a crecer a 8 ó 9 por ciento cada año.
Este es, por supuesto, un análisis simplificado.
La realidad económica es mucho más compleja, pero la simplificación sirve para entender por qué a veces puede ser bueno que la moneda de un país pierda valor.
En verdad, lo malo no es tener una moneda débil; lo malo es tener una moneda inestable. La dolarización de la economía argentina hace que algo que en ciertas circunstancias debería ser una solución se convierta en una crisis.
El problema actual de Europa no tiene la gravedad que tenía, antes de la devaluación, nuestro supuesto fabricante de carteras. Pero, aunque tenga menor intensidad, en el fondo es el mismo: un euro fuerte hace que Europa pierda competitividad: horrible palabra que se usa para decir que un país puede vender caro y comprar barato.
Vincent Deluard, economista de un prestigioso grupo de investigación, Ned Davis, dice que la fortaleza del euro asegura a crear serios problemas a la industria europea, y en particular, por supuesto, a las exportadoras.
También afectará al turismo. Todo se le hace más caro a los norteamericanos, chinos y japoneses para veranear en Europa, y si el euro sigue aumentando habrá menos turistas.
Pero un dólar más débil, que perjudica a los europeos, favorece a los norteamericanos. De hecho, el Presidente Donald Trump dijo en abril que el dólar estaba “demasiado fuerte”, y la Reserva Federal (el Banco Central norteamericano) algo hizo para debilitarlo un poco. A Trump le preocupaba que, gracias a ese dólar “demasiado fuerte”, alemanes y japoneses pudieran vender, entre otras cosas, autos y aviones más baratos que los norteamericanos. “Es muy, muy difícil competir con este dólar tan alto”, advirtió.
Ya hace un tiempo el instituto Peterson de Washington había calculado que por cada 1% que subía el dólar respecto del euro y otras monedas, Estados Unidos perdía 20.000 millones dólares por año y 150,000 empleos.
Desde el triunfo de Trump, el dólar llegó a un valor que no había tenido en los últimos treces años. Algunos lo presentaban como un gran éxito: era un signo, decían, de la confianza de los inversores en el nuevo gobierno y la posibilidad de que Estados Unidos creciera más que Europa y Japón. Pero Trump llegó a decir: “En parte, es culpa mía”. No lo vivía como un éxito.
Esto prueba que aun en los países desarrollados, de tanto en tanto, conviene tener una moneda más débil, que es lo que en la Argentina se ha logrado varias veces devaluando. Como lo hizo Alemania hace algunas décadas, tras lo cual comenzó a consolidarse como la gran potencia de Europa. Y como lo hace China hoy: deprecia el yuan para desalojar a sus competidores en el mercado internacional. El propio Trump había acusado a los chinos de ser “manipuladores del tipo de cambio”, pero ahora parece que él también manipula.
Claro que no se trata de devaluar cuando se quiere. Si fuera así, sería muy fácil salir de las crisis y crecer.
Si un país es ineficiente, su industria es atrasada, tiene déficit fiscal, y alimenta la inflación imprimiendo dinero, de nada vale que devalúe.
No es el caso de la mayoría de los países europeos.
Pero el euro podría caer, por culpa de los déficits de las economías mediterráneas, en problemas más serios que los actuales, y hasta desaparecer.
Es lo que cree Alan Greenspan, ex presidente de la Reserva Federal, para quien los países prósperos del norte de Europa no pueden seguir financiando a los países deficitarios del sur.
Que es lo que Margaret Thatcher vio hace años, cuando decidió estar en la Unión Europea pero no adoptar el euro. Según sus palabras: “Grecia, que es un país pobre, no puede tener la misma moneda que Alemania, que es un país rico”.
Y volvemos a lo mismo: una moneda fuerte (como lo es el euro para los griegos) puede ser causa de una incapacidad económica para crecer. O, en este caso, del fin de la Unión Europea.

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