ASISTENCIA SOCIAL, ASISTENCIALISMO Y CULTURA DEL TRABAJO

PRINCIPIO GENERAL: GANARSE EL PAN
Debemos ser asertivos. Se necesita una categoría con rango de principio: todos debemos ganarnos el pan de cada día. A este basamento general se aduna otro que es su pariente directo: sólo hay una clase de hombres y mujeres: los que trabajan.
El presente y el futuro se asientan en el trabajo. Por supuesto que hay diversos tipos de labor, desde las más calificadas a las precarias, no sólo por su remuneración y su falta de registro. Empero, lo sustantivo e insustituible es TRABAJAR.
El trabajo es un dignificador por antonomasia. Quien labora porta dignidad, así sea la más humilde de las tareas.
La prosperidad de un individuo y la de una sociedad se sustentan en el trabajo. El trabajo legitima la propiedad. El trabajo y la vigencia de las reglas son las columnas que vertebran a la Nación.
Si trabaja y si las conductas individuales y sociales se ajustan a las leyes, incluyendo el desempeño de las autoridades públicas ceñido al mandato legal, el país será inexorablemente próspero. Ni una maldición ni obviamente una catástrofe antrópica o humana podrán aventar el rumbo del progreso, máxime en un país tan dotado como el nuestro.
II
ASISTENCIA SOCIAL
Toda comunidad está obligada moralmente a ser solidaria con el necesitado. Aún los países más ricos y poderosos exhiben disparidades francamente irritantes y sufren de franjas realmente empobrecidas y hasta marginales. Se lo comprueba en Estados Unidos y en otros países del llamado primer mundo.
En la Argentina la pobreza y, peor, la indigencia afectan a casi 18 millones de ciudadanos. Lo más grave es que en el rango etario de la minoridad esa situación ominosa afecta a casi el 45% de los niños argentinos
Uno de los valores de una sociedad humanizada como consecuencia de su cultura, civilización y evolución constante – buscando el plano ético – es la solidaridad. La asistencia social para los necesitados es un mandato moral, máxime cuando se producen crisis de la envergadura de la de 2001-2002, cuando implosionó la paridad 1 a 1. El número de desocupados trepó a casi el 30% y la pobreza superó el 55%. En ese contexto angustioso, la asistencia social fue indispensable, no una opción.
Mucho antes, en los finales de la década del ochenta, el potro indomeñable de la inflación había engendrado el Plan Alimentario Nacional que al principio llegaba a 400 mil familias hasta subir a 800 mil. Luego el flamante gobernador de Buenos Aires instrumentó en 1992 el plan Trabajar junto con el de Manzaneras. La asistencia así seguía su carrera alcista que a la postre sería irresistible y predominante. En 2015 eran 7 millones los asistidos. Un año y medio después el número alcanzó los 8 millones. Y va para más si leemos con detenimiento los reclamos de ampliación en montos y cantidad que formulan las organizaciones sociales.
Hoy la Asistencia Social supera el 3,5% del PBI, pero no rinde lo esperado: un pueblo progresista, empeñoso, trabajador, realizando cual su propio artífice, su destino.
La característica de la Asistencia Social en nuestro país es su laberíntica complejidad. Multiplicidad de planes y diversidad de organismos para ejecutarlos. Otra peculiaridad es la falta de control real, la tercerización de su otorgamiento – no sólo a Municipios, sino a cooperativas, entidades civiles y demás – y la virtual falta de contraprestación laboral. Inclusive, en algunos casos los beneficiarios están propensos para trabajar pintando escuelas, muros u otros sitios del espacio público, pero carecen de pintura y herramientas para realizar su labor. Ni hablar que no existe un metódico y sistemático entrenamiento para favorecer la reinserción – en muchísimas situaciones literalmente ‘inserción’ atento que nunca se trabajó – laboral. Además, como adolecemos de un Plan (orientativo, indicativo, no imperativo al estilo soviético) de Desarrollo, el mundo de la Asistencia Social está desconectado del de la Producción y Pymes. La Asistencia Social no sabe – ni pretende conocer – qué está acaeciendo en el plano del desarrollo agro-industrial-tecnológico.
En suma la Asistencia Social prepara ‘asistidos’. No se propone la temporaneidad, sino la permanencia. Parece ser parte de su naturaleza eso de que un asistido es de por vida. Más grave aún, es también el destino de sus hijos y nietos.
Es indudable que no obstante algunos controles, el manejo de la asistencia social es eminentemente clientelista. Los ‘punteros’ están en su salsa. No son líderes naturales por su ascendiente producto de su modélica conducta o por sobresalir como puentes entre la necesidad y las soluciones. Su ‘poder’ radica en sus alforjas llenas de planillas que toda vez que llenen devendrán en ingresos de $4.000 o más para el beneficiario. Tienen la ‘llave’ para conceder estas ventajas. Si alguno de los beneficiarios inquiere qué debe hacer a cambio, la respuesta hiere el alma, cual peor cuchilla hendida en el pecho:”Nada”.
En 2002 se eliminó la facultad que tenían los legisladores nacionales para conceder discrecionalmente ‘pensiones no retributivas’. No había un tope específico de cantidad de pensiones. Si el legislador era ¿dócil’ con el oficialismo de turno o pertenecía a sus filas disponía de más pensiones. Esa supresión se vivió como una reforma política saneadora de tantas prebendas y privilegios, pues no faltó un senador que le otorgase una de estas canonjías a su nietita pampeana (porque nació en esa provincia) recién nacida. Pero la realidad es ‘mágica’: lo que hoy no pueden los senadores y diputados nacionales (los provinciales mantuvieron esa prerrogativa), lo disponen los punteros de todo el país. El saneamiento de la política naufragó antes de empezar a navegar.
El aspecto más pernicioso de la asistencia social tal como rige en la Argentina tiene dos planos: no enseña a trabajar y es permanente. Si fuera una etapa temporaria con entrenamiento laboral sería un instrumento virtuoso. Tal como se practica en el país es una invitación e incitación al atraso nacional.
III
EL ASISTIDO Y SU AUTOESTIMA
Un individuo – al igual que una Nación – sólo puede progresar si lo acompaña entrañablemente la autoestima. Es evidente que la Asistencia Social desnaturalizada como la que existe en la Argentina desploma la autoestima de los beneficiarios. Por más que no sepan – porque no se les enseñó nunca – del valor agregado al trabajo producto del conocimiento aplicado a la labor, el asistido intuye que se tarea es ínfima y con esa intuición se derrumba la valoración de sí mismo. Es una forma brutal de deshumanización, de cosificación, propia de regímenes totalitarios, reñida con el sistema democrático que presume de poner en su centralidad a la persona.
El asistido está en una escala inferior de la ciudadanía. A pesar de las proclamas, plagadas de vacua retórica, de igualdad, la asistencia tal como se la concibe entre nosotros, cristaliza la desigualdad. El beneficiario de la ayuda social es un paria cívico, un subordinado, un cliente. No es ciudadano cabal. A veces se sobrepone y vota con rebeldía, pero esa excepcionalidad no enerva la regla de que estamos ante una descategorización.
A la legión de asistido debe adunársele el “estado – Municipio – empleador de puestos de nula productividad que condena de antemano a quienes lo desempeñan a un destino peor que gris o mediocre. En Corrientes, Chaco, Santiago del Estero, Jujuy, La Rioja, Catamarca y Formosa hay más empleados públicos que asalariados privados registrados. No es casual, sino absolutamente causal a la luz de esta estadística que esas provincias sean las más carenciadas del país.
IV
PERVERSIDAD DEL ASISTENCIALISMO
El asistencialismo es como el arroz: tiene cara de bueno, pero engorda. No podemos engañarnos. El asistencialismo es perverso porque socaba la dignidad de las personas y la cultura del trabajo.
Los ismos son degeneraciones de buenos valores, conceptos o doctrinas. No es lo mismo asistencia que asistencialismo, como no lo son nación y nacionalismo, ambiente y ambientalismo, divorcio y divorcismo, femenino y feminismo, pueblos originarios e indigenismo, igualdad e igualitarismo, por señalar a algunas de las deformaciones.
Cabe una precisión previa. Nuestro partido se denomina ‘Nacionalista’ porque la ley nos prohibió llamarlo ‘Nacional’, sin ismo. Se entendió jurisprudencialmente que ‘nacionalismo’ era y es una corriente política histórica – acá y en el mundo entero – que no podía ser proscripta no obstante que la ley de partidos políticos prohíba designaciones de Nación y sus derivados. Hubimos de llamarnos Partido Nacional Constitucionalista, pero por imperio de la norma debimos adoptar P.Nacionalista Constitucional, ahora con el aditamento de UNIR. Empero, en nuestro ánimo está ser ‘nacionales’, vale decir adeptos y fieles a nuestro país sin exacerbaciones.
Puede ser que la vida conduzca a un matrimonio a divorciarse, pero ninguno de los dos era o es divorcista. La diferencia no es sutil, sino sustantiva. Lo mismo cabe consignar sobre el rol de la mujer en la vida, que es central y a la par del hombre. Pero eso no autoriza al feminismo que es la exorbitación del concepto hasta tornarlo irritante, agresivo y discriminador. A los pueblos originarios, todos los derechos – y obligaciones – que les reconoce la Constitución, pero ello no habilita la postura indigenista que es segregadora, conflictiva, disociativa, germen de la violencia.
El asistencialismo es la patología de la asistencia. Es una adicción morbosa y socialmente perniciosa. Ni hablar de la ruina que produce en la economía, no sólo en la ‘capitalista’, sino en la familiar. El asistencialismo es como la droga: primero alucina y deslumbra porque se puede vivir sin trabajar ni producir, pero a la postre tumba y postra al inicialmente beneficiario.
Además, el asistencialismo genera una cultura perversa y destructora. Es la cultura del menor esfuerzo, del facilismo, del recibir sin dar, del derecho sin obligación.
El asistencialismo nos exige impulsar una contracultura con grandes cambios, de lo cual hablaremos seguidamente.
V
ASISTENCIALISMO Y DEUDA EXTERNA
Si bien no podemos ser reduccionistas, ya que los problemas argentinos reconocen una constelación de causas (la corrupción es una principalísima), es evidente que el asistencialismo, del modo que nos ha penetrado en nuestra (des) organización socio-económica, es inocultable que si gastamos persistente y recurrentemente más de lo que producimos debemos o recurrir a la emisión monetaria – génesis de la inflación, aunque no su único origen – o al endeudamiento externo. Esto es sostenible dos o tres años, pero lo estiramos a una década inexorablemente implosiona. Son la constantes crisis de cada década que sufrimos desde 1951 (para no remontarnos más atrás).
Los subsidios – como el despilfarro – deben acotarse paulatinamente y la corrupción – que saquea al erario público vía sobreprecios y sobrecostos – debe sucumbir con el fin de la impunidad que es su matriz.
Con cuentas equilibradas el país podrá dedicar recursos genuinos para hacer crecer la economía y el empleo, disminuyendo la presión impositiva.
Deben ensancharse los planes como “Empalme” que posibilita no perder el subsidio por dos años si es empleado por una Pyme que le completa su sueldo. Dos resultados virtuosos en un solo acto: fin de la indignidad de no trabajar y fortalecimiento de las Pymes productivas, generadoras de bienes y servicios. A dos años vistas, el subsidio termina, pero la película del desarrollo cobra fuerza. La condición es que el subsidiado sea un nuevo trabajador de la empresa, no alguien que tenía trabajando sin registrar.
Ya sufrimos deudas impagables. Estamos a tiempo para no contraer otra análoga. No puede ser que tropecemos con la misma piedra y que repliquemos el camino decadente.
VI
LAS REFORMAS SOCIALES DEBEN SER HECHAS POR ORFEBRES CON OJO DE RELOJERO
No se trata de asir un tijerón y empezar a cortar. Es ineludible un trabajo de relojería o, mejor de orfebre. Paciente, prolija, pelillosamente hay que revisar qué pensiones por invalidez tienen un origen en una prescripción médica amañada o en una banda de gestores y allí meter mano. Una por una, sin la más mínima inequidad, buscando la justicia para los inválidos que podrán ver saneado su padrón y hasta percibir un mejor haber.
Es inaceptable que el sistema de ayuda social no se pueda revisar so pretexto de que se podrían suscitar injusticias. La injusticia es que figuren beneficiarios que no tienen derecho al beneficio pues ello perjudica a quienes sí necesitan el auxilio. No se puede convivir con la corrupción.
Por otro lado, parece llegada la hora de disociar los jubilados aportantes de los no aportantes para sanear a ANSES y así abrir el camino hacia sustanciales mejoras en los haberes de la clase pasiva.
VII
ASISTENCIA vs CULTURA DEL TRABAJO

La Argentina es un inenarrable contraste y una angustiante contradicción. En relación a sus recursos y su escasa población, es el país más rico del mundo, pero sufre una pobreza – mucho más estructural que circunstancial- del treinta por ciento. Este claroscuro tiene sus causas. No se puede echar culpas a los otros. Es nuestra responsabilidad. Es la mala política y la pésima gestión.
¿Qué hace próspero y grande a un país? La capacidad emprendedora de su pueblo, la cual conlleva buena formación educativo-cultural y mucho trabajo. Éste es el generador por antonomasia de la riqueza y, además de dignificar a quienes laboran, legitima el derecho de propiedad.
¿Qué empobrece y achica a una nación? La caída de la cultura del trabajo, el aguardar que otro – el crecientemente todopoderoso Estado, pero ascendentemente inútil – nos done soluciones mientras nosotros ingresamos, más o menos lentamente, en el área de la contemplación y pasividad, cuando no en el de la vida espiritualmente vegetativa. Nos vamos indignificando como personas para devenir en entes corpóreos vacíos de misión y de ambición. Esto que acaece en cada vez más individuos finalmente recala en todo el país. Así, a la postre, a la que le falta misión y ambición es a la Argentina entera. Irrumpe el vacío en una Nación, algo insufrible que deja exhausta al alma colectiva.
Sin dudas, la mala política es la responsable de la decadencia argentina. Para encuadrar este análisis sin remontarnos a antecedentes añejos, desde 1983 con la restauración de la democracia, la cultura del trabajo fue siendo permeada hasta reducirla a un tercio del país. En los primeros años surgió el Plan Alimentario Nacional para asistir a 500 mil compatriotas que no podían acceder a la canasta básica. La asistencia fue aumentando a la par que mermaba la cultura del trabajo y también las oportunidades para prestarlo. En la provincia de Buenos Aires, en los noventa, apareció el Plan ‘Trabajar’ que incrementó el número de asistidos a casi 2 millones. Con la crisis de 2001, el crecimiento de la asistencia fue exponencial, llegando a casi 8 millones de seres en 2015. En 2016 subieron a 9 millones. Parece imparable.
Lo más grave de este cuadro – además de la crudeza de tanta gente con necesidad- es que ni por asomo se ha podido organizar un sistema de control que contenga el estricto cumplimiento de una contraprestación laboral. Salvo San Luis, en todo el país gozar de un plan es prácticamente cobrar sin trabajar. Algunos malévolos hablan sin rubor de ‘planes descansar’. Obviamente, este contexto fogoneó el desplome de la cultura del trabajo y muchos otros efectos malignos.
Un país con el 60% de sus miembros económicamente activos descansando – o siendo nulos productores de bienes o servicios – no puede progresar. Así de literal. Consecuentemente, es un país que genera una pobreza dura – estructural – muy alta que torna inviable la convivencia social. Esa pobreza con altísima dosis de marginalidad deseduca, lo cual se comprueba con el bajísimo rendimiento en cualquier evaluación – sin aptitud para la aritmética básica, para la comprensión de un elemental texto – y desocializa, corroborable por las características del delito común que padecemos, cada vez más cruel y numeroso.
La ausencia de cultural laboral genera un circulo vicioso: cuando se demandan trabajadores con alguna calificación el pedido queda semidesierto porque hay pocos con secundario completo o con formación de oficios o tecnicaturas. El sistema de no trabajar es el método que trae el antiprogreso, precisamente la antítesis de lo que proclaman los dirigentes que más propugnan el asistencialismo.
Si son cada vez más quienes no producen y se eleva la cantidad de erogaciones estatales para atender a los asistidos, ¿de dónde salen los fondos? Se originan en los impuestos que pagan el 40% que trabaja – en sus diversas modalidades -, en la emisión monetaria o en el endeudamiento externo. Más presión impositiva es imposible porque definitivamente haría inviable a la economía productiva y tornaría a nuestro trabajo no transable en el mercado externo. Emisión sin respaldo es uno de los factores de la inflación y ésta es una bomba de tiempo que ya vimos cómo nos explota en las manos. Financiar el gasto público corriente con deuda externa también conocemos cómo estalla.
El déficit público está camino al desborde. Para contenerlo hay que contraer deuda que genera tres efectos perniciosos: la hipoteca que significa, la abundancia de dólares que el Banco Central debe comprar emitiendo pesos; y la emisión de Lebacs para captarlos con cada vez más alto interés que hace colapsar la economía de producción. Otra vez el escenario de una inflación contenida no por la mayor cantidad de bienes, sino por las medidas monetarias que suelen ser pan para hoy y hambre para mañana. En esto el populismo es la contracara, pero con iguales resultados.
Es encomiable la lucha antiinflacionaria, pero hay que buscar el equilibrio macroeconómico por el parámetro de más trabajo y más producción. No hay sortilegios, sino convicciones y métodos y, por sobre todo, una fuerte apuesta a la cultura del trabajo, gran ordenadora social.
¿Qué se propone? Relanzar los programas asistenciales para cumplir a rajatabla con estas condiciones esenciales: todo asistido tendrá dos obligaciones innegociables, capacitarse y simultáneamente trabajar en lo que se le asigne, desde pintar escuelas hasta mantener el aseo del espacio público. Hay que depurar la intermediación de cooperativas, municipios, organizaciones sociales y demás. Se deberá organizar un sistema de control, clave para que la asistencia vaya cediendo paso al trabajo y la pobreza a la prosperidad. Y que la ayuda social se acote a una minoría lamentablemente necesitada que la solidaridad nacional jamás dejará a la buena de Dios.

VIII
COLOFÓN:
AYUDA SÍ, ASISTENCIALISMO NO. VOLVER A LA CULTURA DEL TRABAJO.
La asistencia social para quienes sufren una situación de indigencia es ineludible. Su característica es ayuda ya sin esperar que la situación general del país mejore. Pero esa ayuda inmediata siempre debe poner el foco en la rehabilitación socio-laboral. Si se ayuda, pero no se recupera a la persona para vida social y laboral plena, se lo está condenando a la indignidad permanente. Esto conlleva otra penosísima consecuencia: sus hijos también será inexorablemente marginales e ineptos para la dignidad del trabajo.
La ayuda social, la asistencia, es enemiga del asistencialismo. Éste es la utilización clientelista de la pobreza con fines electorales y también de enriquecimiento personal o sectorial de quienes medran con la pobreza. Sea un puntero haciendo su ‘negocio’ político – electoral y personal- detrayéndole un 15% o más de la magra asistencia- o una ‘organización’ o ‘cooperativa’ – financiándose con iguales porcentajes y nutriéndose de ’militantes’ -, el asistencialismo no sólo pervierte la política y la sociedad, sino que potencia y profundiza la pobreza. Ésta es la razón de ser del sistema diabólico y por ende, lejos de la intención de sacar de la pobreza a millones de argentinos, el asistencialismo la vuelve estructural y dura. El asistencialismo propugna una pobreza tan duradera como definitiva.
El ismo en la asistencia es la degeneración de la ayuda solidaria. Es análogo a lo que sucede con ambiente y ambientalismo o pueblos indígenas e indigenismo. Más aún, se emparenta con la defensa de los derechos de la mujer y su deformación, el feminismo.
Pueblos originarios, ambiente sano y mujer con plenos e igualitarios derechos no es lo mismo que exacerbar a los indígenas planteando el indigenismo disociador y hasta vandálico (como acaece con los extremistas mapuches que incendian, matan y devastan en el sur argentino y chileno) o el ambientalismo que impide el progreso o el feminismo que es discriminador, perturbando precisamente la igualdad social.
Cuando las cosas tocan fondo es la oportunidad (y la imperiosa necesidad) de revertir la situación y comenzar a ir hacia arriba. Lo primero que hay que hacer es conectar los planes asistenciales con el mundo del trabajo, incluyendo a las incubadoras de empresas y negocios, tanto las que existen en las Universidades como las que promueven las ONGs y otros sectores privados. El padrón de asistidos debe ser un gran listado de oferentes de trabajo que se vincula a los demandantes.
Hay que organizar un sistema de redes que aúnen las ideas, inventos y proyectos de individuos y de entidades privadas y públicas con las necesidades de trabajar que tienen 18 millones de compatriotas. Este capital humano es lo más importante que tenemos.
El sistema asistencial debe amoldarse a la Argentina creativa – esa que existe, aunque muchas veces no sea ostensible. La creatividad generará empleos y si ese plano creativo se conecta con los millones de asistidos seguramente podremos proclamar en un lapso no demasiado extenso que hemos tenido éxito en lo primordial, esto es que cada vez sea menester menos ayuda porque en la Argentina hay más trabajo genuino.

Por Alberto Emilio Asseff*

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