LA CONQUISTA AL “DESIERTO” Y SAYHUEQUE

Uno de los temas más complejos para tratar en la historia argentina, es sin lugar a dudas, la Campaña al desierto (1878-1885) iniciada por Roca como ministro de Guerra del gobierno del presidente Nicolás de Avellaneda (1874-1880).
El modelo agroexportador como clivaje exclusivo dentro del sistema económico mundial convertía a la Argentina en un proveedor substancial de materias primas demandadas por los países industrializados (sea para sus industrias o para su alimentación). El circuito era simple. Los países considerados “centrales” vendían sus productos manufacturados a los países “periféricos” que anteriormente habían vendido sus materias primas. De más está decir que en comparación, los países industrializados al poder “transformar” la materia prima lograban que sus productos fueran siempre más caros que los que se encontraban “sin transformar”, de allí la diferencia fundamental entre países industrializados y países no industrializados.
Para poder insertar a la Argentina en el MERCADO MUNDIAL CAPITALISTA, y respondiendo a la enorme demanda de materias primas, las autoridades nacionales, necesitaban conquistar más territorios para dedicar a la producción. Las transformaciones que se dan desde el inicio del proceso de conformación del Estado Argentino hasta su consolidación hacia finales del siglo XIX, destacando: la unificación del país bajo la pacificación por la fuerza, la conquista de nuevos territorios para expandir la agricultura y la ganadería con la llegada y el avance del ferrocarril hacia zonas a las que el Estado no llegaba, tienen como actor principal al Ejército Argentino. Encargado de extender y establecer los límites fronterizos, el Ejército dará a conocer su incidencia, cada vez mayor, en las cuestiones políticas, que lo tendrán como una de las instituciones más poderosas durante gran parte del siglo XX. Mi intención es ahondar sólo en ciertas temáticas de la época centrándome específicamente en:
1. Los cambios dados en la institución que más injerencia tuvo a la hora de la conformación del Estado Argentino, me refiero al Ejército y el nombramiento de Neuquén como territorio nacional.
1. La metodología de exterminio diseñada en contra del aborigen: poblador de las tierras “conquistadas”. Alsina y Roca: dos políticas diferentes de tratamiento del aborigen
1. Los cambios dados en la institución que más injerencia tuvo a la hora de la conformación del Estado Argentino: El Ejército.
El papel del Ejército argentino durante finales de siglo XIX, y su incidencia en las cuestiones geopolíticas, son de una importancia imposible de no advertir y mucho menos de ignorar si se quieren estudiar los hechos relacionados con la consolidación del Estado nacional que lo tuvieron como uno de los actores principales. Por cuestiones de tiempo no me permitiré siquiera resumir la historia del mismo con su aparición en Mayo del 10´ y su posterior derrotero durante las guerras civiles. Para el caso me parece más importante destacar el “cambio” que se va a generar en cuanto a la composición de sus filas durante finales de siglo XIX cuando, tomando las categorías y conceptos de Alain Rouquié[1]: estudioso del tema de la “cuestión militar en la Argentina”, se produce el traspaso de un “Ejercito Viejo” hacia uno “Moderno”.
El primero (El Ejército viejo) hace referencia a las guardias urbanas – milicias mitristas de composición burguesa de gran importancia para dirimir la cuestión con los caudillos de las provincias que se levantaban contra Buenos Aires – como también a la pobre y desalineada Reserva de Línea destinado a cuidar la frontera con el indio y conformado a través de levas forzosas por gauchos considerados “vagos y mal entretenidos”. “José Hernández cuenta en su Martín Fierro la aventura ejemplar de uno de esos enrolados involuntarios. Fierro, gaucho batallador y valiente, es enviado a un fortín aparentemente por seis meses. El juez de paz le reprocha haber votado mal en las últimas elecciones. Incorporado a una especie de campaña disciplinaria en pleno desierto, el héroe de Hernández no recibe ni uniforme, ni paga, ni armas. Tratado como un presidiario- llueven los castigos corporales- (…)”.
Con respecto al enrolamiento forzoso de tropas escribía Nicasio Oroño en 1871: “Chile y el Estado Oriental (del Uruguay) están llenos de argentinos que han abandonado el suelo natal huyendo del servicio militar que se les impone por la fuerza.” El desafecto de los ´hijos del país´ por el ejército y el elevado porcentaje de deserciones entre los criollos ávidos de espacio y de libertad, sugirieron a las autoridades el proyecto de importar de Europa contingentes de mercenarios. Se enviaron comisiones de reclutamiento a Francia y a Italia (1861- 1867), pero los resultados en calidad y cantidad fueron tan decepcionantes que la idea se abandonó rápidamente”
“El viejo ejército”, mal preparado y poco diestro con las técnicas modernas – la artillería, arma científica, que se encontraba muy descuidada – era objeto de durísimas críticas.
El segundo (El Ejército nuevo) se refiere al que surge tras la profesionalización de la institución con el proyecto de ley que sustentó la reforma de la organización militar argentina (1901) defendido por el general Pablo Riccheri, ministro de Guerra, desde el 13 de Julio de 1900.
“Ricchieri entró al Colegio Miltar en 1875 y fue incorporado a la Escuela Superior de Guerra de Bélgica en 1884.
Nombrado luego agregado militar en Alemania, fue encargado de una misión de compra de armamentos en Europa. Se proponía dar a la Argentina instituciones militares dignas de los países europeos más adelantados. El ejército francés, “una de las cosas más grandes del mundo” a principios de siglo, al decir de Charles de Gaulle, y el ejército alemán, heredero de la legendaria tradición prusiana, eran sus modelos.
(…) Ricchieri había hecho enviar a la Argentina los mejores rifles, los Mauser alemanes, e intentaría calcar la organización armada de las primeras instituciones militares del mundo, terminando en primer lugar, con el ejército de guerra civil, desaliñado y analfabeto, indigno de la Gran República del Sur.
La instauración del servicio militar obligatorio y la profesionalización acrecentada del cuerpo de oficiales eran los principales objetivos. El grupo dirigente “progresista” introduciría así una nueva reforma para justificar una vez más su preeminencia y su legitimidad.
La reforma militar obedecía esencialmente a motivaciones políticas. La introducción del servicio militar obligatorio era militar sólo accesoriamente. Los jerarcas del Estado oligárquico así lo entendieron y así lo manifiestan.
“El ejército del sufragio universal”. Ahora bien, como vimos, el sufragio universal, reclamado por la oposición extraparlamentaria, sólo se haría efectivo once años después, en 1912. En la realidad, los ciudadanos argentinos serían soldados antes de ser verdadera y libremente electores, lo que tendría consecuencias políticas directas: no en el sentido, señalado a veces, de una preeminencia de las instituciones militares sobre las instituciones políticas representativas por el simple hecho de la cronología, sino porque el ejército de la conscripción estaría encargado de moldear la mentalidad de los futuros electores.”
1. La metodología de exterminio diseñada en contra del aborigen: poblador de las tierras “conquistadas”. Alsina y Roca: dos políticas diferentes de tratamiento del aborigen
Cacicatos
Durante mucho tiempo, casi dos siglos, el “desierto”, tal como se denominaba al espacio que visto desde la “civilización” se extendía más allá de la frontera, comenzaba a muy poca distancia del sur de la ciudad de Buenos Aires. En él se desarrolla un mundo indígena integrado por diferentes parcialidades, algunas de las cuales se asentaban desde antaño y otras se habían trasladado más recientemente desde sus antiguos asentamientos en el sur trasandino. El contacto con la sociedad europea y criolla significó que los indígenas, cambiaran algunos hábitos e incorporaran otros como por ejemplo el uso del caballo, y también otros animales introducidos por los europeos, como vacunos y ovinos, los cuáles, con el correr del tiempo, llegan a tener una decisiva importancia económica dentro del mundo indígena. La relevancia que jugaba la ganadería en su economía, generó a partir del siglo XVII, cambios profundos en la organización social de los indígenas, ya que la riqueza, representada en la posesión de ganado fue determinando el surgimiento de los grandes cacicatos, que tuvieron funciones de carácter militar, correspondiéndoles dirigir a
los guerreros en algunos malones contra los “blancos” o para dirimir conflictos entre parcialidades indígenas. Con el tiempo fue creciendo la autoridad y la importancia de los caciques más poderosos, y sus figuras pasaron a ocupar un rol primordial en cuanto a las relaciones de las comunidades indígenas con respecto a las autoridades gubernamentales de Buenos Aires y las provincias.
En la década de 1870, en vísperas de iniciarse la ocupación definitiva del espacio indígena, el escenario fronterizo vive una doble realidad, por un lado, relaciones pacíficas e intercambios comerciales fluidos, por otro lado, violentas incursiones indígenas sobre pueblos y establecimientos fronterizos, sumado a expediciones militares sobre los asentamientos indígenas.
Ley 215
En el marco de la consolidación del Estado Nacional, al final de la presidencia de Mitre y durante el mandato de su sucesor, Sarmiento, comienzan a debatirse diversos lineamientos acerca de la cuestión indígena. La Ley 215 de 1867 generó en este contexto nuevas tensiones y conflictos. Ésta, ordenaba entre otros aspectos, que se ocupasen las fronteras por fuerzas del ejército hasta la ribera del río Neuquén, desde su nacimiento en los Andes, hasta la confluencia con el río Negro en el Océano Atlántico, estableciendo la línea fronteriza en la margen septentrional del expresado rio de cordillera al mar. Establecía además: “a las tribus existentes en el territorio nacional comprendido en la actual línea de frontera y fijada por esta ley, se les concederá todo lo que sea necesario para su existencia fija y pacífica”. Preveía también que las tribus que se resistieran al sometimiento pacífico de la autoridad, sufrirían en contra de ellas, una expedición hasta someterlas y arrojarlas al sur del río Negro y Neuquén.
Alsina y una política más conciliadora
Cuando Avellaneda asume la presidencia en 1874, era latente que el problema indio y de la frontera interior en el sur no podía hacerse esperar más para solucionarlo. Existían razones económicas, pero también razones que tenían que ver con la soberanía de los territorios australes, también un tema preocupante. A esto se le sumaba las imágenes del indio y del desierto que tenían, no solo el Gobierno, sino la clase dirigente en general, que también influyeron de manera decisiva en la necesidad de resolver la cuestión indígena. Es en esta época cuando se hace énfasis en una concepción donde el indio deja de ser el enemigo principal, y su lugar es ocupado por el propio desierto, según Blengino. En palabras de Alsina: la guerra era “contra el desierto para poblarlo no contra el indio para exterminarlo”.
El desierto aparece como el principal enemigo del desarrollo y la marcha hacia el progreso general del país, y por lo tanto, era necesaria su ocupación, ya que era una condición básica para el definitivo sometimiento del aborigen. Así lo expresa el propio Avellaneda: “No suprimiremos el indio sino el propio desierto que lo engendra. No se extirpa el fruto sino extirpando de raíz el árbol que lo produce”.
Volviendo a lo anterior, la decisión de llevar adelante la ocupación del territorio hasta los ríos Negro y Neuquén, estaban fundamentadas, también en la necesidad de hacer efectivo el
ejercicio de la soberanía nacional sobre el territorio indígena exacerbado por el latente conflicto limítrofe con Chile.
Como ministro de guerra, Alsina incorporó el telégrafo a las comunicaciones militares. Explicaba que “el telégrafo sirve tanto en la paz como en la guerra, para que el gobierno este al habla con el Ejército, y el Ejército al habla con el Gobierno”.
A fines de 1875, los pueblos originarios del desierto, continuaron con los enfrentamientos en la línea de la frontera sur. Alsina, va a sostener un enfoque cauteloso del problema del indio, y procurará pacificar a los pampas, evitar los malones y garantizar vidas y haciendas, respetuoso de bienes y derechos. Es decir, fue partidario de una política defensiva y no ofensiva. Alsina busca una solución incruenta a la cuestión, con el adelanto paulatino de la frontera y la progresiva incorporación de las tribus a la civilización y a la República.
Alsina no acepta el salvajismo pampa, pero no quiere afrontar “la cuestión india” auspiciando un salvajismo blanco. Los civilizados deben actuar civilizadamente. El progreso y la inteligencia proporcionan medios formidables que pueden usarse son desmedros.
Sin embargo, no todos piensan así e inclusive miran con fastidio los esfuerzos de Alsina, que en 1876 había iniciado la construcción de la famosa zanja. En una carta de 1875 el Gral. Julio Argentino Roca expone su opinión acerca de los conflictos pampeanos: “Los fuertes matan la disciplina, diezman las tropas, y poco o ningún espacio dominan. Para mí, el mayor fuerte, la mayor muralla para guerrear contra los indios de la Pampa y reducirlos de una vez, es un regimiento o una fracción de tropas de las dos armas, bien montadas, que anden constantemente recorriéndolas guaridas de los indios y apareciéndoseles por donde menos lo piensen…”[2]
Alsina dirá: … “por lo que a mí respecta, confieso que solo me inspira tristeza la lucha cuerpo a cuerpo entre el cristiano y el indio….”[3] Alsina propugnaba procedimientos firmes y no agresivos, fortificaciones y negociaciones.
Roca: la política intransigente contra al aborigen
Pero la muerte de Alsina, y su consecuente reemplazo por Roca significaron un cambio en la política de fronteras y una profunda modificación en cuanto al tratamiento de la más amplia cuestión indígena, ya que la operación de gradual inserción del indio tal cual lo planteaba el ex Ministro de guerra iba a ser, como señala Blengino, “anulada por la exigencia temporal del progreso y subordinada a una estrategia militar”. Resulta significativo el papel rector que el gobierno le adjudica al Ejército, no solo en cuanto a la ocupación territorial sino también en la lucha entre civilización y barbarie. En palabras de Roca: “el Ejército es la vanguardia de la civilización argentina”.
La campaña de Roca comienza en abril de 1879, disponiendo de 5 divisiones con 6.000 efectivos de infantería, caballería y artilleros. Las divisiones estuvieron comandadas por por el Gral. Julio Argentino Roca, el Cnel. Levalle, el Cnel. Racedo, Teniente Cnel. Uriburu y Cnel. Hilario Lagos.
En Las Matanzas del Neuquén, de Curruhuinca- Roux, se menciona la indisciplina de Uriburu ante una Instrucción firmada por el Gral. Roca, en la cual se le ordenaba no traspasar el Neuquén. También decía, entre otras cuestiones: “Se guardará de ejecutar ningún acto de hostilidad con estos indios sin ser de algún modo provocado”, instrucción que tampoco fue respetada, ya que emprendió una lucha con las tribus del territorio neuquino. La ofensiva uriburista desbarató la posibilidad de que los grandes caciques aceptasen conferenciar. Ya no era posible de esta manera ganar el Neuquén con parlamentos y tratados. Un grupo de temperamentales tiraron abajo planes minuciosamente elaborados. A pesar de la desobediencia de Uriburu, Roca lo va a felicitar por los triunfos logrados, convalidando su actuación de la siguiente forma: “He visto con satisfacción sus medidas y esfuerzos en el cumplimiento de las instrucciones que tiene recibidas, así como los buenos resultados que ellos han producido y me es grato aprovechar esta vez más la ocasión de manifestarle mi agrado y felicitarlo al mismo tiempo”[4]
Sayhueque el cacique del sur del Neuquén
Valentín Sayhueque fue uno de los más importantes caciques de la región sur de la provincia de Neuquén.
Su vida transcurrió en constante conflicto entre los malones aborígenes y las sucesivas nuevas autoridades patrias surgidas después de la Revolución de Mayo.
Las buenas relaciones y la paz predominaban bajo la férrea jefatura de Sayhueque y se extendía a varios caciques del Neuquén, que entonces se denominaba “País de las Manzanas”. Era reconocido como autoridad por Buenos Aires y tuvo una buena amistad con el gobierno argentino dado que se consideraba argentino.
El explorador y científico argentino Francisco P. Moreno, en su primer viaje visita y entrevista a Sayhueque en 1875. En ese momento expresó:
“Sayhueque es un indio de raza pampa y araucana, bastante inteligente y digno de mandar en jefe las indiadas… es el jefe principal de la Patagonia y manda las siete naciones que viven en esos parajes: araucanos, picunches, mapuches, huilliches, tehuelches, agongures y traro huiliches”
Otra opinión de un intelectual de la generación del 80´, Estanislao Zeballos dice de Sayhueque: “Es necesario darse cuenta de la importancia del cacique Sayhueque, y de las consideraciones que le debemos por su nobleza y por la constante protección que ha prestado a la causa de la civilización y de los intereses argentinos. El domina a los Tehuelches, y aliado a nosotros en el Río Negro, aquellos lo estarían con más razón”[5]
Durante la primera parte de la Conquista del Desierto, se produjeron confusos episodios: al parecer el coronel Uriburu se extralimitó y atacó más allá de donde le había sido ordenado. En abril de 1879 Sayhueque consultó a sus caciques mayores, reunió un parlamento de guerreros y preparó a su gente. Uriburu inició las hostilidades.
Contra lo esperado, ya que había tratados de paz vigentes, Sayhueque no recibió la convocatoria ordenada por Roca para conferenciar. Roca había escrito a Sayhueque, nombrándolo Gobernador de “las Manzanas”.
Sayhueque se dirigió a Uriburu instándolo a mantener la paz. Uriburu no contestó su pedido. El conflicto se hizo irreversible: mapuches y ejército se enfrentaron en Auca Mahuida y en el río Agrio. Pero en tan amplio territorio los mapuches libran una guerra de guerrillas, golpeando al ejército en sus puntos débiles, sin que se produzcan grandes enfrentamientos.
En 1881 el general Conrado Villegas lanzó la Campaña al Nahuel Huapi, con el objetivo de batir a los indios de Sayhueque, que se estimó, tenía en ese momento 1.000 lanceros y el gobierno ya no lo consideraba amigo. El ejército movilizó a 1.700 hombres en tres brigadas comandadas por Rufino Ortega, Lorenzo Vintter y Liborio Bernal.
En 1882, la campaña de Villegas había expandido la frontera a todo el Neuquén, territorio defendido -a partir de ese momento- por quince nuevos fortines y fuertes: 364 indígenas más habían sido muertos y más de 1.700 fueron nuevos prisioneros.
El 5 de mayo de 1883 el general Villegas informaba:
“En el territorio comprendido entre los ríos Neuquén, Limay, Cordillera de los Andes y Lago Nahuel Huapi; no ha quedado un solo indio, todos han sido arrojados a occidente.(…) Al sur del río Limay, queda del salvaje los restos de la tribu del Cacique Sayhueque, huyendo, pobre, miserable y sin prestigio …”
En noviembre de ese año se dispuso el ataque final contra Sayhueque e Inacayal, éste útimo fue un cacique tehuelche que vivió en el siglo XIX en la zona norte de la Patagonia argentina. Con este fin partieron tres columnas. Para entonces Manuel Namuncurá -hijo del cacique Namuncurá- extenuado, se había rendido con 330 de sus hombres. Los caciques, reunidos en un gran parlamento, intentaron organizar una defensa desesperada. Provistos de armas de fuego fueron al combate con el compromiso de pelear hasta morir. Varios caciques se vieron obligados a rendirse. Pero Sayhueque e Inacayal estaban dispuestos a batallar hasta el fin.
Tal es así que se reúne un parlamento entre varios caciques, en el cual se llega a la conclusión de no entregarse ninguno a las fuerzas del gobierno y de pelear hasta morir, debiendo prestarse recíproco apoyo las tribus entre sí.
Hubo escaramuzas; el ejército les cerró los pasos a los indígenas. Pese al esfuerzo de los últimos, las diferencias en cuanto a armamentos, prevalecieron a favor del ejército. Únicamente las huestes de Sayhueque cabalgaban libres, pero el cacique comprendió que es una cuestión de tiempo. Los indios libraron una última batalla el 18 de octubre de 1884.
Finalmente Sayhueque se entregó el 1 de enero de 1885 con más de 3.000 hombres.
Concluidas las hostilidades contra los manzaneros, Sayhueque fue conducido a Carmen de Patagones y de ahí a Buenos Aires, fue alojado en Retiro donde pasó a ser, junto a su gente, un objeto de observación, lo fotografiaron, lo entrevistaron en el marco de las fiestas de Carnaval.
Ni aún rendido Sayhueque dejaba atrás sus objetivos: pidió tierras para su gente: “un lugar para vivir en paz, un lugar para la dignidad”.
Posteriormente vuelve a la Patagonia. En 1896 el gobierno argentino asignó a Sayhueque y su gente las tierras: las lomas de unas sierras pedregosas, en Chubut, lejos de sus ríos y sus verdes. Así Sayhueque, cacique del país de las manzanas y último soberano mapuche-tehuelche en aceptar las leyes y la autoridad del Estado argentino moría despojado de todo lo que había representado.

Por Juan Pablo Avondet

Agosto (Historiador neuquino; miembro del Instituto Federal Manuel Dorrego)
[1] ROUQUIÉ, A. poder militar y sociedad política en la argentina. Emece. 1974
[2] Carta de Julio Argentino Roca a Adolfo Alsina, de octubre de 1875, en Olascoaga.: “La conquista del Desierto”, Buenos Aires, 1940. V. p. 22
[3] Alsina. A.: Memoria cit. Citado por Curruhinca- roux. Las matanzas del Neuquén. Pág. 106
[4] Comunicación de Roca a Uriburu. Citado por Curruhinca- roux. Las matanzas del Neuquén. Pág. 156-157
[5] Zeballos, E. : “La conquista…”. Citado por Curruhinca- roux. Las matanzas del Neuquén. Pág. 139

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