TRUMP, KIM Y EL POLVORÍN NUCLEAR

Corea del Norte acaba de realizar nuevas pruebas misilísticas, una de ellas con un ingenio que sobrevoló las Isla de Hokkaido, al norte de Japón, que ha causado mayor impacto y provocado, entre otras reacciones, una nueva convocatoria al Consejo de Seguridad de la ONU. Esto sucede a pocos días en que Donald Trump amenazara a Kim Jong-un con “furia y fuego”, y que el secretario de Estado, Rex Tillerson, afirmara que finalmente Pyongyang había entendido los mensajes. En otra parte del mundo, el secretario de Defensa de los Estados Unidos, James Mattis, acaba de prometer que Washington auxiliaría a Ucrania en la instalación de armas letales. Estas son sólo algunas de las insensateces diarias que se suceden en el mundo. Las expresiones, verbales y fácticas, no significan, por el momento, que el mundo esté realmente al borde del abismo atómico, pero es oportuno echar un vistazo acerca del peligro nuclear.
En el pasado mes de julio, el prestigioso Instituto de Investigación de la Paz Internacional de Estocolmo (SIPRI) dio a conocer su informe anual sobre la situación de los arsenales atómicos y sus perspectivas. El informe es desalentador; si bien se verifica una disminución del número de armas nucleares, existe un proceso de modernización y aumento de efectividad de los ingenios atómicos que potencian su peligrosidad. Los poseedores de estas armas están empeñados en dotarlas de mayor capacidad de destrucción, para lo cual no escatiman inversiones en investigación y desarrollos tecnológicos.
Los nueve Estados poseedores de armamento atómico tienen en total 14.935 armas nucleares, 460 menos que el año pasado. De ellas, Rusia (1.950), Estados Unidos (1.800), Francia (280) y Gran Bretaña (120) tienen un total de 4.150 ingenios desplegados. “Locked and loaded” diría Trump.
Rusia y los Estados Unidos, que poseen el 93% del armamento nuclear, son quienes mayor reducción de armamento han concretado, pero, al mismo tiempo, han destinado fondos siderales para el desarrollo de programas de modernización de su arsenal nuclear. El programa establecido por Washington para los años 2017-2026 asignó la suma de 400 mil millones de dólares para ese fin y se estima que en los próximos 30 años triplicará esa suma. El SIPRI no provee datos presupuestarios sobre los programas rusos, pero las sumas sin duda son suficientes para seguir a la vanguardia del desarrollo tecnológico de estas armas.
Los otros siete Estados están desarrollando programas sólidos y audaces a los mismos fines, incluyendo avances misilísticos necesarios para el transporte más efectivo de sus ojivas y sus escudos defensivos. Corea del Norte es la potencia que menor capacidad nuclear tiene; tendría materia suficiente para armar entre 10 y 20 bombas nucleares (algunos informes de inteligencia norteamericana estiman que podría llegar hasta 60), pero es el país que más pruebas realizó últimamente: 80 desde que el joven Jung sucedió a su padre, aumentando significativamente las capacidades de sus misiles y de reducción de tamaño de sus ojivas.
Frente a ese panorama, las conversaciones de reducción de armamento nuclear parecen burladas, cuando no ridiculizadas, por el contraste entre las negociaciones que se llevan a cabo para limitar y reducir el armamento nuclear y la manifiesta voluntad de los Estados con arsenales atómicos de aumentar sus capacidades.
La reciente adopción, el pasado 7 de julio, por parte de las Naciones Unidas del Tratado sobre la Prohibición de Armas Nucleares volvió a dividir al mundo. Aprobaron el tratado, impulsado básicamente por Brasil, México, Sudáfrica, Nueva Zelanda y Egipto, 122 países. Hubo 40 votos en contra, entre ellos Japón, único país en la historia en recibir un ataque nuclear, del que la humanidad entera aún está dolida. Aliados de las nueve potencias nucleares (Rusia, Estados Unidos, China, Francia, Reino Unido, India, Paquistán, Israel y Corea del Norte), bajo la intensa actividad diplomática de Australia, se opusieron a limitar el uso, la posesión, el desarrollo, la prueba y el despliegue de armas nucleares.
Los argumentos en contra del tratado, que se abrirá a la firma en septiembre, se basan en que las negociaciones deben eventualmente llevarse a cabo por quienes detentan el poder nuclear bélico en el mundo. El argumento es pragmático desde que todos los convenios sobre limitación de armas nucleares están dirigidos a impedir que haya nuevos miembros en el club nuclear, es decir, a mantener cerrada la membrecía a nuevos Estados.
Los únicos acuerdos y negociaciones entre potencias nucleares fueron los llevados adelante por Estados Unidos y la Unión Soviética, posteriormente Rusia, en el marco caduco del mundo bipolar, y desde la perspectiva de la reducción de poder nuclear no han sido exitosos. Rusia sostiene que el START III es el último acuerdo entre Moscú y Washington, ya que las futuras conversaciones deberán incluir a los aliados estadounidenses de la OTAN: Francia y el Reino Unido. La principal atención geoestratégica de Moscú está centrada en su frente occidental, pese a los despliegues de China que la amenazan. Nada se dice del silencio chino de siempre sobre sus programas nucleares, ni de los progresos de India, Paquistán e Israel. Obviamente, tampoco hay margen para pensar que Corea se avendría a aceptar ningún límite y queda la incógnita de Irán. La perspectiva de que se logren acuerdos eficientes entre las potencias nucleares es, por el momento, nula.
Al explicar su posición frente al tratado de julio pasado, la India, poseedora de entre 120 y 130 armas nucleares, dejó en claro que no estaría atada a ninguna obligación que pudiera pretenderse que surja del tratado, pues este no contribuye al desarrollo del derecho internacional. Le asiste razón, pero la comunidad internacional tiene la responsabilidad de levantar su voz y realizar los mayores esfuerzos posibles a su alcance, si no para frenar, para alertar sobre una carrera irresponsable en un mundo embarullado, desequilibrado y desordenado en el que la estridencia de voces irresponsables de líderes peligrosos hacen temer por el holocausto de gran parte de la humanidad.
El Tratado de no Proliferación Nuclear fue firmado por 187 países, incluyendo a las grandes potencias nucleares, con excepción de la India, Paquistán, Corea del Norte e Israel. Podría decirse que la eficacia de estos acuerdos es mínima o nula, sin embargo, varios países renunciaron al desarrollo de armas nucleares, ya sea por presión o convicción: Libia (2003), Sudáfrica (1991), Argentina (1983), Brasil (1990), Bielorrusia, Kazajistán y Ucrania (1991). Los esfuerzos deben seguir haciéndose, ya que estos logros están muy lejos de ser suficientes. La humanidad no puede descansar en la peligrosa e insuficiente doctrina Modi, esbozada por el primer ministro indio Narendra Modi, de no accionar primero.
De todas maneras, mientras el mundo observa azorado los desatinos de Donald Trump y Kim Jong-un, las armas convencionales, las únicas usadas en gran escala desde la Segunda Guerra Mundial, continúan provocando estragos en la especie humana.

Mario José Pino
Agosto de 2017 Infobae

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