VENEZUELA: CAMINOS DE SALIDA

Todo pueblo es hijo de una historia, con luces y con sombras. La hermana República de Venezuela vive hoy una situación dramática, próxima —lamentablemente— a alcanzar un punto de ebullición impredecible. Por lo tanto, se impone cuanto antes lograr por lo menos un punto de inflexión.
No se logrará con el empleo de la fuerza, sino con una racionalidad regional que avance sobre islotes de un maligno y radicalizado mesiánico sentimiento de pseudoorientaciones de izquierdas y de derechas, encabezadas por simpatizantes de obsoletas y anacrónicas invocaciones ideológicas.
Venezuela es una tierra de hombres cuyos nombres están inmortalizados en ciudades, calles y plazas en nuestro país; entre otros, Francisco de Miranda, Bolívar, Sucre y Andrés Bello. Es también un país que nunca olvidó, en momentos cruciales, la intervención en 1902 del Canciller argentino en el gobierno de Roca, doctor José María Drago y su célebre Doctrina.
La situación venezolana —en un contexto psico-social, político-cultural, económico y militar diferente— nos permite apreciar valores e inevitablemente compararla con la de nuestro país, el que luego de tantas heridas impuestas y autoinfligidas no totalmente superadas ha logrado construir una democracia imperfecta pero vital en los últimos treinta y cinco años.
Quizá una de las visibles diferencias ha sido el comportamiento de las Fuerzas Armadas argentinas, las que, al igual que la sociedad civil, rechazaron para siempre ejercer un poder omnímodo y arbitrario, creyendo que su vigencia era “de aquí a la eternidad”.
Con errores, aprendimos a valorar lo que con claridad meridiana expresó Guglielmo Ferrero: “El poder, para sobrevivir, necesita algo más que la fuerza, de bastante más que la violencia, de mucho más que la coacción (…) Precisa del asentimiento, de la obediencia libremente prestada, del consentimiento de los llamados a obedecer”. El drama venezolano tiene décadas de gestación. A partir de fines de la década del ’70, el fracaso de la clase dirigente anterior, manifiestamente oligarca y corrupta, dilapidó fortunas millonarias de la renta petrolera.
En febrero de 1999, asistí a la asunción del presidente Hugo Chávez, quien en un largo mensaje anunció lo que siguiendo a Raymond Aron, yo calificaría de Revolución Inencontrable: que como algunas otras similares terminan en un psicodrama. Al asumir su mandato, Chávez expresó: “Ojalá que el barril de petróleo no supere en el futuro los diez dólares, así vamos a diversificar nuestra economía”. Es de señalar que durante su presidencia el petróleo llegó a superar los cien dólares. Y la economía continuó deteriorándose seriamente en el presente siglo hasta alcanzar índices dramáticos, a la par que el crecimiento de su PBI es el peor de su historia (-6,6).
La paz no reina en Venezuela y algunos agoreros predicen una guerra civil. No hay sustitutos para la paz social. Por sobre el conflicto está la paz, nuestra única conquista. Para un sector del pueblo venezolano Chávez fue un líder carismático. La dificultad es que el liderazgo y el carisma no se trasmiten. El presidente Nicolás Maduro no debe olvidar que la autoridad proviene del pueblo, y que los derechos humanos son anteriores y superiores al Estado, el cual no los otorga, sino que los reconoce , y por lo tanto, es el principal obligado a respetarlos y garantizarlos.
En la región existen organizaciones que en algunas serias ocasiones pareciera que olvidaron los objetivos que motivaron su creación y solo recurren a inconducentes y vacíos soflamas y sofismas. La Organización de Estados Americanos (OEA) se creó en 1948 para “Fortalecer la paz, seguridad, consolidar la democracia, promover los derechos humanos, apoyar el desarrollo social y económico…”. La Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR), creada en 2008, entre sus objetivos propone: “Construir, de manera participativa y consensuada, un espacio de integración y unión en lo cultural, lo social, lo económico y lo político. Recurrir a diferentes métodos y herramientas para eliminar la desigualdad social, lograr la inclusión social y fortalecer la democracia y la participación ciudadana”. Recientemente, en el 2010, se creó la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC), heredera del Grupo Río, que “Promueve la integración y desarrollo delos países latinoamericanos y Caribeños, respetando la realidad de cada nación”.
Se impone una sólida diplomacia que proporcione tanto al cuestionado Gobierno como a la fragmentada oposición venezolana una escalera por la que ambos puedan bajar, desescalar posiciones, con el fin de arribar a un llano común de paz desde donde comenzar a negociar.
Los organismos regionales citados —que demandan una importante erogación a los países miembros— deben potenciar sus esfuerzos, descartar totalmente cualquier tipo de intervención militar y respetar el principio de no injerencia interna en otros países. De lo contrario, evidenciarían ser más inútiles que los libros de quejas. Ejemplos al respecto sobran.

Martín Balza

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