DESDE LAS NACIONES UNIDAS, DOS MENSAJES DIFERENTES

Como ocurre todos los años a comienzos de septiembre, muchos de los Jefes de Estado de las naciones del mundo llegaron a la ciudad de Nueva York para hacerse oír con motivo de la apertura de un nuevo período de sesiones de la Asamblea General de las Naciones Unidas.
Entre ellos, el presidente norteamericano Donald Trump y su colega francés, Emmanuel Macron. Hablamos de dos aliados que tienen visiones y prioridades algo distintas respecto del organismo multilateral desde cuyo podio las hicieron conocer.
Este año, ni Xi Jinping, ni Vladimir Putin concurrieron a la Asamblea de las Naciones Unidas. El segundo estaba empeñado en las enormes maniobras militares rusas en el Báltico. Tampoco lo hizo Angela Merkel, por la proximidad de sus propias elecciones nacionales.
Comencemos con lo expresado por Donald Trump. Su intervención fue firme. Pero inusual. Con estilo directo, sin margen para las dudas y hasta algunas expresiones fuera de lugar. Sin insistir en la defensa de los valores de Occidente, puso, de inicio, énfasis en que cada nación debe, desde su propia soberanía, apoyar la labor de las Naciones Unidas de modo de preservar su identidad e independencia y caminar coordinadamente con las demás hacia la seguridad y prosperidad de todos.
Precisamente por esa razón sintió la necesidad de mencionar las cuestiones que, en su entender, son las más sensibles entre las que tienen que ver con la paz y seguridad de todos.
Comenzó por referirse a Corea del Norte con palabras duras, a cuyo régimen calificó abiertamente de “depravado” y de “banda de criminales”. Por ser responsable del hambre de millones de sus ciudadanos, a los que encarcela, tortura, asesina y oprime mientras persigue obstinadamente el objetivo de transformarse en una nueva potencia nuclear. Por lo que, de pronto, los Estados Unidos -anunció- podrían no tener otra opción que “destruirla totalmente”. Una definición inusual en el ámbito de la ONU. En su exposición se refirió burlonamente al actual líder norcoreano como: “el hombre misil” empeñado en una “misión suicida” tanto para él, como para su régimen. Instándolo a abrazar la “desnuclearización” de su país como el único camino posible. Mientras tanto -sostuvo- quedará aislado hasta que cese en sus conductas belicosas y hostiles. Toda una grave advertencia que definió a Corea del Norte como la primera preocupación inmediata norteamericana en materia de paz y seguridad.
Luego de ello se refirió, también explícitamente, a Irán. Nuevamente con dureza. Trump definió al actual gobierno clerical de Irán como “corrupto” y “disfrazado falsamente de democracia”. Para agregar que se trata de un régimen que “exporta la violencia, los derramamientos de sangre y el caos”.
A lo que sumó otra acusación, bien concreta: la de financiar y entrenar al movimiento “Hezbollah” y a otros grupos terroristas islámicos. Así como la de asegurar la supervivencia del “dictador” sirio Bashar al-Assad, al que una vez más definió como “criminal” por haber utilizado armas químicas contra su pueblo.
Respecto del acuerdo nuclear de la comunidad internacional con Irán, endosado en su momento por su predecesor, el ex presidente Barak Obama, señaló que es desequilibrado y lo calificó de “uno de los peores acuerdos suscriptos por los Estados Unidos en su toda historia”. Lo que hace suponer que intentará renegociarlo o suplementarlo de alguna manera, lo que es una empresa de riesgo y escasas posibilidades de éxito.
Para Trump, ha llegado la hora de exigir a Irán el cese de todas sus actividades que provocan muertes y destrucción. Lo que supone, entre otras cosas, dejar de apoyar al terrorismo islámico y liberar a todos los prisioneros políticos que mantiene detenidos. A lo que agregó que es también tiempo de dejar al descubierto a quienes financian o apoyan al terrorismo. En todas partes. Se trate de Al Qaeda, Hezbollah, el Talibán o del llamado Estado Islámico.
Como para que nadie tenga dudas acerca de cuál es la imagen iraní ante la administración del presidente Trump.
En su alocución Trump se refirió a la afligente cuestión de los refugiados. Su país está dispuesto -dijo- a financiar lo necesario para ayudar a paliar los sufrimientos de los refugiados, pero no a abrirles completamente la puerta. Porque, sostuvo, su lugar de refugio debería estar lo más cerca posible de sus lugares de origen.
Como era previsible, se refirió también a las Naciones Unidas, a la que denigrara insistentemente durante su campaña electoral. Recordando que su país aporta el 22% de los fondos que requiere su accionar y reconociendo, acertadamente, que esa organización multilateral lidera al mundo en lo que hace a reaccionar ante las emergencias humanitarias. Aprovechando, de paso, para fustigar, con toda razón, la desnaturalización del Consejo de Derechos Humanos por parte de algunos de los más “egregios viadores” de los derechos humanos.
Trump mencionó también a Cuba, a cuyas autoridades tildó de “corruptas” y “desestabilizadoras”, lo que augura una relación bilateral compleja y una actitud norteamericana severa. Aclarando que no habrá de levantar las sanciones de su país que pesan sobre el país caribeño hasta que no se corrija adecuadamente el lamentable estado interno de cosas en materia de vigencia de las libertades civiles y políticas fundamentales. Es más, aunque no lo dijo expresamente, se anticipa que pronto habrá un aumento de la presión económica y financiera sobre Cuba, con medidas que amplíen y precisen la panoplia sancionatoria.
Luego de referirse a Cuba, Trump pasó a reflexionar brevemente sobre Venezuela y Nicolás Maduro, un tema que ciertamente está también en el radar de los norteamericanos como una cuestión a enfrentar y resolver.
Para el presidente norteamericano, Maduro es un “dictador”. Que destruyó a una nación próspera, imponiéndole una ideología: la del socialismo, que ha sido fatal cada vez que se la adoptara, desde que siempre fracasó. Con ella -sumada a su conocida incompetencia- Maduro llevó a Venezuela al colapso y hundió a su pueblo en la pobreza y en la escasez de todo. A lo que el presidente norteamericano agregó la responsabilidad por la destrucción de las instituciones centrales de la democracia. Todo lo que califica de “inaceptable”, lo que tiene el color de premonición. Para Trump, resolver esta cuestión es prioritario y ya ha comenzado a trabajar sobre ella en busca de consensos con otros líderes de la región. Esto supone que está dispuesto a apoyar el camino del diálogo, pero si éste de pronto no funcionara (lo que no es imposible) no se puede descontar que Trump recurra a otras formas de presionar a Nicolás Maduro.
Hasta allí Trump ha marcado -a su manera- la cancha y hecho evidente cuáles son sus prioridades y cuáles sus principales preocupaciones.
Desde el mismo podio también habló -poco después- Emmanuel Macron, el joven presidente de Francia. Con tono menos agresivo y más moderado. Pero por cierto también muy firme.
Se refirió a las Naciones Unidas como el instrumento esencial de concertación entre las naciones. Promotor de acuerdos y defensor del respeto a los mismos. Privilegió entonces la vía del diálogo diplomático para resolver, a través de ella, cuestiones como la del armamentismo de Corea del Norte. Y elogió al multilateralismo como la mecánica apta para enfrentar los problemas comunes, como el del calentamiento global.
Y hasta se animó a sugerir -sin rodeos- que es hora de impulsar la demorada reforma de las Naciones Unidas, incluyendo la de aquellas normas que confieren a algunos de sus miembros, entre los cuales está ciertamente Francia, el derecho de “veto” en el Consejo de Seguridad.
Sobre Corea del Norte en particular, insistió -coincidiendo con Donald Trump- que es hora de “bloquear” su programa nuclear, pero a través de sanciones económicas crecientes y contando para ello con la cooperación cercana tanto de Beijing, como de Moscú, con el objetivo de poder sentar al régimen de Corea del Norte en una mesa de negociaciones que apunte a poner coto a su belicismo.
Además, el presidente Macron mencionó la delicada cuestión de Irán, señalando que -en su criterio- hacer caer el actual acuerdo nuclear, como propone Donald Trump, sería un grave error y hasta una irresponsabilidad. Porque, en su visión, es un acuerdo útil y hasta esencial para la paz. Dejando, no obstante, la puerta abierta para suplementarlo con otros vinculados al desarrollo misilístico.
El presidente de Francia destacó asimismo que es indispensable coordinar adecuadamente el andar de los cinco Miembros Permanentes del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Sin precondiciones, como la que requieren los Estados Unidos al tratar de excluir, de inicio, de la mesa de negociaciones al cuestionado presidente sirio: Bashar Al-Assad. No obstante lo cual, agregó que si el presidente sirio efectivamente cometió crímenes internacionales o de lesa humanidad, debería ser juzgado por la Corte Penal Internacional.
Dos discursos muy fuertes, de tono severo que reflejan algunos consensos y también diferencias de opinión sobre cómo alcanzar los objetivos comunes respecto de Corea del Norte e Irán, que aparecen como los dos temas más delicados y urgentes de la actual agenda de paz y seguridad del mundo.
El presidente de Irán, Hassan Rouhani, les contestó de inmediato y desde el mismo podio que el tema “estaba cerrado”. Con un tono que, sin caer en la hostilidad, fue casi agresivo. Al que adicionó un pedido formal de disculpas a su país.
Por el momento estamos entonces frente a una sola crisis nuclear: la de Corea del Norte. Pronto sabremos si a ella puede, de pronto, agregarse otra también de alta complejidad: la de Irán que sólo ha sido postergada por una década.

Emilio Cárdenas
LA NACION

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