NEOCONSERVADORES

Conservar tradiciones, usanzas, singularidades, patrimonio común, lengua, conciencia histórica, es no solo virtuoso, sino esencial para la identidad nacional. Para ser universal a partir de lo nuestro como sugería Tolstoi.
Empero, conservar anormalidades, ideas atrasadas, prebendas, canonjías, privilegios, prácticas corruptas, comportamientos mafiosos, hábitos despilfarradores, conceptos retrógrados, espíritu faccioso, falsos dilemas es literalmente reaccionario. Es ubicarse en la trinchera antiprogreso.
En la Argentina se han trastrocado los roles al punto que la izquierda más dura y sus compañeros de ruta son el baluarte anticambios, en contraposición de quienes queremos impulsarlos por indispensables y urgentes, pero paradojalmente somos etiquetados como laderos o, peor, custodios, de los intereses de los poderosos e insensibles al sufrimiento.
Los neoconservadores son abanderados de las Políticas Públicas, pero en más de doce años de lamentable gobierno han degradado al Estado de modo alarmante, convirtiéndolo en refugio de mal llamados militantes, activistas de tiempo completo, ñoquis, parientes, acomodados y recomendados. Estos adalides de las Políticas Publicas eliminaron hasta la propia idea de una carrera administrativa estatal. Engrosaron la burocracia duplicándola, pero los ciudadanos están cada vez más desprotegidos y mal servidos. So pretexto de darle certeza a los actos administrativos siempre falta un sello por poner o dato ausente. Sin embargo, el descontrol es tan inenarrablemente enorme que se calcula que el saqueo en esos doce años y medio equivale a un presupuesto nacional anual entero. Por eso, solo en la provincia de Buenos Aires existían once mil teléfonos celulares irregularmente pagados por el Estado provincial, diez mil docentes que en doce o más meses nunca dictaron una clase, 25 mil policías con carpeta medica, es decir sin prestar servicios por largos lapsos y hasta dos mil médicos del Servicio Penitenciario que nunca hicieron ni siquiera una receta. Esto se replica en el Estado nacional, en las otras veintitrés jurisdicciones provinciales y en dos mil municipalidades, dejando de lado las comunas más pequeñas pues se supone que en ellas, por su acotada dimensión y presupuesto, el bandidaje que esquilmo, y en muchos casos sigue haciéndolo, al erario público tiene menos probabilidades de realizar sus vilezas ya que los vecinos están muy cerca.
Este progresismo caricaturesco e hipócrita se opone a las reformas en pos de ser más competitivos y productivos. Enrostra que eso conduce a la explotación y esclavización laboral. No obstante, la realidad da señales inequívocas que ese progresismo ha conducido a que la Argentina sea el único país del planeta que en este último medio siglo decayó económicamente y en otras aéreas como la educativa, la social, la seguridad y diversas mas. Cierto es que nosotros partíamos de una ubicación alta, pero lo incuestionable es que hemos descendido y todos los demás han subido, incluido los países que a priori están al margen de la civilización como Correa del Norte. Este progresismo de ideas rancias, enmohecidas por el más redondo fracaso en el mundo entero, ha obtenido un penoso resultado en todos los planos, empezando por uno dolorosísimo como es el desempleo joven, con un 20% de las muchachas y un 15,4% de los chicos. También ha sido frustrante en el combate al trabajo no registrado que empobrece a todo el sistema laboral y previsional y desampara a los trabajadores. Sigue siendo altísimo, un 34%. Paralelamente, esas Políticas Publicas omnipresentes, con altas dosis de regulacionismo e intervencionismo estatal, nos llevaron al ominoso podio de ser uno de los países con más elevada presión impositiva, una de las causas de la escasa producción de bienes en relación con nuestro potencial y de la inmensa fuga de capitales que orilla los 500 mil millones de dólares. Este flagelo del progresismo falsario nos ha legado una pobreza dura de un tercio de la Argentina. Es un efecto que lo lapida.
El progresismo de museo por arqueológico nos ha impedido establecer en la Argentina la sabia ley de los premios y castigos, esa que estimula el trabajo, el esfuerzo y el merito y que desiguala a partir de un mismo nivel de oportunidades, incentivando la sana competencia y neutralizando la perversa idea de que la equiparación para abajo es mejor que la diferenciación por resultados. El progresismo logro ganar hasta ahora una lastimosa batalla cultural, es decir que cualquier diferencia es elitista y estigmatizable, incluida la que surge de haberse quemado las pestañas estudiando o de deslomarse trabajando. Ese progresismo es el que exalta y alaba que todos los días haya piquetes y activistas protestando no por mas trabajo y más inversión, sino por mayores asistencias sociales sin asegurar ni siquiera una prestación laboral.
Todos sabemos que la secundaria ha caído y por eso deserta más del 50% de quienes la inician. Este ciclo padece de un vacio de contenidos y de atracción cero. Las reformas se imponen y son imperiosas, pero algunos estudiantes autodenominados militantes toman escuelas porque se impulsan reformas en la única dirección que aconseja el sentido común, esto es articularla con el mundo del trabajo y de las especialidades de los estudios universitarios. Con prejuicios como que así se va a trabajar gratis para que los empresarios abulten sus bolsillos, este progresismo se opone a las transformaciones. La consecuencia será más empresarios que desinvierten, menos trabajo, más deserción y mayor fracaso de un sistema de educación secundario que con el actual formato no tiene destino.
Los orientales son sapientes. El otro día leía un aforismo birmano. Los problemas grandes hay que empequeñecerlos y a los problemas pequeños hay que hacerlos desaparecer. A contramarcha de esa enseñanza el progresismo neoconservador vernáculo a los problemas siempre los agranda y a las soluciones sistemáticamente las aleja o posterga. Es irremediable concluir que los neoconservadores apuestan a que todo empeore soñando con la perversa quimera de que cuanto peor nos vaya la sociedad volverá a caer en sus garras. Hay que desenmascararlos pues son reaccionarios disfrazados y son muy peligrosos para la meta de progreso social.

Por Alberto Emilio Asseff

Se el primero en comentar en "NEOCONSERVADORES"

Deja un comentario

Su dirección de correo electrónico no será publicada.


*