FEDERALIZAR LAS RELACIONES LABORALES

La Argentina es, al menos en los textos fundacionales, una república federal. Sin embargo, las relaciones laborales, los sindicatos y las patronales, giran alrededor del centralismo unitario.
En los hechos, y en muchos estatutos, los sindicatos con personería gremial y las organizaciones empresarias, están estructurados verticalmente dejando muy estrechos espacios a los representantes del mundo del trabajo del interior del país. Las cúpulas sindicales disciplinan a los trabajadores extra pampeanos imponiendo la forma “unión”, mediante los CCT de 1975, o a través de la caja de las obras sociales que, como se sabe, están gestionadas sin mayor apego a la transparencia ni a los principios democráticos.
Esto viene de lejos y está sólidamente anclado en la legislación laboral vigente. La clave de bóveda del unitarismo sindical es, a mi entender, el régimen de obras sociales.
En realidad, el modelo de relaciones del trabajo está construido sobre el molde que reserva el protagonismo industrial a la “zona núcleo”, la más rica y poderosa del país. Un pacto no escrito entre sindicatos y patronales oficiales garantiza ese protagonismo.
Como consecuencia de ambos factores, muchos de los sindicatos del Norte argentino han devenido menguadas sucursales de los vértices que mandan desde esa poderosa Ciudad Autónoma.
La fortísima migración desde Norte hacia la Pampa (que hoy suscita el “tira y afloje” sobre el Fondo del Conurbano Bonaerense) fue una consecuencia buscada por los estrategas de la industrialización autárquica de la Argentina, y luego preservada por los vértices sindicales y patronales.
El cuasi desierto industrial que es hoy el Norte argentino, es el resultado de medidas fiscales, impositivas, crediticias y de inversión pública centralistas, pero también del régimen sindical-patronal unitario. Dicho de otro modo, la legislación del trabajo defiende a muchos trabajadores del interior empobrecido bajo una condición prioritaria: que emigren al conurbano bonaerense.
Aquel régimen sufrió, en los años de 1960, embates democratizadores y federalistas por iniciativas del Gobierno Illia, y por la acción de las izquierdas que -ante el estupor del sindicalismo peronista tradicional- lograron controlar el movimiento obrero disidente con base en Córdoba con el resultado de todos conocido, como lo explica Brennan en su obra “El Cordobazo”.
Pero lo que me interesa resaltar ahora es la eficacia de la legislación laboral para modelar la estructura industrial y social del país. Sin federalismo laboral no habrá en el Norte argentino ni industrias sólidas, ni trabajo decente, ni sociedades cohesionadas.
Añado que los rediseños y actualizaciones que reclama el vetusto modelo argentino de relaciones laborales, además del objetivo federalista, deberían garantizar, de una vez y sin cortapisas, la Libertad Sindical liberándola de los tres cepos -inconstitucionales-que la aprisionan.
El primero afecta a nuestra negociación colectiva. Me refiero a las normas que monopolizan este derecho en cabeza de los sindicatos con personería gremial y de las organizaciones patronales tradicionales.
No hay Libertad Sindical allí donde existen estructuras obreras privadas del derecho a negociar colectivamente, como es el caso de los sindicatos simplemente inscriptos, de las seccionales federadas y de otras formas organizativas libres.
Si dejamos de lado ambigüedades, sindicatos sin derecho a negociar colectivamente o a los que se restringe el derecho de huelga, son casi cofradías o ramas politizadas antes que verdaderos sindicatos.
El segundo cepo tiene que ver con los estrechos lazos que vinculan al Sistema de Obras Sociales Sindicales con nuestras organizaciones obreras. Lazos que, si bien son promocionales en favor de los sindicatos con personería gremial, terminan asfixiando a los sindicatos simplemente inscriptos.
En realidad, avanzar -en tan pantanoso terreno- hacia la plena vigencia del Principio de Libertad Sindical, implicaría tanto como colocar la gestión de las Obras Sociales Sindicales en manos de entes surgidos del voto libre y directo de todos los afiliados con independencia de sus vínculos con una u otra de las dos modalidades argentinas de sindicato.
Pero, más allá de esta opinión muy personal, lo que pretendo aquí es apuntar la necesidad de que las reflexiones sobre la Libertad Sindical incorporen el análisis de los efectos que sobre su vigencia efectiva tiene el Sistema de Obras Sociales Sindicales tal y como quedó configurado en la Argentina desde los lejanos y oscuros tiempos de 1970.
El tercer cepo deriva, como intenté explicar más arriba, del régimen laboral y sindical unitario, y de la correlativa abolición del federalismo.
Resumo mi punto de vista: para crear empleo y derrotar a la terrible pobreza en el Norte hacen falta libertad sindical, regionalización patronal, política económica federalista y negociación colectiva descentralizada.

José Armando Caro Figueroa

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