MACRI INTENTA AMORTIGUAR ESTALLIDO EN CAMBIEMOS

Los ruidos de la renuncia de Rozas retumbaron en Olivos. El chaqueño tiene una larga lista de destratos. El futuro del peronismo sigue generando versiones y análisis de todo tipo. ¿Qué hacemos con Obama?
El ruido del portazo de Ángel Rozas con la renuncia airada al interbloque del oficialismo del Senado llegó, lento pero eficaz, hasta el corazón de Olivos. Lo prueba la marejada que agitaron en las últimas horas los whatsapps del grupo de más alto rango, con disculpas y pedidos de retractación que salieron de Olivos. “¿Cómo hablás de destrato? Tenés que rever la renuncia”, dice uno de los mensajes que salió de uno de los ojos de Mauricio Macri (el primero de los tres). Otro se remite a uno de los jefes radicales del Congreso con una mansedumbre que sólo se explica si hay detrás una orden presidencial de amortiguar el golpe al oficialismo. “ Tenemos que analizar esto con atención, reunámonos para discutirlo”. Ni Rozas ni los demás destinatarios de esos mensajes casi de bandera blanca amagó con una respuesta. Apuraron el regreso a sus provincias, seguros de que la campaña hunde la vida legislativa en el sopor hasta después de las elecciones. El primer diagnóstico del Gobierno es que esa renuncia es un incidente menor de una batalla más grande e inevitable. Rozas es un lobo solitario dentro del radicalismo. Lo prueba que diera el portazo sin avisarle a nadie de su partido, ni a los jefes formales (José Corral, Mario Negri, Ernesto Sanz) ni a los informales (Enrique Nosiglia). Les irrita la inoportunidad, porque le crea un debate interno a Cambiemos cuando falta menos de un mes para las elecciones. Si esa renuncia es porque se siente destratado y humillado desde hace tiempo, ¿no podía esperar hasta después de las elecciones? No les falta razón, como tampoco a los radicales, que esperaban algún tipo de anuncio previo para no enterarse por los diarios del envión del chaqueño.
Motivo de fondo, la plata para intendentes UCR (y no solo en el Chaco)
Para entender este entuerto hay que componer un rompecabezas con estas piezas: 1) pelea por la nueva conducción de la UCR; que 2) encierra la pelea por un vice radical en la fórmula de Cambiemos para que reelija a Macri; 3) puja con el trío Pro —Peña-Horacio-Vidal— que quiere poner ese vice, exasperando la relación con los radicales. Las piezas del rompecabezas, en política siempre encajan. Rozas ahora amplía las explicaciones; que no trata sólo sobre ofensas y humillaciones que cree promueve Marcos Peña, porque ha quedado herido por algún cruce de opiniones de mesa chica. El chaqueño es de quienes le atribuye un temperamento inflexible al jefe de Gabinete, quizás una forma de descargar sobre él las broncas que les gustaría despachar sobre Mauricio Macri. Que éste mande ahora a buscar alguna paz es reconocer que él es el destinatario final de la queja. El jefe de bancada radical —cargo que conserva— agrega reproches más serios. Por ejemplo, que Sebastián García de Luca, segundo de Rogelio Frigerio, le congeló sine die una reunión con los intendentes de la UCR del Chaco para discutir planes de obras que les prometen y no les cumplen. El fondo de ese desaire es la intención del Gobierno de mejorar la posición de candidatos del Pro en las listas de Cambiemos. Eso oculta, en la mirada del cacique radical, además, la intención de ayudar a municipios del peronismo chaqueño, para desgastar el liderazgo de Jorge Capitanich y reforzar al gobernador peronista Domingo Peppo. Rozas cree que la pelea entre estos dos caciques es una ficción para bolsiquearlo al Gobierno, y que juegan juntos. Como esta comedia se ha repetido en otras provincias, Macri busca amortiguar la ola expansiva en el momento más delicado de la campaña. Esto es más grave para él que algunas tocadas, como no incluirlo en la comitiva de Macri cuando visitó el Chaco hace una semana. Al confirmarle desde el protocolo de su provincia que no estaba incluido, le advirtieron que la seguridad no lo iba a dejar acercarse al Presidente. Por eso debió inventar, doble humillación, una gastroenteritis de prensa. Es desaire se repitió cuando no lo invitaron al almuerzo con el premier de Israel Benjamín Netanyahu. Se impuso de prepo y tuvo su asiento, pero tampoco lo habían invitado.
Otro enviado imperial que pregunta sobre el peronismo
El último visitador imperial fatigó a los anfitriones con otras preguntas, que para Estados Unidos son más importantes que las internas del oficialismo: ¿y con el peronismo que va a pasar? Lo escucharon los dirigentes que recibieron al encargado del Cono Sur del Departamento de Estado, Kevin O’Reilly, que secunda a Tom Shannon, viceministro de la cancillería de Trump, que ejerce otro conocedor de estas costas, Rex Tillerson. O’Reilly lo llevó a comer una tira de asado al ex apoderado del PJ Jorge Landau para hacerle la misma pregunta. ¿Vuelven o no vuelven? Landau, profesional, lo remitió a los básicos de la política. Más allá de los resultados de coyuntura, el peronismo de la provincia de Buenos Aires es hoy una alianza de la conducción partidaria, los intendentes y los sectores del cristinismo. Esa liga es difícil que se disuelva aun perdiendo las elecciones, así que habrá que acostumbrarse a que va a ser un actor en el futuro, a quien nadie podrá obviar. Cristina en ese armado es un accidente, puede estar o no, pero esa liga de intereses es sólida. “Claro — comentaría Kevin mientras horada una misteriosa morcilla que le habían servido en Lo de Julio (Palermo profundo) —Espinoza…” Landau se sorprendió por la fineza del conocimiento de O’Reilly, que llega hasta el peronismo donde el barro se subleva, y lo tenía identificado al jefe de La Matanza. Ocurre que el visitante está casado con una argentina, a quien conoció cuando estaba destinado en la embajada de su país en Buenos Aires, en tiempos de James Cheek. Ese compromiso familiar lo hace ir y venir a la Argentina y eso le permite tener un mapa mental privilegiado para la administración Trump, que por momento suma elementos de filosofía política: “Soy irlandés, por eso soy la mitad optimista y la mitad fatalista, como los argentinos”.
La reunificación del peronismo, tema de moda
O’Reilly animó una cena multipartidaria de la Fundación de Estudios Americanos en el hotel Alvear, adonde convivieron dirigentes de todos los colores, desde una Graciela Camaño (musa del Frente Renovador) y Silvia Lospennato (principal del bloque Cambiemos), que tuvieron un turno a solas con él porque manejan una comisión de diputados amigos de los EE.UU.; Rafael Pascual (radicalismo no-cambiemos), empresarios como Tom Hess (ex Exxon), consultores políticos (Gustavo Marangoni, Enrique Zuleta Puceiro), sindicalistas como Daer, que recorría las mesas mostrando el whatsapp con el resultado de la elección de delegados de la Alimentación de la firma Kraft. Ese día la conducción peronista le ganó a la lista trotskista. Daer milita en la liga del oficialismo partidario, que sostiene la candidatura de Daniel Filmus, mientras que sus contradictores le hicieron campaña con el diputado Nicolás del Caño, que perdió esa primaria. Daer, como todos los peronistas, dice que después del 22 de octubre buscará la unidad. De eso le dio testimonio Camaño a O’Reilly, porque es el proyecto del conjunto que hoy se referencia de Sergio Massa, pero que después de diciembre deberá buscar nuevo conductor, si el resultado se divide en la categoría a senador entre Esteban Bullrich y Cristina de Kirchner. Quien se guarda lo que sabe es Landau, que sigue sin largar el Ipad más codiciado del mercado, porque contiene los arcanos del sistema electoral, no sólo del peronismo. Esa tableta vale oro. Ya no puede militar por la inhibición que tiene como secretario letrado del Consejo de la Magistratura, pero se le acercaron los apoderados del massismo a preguntarle con quién tienen que hablar para participar de las elecciones del PJ de Buenos Aires, para nuevas autoridades. Igual responde con gestos, para no comprometer su investidura de funcionario judicial.
¿Y a Obama dónde lo ponemos para que no se enoje Trump?
En la Casa Rosada hay entusiasmo por la ola de visitantes del extranjero, que le planchan el traje al Gobierno de las arrugas de la gestión doméstica. O’Reilly celebró, al igual que otros visitantes, como “Bibi” Netanyahu, el ciclo de apertura de Macri. Pero se inquietan por los efectos que puedan proyectar sobre los prejuicios y estereotipos, por ejemplo, la visita del próximo fin de semana de Barak Obama. Viene a un congreso de Economía Verde de una Fundación que dirige un señor que se llama Juan Verde, pero los organizadores han comprometido ya un encuentro con Macri. En la Casa de Gobierno no terminan de decidir qué formato será el más grato —o el más inocuo— a Washington. Si un encuentro en la Casa de Gobierno, algo más informal en Olivos, o algo familiar en Los Abrojos. Todos son muy profesionales, pero cuando Macri fue en abril a Washington, los funcionarios de Trump pidieron a los argentinos que suspendieran un encuentro con el ex presidente demócrata Jimmy Carter en el cual le iban a entregar la Orden del Libertador San Martín. Todavía la está esperando. De paso, les cuento que en la oficina de Pompeo le preparan una agenda al inglés ex viceprimer ministro de Gran Bretaña, Nick Clegg, que viene al país como presidente del partido Liberal-Demócrata. Fue el segundo de Theresa May y es otro enviado imperial que busca atornillar el nuevo ciclo de relaciones que quiere establecer su país con la Argentina y el resto del mundo: que Gran Bretaña vuelva a ser la potencia mundial de comercio que fue, pero ahora sin el peso de su pertenencia a la Unión Europea. Por estos lados abundan las interpretaciones peyorativas del Brexit, proceso al que se lo suele identificar hasta con el separatismo catalán. El lado B de esa visión es el empeño inglés en volver a ser lo que fue antes de la Segunda Guerra Mundial, una potencia global. Para eso juegan mucho, hasta detalles de anécdota, como promover un partido de homenaje entre el Racing Club y el Celtic de Escocia por los 50 años del legendario partido en Montevideo con el gol del chango Cárdenas. Será en noviembre, y se lo publicita desde la embajada británica en Buenos Aires.

Ignacio Zuleta

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