PRIMERA FILA

“Nada peor que el consenso, el consenso mata a la sociedad, mata a la democracia”. Con esas palabras J. Duran Barba, el numen inspirador del PRO, cerró su participación, el sábado pasado, en el programa oficialista “Por Venir” (TV Pública) que conduce Eduardo Levi Yeyati.
Lo dijo antes del discurso presidencial anunciado como la convocatoria a un Gran Acuerdo Nacional. Mejor prevenir que curar. O como decía Jacobo Timerman “la ideología antes de la noticia”. Los dichos del asesor en jefe PRO son ideología. No al consenso.
Importa el contexto en el que se dicen las cosas. Yeyati es, según su blog, el Director del “primer programa gubernamental prospectivo de la Argentina” llamado Argentina 2030. Y Duran nos informa que para la “cultura PRO” el consenso es una enfermedad letal y lo dice ante quien, según sus propios dichos, construye, desde el gobierno, la prospectiva oficial.
La prospectiva, además de ser una disciplina que analiza, explora, predice el futuro, es también la de la construcción de escenarios deseados (futurables) a fin de contrastarlos con los futuros posibles (futuribles). De un plumazo Barba puso en claro que “el consenso” para el PRO no es un futuro deseable y tampoco posible. No lo predice ni lo desea.
Pero ¿no es una contradicción con lo que – en definitiva – anunció Macri en el CCK el mismo lunes, unas horas después del programa de TV Por Venir, dirigido por su director de “prospectiva” y protagonizado por su ideólogo? Veamos.
Mauricio Macri dijo en su discurso “La cultura de los acuerdos y de las mesas sectoriales, …, parte de la premisa de que todos tienen que ser parte de la conversación: sindicatos, empresas, gobiernos. Nos sentamos todos en una mesa, listamos todos los problemas y vamos renglón por renglón viendo qué podemos resolver, es una maravillosa experiencia”.
¿Qué diferencia podemos apreciar entre “el consenso” y “la cultura de los acuerdos” tal cuál lo expresa el Presidente?
No hay contradicción de Macri con Duran.
Cuando hablamos de “consenso” hablamos de lograr la aprobación de todos o de una mayoría absoluta, amplia, consistente. La mayoría que permite construir en común y para el común. Esa es la que sólo la logra el arte mayor de la política.
La solidez del consenso hace a la solidez de la política. El consenso es una cuestión de proceso que nivela la cancha desde el principio.
El consenso no sólo requiere la participación de todos los sectores políticos, económicos y sociales, sino también la de aquellos sectores que carecen de poder suficiente para negociar, pero que expresan necesidades del futuro. ¿Un ejemplo? Los niños pobres. Esa inmensidad que angosta las esperanzas.
¿Qué voz los representa? Sin duda los padres de la pobreza, los curas villeros, las organizaciones solidarias. Esas voces deben estar presentes para formar consenso. Es un problema. Lo peor es evitarlo.
¿En qué se funda el punto de partida del consenso? Nos ayuda Martín Buber, el gran filosofo personalista, cuando dice que en “la época de una gran crisis no basta mirar retrospectivamente el pasado próximo para acercar a una solución el enigma del presente. Una crisis de este calado no puede superarse pretendiendo volver a un punto anterior del camino, sino tratando de dominar los problemas de hoy. No podemos volver atrás, sólo podemos abrirnos paso. Pero sólo podremos abrirnos paso a condición de que sepamos a dónde queremos llegar.” (Caminos en Utopía, 1950)
Se entiende: dónde queremos llegar. Futurable. Prospectiva. Ahí vamos. Los pasos posibles. Los esfuerzos colectivos con sentido.
Es obvio, no se puede construir consenso si no es a partir de “a dónde queremos llegar”. Y un queremos inclusivo más allá de las manifestaciones del poder, en todas sus formas, económico, político, organizacional; es decir un consenso que incluya a esas voces que carecen de poder de negociación pero que expresan necesidades del futuro.
El radical rechazo de Duran Barba al “consenso” deriva de la concepción que el “dónde queremos llegar” es un derecho de determinación que el PRO, que su mesa chica de decisión, ha adquirido gracias a la ratificación electoral obtenida en 2017. Derecho electoral que reivindica el PRO con energía.
Esa determinación (dónde queremos ir) no está sometida a “consenso” porque, para el PRO, ha sido ratificada por el surgimiento electoral mayoritario de una “nueva cultura”.
El PRO se ha negado (al igual que lo hicieron los Kirchner) a anunciar un proyecto, un programa, un plan.
Lo que nos obliga a analizar los ejes discursivos de lo que anuncian como nueva cultura y que, mas allá de las generalidades, apunten a las cuestiones que estructuran la economía y la sociedad.
Esa nueva cultura es la visión PRO de “dónde queremos llegar” que, en materia productiva, está determinada por el concepto de “apertura económica”, con todas las resonancias que esa palabra encierra en la historia de los últimos 40 años.
La gran herramienta estructurante del aparato productivo, que el PRO anuncia poner en marcha, es el comercio exterior. Traducido “nos organizamos en torno a los precios internacionales”.
Precios internacionales traducidos en la práctica – determinados localmente – por un retraso cambiario dominante y por una presión a la reducción arancelaria. como sugiere cualquier Tratado de Libre Comercio que se pretenda encarar.
Esa es la esencia de la “cultura PRO” respecto de fronteras afuera.
Nos cuesta llamarla nueva. Ese ha sido y es, el camino de la profundización del estructural déficit comercial industrial que mantenemos con todos y cada uno de “nuestros aliados estratégicos”.
Como “cultura” tiene poco de nueva, más allá que en el discurso de los años K se haya montado una parafernalia de palabras que la condenaban pero que, en la práctica, la confirmaba con ausencia de una política global consistente, a la que no paliaban las acciones de control selectivas.
Respecto de fronteras adentro, esa cultura PRO, está determinada por una concepción que ausenta toda legislación consistente de promoción fiscal y desarrollo de la actividad productiva y toda estructura financiera ad hoc de desarrollo.
No hay ni habrá tal cosa como “política industrial”, “banco de desarrollo” (plazos y tasas consistentes con la inversión), “precios sombra” (premio a los proyectos que se rentabilizan socialmente o al futuro), planeamiento por objetivos que legitiman el futuro deseable (obviamente no al consenso).
No, todo eso está ausente en la cultura PRO.
En esas condiciones que “la cultura” establece como “buenas” – pesos mas pesos menos – lo que determina la estructura productiva es la dotación originaria de factores.
Dotación de factores naturales que encierra el agravante histórico de tener, al día de la fecha, nacidos en hogares pobres al 50 por ciento de los menores de 14 años – lo que proyecta condiciones no muy SXXI para la fuerza de trabajo de las próximas décadas -.
Esto es radicalmente nuevo en la historia nacional. La explosión de la pobreza, su vitalidad demográfica (madres de 15 años), su radicación urbana, periférica getificada, es un hecho nuevo. Lacerante. Se inició hace cuatro décadas.
Claro que se lo vio venir. Pero – fenómeno inicialmente silencioso – se lo ignoró crecer mientras fue un rumor sordo y extramuros.
Todavía muchos colegas – gente ilustrada y de buena voluntad – hablan de nuestro “bono demográfico”, de sociedad joven en la que los mayores aparecen como sostenibles por redes extensas de fuerzas juveniles.
No somos la Europa de viejos. Pero ¿qué será de nuestros jóvenes en el SXXI cuando nacen en los andurriales del SXIX?. Toda urgencia es poca.
Pero seamos conscientes que nuestro “bono demográfico”, para ser tal, exige una revolución educativa que tenga en cuenta que la mitad de los educandos llega a la escuela sin la contención hogareña que siempre han tenido las familias de la clase media aspirantes, porque podían respirar y no nacían en medios irrespirables.
La escuela como la universidad califican más que por el presupuesto o la calidad docente, por la calidad de sus alumnos y Usted sabe muy bien por dónde, en promedio, empieza eso. Excepciones, para un lado y para el otro, habrá siempre. Pero las excepciones confirman la regla.
La dotación de factores, en esa cultura de basarnos en lo que creemos que somos, tiene un argumento muy sólido en la convicción de nuestra inmensa riqueza en materia de recursos naturales. Los tenemos.
Pero un estimado de recursos naturales por habitante (Banco Mundial, 2006) nos informa que poseemos 10 mil dólares por habitante. Una cifra aproximadamente igual a la de Chile y por cierto minúscula frente a Nueva Zelandia para no mencionar los océanos de riqueza petrolera de los países del Golfo. No.
No estamos entre los más ricos. Aunque quizá ese estudio comparativo no haya tenido en cuenta a Vaca Muerta, el viento patagónico o el sol del Oeste, que nos auguran una riqueza energética no computada. Aunque cómo Usted sabe la colosal transferencia de riqueza que, día tras día, le realizamos a los concesionarios petroleros y gasíferos hace que tengamos una energía fósil que está entre las más caras del mundo.
El Ministro de Energía dijo no saber el costo de extraer un MBT (Cámara de Diputados) pero no duda en liberar el precio de los combustibles.
Habrá más recursos naturales. Sí. Pero si el costo de extracción duplica el de otras cuencas, lo que está en problemas es cómo usar ese recurso para desarrollarnos internamente.
Así la “dotación de factores” no es exactamente lo que creemos. Aclaro, el campo argentino, la cultura agropecuaria, es el mayor valor del que disponemos.
Pero a las debilidades enunciadas hay que sumarle el deterioro del equipo de capital reproductivo y la connatural flacura de la innovación. Es un fenómeno acaecido durante las últimas cuatro décadas – como consecuencia de la baja tasa de inversión reproductiva y la fuga del excedente que amontona 400 mil millones de dólares de residentes en el exterior – y al que no es ajeno ni el endeudamiento ni la pobreza.
Por todo esto conformamos un cuadro extremadamente débil para soportar “el céfiro constipante” de las aperturas dogmáticas y poco informadas de lo que pasa en el mundo. Importa destacar lo poco informadas.
Siempre, con cierta altivez inexplicable, estamos acorralados con la expresión “ingresar al mundo” en el que los cultores de la “nueva cultura” o cultura PRO, imaginan (el mundo) un espacio en el que las leyes del mercado regulan todo y básicamente las inversiones. Un mundo en que – finalmente – la supuesta ausencia del Estado hace que las fuerzas productivas fluyan al crecimiento.
¿Cómo no entender que las regulaciones absurdas traban los procesos? Claro que sí. Pero ¿cómo no saber que en todos los países desarrollados hoy, ahora, en este instante, el Estado “compra inversiones” para evitar que desaparezca el empleo y para lograr que se incorporen las innovaciones?. ¿O cómo ignorar a qué se debe la explosión de inversiones en China o en sus países satélites o – claramente – a qué se debió el crecimiento económico de las naciones que lo lograron en las últimas décadas?.
Desespera la negación (o el desconocimiento) de la realidad y la soberbia del consejo. ¿Será parte de la negación del consenso?
A la mesa de consenso de “dónde vamos”, nadie ha sido invitado; y convengamos que las políticas tributarias, de gasto público, laborales, etc. , recientemente anunciadas, analizadas de manera segmentada, tratando de hacerlas independientes las unas de las otras, por más buena voluntad de las partes, no pueden sino terminar en la valija de Chaplin. ¿Recuerda?
Carlitos quiso, apuradamente, guardar toda su ropa para viajar en una valija chica, eterno problema, como todas las pilchas no cabían decidió, a tijera en mano, recortar lo que “sobraba”, lo que salía de la valija, y hacerlo para que cerrara. Cuando llego a destino (dónde vamos) los sacos no tenían mangas y los pantalones no tenían piernas.
Las reformas son o no son útiles y convenientes o no, en la medida que tengamos claro el para qué, que es justamente dónde vamos.
Y si bien esto seguramente está claro en la mesa chica del PRO, está lejos de estarlo para todo lo que no es la mesa chica, y que incluye a algunos (muchos) de los miembros de Cambiemos, además de empresarios industriales y trabajadores y sectores de la oposición.
En este eje central es que el discurso de Macri no es uno de consenso, más allá de las generalidades y deseos de prosperidad que todos, absolutamente todos, compartimos.
La cuestión en los países en vías de desarrollo, emergentes, jóvenes, como lo queramos llamar, siempre es el rumbo.
Y si ese rumbo no se construye vía consenso es, por definición, provisorio, efímero y poco atractivo para retener el excedente de la producción. Es decir para evitar la fuga y provocar el retorno de lo fugado, aunque se haya blanqueado que es un paso positivo, pero incompleto, logrado por este gobierno. Gracias.
Brevemente lo anunciado supone un intento de reducir la carga tributaria sobre la producción (pero nada se dice sobre la no indexación de los balances que es lo que hace que la tasa sobre la ganancia esté indeterminada) o sobre la exportación (con un tipo de cambio que se revalúa al ritmo combinado de la inflación y de la tasa de interés que atrae el flujo de capitales especulativos) o sobre la inversión (para la que se retira un castigo pero a la que se le niega un horizonte financiero y fiscal del que se goza en el resto del mundo) o sobre la empleabilidad de trabajadores menos calificados. Puede ser.
Todo en dosis micro, minimalista, a fuego lento se tarda muchas horas en hervir. ¿Me explico? Para ponerlo en términos de la teoría de la catástrofe sin hervor no hay transformación del liquido en gas.
No sólo falta lo principal sino que a lo accesorio le falta fuego.
Los chisporroteos críticos de esta cuestión surgieron, por ejemplo, del mismo Cambiemos. El gobernador de Mendoza reaccionó ante la imposición de un tributo que cree afecta el desempeño de la economía regional.
Un ejemplo de cómo una decisión pequeña – más allá de su real incidencia – no puede ser tomada sin un planteo sistémico que revela que los impuestos implican definiciones acerca del aparato productivo.
¿Se puede gobernar sin plan? Mandar se puede. Cristina fue un ejemplo. ¿Pero qué relación hay entre mandar y gobernar?
Todas las reacciones de distintos sectores ante los anuncios, aún incompletos o borradores, de estas reformas han suscitado reacciones de alabanza general referidas al criterio de halagar la idea de “reformar” el peso impositivo.
Detrás del peso impositivo está el desmadre de la administración pública acumulado en capas geológicas de hace años.
El Estado desguazado por el menemismo igual engordó. Es que la ausencia de inversiones creó desempleo y pobreza, y generó la expansión del Estado ambulancia. La falta de crecimiento engorda al Estado.
Ni hablar del desastre que generó CFK en el empleo público o en régimen previsional.
Pero los PRO desde que llegaron, comprensible viniendo de donde venían, no hicieron otra cosa que poner nafta. Y – lo peor – continuar sin aportar nada contundente para cambiar la dirección.
Hoy nuestro PBI por habitante es el mismo de hace mas de cinco años atrás. Y nuestra inflación – a pesar del torniquete del Central – sigue en el desastroso promedio de los últimos años.
Frente a ese panorama el anuncio tributario – a nivel de intenciones – en la medida que promete reforma fue halagado en general y con buena disposición.
Pero las críticas sectoriales se hicieron oír y harán ruido, cuando se trata de analizar los anuncios concretos. Es cierto que todas las medidas, además de tramitar el debate parlamentario, serán sometidas a discusiones – como dijo Macri en “mesas sectoriales” – parciales. Por partes, a la manera de “Jack el Destripador”.
Esa estrategia de “negociación” excluye del debate el sentido último de las reformas, que es el dónde, el rumbo, la meta del tipo de país productivo que aspiramos ser.
Esa es la diferencia entre “consenso” y “acuerdo nacional sobre un conjunto de políticas públicas” que propone el Presidente.
El Presidente anunció el borrador de un conjunto de propuestas en distintos temas.
Nadie debería esperar, lo dijo Duran, del Presidente un “cambio” de la estrategia que ha ejecutado de gobernar sin acudir al consenso, más allá de la imperiosa necesidad de negociar mayorías parlamentarias.
El “acuerdo sobre políticas públicas” que se propone Macri es el nombre bonito para la “negociación”.
La negociación, estando en minoría parlamentaria, es su necesidad existencial. Pero de acuerdo a los pronósticos esa necesidad parece estar en declive gracias al crecimiento de la imagen positiva del gobierno más allá de los resultados materiales concretos. Macri hace valer esa perspectiva de necesitar menos.
Quien negocia trata de obtener, por ejemplo, un voto a cambio de una recompensa. Pero ese voto no implica un acuerdo. Es una concesión a cambio de algo.
Es un método lícito en la vida política. Pero nada tiene que ver con el consenso que conforma el dónde, el rumbo.
En la visión PRO no hay una estrategia de desarrollo territorial por la vía productiva.
La estructura productiva estará determinada por las fuerzas del mercado en un marco de apertura con atraso cambiario, negociaciones de liberación comercial, y ausencia de herramientas de transformación de una política específica de desarrollo.
Macri sostuvo que “solo hay que desatar los nudos que nos tienen maniatados para poder liderar toda es potencialidad latente en nosotros”. Es su visión.

Desatar nudos es una imagen navegante de quien libera a la embarcación a la que los vientos favorables la empujan. Pero desde los griegos sabemos que no hay vientos favorable para un velero sin rumbo.

Y si el rumbo no surge del consenso de la tripulación y el pasaje, el riesgo de naufragio es alto.

Durante 40 años la Argentina ha carecido de ese debate de rumbo y de la formación del consenso que lo abroquela. Así nos fue. Macri abrió una posibilidad.

Pero las urgencias o vaya saber qué demonios, convirtieron una sana aspiración en un conjunto de reformas que no responden a un consenso que, una vez mas, ha sido postergado.

La gran cuestión fiscal que ronda detrás de estos cambios es la evasión del, como mínimo, 30 por ciento y en ese plano han sido olvidados instrumentos como la prohibición vigente de pagos de más de 1000 pesos en efectivo y que sugieren en qué terreno se debe librar la batalla contra la evasión que va del mega lavado a la verdulería. Ronda por ahí. La tecnología es una ayuda extraordinaria. La SUBE un instrumento subutilizado.
La gran cuestión laboral está en el crecimiento de la tasa de inversión que es la madre de todas las batallas económicas.
¿Qué hacen los demás? Ejemplos. En Carolina del Sur, Volvo, recibió un subsidio de 33 por ciento por una inversión de 600 M de US (2015), en Eslovaquia, KIA (2016), un subsidio del 24 por ciento por una inversión de 2040 M de US. Dos ejemplos de una lista interminable. Actual.
Podemos continuar la lista que avala el principio de “haz lo que yo hago y no lo que yo digo”. Emulación.
“Lo que hacen” es lo contrario de la convicción PRO que en el mundo se hacen “los deberes” y no lo necesario.
Claro que para hacer lo necesario lo imprescindible es el consenso de dónde vamos.
El verdadero Macri o el verdadero gobierno de Macri habrá empezado a fines de 2017.
Pero la dimensión de la acción necesaria (y posible) para enfrentar los problemas que el mero transcurso del tiempo agiganta, todavía está en veremos.
Pero, honestamente, la “mayoría programática” necesaria sigue ausente por responsabilidad de todos los que, habitualmente, ocupan la primera fila.

Carlos Leyba

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