BRIG. GRAL. ALEJANDRO HEREDIA

 

Brigadier Gral. Alejandro Heredia (1788-1838)

“Alejandro Heredia fue el gobernador más culto y progresista de cuantos hubo en Tucumán entre 1810 y 1853 y el que le otorgó durante su gobierno el rango más alto entre todas sus vecinas, haciendo que ejerza una verdadera hegemonía sobre las de Jujuy, Salta y Catamarca, hecho extraordinario que nunca ocurriera antes que él y que no ha vuelto a repetirse después”.

Este juicio pertenece a Manuel Lizondo Borda. Considera, por lo tanto a Heredia, como una figura de gran gravitación en el proceso político económico y social no sólo en su provincia natal sino también en el noroeste argentino. Lo pronunció el 12 de noviembre de 1938 en una conferencia que fue la primera visión general de la vida y obra de Heredia. Las investigaciones posteriores lo confirman y amplían los conocimientos de su actuación.

Nuestros historiadores clásicos no opinaron lo mismo. López lo juzga como un tiranuelo, un gobernante incondicional de Rosas e incapaz de concebir algo serio. Mitre lo cree un caudillo de ambiciones bastardas que se mueve exclusivamente por intereses personales.

Ambos juicios son inexactos. A esta altura de las investigaciones históricas no nos pueden sorprender estas inexactitudes. Sin pretender disminuir la obra de estos dos fundadores de nuestra historiografía, es necesario reconocer que por razones de tiempo y circunstancias, muchos de esos juicios interpretativos estuvieron basados en preconceptos ideológicos.

Heredia fue hombre del interior, federal, y para colmo federal simpatizante de Rosas. La historia fue escrita por los vencedores de Caseros, por los ideólogos liberales y por los porteños. Esos historiadores fueron actores y participantes del drama que vivió el país: actuaron activamente en las luchas políticas y en las guerras civiles que nos desangraron y permanecieron en el exilio durante años combatiendo un régimen que odiaban. Por eso esta historiografía no puede ser objetiva y al enfocar épocas determinadas sus personajes aparecen divididos en “ángeles” y “demonios”. Los “ángeles”, los que escribieron la historia y sus adictos; los “demonios” los del sector opuesto o los que no pensaban como ellos; en una palabra, los “ángeles” fueron los unitarios y los “demonios”, los federales. Los caudillos y el pueblo que los apoyaba fueron considerados como salvajes, ignorantes e incultos y las ideas que sustentaban presentadas como regresivas y enemigas de la civilización. La minoría autodenominada “selecta”, embanderada en el liberalismo, apareció como la única fuerza capaz de gobernar el país y conducirlo por la senda del progreso.

Por otra parte, al darse entre nosotros la unión del liberalismo con el centralismo porteño, los hechos del pasado fueron analizados desde un único mirador: el localismo de Buenos Aires. Así se transformó la historia de Buenos Aires en historia nacional, perdiéndose en la oscuridad de lo desconocido el valioso aporte de los factores del interior que gravitaron en la conformación del ser nacional. Esos elementos, cuyo estudio es imprescindible para comprender la evolución integral de nuestro pasado, recibieron la condena de los vencedores y los anatematizaron con los calificativos de bárbaros y regresivos. Se explica así como Heredia, hombre federal y del interior haya permanecido sumido en la oscuridad, inclusive dentro de la propia historiografía regional.

Una historia basada en gran parte en preconceptos ideológicos y en enfoques unilaterales tenía que provocar reacciones. Esa reacción tuvo su punto de partida en la misma escuela erudita de Mitre. La búsqueda y el hallazgo de documentos, la crítica y la interpretación serena de los mismos, originó la nueva escuela histórica de la que derivó el revisionismo. Nadie debe ignorar que es necesario rever los juicios históricos consagrados, que hay que reajustarlos y conocer el fundamento que tienen. Rever, como lo sostenía Rómulo D. Carbia, no significa cambiar, sino saber sobre qué bases descansa tal afirmación. El revisionismo auténtico acopia documentos, les aplica un riguroso método científico, los interpreta con un criterio nacional e intenta elaborar la historia nacional sin preconceptos ideológicos y sin enfoques unilaterales. No debe entenderse esta actitud como una inversión de juicios y de valores que busque transformar ahora a los unitarios en “demonios” y a los federales en “ángeles”. Se debe llegar, en la medida de lo posible, a lo preconizado por Luciano en el siglo II a. de C.: “El único deber del historiador es narrar con veracidad los hechos. Si tiene enemistades particulares las pospondrá al interés común, y la verdad vencerá al odio y las faltas se dirán aunque sean de un amigo… Así ha de ser el historiador, exento de temor, incorruptible, independiente, amigo de la franqueza y de la verdad…”.

El desarrollo de la investigación histórica y los nuevos conceptos interpretativos han permitido, en los últimos años, aclarar la figura y labor de Heredia y modificar ciertos juicios vertidos en torno a su personalidad.

Heredia no fue un caudillo bárbaro e ignorante. Era un hombre culto, formado mentalmente en las aulas cordobesas. Conocía el latín y la literatura clásica. La filosofía, la teología y el derecho equilibraron armónicamente su pensamiento. La vida en los campamentos militares, su participación en las luchas civiles, su contacto con las poblaciones y su gestión parlamentaria, completaron su formación universitaria con el rico aporte de la experiencia. Unió a los conocimientos adquiridos en el silencio de las aulas y de las bibliotecas, los suministrados por la realidad viva de la tierra. Era un intelectual de sólida formación, un militar por imperio de las circunstancias y un político que interpretaba la realidad nacional porque conocía los sentimientos y las necesidades de los pueblos del interior.

El paternalismo fue un rasgo definido de su gobierno, tal vez el sistema más adecuado para el momento en que le tocó actuar. Su gestión abarcó, además de las específicas, cuestiones que hoy pertenecen a instituciones municipales o policiales. Las leyes y los decretos de tipo paternalista fueron numerosos. Sus disposiciones evidencian el deseo de guiar, vigilar y dirigir. Muchas revelan un propósito moralizador, educativo, y surge con claridad el deseo de mejorar las costumbres de las clases humildes y de elevar su nivel económico, cultural y social. En todo momento procuró asegurar el bienestar general. Con ese fin introdujo unas veces innovaciones y en otras oportunidades puso en vigencia disposiciones y leyes dictadas anteriormente que hasta entonces no se habían cumplido.

Heredia realizó un gobierno de orden. Los movimientos y motines que algunas veces interrumpieron la tranquilidad provinciana y las amenazas de posibles ataques de sus adversarios políticos –externos e internos- no alteraron el ritmo de progreso y de prosperidad impuesto desde el comienzo La formación moral e intelectual del niño y del joven tucumano demandó su atención y adquirió, en ciertos momentos, características de obsesión. Intervino personalmente en la fundación de escuelas, opinó sobre las ventajas de la educación y vigiló celosamente el fiel cumplimiento de sus órdenes e indicaciones. Buscó el mejoramiento de las costumbres y la moralización de la sociedad, combatió el juego y el alcoholismo, reorganizó la justicia y fomentó el desarrollo de la economía.

El gobierno de Heredia puede calificarse –en cierta manera- de autoritario, pero no absorbió la personalidad ni cayó en los excesos de una tiranía, respetó las ideas de sus adversarios y buscó la pacificación de los espíritus y la conciliación nacional.

Su primer objetivo fue el de establecer a la brevedad el orden, la tranquilidad y el reposo público. Desde el comienzo quiso evitar las guerras civiles con sus funestas consecuencias, restablecer la amistad y estrechar vínculos con las provincias vecinas. Base de la pacificación regional fue una serie de tratados interprovinciales que contemplaron aspectos políticos y económicos de interés común. Incorporó, además, Tucumán a la Confederación Argentina al adherirse a la Liga del Litoral, del 4 de enero de 1831.

El 6 de febrero de 1835 firmó con los gobiernos de Salta y Santiago del Estero un convenio, y a partir de entonces se constituyó en la primera figura del Norte y adquirió un enorme prestigio. En 1836 Catamarca y Salta declararon a Heredia su protector. Bajo su mano, constituido ya en el Protector del Norte, se consolida la hegemonía federal. A esta altura de los acontecimientos existían dos figuras principales en el federalismo del país: Rosas en el Plata y Heredia en el Norte. Las relaciones entre ambos eran cordiales y tendían a un mismo fin, aunque a veces por caminos distintos.

Rosas, encargado del manejo de las Relaciones Exteriores, ejercía indiscutiblemente una gran influencia en todo el país. En el norte Heredia era su colaborador y el intérprete de su política, no por servilismo sino por identificación de ideales. La historiografía liberal, en esta identificación de ideales, siempre ve una postura de servil adoración. Heredia está muy lejos de ser un adulón. Lo prueba, en forma fehaciente, la documentación que existe en los archivos.

La correspondencia entre ambos personajes es muy clara al respecto. Hay un punto en el que ambos divergen: la política de fusión de partidos iniciada por Heredia. Rosas le expresa su desacuerdo, le presenta los peligros que en ella cree ver a través de su aguda intuición de político frío y realista, y lo exhorta para que la modifique. Heredia, por su parte, defiende su posición, esgrime sus argumentos, formula sus críticas y mantiene su política, tal vez con un poco de lirismo para esa época de pasiones y luchas enconadas. A través de ese intercambio epistolar se refleja un mutuo respeto y Heredia transparenta independencia de criterio, aunque sin apartarse de la esencia de la línea federal.

La política interna del gobernador tucumano se caracterizó así por el intento de conciliar las dos fuerzas antagónicas que se disputaban el poder. Quería unirlas –y en esto no alcanzó a percibir enteramente la cruda realidad política nacional de su época- en un único objetivo: la grandeza del país. Su propósito fracasó. Los tiempos y las heridas abiertas en las guerras intestinas, frescas todavía, hicieron imposible ese ideal.

Alejandro Heredia pagó con la vida ese deseo. Su asesinato es un eslabón de la conjuración unitaria que lentamente se proyectaba en el norte y en el litoral, y es el preludio de la coalición del Norte, en gestación. Heredia fue víctima de su afán conciliador, de su idea de fusión de partidos. En su provincia protegió a un grupo de jóvenes doctores unitarios y los llevó a colaborar en su gobierno guiado por el noble afán de limar asperezas, sellar la paz y la unión entre los argentinos, y acabar con las luchas partidarias. Unos le fueron leales, lo respetaron y lo comprendieron; otros retribuyeron sus nobles esfuerzos con la deslealtad y la ingratitud:

Nació en la ciudad de San Miguel de Tucumán, en 1788, siendo sus padres José Pascual Heredia, alcalde del partido de las Trancas, y Alejandra Acosta. Cursó sus estudios en el Colegio de Nuestra Señora de Loreto, en la ciudad de Córdoba. Al estallar el movimiento emancipador de mayo de 1810, Heredia se apresuró a incorporarse al ejército patriota y el 1º de enero de 1811 era promovido a teniente del Regimiento de Dragones del Perú, cuerpo con el cual asistió al desastre de Huaqui, el 20 de junio de aquel año, y como ayudante del coronel Díaz Vélez, participó del combate de Nazareno, el 13 de enero de 1812. Tomó parte del combate de las Piedras, el 3 de setiembre de 1812, ascendiendo a ayudante mayor de Dragones, el día 15 de aquel mes y año, empleo con el cual participó en la batalla de Tucumán. Combatió en Salta, el 20 de febrero de 1813, ya con el grado de capitán de Dragones, que le había sido otorgado el 15 del mes anterior y por su comportamiento en aquella batalla, fue ascendido a sargento mayor, el 25 de mayo del mismo año. En el avance del ejército patriota después de la rendición de Tristán, el general Belgrano despachó a Alejandro Heredia en clase de parlamentario ante el general en jefe español Goyeneche, a quien alcanzó en Oruro, por el cual fue muy bien recibido y despachado con pliegos de contestación a los que había recibido.

El sargento mayor Heredia participó en la funesta campaña de aquel año, que terminó con las derrotas de Vilcapugio y Ayohuma y el ulterior retroceso del ejército a Jujuy y después a Tucumán, pero al recibirse del comando en jefe el coronel San Martín, organizó la vanguardia general al mando de Güemes y el mayor Heredia tuvo a sus órdenes una de las partidas que hicieron el servicio de avanzadas de aquella vanguardia; cuando el valiente caudillo salteño retomó la ciudad de Salta y el comandante Pablo Latorre la de Jujuy, el sargento mayor Heredia fue uno de los que persiguieron a los enemigos, participando el 11 de octubre de 1814 en una guerrilla en la que intervino también el capitán Aráoz de Lamadrid.

Estuvo en el combate del Puesto del Marqués, el 17 de abril de 1815, así como también en el combate de Venta y Media. El 18 de febrero de aquel año había sido ascendido a teniente coronel y recibió el comando del segundo batallón del Regimiento Nº 7 de Infantería, a la cabeza del cual se batió con bravura en la batalla de Sipe-Sipe, el 29 de noviembre de aquel año, recibiendo una contusión en dicha acción.

El 8 de febrero de 1817 el comandante Heredia fue destacado por Belgrano en una comisión al servicio de Santiago del Estero. (1) El 6 de agosto de aquel año recibió la efectividad de teniente coronel del Regimiento de Dragones de la Nación.

El 27 de abril de 1818 fue elegido por el Cabildo de Salta, en una comisión de la que formaban parte los generales Güemes y Saavedra, comandante Rudecindo Alvarado, Dr. Teodoro Sánchez de Bustamante y el intendente del Ejército Bernabé Madero.

Después de haber participado en la campaña sobre Santa Fe a las órdenes del general Belgrano, el 22 de mayo de 1819 le fueron extendidos los despachos de coronel de infantería de línea. En el pronunciamiento de Arequito, el coronel Heredia fue el segundo de Bustos en la ejecución de aquel movimiento, y cuando el ejército sublevado fue conducido a Córdoba por aquel General, al poco tiempo Heredia solicitó y obtuvo la autorización para marchar a Tucumán con un destacamento que le cedió Bustos.

Fue jefe de E. M. de Güemes hasta que este rompió sus relaciones con el gobernador tucumano Bernabé Aráoz, siendo reemplazado Heredia entonces por el coronel Jorge Enrique Widt; cuando Heredia llegó a la jurisdicción de Tucumán, procedente de Córdoba, con los 400 hombres que le había entregado Bustos para que cooperase por el norte a la campaña que iniciaba el general San Martín al Perú, el gobernador Aráoz le negó el permiso para entrar en la jurisdicción de su gobierno, por lo que se vio obligado a penetrar en la de Salta, llegando felizmente a Rosario, en jurisdicción de esta última provincia, punto donde se mantuvo, cooperando con Güemes en la tremenda tarea de contener las invasiones de los realistas, en la que colaboró Heredia hasta que se produjo el rompimiento entre Aráoz y el caudillo salteño.

El coronel Heredia fue elegido diputado al Congreso Constituyente que se reunió en Buenos Aires en 1824, representando a Tucumán; cuyo diploma fue aprobado el 9 de diciembre de aquel año. El general Paz, que a la sazón se hallaba en la provincia de Salta al mando del Escuadrón de “Dragones de San Juan”, que pertenecía a la División del Sud que comandaba Pérez de Urdinenea, en el “Diario que llevó en aquel período de su vida, dice que Heredia había estado todo aquel tiempo en la “más sombría oscuridad”, y que celebraba verlo reaparecer en la escena política. En enero de 1825, el comandante Paz estuvo en Tucumán, y en tal circunstancia alojó en la casa de su amigo y compañero de armas, el coronel Heredia.

Este se incorporó al Congreso el 10 de diciembre de 1824, ejerciendo su cargo hasta el 7 de febrero de 1826, esta vez como diputado por Salta, cuyo diploma le fue aprobado el día anterior. Perteneció a aquella Asamblea hasta su disolución, el 18 de agosto de 1827; y como representante de Salta firmó la Constitución sancionada el 24 de diciembre del año anterior. El 10 de agosto de 1827, el diputado Heredia fue enviado por Dorrego a las provincias de La Rioja, Catamarca y Salta para que accediesen a la Federación y confiaran el manejo de las relaciones exteriores a Dorrego. La misión de Heredia fracasó a medias en Salta (2).

En 1831 era diputado por Salta, cuando Alvarado renunció a aquel gobierno; siendo entonces designados para componer el P. E., el propio Heredia y Francisco Gurruchaga; los que ajustaron con Quiroga el tratado del 2 de diciembre, por el cual se estableció la indemnización que Salta debía abonar a aquel caudillo, y los demás términos para ajustar la paz.

El 14 de enero de 1832, el coronel Heredia fue elegido gobernador en propiedad de su provincia natal, Tucumán. Uno de los primeros actos fue celebrar un tratado de unión, amistad y buena correspondencia, con el gobernador Ibarra, de Santiago del Estero. El 12 de junio daba un decreto, confiriendo al gobernador de Buenos Aires las relaciones exteriores de la República Argentina. El 18 de octubre de 1832, el gobernador Heredia comunicaba al gobierno de Buenos Aires que se adhería al Tratado del Cuadrilátero, firmado el 4 de enero de 1831.

El 22 de junio de 1834 fue sofocada una revolución contra Heredia encabezada por el comandante José Gerónimo Helguera y el Dr. Angel López, pero el Gobernador indultó a todos los complicados. A fines de aquel año, Heredia rompió las relaciones con el gobierno de Salta y el 19 de noviembre de 1834, a la cabeza de 4.000 tucumanos penetraba en la provincia beligerante, anunciando a los salteños que marchaba a libertarlos de la opresión del general Pablo Latorre. Este último se había dirigido al gobernador de Buenos Aires, constituyéndolo en juez de la divergencia suscitada con el general Heredia. El famoso caudillo Juan Facundo Quiroga fue despachado el 24 de diciembre, de Buenos Aires para servir de mediador; al llegar a Santiago del Estero supo que Latorre había sido batido, no por las fuerzas de Tucumán, sino por los Auxiliares de Salta al mando del gobernador Fascio, de Jujuy, en Castañares, el 13 de diciembre y tomado prisionero Latorre, el cual fue asesinado en su prisión el día 29 del mismo mes. Quiroga, como es sabido, al regresar para Buenos Aires, fue asaltado y muerto en Barranca Yaco.

Poco después, a mediados de 1835, el general Javier López, que se hallaba emigrado en Bolivia, apareció en la frontera a la cabeza de algunos de su partido de Salta y Catamarca para revolucionar a Tucumán. El general Heredia marchó sobre él con la cooperación de los gobiernos de Santiago del Estero, La Rioja y el general Tomás Brizuela; los invasores huyeron y el general López se refugió nuevamente en Bolivia, donde fue arrestado por orden del prefecto de Potosí. En el Chiflón obtuvo a la cabeza de las tropas tucumanas y santiagueñas un triunfo sobre el general Figueroa, el 13 de setiembre de 1835.

El general Javier López volvió a penetrar el 23 de enero de 1836 a la cabeza de 175 hombres de Salta, acercándose como a legua y media de Tucumán. Heredia al mando de 150 hombres le salió al encuentro y lo batió aquel día en Famaillá, derrotando y tomando prisionero al general López y a su sobrino, el Dr. Angel López, así como también a un grupo numeroso de jefes y oficiales. Los dos López fueron fusilados por orden de Heredia el día 25. El 6 de febrero, en un mensaje leído a la Legislatura informaba de todos estos acontecimientos. El gobernador Heredia, penetró entonces en Salta, acompañado del coronel Pablo Alemán, mientras su hermano Felipe lo hizo por el camino de los Valles Calchaquíes. El 5 de marzo de 1836 era elegido gobernador de Salta el general Felipe Heredia.

El 25 de mayo de aquel año, el general Heredia fue reelegido gobernador de la provincia. Las provincias de Salta, Jujuy y Catamarca condecoraron a Heredia con el título de “Protector” por los servicios que había prestado para restablecer el orden en las mismas.

Pero el gobernador Juan Manuel de Rosas se sentía molesto con la conducta de Dictador de Bolivia, mariscal Santa Cruz, y el 19 de mayo de 1837 la Confederación Argentina declara la guerra a aquél. El general Alejandro Heredia fue investido por Rosas con el comando en jefe del Ejército Confederado, con fecha 8 del mes de referencia. A fines de junio se movió de Tucumán al frente de algunas fuerzas, en dirección a Salta, gobernada a la sazón por su hermano, el general Felipe Heredia, que fue nombrado jefe del E. M. del ejército de operaciones. En Salta y Jujuy engrosó sus filas con las milicias departamentales y con algunos escuadrones de caballería de línea que mandaba su hermano el gobernador de la primera de aquellas provincias, y fue a sitiarse en la frontera argentina, pronto para iniciar las operaciones.

A principios de agosto, el general Heredia destacó un escuadrón para posesionarse del puerto de Cobija y se pusiera en combinación con las fuerzas de Chile que operaban también contra Santa Cruz. Con el fin de atraer al enemigo, destacó al general Felipe Heredia, con 400 jinetes, para ocupar el pueblo de Humahuaca, el cual, el 12 de setiembre derrotó completamente a la caballería boliviana, dispersándola, y después, reuniendo sus escuadrones, llevó una carga audaz contra la infantería enemiga del comandante Campero, obligándola a parapetarse en la posición de Santa Bárbara; tres cargas consecutivas llevaron los escuadrones salteños y en la última rompieron el centro enemigo, y lo habrían destruido completamente, sin la aproximación de refuerzos enviados por el general Braum, lo que obligó al general Felipe Heredia a replegarse con sus prisioneros, armas y bagajes capturados a los bolivianos. El 1º de enero de 1838 un destacamento argentino sorprendió a uno boliviano en el Rincón de las Casillas y lo derrotó. Heredia llevó adelante las operaciones y el general Braum se limitó a la defensiva, rehuyendo a fuerza de marchas y contramarchas, los combates a que lo provocaba el Jefe argentino, el cual orientándose hábilmente, pudo ocupar los departamentos de la Puna, Iruya y Santa Victoria, en los que nombró autoridades. Heredia destacó al general Pablo Alemán con otra división, para que costeando la falda oriental de las montañas de Humahuaca, cortase la retirada de Braum, por el abra de Zenta. Otra división se situó en las montañas de Iruya, con el objeto de tomar al enemigo por retaguardia y obligarlo a un combate decisivo, pero el general Braum se retiró a marchas forzadas, cuando tuvo conocimiento de la marcha de Alemán. Otra columna mandada por el general Gregorio Paz llegó a fines de mayo de 1838 a Caraparí, donde el comandante militar Cuellar y casi toda la población se decidió jubilosamente por la causa de la República Argentina. El general Gregorio Paz organizó las fuerzas en esa frontera, poniéndolas a las órdenes del comandante Cuellar y él se preparó para marchar sobre Tarija. El 2 de junio de 1838, el general Alejandro Heredia pasaba un parte al Gobierno de Buenos Aires, fechado en Zenta, instruyendo de la posición ventajosa que ocupaba su ejército y de los medios con los que Santa Cruz pretendía iniciar la conquista del territorio argentino. El 29 de julio de 1838 una revolución encabezada por el general Orbegoso, Nieto, etc., derrocó al dictador Santa Cruz. Con este acontecimiento terminó la guerra entre Bolivia y la Confederación Argentina.

El general Alejandro Heredia fue asesinado el 12 de noviembre de 1838, en un punto llamado Los Lules, distante 3 leguas de Tucumán, en circunstancias que iba en carruaje acompañado de su hijo, con dirección a su casa de campo. Fue atacado por una partida armada encabezada por el comandante Gabino Robles, Vicente Neirot, Lucio Casas y Gregorio Uriarte. Heredia recibió un pistoletazo en la cabeza. Los asesinos se apoderaron del coche y dejaron en el lugar el cuerpo de Heredia, que aún respiraba, en compañía de su hijo. El cadáver fue desdichado, el Gobernador permaneció allí dos días, durante los cuales las aves de rapiña lo mutilaron horriblemente, Después fue trasladado a la capital y enterrado con gran pompa.

El general Alejandro Heredia se había unido en matrimonio con Juana Josefa Cornejo, bautizada en Salta el 27 de mayo de 1803; siendo hija del coronel Juan José Fernández Cornejo, y de la heroína Gertrudis de Medeyros, salteña; y por lo tanto hermana de Manuela Cornejo de Heredia, esposa del general Felipe Heredia.

Referencias

(1) Las depredaciones que cometían los indígenas en las fronteras de Córdoba, Santiago del Estero y Santa Fe, indujeron al gobierno de la primera de las provincias nombradas, a interesar a los de las otras dos en una expedición conjunta a efectuarse en la primavera de 1817, y luego de engorrosas tramitaciones, se acordó que en el mes de mayo se reunirían en el paraje llamado “Los Porongos”, los comandantes de frontera, sargento mayor Francisco de Bedoya y capitán Julián Paz, al frente de 600 hombres con el coronel Alejandro Heredia, que mandaría las fuerzas santiagueñas, para dirigirse al encuentro de las tropas santafecinas, y todos reunidos, iniciar las operaciones que encerrarían a los salvajes, envalentonados por la impunidad, en un círculo de fuego; pero algunos de los comprometidos no concurrieron a la cita de honor, ni tampoco se pudo conocer el destino de las autoridades de Santa Fe dieron al armamento y pólvora cedido por el de Buenos Aires como contribución a este propósito.

(2) Páginas 39 y 40 del “Poder Legislativo de la Nación Argentina” por Carlos Alberto Silva, Tomo I, 2da parte, 1938).

Fuente
Efemérides – Patricios de Vuelta de Obligado.
Portal www.revisionistas.com.ar
Yaben, Jacinto R. – Biografías argentinas y sudamericanas – Buenos Aires (1939).
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