JOSÉ HERNÁNDEZ: UN INTELECTUAL ANTIMITRISTA

. Homenaje a 183 años de su nacimiento (10/11/1834)

El 21 de Octubre de 1886, un diario de la Ciudad de La Plata, en título catástrofe colocaba “Ha muerto el Senador Martín Fierro” anoticiando, así, la muerte de José Hernández. El poeta por excelencia de todos los argentinos fue irremediablemente fundido, amalgamado, con su personaje: el Gaucho Martín Fierro. Señala Ezequiel Martínez Estrada (1895 – 1964) que el autor del Martín Fierro, Hernández, “es cuatro cosas, por la naturaleza de su ser, de su carácter: militar, periodista, político y poeta”. Es un combatiente por convicción, por ideales políticos, y lo expresa, justamente, en el Martín Fierro. Fermín Chávez dice que “…desvincular el Martín Fierro de ese marco original y de la militancia de su autor, resulta una pura invención, aún cuando revista formas seductoras o se presente rodeada de figuras ingeniosas y eruditas”. José Rafael Hernández Pueyrredón nació el 10 de noviembre de 1834, en una chacra señorial llamada los caseríos de Perdriel, actual partido de San Martín, en la provincia de Buenos Aires, en tiempos de Rosas, y que, según Ernesto Sábato fue “un hombre que luchó por la soberanía nacional contra potentes enemigos de afuera así como contra los argentinos que desde adentro los apoyaban…”. Uno de esos enemigos, Domingo F. Sarmiento, escribió en el Facundo, “nunca hubo un gobierno más popular y deseado ni más sostenido por la opinión… que el de don Juan Manuel de Rosas”. Es en ese período de nuestra historia donde se forja la vida y plasma la obra de nuestro poeta. El tío de su madre, estanciero de holgada fortuna, era el ex-Director Supremo del país, Juan Martín Mariano de Pueyrredon y O’Doggan (1776-1850). Por rama paterna, descendía del matrimonio de Juan Hernández y Beatriz Teresa Plata, nacidos hacia 1730 en la localidad de Jerez de los Caballeros, Obispado de Badajoz, Extremadura, España, uno de cuyos hijos, José Gregorio Hernández Plata (1760-1842) se radicó en Buenos Aires hacia 1790. Abuelo del autor del “Martín Fierro”, José Gregorio fue propietario de un comercio en el aún llamado Barrio de Barracas y Regidor del cabildo de Buenos Aires. Participó el 22 de mayo de 1810 en el histórico Cabildo Abierto. Casado en 1795 con María Antonia de los Santos Rubio y Moreno, nacida en Asunción del Paraguay hacia 1770 y fallecida en Buenos Aires antes de 1842, tuvieron once hijos. El menor, Rafael Pedro Pascual Hernández de los Santos, padre del poeta, nació en Buenos Aires en 1814. Muy joven, el 12 de diciembre de 1832 contrajo matrimonio en el entonces pueblo de San Martín, Buenos Aires, con una porteña de diecinueve años de edad, Isabel Pueyrredón Caamaño, hija del militar José Cipriano Andrés de Pueyrredon y O’Doggan – hermano del primer jefe de Estado de la Argentina independiente – y de Manuela Caamaño y González. José Hernández, el mayor de los hermanos, se convierte en un observador de los gauchos que realizan faenas en los campos de su tío y en las estancias propiedad de Rosas que su padre administraba, y se lo convierte en arduo defensor de estos trabajadores. Esa defensa, aprendida en tiempos de Rosas, es genuina y las lleva adelante desde sus más íntimas convicciones, y para ello, libra la batalla en el campo de la política. En su espíritu y su temple se había hecho carne los tiempos vividos durante el mandato de Don Juan Manuel. Huelga decir que la condición de vida de los sectores menos pudientes fueron mejorados de manera tal que en el parlamento francés, el ocho de enero de 1850, el diputado socialista Laurent de l’Ardeche, arengaba: “Lo que hay de cierto es que el poder de Rosas se apoya efectivamente en el elemento democrático, que Rosas mejora la condición social de las clases inferiores, y que hace marchar a las masas populares hacia la civilización dando al progreso las formas que permiten las necesidades locales. La guerra de los gauchos del Plata contra los unitarios de Montevideo representa en el fondo la lucha del trabajo indígena contra el capital y el monopolio extranjeros y encierra para los federales una doble cuestión: de nacionalidad y de socialismo”. En 1881, Hernández escribiría: “Por asimilación, si no por la cuna, soy hijo de gaucho, hermano de gaucho, y he sido gaucho. He vivido años en campamentos, en los desiertos y en los bosques, viéndolos padecer, pelear y morir; abnegados, sufridos, humildes, desinteresados y heroicos”. Tras el derrocamiento de Rosas, en 1852, advienen veinte años de puja entre los derrocadores. Sin Rosas, los sectores anti que se habían asociado, se lanzan al combate entre ellos por mayor poder y privilegios, y para ello todos tratan de debilitar el federalismo consolidando la dependencia. Predican la incapacidad del criollo, reaccionan contra la “barbarie” y dañan valores tradicionales en beneficio de otros propios del liberalismo. Durante esa época Hernández levanta su voz y utiliza su pluma para convencer que las provincias no permanezcan ligadas a las autoridades de Buenos Aires, posición, esta última, defendida por extranjerizantes o “afrancesados” como Juan Lavalle, Florencio Varela, José María Paz, Bartolomé Mitre, Faustino Domingo Sarmiento y Salvador María del Carril, entre otros. La pretensión de estos exponentes de la “civilización” era expoliar a las provincias, productoras de materias primas y alimentos, y de otros bienes, para beneficio del puerto de Buenos Aires. El unitarismo porteño requería ser prebendarlo en un país agroexportador, al actuar asimismo en favor de potencias extranjeras, ahogando toda posibilidad de competencia interna. Así, Sarmiento: “siguió explicando la naturaleza unitaria e indivisible del poder nacional argentino, que de hecho ejercía Buenos Aires, por la dirección convergente de todos los ríos argentinos hacia el puerto único. No vio más que un solo puerto, en el país que tiene cincuenta puertos mejores que ese, porque lo vio con el ojo de la política colonial de España. Desconocer ese punto, era desconocer toda la política Argentina”. Y en este esquema comercial-productivo-social quedan excluidos al que debe disciplinarse: “Para él son los calabozos, / para él las duras prisiones. / En su boca no hay razones / aunque la razón le sobre, / que son campanas de palo / las razones de los pobres”. Según reza el Martín Fierro. Durante la presidencia de Sarmiento, “civilizador a cañonazos y a bayonetazos”, Hernández debe exiliarse.
Viene a ejemplo que Sarmiento pretendía, una Patagonia galesa y en carta del 1º de abril de 1868 se refiere al Chaco de la siguiente manera: “Con emigrados de California se formará una colonia norteamericana; puede ser el origen de un territorio, y un día de un Estado yanqui. Si conservan su tipo cuidaré de que conserven su lengua”. No son gente sino barbarie aquellos que no formaban parte de su grupo referencial y por tanto se debían integrar a foráneos mejor entrenados y supuestamente más cultos. Sarmiento y Mitre, escribas de una historia argentina de mirada parcial e interesada, en versión única para la enseñanza pública y asumida por los partidos liberales y sectores “progresistas”, subordinada a mandantes imperiales, estaban convencidos de que esa política era justa y necesaria. Y no se distingue entre nativo o gaucho, ni tampoco a los hacinados en los suburbios. Jorge Luis Borges apostrofa que “la barbarie no solo está en el campo sino en la plebe de las grandes ciudades y el demagogo cumple la función del antiguo caudillo, que era también un demagogo”. El gaucho, al comenzar la llamada “conquista del desierto” fue perseguido, utilizando para ello la ley contra la “vagancia” y llevado a los fortines para combatir a los indios, consolidando su vasallaje y sometimiento. La exigencia de la “papeleta” para conchabarse en alguna estancia, solamente por la comida, y no ser remitido a la frontera, potenciaba su esclavitud. Así, salvo el alzarse como “gaucho matrero”, formaba parte de un ejército de mano de obra casi gratuita, acumulando riquezas para otros y andando “mal pero acostumbrau”. Lo “políticamente correcto” de la época es ilustrado por Sarmiento, el 13 de septiembre de 1859, al manifestar en el Senado de la Provincia de Buenos Aires: “Si los pobres de los hospitales, de los asilos de mendigos y de las casas de huérfanos se han de morir, que se mueran: porque el Estado no tiene caridad, no tiene alma. El mendigo es un insecto, como la hormiga. Recoge los desperdicios. De manera que es útil sin necesidad de que se le dé dinero. ¿Qué importa que el Estado deje morir al que no puede vivir por sus defectos? Los huérfanos son los últimos seres de la sociedad, hijos de padres viciosos, no se les debe dar más que de comer”. Siendo Presidente, le expresaba a Mitre, en carta de 1872, que: “Estamos por dudar de que exista el Paraguay. Descendientes de razas guaraníes, indios salvajes y esclavos que obran por instinto a falta de razón. En ellos se perpetúa la barbarie primitiva y colonial. Son unos perros ignorantes de los cuales ya han muerto 150 mil. Su avance, capitaneados por descendientes degenerados de españoles, traería la detención de todo progreso y un retroceso a la barbarie […]. Al frenético, idiota, bruto y feroz borracho Solano López lo acompañan miles de animales que le obedecen y mueren de miedo. Es providencial que un tirano haya hecho morir a todo ese pueblo guaraní. Era preciso purgar la tierra de toda esa excrecencia humana: raza perdida de cuyo contagio hay que librarse”.
Para entender, entonces, vida y obra de Hernández, es necesario revisar todo ese desprecio por el pueblo. En su poema lo asevera: “Y se hallan hombres tan malos / que dicen de güena gana, / ‘El gaucho es como la lana, / se limpia y compone a palos”. La justificación del despojo y el mantenimiento de la supremacía, está también expresado: “De los males que sufrimos / hablan mucho los puebleros, / pero hacen como los teros / para esconder sus niditos: / en un lao pegan los gritos / y en otro tienen los güevos”. La pluma y la palabra sarmientina y mitrista acompañaban a la espada. Como muestra, la “descripción” de José Artigas por Sarmiento es harto elocuente: “Un bandido, un tártaro terrorista. […] Jefe de bandoleros, salteador, contrabandista, endurecido en la rapiña, incivil, extraño a todo sentimiento de patriotismo, famoso vándalo, ignorante, rudo, monstruo, sediento de pillaje, sucio y sangriento ídolo”. Carlos Guido Spano, que en la revuelta de 1880 organizara junto a Hernández el auxilio de los heridos de ambos bandos, utilizaría su espíritu poético para decir: “Una cebra como el viento / corría y estercolaba. / ¿Y, sabes lo que arrojaba? / Artículos de Sarmiento”. Diría Juan Bautista Alberdi: “Lejos de ser las campañas argentinas las que representan la barbarie, son ellas… las que representan la civilización del país, expresada por la producción de su riqueza rural […]. El obrero productor de esa riqueza, el obrero de los campos, es el gaucho, y ese gaucho a que Sarmiento llama bárbaro, comparable al árabe y al tártaro del Asia arruinada y desierta, representa la civilización mejor que Sarmiento, trabajador improductivo, estéril, a título de empleado vitalicio…. Él es el que representa la pobreza, más vecina de la barbarie, según la ciencia de A. Smith, que el trabajo independiente del obrero rural”. Agregando: “La localización de la civilización en las ciudades y la barbarie en la campaña, es un error de historia y de observación, y manantial de anarquía y de antipatías artificiales entre localidades que se necesitan y complementan mutuamente”. El comportamiento político de los intereses de los poderosos aumentaba el “cuidado” que reclamaba Hernández para el gaucho, y llevándolo a él a una hostilidad militante, que caracterizó su vida, contra el unitarismo porteño. A los dieciocho años, en 1853, José combatía en Rincón de San Gregorio reprimiendo el levantamiento del coronel Hilario Lagos contra el gobierno de Valentín Alsina. También blandía otra arma: la elocuencia y en 1856 inicia su labor periodística en La Reforma Pacífica, órgano del Partido Federal Reformista al que adhirió. En junio de 1857 fallece su padre; en el juicio sucesorio consta que “lo mató un rayo arreando una tropa de hacienda en el campo” bonaerense. En 1858, tras haberse batido a duelo con otro oficial, abandonó las filas y junto a varios opositores al gobierno de Adolfo Alsina se establece en Paraná, Entre Ríos. En esa ciudad (entre1859 y 1860) integró el Club Socialista Argentino y ese último año publicaría dieciocho artículos polémicos en El Nacional Argentino. En 1861 ingresaría a la logia masónica Asilo del Litoral y desde 1862 sería su Secretario. Intervino Hernández en la batalla de Cepeda y también en la de Pavón, en el bando comandado por Justo José de Urquiza (1801-1870, presidente de 1854 a 1860). Urquiza, retirando en Pavón, sus tropas triunfantes, permite decir a Mitre: “Pavón no es sólo una victoria militar, es el triunfo de la civilización sobre los elementos de guerra de la barbarie…la tumba de la caballería indisciplinada… La base de nuestro poder es la infantería, que es la que nos ha dado el triunfo y la única capaz de completarlo”. Situaciones similares se viven por doquier en el país. Así lo ilustra un comentario de José María Rosa, sobre la matanza de Cañada de Gómez del 22 de noviembre de 1861): “Con el 3° cuerpo porteño, Flores… cae por sorpresa sobre la desprevenida División Buenos Aires y los restos del ejército federal. Muchos porteños federales (entre ellos José y Rafael Hernández …), están en la División… El horrorizado Gelly (ministro mitrista) hace ascender a 300 los muertos… Los extranjeros de la Legión Militar de [Hilario] Ascasubi [quien contrató para la infantería de Mitre a mercenarios italianos y el bardo antinacional antes citado imaginaba ‘cantando y combatiendo los tiranos del Río de la Plata], fueron los más entusiasmados en degollar criollos dormidos”. Hernández es contestatario: “¡Y es necesario aguantar / el rigor de su destino! / El gaucho no es argentino / sino pa’ hacerlo matar”. Sarmiento recomendaría en carta al presidente Mitre del 24 de marzo de 1863, “Sandes … está… por llegar a La Rioja … Si mata gente cállese la boca. Son animales bípedos de tan perversa condición que no sé qué se obtenga con tratarlos mejor”. El proceso de consolidación definitiva del Estado estaba en marcha. Se promovía una masiva inmigración internacional, como así el ferrocarril. En ese escenario, José Hernández se dejó tratar de rosista, epíteto que equivalía a la muerte civil; y prosiguió su labor periodística en El Argentino, con una serie de artículos donde condenaba el asesinato de Vicente Peñaloza, publicados como libro en 1863, bajo el titulo de “Vida del Chacho”. Allí expresa: “Asesinato atroz. El general de la Nación Don. Ángel Vicente Peñaloza ha sido cosi-do a puñaladas en su lecho, degollado y llevada su cabeza de regalo al asesino de Benavídez, de los Virasoro, Ayes, Rolta, Giménez y demás mártires, en Olta, la noche del 12 del actual. El ge-neral Peñaloza contaba 70 años de edad; encanecido en la carrera militar, jamás tiñó sus manos en sangre”… “¡Maldito! ¡Maldito! ¡Mil veces maldito el partido envenenado con sus crímenes, que hace de la República Argentina el teatro de sus sangrientos horrores! … La víctima es también aquí el gaucho en la figura venerable y heroica de Angel Vicente Peñaloza”. Teniendo presente la situación imperante, puede interpretarse cabalmente la vida de José Hernández. Sarmiento, a tres días de la batalla de Pavón, escribe a Mitre la notoria carta del 20 de septiembre de 1861, diciéndole: “No se crea infalible…tenemos patria y porvenir… No trate de economizar sangre de gauchos. Éste es un abono que es preciso hacer útil al país. La sangre es lo único que tienen de humano… Necesito ir a las provincias, usted sabe mi doctrina… y deseo, ser el heraldo autorizado de Buenos Aires”. Y cuatro días más tarde: “Tengo odio a la barbarie popular […]. La chusma y el pueblo gaucho nos es hostil […]. Mientras haya un chiripá no habrá ciudadanos, ¿son acaso las masas la única fuente de poder y legitimidad? El poncho, el chiripá y el rancho son de origen salvaje y forman una división entre la ciudad culta y el pueblo […] Usted tendrá la gloria de establecer en toda la República el poder de la clase culta aniquilando el levantamiento de las masas”. Y el presidente Mitre, en carta del 30 de marzo de 1863 a Sarmiento designado Director de la Guerra de policía, le expresaba: “Digo a Vd. en esas instrucciones que procure no comprometer al Gobierno Nacional… no quiero dar a ninguna operación sobre La Rioja el carácter de una guerra civil. Mi idea se resume en dos palabras: quiero hacer en La Rioja una guerra de policía. La Rioja es una cueva de ladrones que amenaza a todos los vecinos y donde no hay gobierno que haga la policía. Declarando ladrones a los montoneros sin hacerles el honor de considerarlos partidarios políticos ni elevar sus depredaciones al rango de reacciones, lo que hay que hacer es muy sencillo”. El 14/11/1863, le dice a Mitre: “Después de mi anterior llegó el parte de Irrazábal de haber dado alcance a Peñaloza y cortándole la cabeza en Olta, extremo norte de los Llanos, donde parece que descansaba tranquilo. No sé que pensarán de la ejecución del Chacho. Yo, inspirado por el sentimiento de los hombres pacíficos y honrados, aquí he aplaudido la medida, precisamente por su forma. Sin cortarle la cabeza a aquel inveterado pícaro y ponerla a la expectación, las chusmas no se habrían convencido en meses de su muerte”. Esos años también son descriptos en la Proclama de Felipe Varela, de noviembre de 1866: “Muchos de nuestros pueblos han sido desolados saqueados y asesinados por los aleves puñales de los degolladores de oficio: Sarmiento, Sandes, Paunero, Campos, Irrazábal y otros dignos de Mitre… ¡Cincuenta mil víctimas dan testimonio fragante!… ¡Abajo los infractores de la ley! ¡Abajo los traidores a la Patria!…”
Sólo faltaba el genocidio del Paraguay.
Antes de separarse políticamente del ex presidente Urquiza, José Hernández le escribe, el 16 de febrero de 1868: “Los Hernández no han sido traidores jamás. En los últimos años que no han sido de flores para nosotros, podría haber buscado un refugio en las filas opuestas, pero nadie me ha visto vacilar en mi fe política, desertar de mis compañeros, desmayar en la lucha, ni pedirle a los enemigos ni un saludo, ni un apretón de mano ni la más ligera consideración. No habrá quizá un solo enemigo que abrigue esperanzas de una apostasía de mi parte”. En ese mismo año de 1868, Hernández que desde el año anterior integraba en Corrientes la logia masónica Constante Unión donde en 1869 llegaría a ser Maestro, dirigió el diario El Eco de Corrientes, dictaba clases como profesor de gramática, promovía desde La Capital a la ciudad de Rosario como capital del país y un año más tarde escribía en El Río de La Plata. Desde el periodismo denunció los abusos cometidos por las autoridades de la campaña contra los gauchos, otorgándole valor a las cuestiones del paisano y de la tierra; condenó las políticas de frontera y de latrocinio contra el indio. Todos estos temas quedarían articulados en el Martín Fierro.
Urquiza, referente de Hernández hasta Pavón, escribiría el 3 de marzo de 1870: “Toda mi vida me atormentará constantemente el recuerdo del inaudito crimen que cometí al cooperar, en el modo en que lo hice, a la caída del General Rosas. Temo siempre ser medido con la misma vara y muerto con el mismo cuchillo, por los mismos que por mis esfuerzos y gravísimos errores, he colocado en el poder”. Así fue. Hernández participó en Entre Ríos en la última gran rebelión gaucha, un fallido levantamiento militar contra el gobierno de Sarmiento, ya presidente de 1868 a 1874, liderado por López Jordán. El intento de revuelta fracasó en 1871, con la derrota de los gauchos y el exilio de Hernández y López Jordán a Santa Ana do Livramento, en Brasil. Allí permaneció desde abril de 1871 hasta principios de 1872, viajó a Uruguay y regresó más tarde a Buenos Aires amparado en una amnistía de Sarmiento, mientras su familia se ausentó a una estancia de Baradero para escapar de la fiebre amarilla. A mediados de 1873 López Jordán invadió Entre Ríos; el gobierno de Sarmiento puso precio a su cabeza y la de sus colaboradores. Hernández buscó refugio en Montevideo, donde el 1° de noviembre reinició sus tareas periodísticas en La Patria, que dirigía Héctor Soto, hijo de Juan José Soto, el editor de La Reforma Pacífica, el periódico en que Hernández iniciara sus lides de prensa.
El 9 de diciembre López Jordán fue derrotado, pero el 10 de marzo de 1874 Hernández publicó en La Patria un manifiesto redactado por él, donde se revaluaba la postura jordanista. En agosto de 1874 compartió con Soto la dirección del periódico y, tras un breve paso por Buenos Aires, regresó a Montevideo y asumió la dirección y redacción de La Patria. Durante su proscripción impuesta por Sarmiento, pero de regreso a Buenos Aires, escondido frente a la mismísima Casa de Gobierno en el Gran Hotel Argentino, en una pequeña libreta de pulpería pasó en limpio poemas de amor y los siete cantos y medio que se conservan de la primera parte del El Gaucho Martín Fierro. Su protagonista se llama Martín en honor de Martín Miguel de Güemes, caudillo gaucho que detuvo a las tropas realistas en el Norte mientras San Martín lograba salir de campaña por el Oeste, cruzando la cordillera en la guerra de la Independencia. Este poema, por la fuerza expresiva de su lenguaje, rico en imágenes y que cuenta las desventuras de Martín Fierro se convirtió en el poema épico nacional y popular por excelencia, y arraigado en la memoria colectiva nacional. “Apenas aparece el poema puede advertirse su éxito entre el pueblo. A los dos meses agótase la primera edición. En dos años, llegarán a venderse 9 ediciones. En 1886 se habrán impreso 62.000 ejemplares… El Martín Fierro se volverá artículo del ramo de almacén, pues los pulperos de campaña lo pedirán… El éxito de Hernández resulta único en la América española”.
Leopoldo Marechal diría que “Como las epopeyas clásicas, es el canto de un pueblo, es decir, el relato de sus hechos notables cumplidos en la manifestación de su propio ser y en el logro de su destino histórico. ¿Y quién es el héroe en el Martín Fierro? En el sentido literario, es un gaucho de nuestra llanura, y en sentido simbólico, es el pueblo de la Nación recién salido de su guerra de la Independencia y de sus luchas civiles, en las cuales se ha fogueado. Por tanto es el real protagonista del drama en que se juega su devenir”. [12]
Según Hernández, Martín Fierro, es el verdadero representante del carácter argentino.
En tiempos de rescate de lo nacional, y concibiendo a nuestras Malvinas como un elemento sustancial, justamente de lo identitario, debemos señalar que Hernández al escribir, el 19 de noviembre de 1869, dice que: “Los pueblos necesitan del territorio con que han nacido a la vida política, como se necesita el aire para la libre expansión de nuestros pulmones. Absorberle un pedazo de su territorio, es arrebatarle un derecho, y esa injusticia envuelve un doble atentado, porque no sólo es el despojo de una propiedad, sino que es también la amenaza de una nueva usurpación”. Sarmiento, que promovió con artículos en Chile la ocupación chilena de territorios patagónicos, decía a los argentinos sobre la Patagonia, en el diario El Nacional el 19 de julio de 1878: “Es una tierra desértica, frígida e inútil. No vale la pena gastar un barril de pólvora en su defensa. ¿Por qué obstinarse en llevar adelante una ocupación nominal?”, y como antitesis del pensamiento hernandiano, señala, en El Progreso del 28 de noviembre de 1842 que: “La Inglaterra se estaciona en las Malvinas. Seamos francos: esta invasión es útil a la civilización y al progreso”.
La docilidad a intereses foráneos, clave del mitrismo-sarmientismo, fue combatido sin medias tintas por hombres como José Hernández. En la región, cuando el progreso industrial fue local e independiente, lo abortaron con una guerra de exterminio como la invasión al Paraguay. La “Política de Progreso” de los gobiernos europeizantes, tras derrotar, en 1852, a Juan Manuel de Rosas, personificación de la Argentina autárquica, fue de latrocinio antifederal y antipopular. Ya el 10 de junio de 1839 José de San Martín había escrito a Rosas: “pero lo que no puedo concebir es el que haya americanos que por un indigno espíritu de partido se unan al extranjero para humillar su patria y reducirla a una condición peor que la que sufríamos en tiempo de la dominación española; una tal felonía ni el sepulcro la puede hacer desaparecer”.
José Hernández, valora a Rosas, dirigiéndose al historiador chileno Vicuña Mackenna: “sin olvidar tampoco, como Vd. debe saberlo, que esa energía con que Rosas defendió entonces los derechos de las Repúblicas le valió el que el general San Martín, le remitiera desde París, la espada que había brillado en mil combates gloriosos, como un testimonio de simpatía por su política esencialmente americana”.
Sarmiento había escrito: “Los que cometieron aquel delito de leso americanismo; los que se echaron en brazos de la Francia para salvar la civilización europea, sus instituciones, hábitos e ideas en las orillas del Plata, fueron los jóvenes; en una palabra: ¡fuimos nosotros! En Montevideo, pues, se asociaron la Francia y la República Argentina europea, para derrocar el monstruo del americanismo hijo de la pampa: desgraciadamente, dos años se perdieron en debates, y cuando la alianza se firmó, la cuestión de Oriente requirió las fuerzas navales de Francia, y los aliados argentinos quedaron solos en la brecha”.
Hernández logró la más valiosa contribución a la causa de los gauchos, con sus dispares acciones y con su Poema, que podría haber sido escrito por voceros de oprimidos en cualquier otra parte del mundo, siendo quizás esto lo que le ha permitido gozar de aceptación universal; habiéndose traducido a tres docenas de idiomas.
Anhelaba Hernández: “¡Ojalá que Martín Fierro haga sentir, a los que escuchen al calor del hogar la relación de sus padecimientos, el deseo de poderlo leer! A muchos les haría caer entonces la baraja de las manos”.
A su regreso a la Argentina, en 1978, bajo una amnistía decretada por el presidente Avellaneda, se asoció con Rafael Casagemas en la Librería del Plata, más tarde totalmente de su propiedad, y se incorporó a la logia masónica Obediencia en que militó hasta su deceso.
Fue diputado por la provincia de Buenos Aires y luego senador. En 1879 se interesó con éxito en expropiar con dinero de Rentas Generales los terrenos que originaron la población de Necochea y su posterior loteo y venta. Su elocuencia era manifiesta en el recinto legislativo; tomó parte muy activa con Dardo Rocha en el proyecto y fundación de la ciudad de La Plata.
En 1880, Hernández con Hipólito Yrigoyen y otros, fundó un Club de la Juventud Porteña, en adhesión a la candidatura de Roca, quien resultó triunfador en las elecciones por amplia mayoría. Ese mismo año, siendo presidente de la Cámara de Diputados, defendió el proyecto de federalización por el cual Buenos Aires pasó a ser la capital del país.
Jorge Eduardo Padula Perkins ha dicho, en síntesis, de Hernández, que “fue un pragmático que ajustó su posición y sus actos a cada situación histórica y tomó partido por la causa que en ese marco vislumbró como más justa”. Y así, como adhirió al Partido Federal Reformista y su medio de prensa, La Reforma Pacífica, de Nicolás Calvo, en 1856, haciéndose chupandino por considerar valiosa la incorporación de Buenos Aires a la Confederación, cuatro años más tarde, convencido de que la causa federal hallaba firmeza en Urquiza, obraba desde Paraná en el órgano oficial, “El Nacional Argentino”, y luego, también en Paraná, apostrofaba a los matadores del Chacho Peñaloza en las páginas de “El Argentino”. En 1868, inmerso siempre en un ideal federal, acompañaba al gobernador correntino Evaristo López y apoyaba su gestión con “El Eco de Corrientes”. Llevó la problemática correntina a “La Capital” de Rosario, durante su exilio provincial y también apoyó el proyecto del diputado Manuel Quintana para que esa ciudad fuera capital de la República, con lo cual entendía se hacía justicia por la ubicación geográfica e histórica de Rosario y para reducir la problemática de Buenos Aires.
Propuso desde “El Río de la Plata” la distribución de tierras parceladas para ganar el desierto mediante la colonización y no por la fuerza depredadora, al tiempo que fustigó el mecanismo de la leva para la formación de los contingentes de frontera. Apoyó a López Jordán en su defensa del concepto republicano federal que entendía traicionado por Urquiza y desde el exilio, en “La Patria” de Montevideo, combatió a Mitre y a Sarmiento y confió en la unión del Autonomismo con el Partido Nacional que respaldaba a Avellaneda como encuentro reconstitutivo del cuerpo socio político argentino. Polemizó desde “La Libertad” con “La Tribuna”, defendiendo su apologética visión del general Peñaloza como baluarte federal y criticó al fin todo lo que consideró pernicioso en el gobierno desde “El Bicho Colorado” y el “Martín Fierro”, pese a su adhesión al nuevo Partido Autonomista Nacional.
Con referencia al Martín Fierro, el primero en valorarla con criterio social fue el doctor Pablo Subieta, brillante escritor boliviano, quien ya en 1881 dedicó al estudio del Martín Fierro cinco artículos periodísticos entre los más serios, lúcidos y sagaces sobre el tema. En el tercero de ellos, aparecido en el diario Las Provincias del 8 de octubre de 1881, Subieta se refiere a estos versos señalando “que han tenido el privilegio de realizar una revolución en las ideas, en las costumbres o en las instituciones”. Y agrega: “Martín Fierro, más que una colección de cantos populares, más que un cuadro de costumbres, más que una obra literaria, es un estudio profundo de filosofía moral. Martín Fierro no es un hombre: es una clase, una raza, casi un pueblo; es una época de nuestra vida; es la encarnación de nuestras costumbres, instituciones, creencias, vicios y virtudes; es el gaucho luchando contra las capas superiores de la sociedad que lo oprimen; es la protesta contra la injusticia; es el reto satírico contra los que pretendemos legislar y gobernar sin conocer las necesidades del pueblo; es el cuadro vivo, palpitante, natural, estereotípico, de la vida de la campaña, desde los suburbios de una gran capital hasta las tolderías del salvaje. Es necesario tener toda la sagacidad de espíritu, toda la paciente observación, todo el sentimiento de justicia, todo el aplomo de convicciones de Hernández para haber penetrado y arrostrado tan decididamente la grave cuestión social que agita nuestro seno casi con tanta vehemencia como el nihilismo, el internacionalismo, el fenianismo, el comunismo o el carbonarismo. ¡Biblia, catecismo político, teoría filosófica, consejo moral, incitación entusiasta, proclama revolucionaria! ¿Qué no hay en esas noventa páginas rimadas sin esfuerzo, eufónicamente acondicionadas a los arpegios de la guitarra y a la entonación del campesino? Martín Fierro encierra estas grandes verdades políticas, arrancadas natural y lógicamente de nuestra vida ordinaria: falta de educación, pésima organización judicial y militar, deficiencia en la policía rural y, sobre todo, profundo resentimiento en el pueblo de la campaña contra las clases urbanas por su abuso de fortuna, de autoridad e ilustración. Tal es el carácter político o sociológico del libro que nos ocupa, y tal la enseñanza filosófica y poética que puede servir de explicación a la ley de nuestra historia y de objetivos a nuestros legisladores y gobiernos”. La consagración literaria data de los primeros años del siglo veinte. A elevarlo a la consideración crítica contribuyeron Ricardo Rojas y Leopoldo Lugones, con fundamentales estudios, y Eleuterio F. Tiscornia, con una notable edición comentada. En Europa le dieron definitivo espaldarazo las plumas de Unamuno y de Menéndez y Pelayo. Sus ediciones son incontables, en docenas de idiomas.
En 1881 Hernández escribió Instrucción del estanciero, editado por Casavalde.
Falleció de un ataque cardíaco en la quinta que comprara en 1884 en el barrio de Belgrano en Buenos Aires, el jueves 21 de octubre de 1886; dejó viuda y ocho hijos de siete a veintiún años. Dos años después murió Sarmiento y su nombre, bustos y estatuas, igual que las de Urquiza y Mitre, se plantaron como preventivo por todo el país para conjurar al espíritu de Juan Manuel de Rosas. Ante la evidencia como señala Arturo Jauretche de las “numerosas falsificaciones de la historia, que nos han privado de sus enseñanzas verdaderas con el propósito malicioso de impedirnos el aprendizaje de la historia a construir…” es necesario recordar que la historiografía oficial, han ocultado celosamente muchos de los artículos de José Hernández.
Ejemplo, desde el Diario La Capital de Rosario, en su última colaboración, deja sentado que: “Es un destino bien amargo el de esta pobre República. Esto se llama ir de mal en peor. Mitre ha hecho de la República un campamento. Sarmiento va a hacer de ella una escuela. Con Mitre ha tenido la República que andar con el sable a la cintura. Con Sarmiento va a verse obligada a aprender de memoria la anagnosia, el método gradual y los anales de Doña Juana Manso. ¡Estas son las grandes figuras que vienen a regir los destinos de la patria de Alvear y San Martín! Pero, ¿Consentirá el Congreso, consentirán los hombres influyentes de la República, consentirá el país en que un loco, que ya ha fulminado sus anatemas contra el clero y contra la religión, que ha dicho que va a nombrar una mujer para Ministra de Culto, que es un furioso desatado, venga a sentarse en la silla presidencial, para precipitar al país a la ruina y al desquicio? No lo creemos; esperamos que el patriotismo y la reflexión no nos hayan abandonado del todo y que antes que consentir en semejante escándalo, tendrán bastante energía para decirle al partido de los anarquistas hasta aquí no más, y al loco predilecto de los perturbadores, que se vuelva a su destierro político, a estudiar los diversos métodos de las escuelas americanas”.
José Hernández y Martín Fierro son símbolos de la hora presente. Y ambos, nos dejaron una enseñanza de vigencia plena y para todos los tiempos: “Hay hombres que de su cencia / tienen la cabeza llena / hay sabios de todas mentas / mas digo sin ser muy ducho / es mejor que aprender mucho / el aprender cosas buenas”.

Por Osvaldo Vergara Bertiche

Instituto Dorrego, noviembre de 2017

Publicado en el libro “La Otra Historia”. Editorial Ariel (2012)

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