LA GESTA SANMARTINIANA, LOS ANDES Y EL REGRESO DE LOS GRANADEROS.

Ocho veces cruzó la cordillera Don Jose de San Martín.

La primera, partiendo el 24 de enero de 1817 de la ciudad de Mendoza a la actual provincia de San Juan, entrando por el paso de los Patos y llegando al valle de Putaendo con Bernardo O’Higgins y Miguel Estanislao Soler, con el grueso de las tropas. El otro paso importante, Uspallata, con la columna del coronel Las Heras, estaba reservado principalmente para el armamento pesado.

La segunda, partiendo el 10 de marzo, a casi un mes de Chacabuco, libre Santiago y asumido O’Higgins como director supremo, cruzó por el paso de Uspallata a Mendoza, para llegar a Buenos Aires para gestionar la continuación de la campaña.

La tercera, cuando volvió a Chile por ese mismo paso, entrando el 11 de mayo a Santiago. Por el resto del año tuvo problemas de salud, quedándose en una hacienda cercana.

La cuarta, por el mismo paso, otra vez a Buenos Aires, saliendo de Santiago el 10 de abril de 1818, a sólo 5 días de la batalla de Maipú. Pudo ver que Buenos Aires había empezado a dejar de prestarle atención a la campaña libertadora al Perú.

La quinta, a Chile, llegando a Santiago el 13 de noviembre. Poco después puso el nuevo campamento patriota en Curimón, cerca de Santa Rosa de los Andes (hoy, Los Andes).

La sexta, febrero de 1819, por el mismo paso, con la intención de ir a Buenos Aires, llegando el 2 de marzo a San Luis, donde se había dado un motín realista ahogado en sangre por los vecinos (ahí dejó en libertad a un preso que había colaborado para frustrar a los realistas, Juan Facundo Quiroga, que sería famoso en las guerras civiles), pero se volvió por causa de las montoneras que asolaban el camino hasta Buenos Aires, y se estableció por tiempo indefinido en su chacra de los Barriales a metros de la villa nueva de los Barriales (la actual ciudad de General San Martín, Mendoza), donde estuvo con su esposa y su hija, hasta enviarlas de regreso a Buenos Aires, yéndose Remedios seriamente enferma. Estaba pensando en regresar a Chile, pues O’Higgins por correo le había prometido acelerar la campaña por cuenta propia.

La séptima, por el mismo paso, cuando viajó a San Vicente (actual ciudad de Godoy Cruz), siendo desde allí transportado a Chile en una camilla ideada por Luis Beltrán en enero de 1820, llevado por turnos por 4 granaderos de una dotación de 60 hombres, situación que inspiraría la hermosa cueca de Hilario Cuadros. Poco antes de llegar a Santiago decidió subirse a un caballo, para no ser visto en ese estado tan lamentable. Poco después estableció nuevo campamento en Rancagua, donde fue proclamado por los oficiales del Ejército Unido como jefe y comandante supremo para liberar al Perú bajo bandera chilena, habida cuenta que el gobierno argentino medular ya no existía.

Y la octava, enero de 1823, volvió por el paso del Portillo, y desde 1950 el monumento “Regreso a la Patria” del Manzano Histórico, Tunuyán, lo recuerda en una bella estatua a lomo de mula y saludando a su subalterno Manuel de Olazábal.

Catorce años después de que San Martín iniciara su gesta libertadora llega a Buenos Aires lo que quedó de los que partieron a Mendoza y Chile para lograr la independencia.
El resto del “glorioso ejército de los Andes” del que tanto se habla.
El 19 de febrero de 1826 los vecinos de la ciudad de Buenos Aires contemplaron con algo de asombro y un cierto toque de indiferencia a una caravana de carretas precedida por hombres de a caballo, que ingresaba a la ciudad de Buenos Aires.
No era una tropa de reseros, no eran gauchos venidos desde alguna estancia, no eran comerciantes o proveedores de la pulpería.
Había en ellos, a pesar de las ropas gastadas y polvorientas, a pesar de las barbas crecidas y el visible deterioro físico de algunos, una gallardía, una dignidad íntima, una cierta altivez en la mirada que provocaba inquietud y desconcierto.
Pronto un rumor empezó a circular entre los vendedores ambulantes, los troperos de la plaza, algunos parroquianos de los bares de la zona, las chinas que marchaban con los atados de ropa para lavar en la costa.
Esos hombres de mirada hosca, mal entrazados, eran, nada más y nada menos, los granaderos de San Martín que regresaban a su ciudad luego de catorce años de ausencia.

En efecto, mil hombres del flamante cuerpo de granaderos marcharon en su momento a Mendoza para incorporarse al Ejército de los Andes. Desde ese momento el regimiento estuvo en todas y no faltó a ninguna. Peleó en Chile, Perú, Ecuador, Colombia y Bolivia. Ganaron y perdieron batallas, pelearon bajo los rayos del sol y en medio de tormentas y borrascas; no dieron ni pidieron cuartel. Mataron y murieron sin otra causa que la de la patria. De sus filas salieron generales, oficiales y soldados valientes. Bolívar, Sucre y Santander ponderaron su disciplina, su coraje, ese orgullo íntimo que exhibían por ser granaderos. San Martín, tan ajeno a los elogios fáciles, dijo de ellos: “De lo que mis granaderos son capaces de hacer, sólo yo lo sé; habrá quien los iguale, quien los supere, no”. Don José sabía de lo que hablaba.

El 13 de enero de 1826 salieron de Mendoza en una caravana de veintitrés carretas.
Antes de partir, el Coronel Bogado ordenó un recuento de armas y pertenencias: 86 sables, 55 lanzas, 84 morriones y 102 monturas.
Setenta y ocho hombres son los que llegaron a Buenos Aires.
De ellos, siete estuvieron desde el principio.
Importa recordar los nombres de estos muchachos: Félix Bogado, Paulino Rojas, Francisco Olmos, Segundo Patricio Gómez, Dámaso Rosales, Francisco Vargas y Miguel Chepoya.
Dos meses después, Rivadavia se acuerda de ellos y los designa escolta presidencial. Pero las desconfianzas y recelos persisten. Finalmente los disuelven.

AREA HISTORIA NACIONAL
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