OBSCURIDAD Y ESPECIALIZACIÓN

Siempre es mejor estar de acuerdo que desacordar. Pero no todo acuerdo es necesariamente mejor que sellar las diferencias.
Acordar suma fuerzas, lo contrario las divide. La suma de fuerza supone objetivos comunes. De lo que se desprende que acordar se trata de comprometer objetivos comunes.
Claro que “objetivos comunes” significa poco si no especificamos la ruta por donde acceder a ellos y los tiempos propuestos para alcanzarlos.
Cuando decimos “objetivos” estamos incluyendo la manera en que se distribuyen los beneficios y como se atribuyen los costos. No hay objetivos sin beneficios y no hay beneficios sin costos.
Celebrar un “acuerdo” implica muchos debates previos; la profundidad de esos debates es la “garantía” de su duración.
El gobierno, en los días que corren, está desarrollando dos tipos de acuerdos. Unos son fronteras adentro, otros fronteras afuera.
Los primeros son negociaciones previas a la parlamentaria para obtener mayorías con las que sancionar un paquete de leyes a las que el Presidente llamó “reformismo permanente”.
Los segundos, “fronteras afuera”, son acuerdos internacionales de libre comercio. El más relevante, por sus consecuencias, es el que se pretende firmar con la Unión Europea. También en este caso, para sancionarlo, se requiere mayoría parlamentaria.
La legislación “fronteras adentro”, más allá de sus consecuencias que pueden o no ser importantes, es “reversible”. Más allá de su potencia estructural, esas leyes de fronteras adentro, pueden ser modificadas por otras leyes hasta anular su significación previa.
Dos ejemplos notables de reversibilidad: ANSES e YPF. Un parlamento de mayoría auto denominada peronista privatizó el sistema de seguridad social. Más allá del inevitable fracaso de dicho engendro y del incremento de la deuda externa para transitarlo, pocos años después un parlamento, de mayoría autodenominada peronista, lo revirtió al sistema previo.
De la misma manera YPF (con los mismos parlamentos) fue privatizada y posteriormente fue estatizada su mayoría accionaria.
La ductilidad de los acuerdos hacia afuera es infinitamente menor. Siendo que la contraparte está fuera del dominio interno la “reversibilidad” de los acuerdos implica – en el marco del derecho y el uso y la costumbre internacional – procesos, costos y consecuencias más gravosos cuanto más importante, en términos económicos y geopolíticos, es la aludida contraparte.
Un ejemplo notable y reciente es el Acuerdo Estratégico con la República Popular China. Datos: cesión de soberanía territorial por medio siglo de una fracción del territorio continental argentino al Ejército de la República Popular China. Este sigue en pie a pesar de los cambios de sentido de la política internacional argentina que encabeza el PRO. La construcción de la represa Cordon Cliff y La Barrancosa, a pesar de no ser prioritaria y de estar sospechada de actos de corrupción, sigue en pie. Además continúan sin respiro convenios ferroviarios de impacto negativo en el desarrollo de la producción de la industria local, los proyectos de centrales atómicas de dudosa prioridad y más dudosa tecnología, etc.
El gigante chino, gigante por las compras y el avance en el mercado local con sus ventas e inversiones, no cederá las ventajas adquiridas en un acuerdo firmado por más que nuevas mayorías quieran revertirlas.
En síntesis, los acuerdos fronteras adentro cuando, imaginemos, sus consecuencias expresan su potencial negativo, en democracia, pueden ser revertidos e impedir la continuidad del daño.
Pero, respecto de los acuerdos fronteras afuera, la reversibilidad es un proceso más que cuesta arriba.
Es que la política “fronteras afuera” – como lo sugiere la imagen de frontera afuera – es decididamente estructurante. La historia de la Argentina es esclarecedora. La relación con el Imperio Británico fue complementaria de la formación de una estructura productiva; y de la misma manera la fue el deshilachamiento de esa relación la que generó, o estuvo asociada, a una nueva estructura productiva, cuya característica fue un vigoroso proceso de diversificación productiva e industrialización.
De la misma manera la conformación del MERCOSUR ha estado asociada a un proceso progresivo de cambios en la estructura productiva nacional; así como la relación con China ha contribuido a una intensificación de la primarización de las exportaciones y no ha paliado el gigantesco déficit del comercio exterior de la industria.
Para analizar estos temas es imprescindible recordar que en 1994 – como explica Miguel Cuervo – ocurrió un “combo terrible” fronteras afuera. Se crea la OMC con un enorme poder de fuego, se acuerda una baja de aranceles, se firma el acuerdo (TRIMS) sobre medidas de inversión relacionadas con el comercio que elimina la posibilidad de usar política industrial (contenido local, requisitos de exportar para importar, aranceles diferenciados para atraer inversiones, etc.). Esa política fue la que usó el mundo desarrollado para llegar a serlo. Mientras tanto tiramos por la borda la política industrial y comercial externa.
Una muestra clara que los acuerdos “fronteras afuera” estructuran a través del comercio y su irreversibilidad y no pocas veces generan más problemas que soluciones. La reversión es cara y difícil.
Por esa razón los acuerdos internacionales deben clarificarse en términos de objetivos, es decir, especificar qué queremos de ellos. También en términos de beneficios, cuáles esperamos y como se distribuirán social y geográficamente. En términos de costos, cuáles y quién los pagará; en términos de tiempo, cuándo los costos y cuándo los beneficios; y en términos de ruta.
Es obvio que los acuerdos deben ser llevados a cabo como consecuencia de un análisis compartido de costos y beneficios, y procurando establecer cuál es la puerta de salida. Como en todos los edificios, sabiendo que el peligro de falla existe, necesitamos una puerta de salida y un plano de escape.
Lamentablemente ninguno de estos requisitos está esclarecido en la información de dominio público; y tampoco está en la información que manejan los verdaderos protagonistas de los acuerdos que se proponen fronteras afuera. Es decir, nada sabe el sector productivo, trabajadores y empresarios y poco saben los legisladores.
No hay ni en nuestro país ni en Brasil estudios que evalúen costos y beneficios. No sólo no sabemos qué estamos cediendo y recibiendo sino que además no conocemos el impacto global (económico y social) de nuestras propuestas.
Todos los términos de este Acuerdo MERCOSUR UE permanece en las sombras, bajo cuatro llaves, y sometido al ruido de los acuerdos fronteras adentro: la “reforma permanente” de Mauricio Macri.
La “reforma permanente” es un verdadero oxímoron. Es que no existe la posibilidad de imaginar una “reforma permanente”: una reforma es reformar una forma y tornarla en otra. Pero la “permanente reforma” es la dilución de la forma, es su licuación.
La propuesta reformista de Mauricio Macri es – por el juego de palabras – la consumación de la “estructura líquida” que, en términos culturales y de valores, es la consagración del marxismo de Groucho Marx en la política: “estos son mis valores, si no le gustan, aquí tengo otros”.
Zygmun Baumann, que observó la sociedad líquida de la pos modernidad, está a punto de ser superado por los hechos: otro invento argentino “la reforma permanente”.
Con ese discurso la administración ocupó la iniciativa política pública con reformas legislativas en materia tributaria, previsional y laboral.
En la obscuridad y detrás de esa bulla – con más ruidos molestos que nueces nutritivas – están viniendo los platos fuertes e indigestos del Acuerdo de Libre Comercio OMC plus MERCOSUR UE.
En lo que hace a las reformas fronteras adentro, por ahora, todo está en estado de negociación previa (acuerdos con CGT, Gobernadores). La verdadera negociación se suscitará en el Parlamento.
Salvo aquello que apunta a lo previsional (cambio de la modalidad de ajuste y mayores ingresos previsionales futuros por blanqueo y menores egresos por continuidad laboral posterior a los 65) ninguna de estas reformas sugiere impactos transformadores próximos en la estructura productiva. Algunos que sí podrían tenerlos lo serían a lo largo del tiempo que – por los dichos – se estiran en promedio hasta 2020.
Los funcionarios dicen esperar de estas reformas aumentos de la inversión reproductiva.
Si se apilan las inversiones, como consecuencia de estas reformas, podrían ocurrir transformaciones en la productividad y en el empleo. Sabemos que es nula toda posibilidad de incrementos de la productividad sin un proceso inversor reproductivo de magnitud. Pero el gobierno, por ahora, apuesta a que estas módicas y gradualistas reformas produzcan tamaño cambio y no considera otras herramientas. Es lo que se llama el “optimismo” de la herramienta.
La sola excepción es la de los PPP que son una particular estrategia de realizar obra pública con financiamiento externo, que finalmente es deuda pública, que incluye intereses más utilidades y que hay que pagar en dólares. Todo programado sin “plan” en el sentido sistémico de un programa. ¿Y sin plan quién y cómo estableció las prioridades?
Siendo gradualista como lo es la propuesta, los efectos de las reformas – de existir – se producirían, según el gobierno, en un horizonte de seis años.
En ese tiempo la economía deberá resolver sus problemas por otros medios ya que los efectos esperados, de la plenitud de esas reformas, se producirán en el final del segundo período presidencial al que aspira Macri.
Mientras tanto, a lo largo de los próximos seis años, la política deberá soportar la espera que no estará exenta de quejas. Y a las demandas, de empleo y crecimiento, les tocará esperar en silencio o con quejas de mediana intensidad.
La inflación, que ha vuelto a los niveles previos a 2015, se desacelera. Pero a un ritmo mucho menor al deseado. Para este año puede alcanzar a 24 por ciento. La terapéutica de la tasa de interés se administra con dosis crecientes pero la fiebre de los precios resiste.
Más aún, el propio gobierno le agrega nafta con los aumentos de tarifas y servicios. Y la previsible respuesta del Central es nuevos aumentos en la tasa de interés. Las tarifas de transporte, por ejemplo, golpearan el año próximo. Nadie imagina que la meta del BCRA tampoco se alcance el próximo año y debemos esperar la continuidad de tasas de interés irracionales.
Con ese empecinamiento, que hoy todos los colegas de la profesión critican, el nivel de actividad se plancha más allá de efímeros saltitos, empujados por el crédito o el gasto público, a los que contrarresta el derrape real del tipo de cambio que traba las exportaciones, alienta las importaciones y genera utilidades escandalosas en dólares en nuestra vieja amiga “la patria financiera”.
Esa macro – de déficit público, difícil de doblegar y más aún sin crecimiento; y de déficit externo, difícil de superar con tipo de cambio en contra y tasa de interés de usura – es difícil que sea el mejor escenario para esperar seis años a las eventuales consecuencias benéficas de las reformas, el optimismo del gobierno, por mas permanentes que sean las mismas.
Para la macro, el gobierno, no abre el debate a pesar de los problemas presentes que genera. Entre otras perlas nadie duda que con este déficit fiscal no hay metas de inflación compatibles; y la herramienta de la tasa de interés sólo produce daño. Es de libro de texto; y la opinión profesional, no sólo de los heterodoxos “como uno” sino de los hiper ortodoxos como los economistas de FIEL, Ricardo López Murphy o Guillermo Calvo, es unánime: estrategia cara y con baja probabilidad de éxito excepto desinflación por desastre. Y a pesar de tanta debilidad el gobierno centra la discusión, el debate y el acuerdo en las reformas de fronteras adentro, tributaria, laboral y previsional. Es lo que está en los diarios.
Sin embargo lo más importante, por consecuencias inmediatas y de larga duración, no es lo que está en los diarios. Lo son las propuestas de acuerdos de libre comercio que, según trascendidos, ya estarían en fase de concreción.
El gobierno apuesta a que el influjo del progreso, mientras las reformas se materializan en seis años, provenga de las relaciones con el exterior.
El ruido del “reformismo permanente” anunciado por Mauricio Macri en el CCK, ha distraído la atención política, mientras se avanza de manera silenciosa en los acuerdos comerciales internacionales que sí son estructurantes y de impacto difícilmente reversible. Las experiencias de reversibilidad son, nada más y nada menos, que Donald Trump con el NAFTA o Teresa May con el BREXIT, es decir, complejas y encabezadas por pesos pesados y no por socios débiles.
Es decir, dependiendo del contenido que no conocemos pero que podemos imaginar, después de firmarlos nada será igual.
Pero es el contenido lo que todos los involucrados, empresarios y trabajadores, desconocen.
Todo acuerdo de “libre comercio” es relajar “fronteras”, bajar aranceles y disolver normas que impidan el libre flujo de bienes, capitales, inversiones, etc., y cuando se trata de un Acuerdo OMC plus también incluye, por ejemplo, compras gubernamentales, propiedad intelectual, protección de inversiones, etc.
Un TLC plus implica que, a lo largo del tiempo, nuestros aranceles, para el comercio industrial, serán como los de la UE; y que las empresas de la UE tendrán el mismo trato que las nacionales a todos los efectos y que los requisitos de integración nacional de un producto serán menos exigentes. Y la UE se comprometerá a mejores accesos para nuestros productos primarios.
Sobre esto último dos comentarios. Primero, de lo poco que sabemos, sabemos que cuando pedimos llevar las cuotas preferenciales de exportaciones de carne a 300 mil toneladas, la UE nos ofrece 100 mil (algunos dicen 70 mil) que equivale a una hamburguesa por año para cada habitante. Segundo, más allá de la inveterada defensa de la producción primaria en Europa, de la lucha por el paisaje rural, hoy el ecologismo europeo sostiene que el uso de glifosato es riesgoso para los consumidores y el 15 de diciembre se tomará una decisión al respecto. Nuestros negociadores, que dicen ir por mayor acceso a esos mercados para nuestra producción primaria, no piensan en posponer la firma de esos Acuerdos – si bien en documentos de contenido político – a esa decisión sobre el glifosato. Extraño.
“Libre comercio” es “apertura”. Una apertura en tiempos de atraso cambiario y tasa de inflación alta combatida con tasa de interés real (en dólares y en pesos) extraordinariamente altas.
Este tiempo es de tipo de cambio en retroceso; y el espacio es el de un mundo a la búsqueda de colocar trabajo por lo que claman todas las políticas nacionales o regionales.
Si la propia idea de apertura sin discusión en detalle y sin las acciones compensadoras inevitables para evitar un desastre, es de altísimo riesgo, lo es mucho más en este tiempo y en este espacio. Algunas comparaciones con lo que ocurre en la UE sirven para medir la diferencia de fuerza y musculatura entre ellos y nosotros. La UE, que ahorra e invierte, tiene una tasa de interés del 2 por ciento. Nosotros 29. La inflación es de 1,5 por ciento, nosotros 24. El desempleo orilla en el 8 mientras que bien medido el nuestro puede representar un 15 por ciento. El arancel de productos industriales de origen no agropecuario de la UE es en promedio del 3,7 y nosotros podemos ubicarnos en 17 por ciento. Las Exportaciones de la UE a la Argentina son 93 por ciento industriales y las nuestras a la UE el 3 por ciento. ¡Qué lejos estamos!
Para toda economía es más importante lo que se establece como compromiso en materia de relaciones, comerciales y de normativas, con otras naciones u otras regiones, que muchas de las reformas, antes mencionadas, propuestas sólo al interior de las fronteras.
Muchos de esos compromisos internacionales (como lo son los de la OMC) suponen – justamente – supeditar, de una vez y para siempre (salvo situaciones extremas) los grados de libertad en las decisiones de peso que podremos tomar fronteras adentro.
Esos compromisos internacionales no sólo fijan relaciones arancelarias sino también las posibilidades de realizar o no, políticas que, apropiada y genéricamente, podemos llamar de “desarrollo”.
Con excepción del Ejecutivo nadie conoce el contenido en lo que hace a rebajas arancelarias, normas técnicas, compras gubernamentales y restricciones o no, en lo que hace a políticas públicas de desarrollo.
A pesar de ello, el Canciller Jorge Faurie declaró (10/11, La Nación) que “el MERCOSUR entregó a la UE una propuesta integral que incluye, además del intercambio de bienes y servicios, plazos en el proceso de desgravación, disciplinas relacionadas con normas técnicas, compras públicas y denominaciones de origen”.
Lo que el país ha propuesto e implica la suerte – para bien o para mal – del aparato productivo. Un TLC OMC Plus es una herramienta de diseño de un país. Dime como son tus socios, como has dibujado tus fronteras y te diré como serás en el futuro.
Las relaciones son complementarias. En la vida social y en la economía internacional. Todo indica que vamos camino de una profundización de la especialización. ¿Es ese el mejor camino, eso es lo que aspiramos?
Con la finalidad de hacer luz en esta cuestión de enorme importancia sobre el futuro, los Senadores Alfredo Luenzo y Juan C. Linares, Presidente y Secretario de la Comisión de Industria, y Omar Perotti, Presidente de la Comisión de Ciencia y Tecnología, convocaron las fuerzas de la producción y el trabajo a hacer oír su voz sobre estos acuerdos en el Senado. Felicitaciones por ello.
Todos los invitados manifestaron que esos Acuerdos son una caja cerrada que contiene riesgos enormes para la producción y el trabajo nacional. Y esos riesgos ocurren en condiciones duras como las de la estrategia macro vigente, que es la del atraso cambiario como ancla inflacionaria especulativa, en condiciones externas de excedentes de manufacturas en el mundo entero.
Aunque, en toda circunstancia, esa caja negra de “acuerdos” encierra posibilidades de riesgos graves.
Con la visión inmediatista de “vamos viendo, si hay error vamos para atrás” el gobierno no ofrece – aparte del silencio de las condiciones individuales – ningún estudio de impacto de esas propuestas que merezca el nombre de tal.
Puede que el gobierno lo sepa pero, el sector productivo y los parlamentarios, al día de la fecha, están frente a un Acuerdo a ciegas que hay que firmarlo porque es “integrarnos al mundo y eso es bueno”.
Esa frase elemental es la base ideológica de esta propuesta. Alejandro Katz, un intelectual vinculado al pensamiento PRO, advertía días pasados acerca de esa visión ideológica de los funcionarios que los hacía ver un mundo que no existe.
Katz recordaba que detrás de los fenómenos Trump y Brexit (los mas famosos) hay una enormidad de señales que, después de la crisis de 2008, se están gestando cambios en direcciones alternativas a las predicadas.
La ideología puede obnubilar. Pero sin duda lo está haciendo cuando el silencio y la opacidad, se sostienen hasta este extremo de estar a días de firmar algo sin revelar qué.
Es grave y si los ejemplos sirven, basta recordar la opacidad de los acuerdos estratégicos del kirchnerismo con la República Popular China, votados por parlamentarios que no conocían (en el mejor de los casos) su contenido y consecuencias; y los votaban por la necesidad de un financiamiento urgente.
Las consecuencias de lo opaco han sido siempre nefastas. Todos sabemos que el diablo se esconde en los detalles.
La premura, la presión, el peso ideológico con el que se apuran estos tratados, nos pueden estar arriesgando a condenar el desarrollo del potencial productivo del país. Lo podemos imaginar.
Ante la ausencia de estimaciones serias locales podemos recordar la que hiciera el Presidente JL Rodríguez Zapatero en la Cumbre Iberoamericana (2010)“Si se liberara totalmente el intercambio …La Argentina sería la menos beneficiada del bloque, con un crecimiento de su Producto de apenas un 0,5 %.” Es decir el que quiere que firmemos nos anuncia que no hay demasiado para recoger. ¿Alguien ha estimado algo mejor más allá de lo puramente ideológico?¿Qué estructura económica nos quedará?¿Nos especializamos o nos diversificamos?¿Desarrollaremos todo nuestro potencial productivo?
¿Estamos tirando por la borda nuestro potencial? Sin desarrollo manufacturero y con una agricultura hiper competitiva mundialmente (que no necesita acuerdo alguno) la firma del Acuerdo Mercosur UE le brindaría a cada argentino promedio 5 dólares más por año, en principio 3 se los llevaría “el capital” y 2 le quedarían a los trabajadores. Todo eso si tuviera trabajo porque, de no haber cambios en lo que se avanzó en la Ronda Doha, un tercio de la industria vería perforados sus aranceles; y la desaparición de sectores como textiles, ropa, juguetes, heladeras y cocinas, zapatos o papel sería más que probable. Preocupa la suerte de 900 mil trabajadores industriales registrados más los informales. ¿No sería sensato, noble, prudente, poner la información en blanco y negro?
Todos los acuerdos internacionales para ser tales deben ser homologados por el Parlamento el que, ante la propuesta, solo tiene la posibilidad de aceptarlo y convalidarlo o bien, rechazarlo.
Lo urgente entonces es conocer para evitar lo que de cualquier manera sería un error. Aprobar o rechazar sin haber podido debatir beneficios o perjuicios con la debida serenidad y solvencia.
El gobierno sostiene que ambos acuerdos serán firmados en diciembre y por lo tanto elevados al Parlamento de inmediato.
Hoy – ambas propuestas – son una caja negra que, de ser sancionadas, definirán estructuralmente el futuro de la economía nacional.
Las definiciones (ignoradas) que contendrán esos acuerdos serán de mayor impacto estructural que las reformas tributaria, laboral y previsional que se ventilan en los medios.
La UE – como todos sabemos – tiene dos objetivos declarados: la defensa de su sector primario la promoción de sus exportaciones de manufacturas que componen el 80 por ciento de lo que venden y que aspiran, con los tratados de libre comercio, incrementarla en los próximos años en un 20 por ciento.
Lo concreto es que el Acuerdo se realiza en función de que la UE reclama la reducción, seguramente con plazos más o menos largos, de nuestras protecciones arancelarias y ofrece a cambio algunas liberaciones en los productos primarios.
Haciendo promedios – que son descriptivos – nuestros aranceles aplicados a 2016 son 4, 5 veces más bajos que los que aplica la UE; y nuestro consolidado en la OMC debería reducirse a menos de la mitad.
Cualquier acuerdo implica reducción arancelaria y con ella la muerte de mucho de lo que queda de la industria …., a menos que la política económica argentina, en base a un gran consenso, articule una política de recuperación industrial y se proponga con recursos y herramientas, un futuro industrial y lo convalide en esos Acuerdos.
Para ello bastaría con imitar lo que hoy hacen los países desarrollados para promover sus inversiones e incorporar todas esas políticas posibles a los Acuerdos.
Es decir se puede acordar si, en los 10 o 20 años de espera hasta equiparar aranceles, el país decide y le es convalidado, llevar a cabo una política de desarrollo industrial agresiva, sostenida y capaz de integrar el territorio y la sociedad.
Si no lo hacemos, entonces, nos gobernará la tasa de crecimiento de la pobreza al 7,5 por ciento anual que rigió los últimos 40 años.
La cuestión es si estos acuerdos nos ayudan a crecer integrando el territorio e integrando la sociedad. O si pueden hacerlo en el futuro siempre y cuando transformemos nuestra estructura productiva en una a la que el intercambio le rinda frutos económicos y de integración territorial y social. La respuesta está en los detalles. Y hasta ahora esos detalles permanecen en la obscuridad.
Esa obscuridad es la cómplice de la “especialización” que condena la “diversificación” que es el verdadero nombre del desarrollo económico.

Carlos Leyba

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