DR. MIGUEL OTERO

Dr. Miguel Otero (1790-1874)

Nació en la ciudad de Salta el 23 de noviembre de 1790, siendo sus padres Pedro José Otero, natural de Asturias (España) y María Ignacia de Torres García Varela; efectuó sus primeros estudios en Córdoba, hasta 1808, año en que regresó a su ciudad natal, de la cual pasó a la de Chuquisaca, a instancias del Dr. Teodoro Sánchez de Bustamante, que como comisionado de la Real Audiencia y Universidad de Chuquisaca, había ido a la provincia de Salta con el objeto de combinar con los jefes más influyentes, a la oposición formal a la proyectada regencia de la princesa Carlota.

En el camino hicieron interceptar la correspondencia para Buenos Aires y la condujeron hasta entregarla a la Real Audiencia de Chuquisaca, en donde prosiguió y terminó sus estudios teóricos y prácticos de Derecho.

Uno de sus méritos más grandes fue el de haber proyectado y puesto en práctica, con el más grande arrojo y por sí solo, la revolución de Chuquisaca del 11 de noviembre de 1810, siendo practicante de jurisprudencia, grito glorioso de independencia, que ha inmortalizado a los patriotas del 25 de mayo de aquel año en Buenos Aires y que inmortalizará igualmente a los que en el centro del continente tuvieron una actitud semejante.

Habiendo dado orden el general Goyeneche para que Otero fuese tomado prisionero y conducido a las Casas Matas del Callao, se vio obligado a huir precipitadamente, justamente en los días en que debiera rendir examen de abogado ante la Real Audiencia.

Después de algunos años de residencia en Salta, centro estrecho para sus vastísimas concepciones, y después de haber tomado una parte principal en la sublevación que el alcalde de primer voto, el entonces teniente coronel Juan Antonio Alvarez de Arenales, encabezó con fines emancipadores, pasó al Perú. En breve tiempo, sin más capital que su clara inteligencia, energía inquebrantable e ilimitada actividad, llegó a formar una de las primeras fortunas, y a labrarse una posición respetable, quedando su nombre ligado al de las célebres minas del cerro de Pasco, cuya explotación fomentó y llevó a su mayor grado de producción. En 1814, por breve tiempo, Otero fue ministro del gobernador coronel Martínez de Hoz, nombrado por Pezuela, pero el cual abandonó aquél casi de inmediato, al iniciarse las exacciones y rigores con que trataron a los salteños.

Manteniendo una correspondencia secreta con San Martín y con Bolívar, con el seudónimo “El fiel”, fue el centro de perpetua conspiración contra las autoridades españolas, sin arredrarse nunca por los continuos riesgos que corría. Tuvo la gloria de hacer pasar el batallón Numancia, que contaba 1.000 plazas, y compuesto casi exclusivamente de americanos, a las filas independientes. Después proyectó apoderarse de Lima, y lo hubiera conseguido si el mayor Ortega, que era el que debía encabezar el movimiento, no se hubiese rehusado por cuatro veces consecutivas, y a la hora misma que debía estallar, mal aconsejado por Riva Agüero, bajo el pretexto de estar el virrey preparado para resistirles. Con López Aldana y otros patriotas, se presentó a San Martín en Huaura, el 24 de enero de 1821.

Con tales demoras llegó a oídos del virrey y dio orden que el batallón saliera inmediatamente. El Dr. Otero reunió a los oficiales conjurados y les propuso realizarlo en el acto, encontrándose siempre con la oposición del mayor Ortega, el cual fue el causante directo de que no se adelantase así la hora de la redención de la América.

En combinación con el coronel realista Cortínez, jefe del Castillo Real Felipe, intentó apoderarse con la cooperación de otros patriotas de la fortaleza del Callao. Otero fue conductor del plan de señales que el coronel Cortínez le entregó secretamente y que él puso en manos de San Martín. Este plan fracasó por falta de cooperación de la escuadra de Cochrane.

En contacto inmediato con Bolívar por medio de su primo, el general Francisco de Paula Otero, jefe de valimiento ante el Libertador, prestó importantes servicios al Perú, principalmente en las marchas que dieron por resultado la batalla de Junín, habiendo adoptado Bolívar las insinuaciones del Dr. Otero en este punto, pues este patriota era, como su primo, un eximio conocedor de aquellos lugares.

Durante su permanencia en el Perú, fue presidente de la Junta de Minería de Pasco y del Juzgado Ordinario; el 22 de setiembre de 1822 se incorporó al primer congreso constituyente como diputado por la provincia de Tarma, hasta 1825, en que terminó.

Bolívar le confió una misión diplomática ante el gobierno de Ecuador, de la cual se excusó, siendo designado en su reemplazo Manuel Ferreiros. El general San Martín le confirió el grado de capitán de caballería y la Orden del Sol, distinciones a las que se hizo acreedor por su patriotismo. Posteriormente, el gobierno de Lima le extendió los despachos de sargento mayor.

Terminada la guerra de la Independencia con la batalla de Ayacucho, y colmadas sus ambiciones de patriota, se retiró a comunicar a sus establecimientos mineros el impulso que los había hecho célebres. En 1840 fue desterrado por el gobierno del general Agustín Gamarra, que le hizo confiscar todos sus bienes, que importaban sumas fabulosas. Aquel gobernante quería vengar agravios personales del Dr. Otero, el cual en la época de los comienzos de la independencia del Perú, logró atraer a Gamarra al servicio de la Patria y debía salir de Lima, conjuntamente con los coroneles Velazco y Elespuro, Campino López, Aldana, Valdisan, Flores, Castellanos, doctor Araón… y ciento y tantos más, los cuales designaron por unanimidad a Otero para dirigir la expedición.

Como en su marcha divisaron en una altura fuerza armada, Gamarra trató de disparar, y entonces Otero lo increpó agriamente, tachándolo de cobarde, y amenazando de atravesarlo con su espada si no se contenía. Esta fue la causa por la cual aquel gobernante se vengó en forma tan infame, veinte años más tarde.

En febrero de 1841 fue nombrado gobernador interino de Salta. Lamadrid dice en sus Memorias que el nombramiento de Otero hizo concebir las mejores esperanzas a la causa enemiga de Rosas, pero pronto comprendió aquel General que el gobernador salteño no les era adicto; marchó Lamadrid sobre él pero Otero, viendo que las milicias salteñas estaban de parte de los unitarios, no los esperó y se retiró hacia los valles Calchaquíes y San Carlos, y de allí se dirigió a Atacama. Esto sucedía en junio de 1841.

Derrotado y muerto el general Juan Lavalle, el 13 de octubre de 1841 entraba el general Manuel Oribe con la vanguardia de su ejército en la ciudad de Salta y reponía en el mando al Dr. Otero. Por su intermedio, Oribe le hizo solicitar al comandante militar de la provincia de Chichas, que era el general José María Pérez de Urdidinea, la entrega de los restos del “Ejército Libertador” que habían penetrado en territorio boliviano, pero éste se negó.

El 20 de octubre, Otero hacía prender al capitán Gregorio Sandoval, que había entregado al Dr. Marco Avellaneda y algunos oficiales, que fueron degollados en Metán, el 3 de aquel mes. El 21, esto es, al día siguiente de haber sido capturado, Sandoval era ejecutado. (1)

Pocos meses después, en abril de 1842, delegaba el mando en el coronel Manuel Antonio Saravia y se trasladaba a Buenos Aires, donde se alojó en la casa que hasta dos meses y medio antes lo había hecho el general José Félix Aldao, en la calle Mayo (actual 25 de Mayo), llegando Otero a la Capital de la República, el 19 de abril de aquel año y en la que permaneció hasta el 13 de octubre de 1844.

A pesar de la residencia de Otero en esta ciudad, de la que nunca salió después, ni aún por su nombramiento de ministro plenipotenciario cerca del gobierno de Bolivia, continuó titulándosele gobernador de Salta, hasta el 13 de octubre de 1844, que la provincia nombró a Saravia como sucesor.

No obstante su residencia en Buenos Aires, Otero recibía puntual y generosamente su sueldo de ministro plenipotenciario y tenía el encargo de estar en correspondencia con las repúblicas vecinas del Perú, Bolivia y Chile, lo mismo que el señor José María Rojas y Patrón con el Brasil, en cuanto tuviera relación con la política dominante a la sazón.

Su ministro general de gobierno de Salta fue el doctor Fernando Arias, y su secretario privado en esta ciudad, para los fines ya indicados, el señor don Justo Maeso, ex jefe de la oficina de Estadística y residente desde muchos años, en Montevideo.

Juan Manuel de Rosas le otorgó el grado de General. Por su aptitud y talento volvió a adquirir una inmensa fortuna, que posteriormente los gobiernos de Buenos Aires y Santa Fe no le permitieron disfrutar, y al morir se encontraba casi en la miseria.

Este esclarecido patriota falleció en la ciudad de Buenos Aires, el 13 de julio de 1874.

Primer daguerrotipo en el país

Cabe a Miguel Otero el honor de ser el primer retratado a través de un daguerrotipo en el país, técnica que llegó a la Confederación Argentina en 1845. El original se halla exhibido en el Museo Histórico Nacional (MHN) de Buenos Aires. En él, aparece Otero sentado y vistiendo chaqueta federal y bigote del mismo tono. Su brazo izquierdo aparece ligeramente apoyado en una mesa y sosteniendo un libro. También puede verse la cadena de un reloj de bolsillo.

En el reverso del daguerrotipo, se lee la siguiente leyenda escrita a pluma: “Retrato de Miguel Otero a la edad de 55 años menos un mes y días, sacado en daguerrotipo por Dn. Juan A. Bennet en Bs. Ayrs. El 15 de octubre de 1845 – Miguel Otero (firma)”.

Aparte de esta reliquia nacional, la otra imagen existente del salteño federal Otero fue dada a conocer en 1925. El patriota está avejentado, y viste saco y corbata. Muy elegante y de refinadas líneas faciales.

Referencia
(1) Cuando Marco Avellaneda cae prisionero del Gral. Manuel Oribe en Metán, tras la derrota de Famaillá, se le forma un consejo de guerra, en el cual se le formulan las siguientes preguntas: ¿Con qué objeto le prestó el caballo rosillo al teniente Casas, uno de los asesinos del general Heredia, con el cual se encontraba el día del asesinato? ¿Con qué motivo salió el día del asesinato de Heredia y se encontró con un integrante de los asesinos de nombre Robles, quien le comentó que con sus propias manos había asesinado al gobernador Heredia? ¿Quién lo conminó a que, como presidente de la honorable Sala de Representantes, llamara a reunión para hacer una nueva elección de gobernador? Por lo tanto, se deduce que Avellaneda prestó su caballo a uno de los asesinos y que se encontró con ellos después del crimen aprobando su conducta.

Pero hay más, en una carta enviada a Pío Tedín, Avellaneda dice lo siguiente: “Si nos engañamos en la elección de los que han de suceder a los que hoy mandan, volveremos a sufrir tiranos, y no se encuentra siempre hombres como robles”. Si bien es cierto la palabra robles está escrita en minúscula, a ojos de buen cubero, se adivina el sentido de la frase. Tras la derrota del combate de Famaillá y el posterior apresamiento en Metán, el doctor Marco Avellaneda es declarado “instigador y principal culpable de la muerte del general Heredia”. Ejecutado en octubre de 1841, entregado por el jefe de su escolta, Gregorio Sandoval, que tentado por la promesa de una buena recompensa, se convierte en un traidor. El general Oribe los juzga después de apresarlos y ordena ejecutarlos en el tiempo más corto posible. Los entretelones del juicio se desconocen pero se supone que deben haber sido sumarios y arbitrarios. Más de cien prisioneros fueron pasados por las armas. Posterior a ese día sería degollado el entregador, Gregorio Sandoval, cumpliéndose el principio de que “Roma no paga traidores”.

Fuente
Efemérides – Patricios de Vuelta de Obligado
Portal www.revisionistas.com.ar
Reyes, Félix – El degüello de Avellaneda
Turone, Gabriel O. – “Don Miguel Otero: primer daguerrotipo del país (1845)”.
Yaben, Jacinto R. – Biografías Argentinas y Sudamericanas – Buenos Aires (1939).
Zinny, Antonio – Historia de los gobernadores de las Provincias Argentinas – Ed. Hyspamérica, Buenos Aires (1987).
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