EL TESTIMONIO DE SETSUKO THURLOW Y UNA IMPERIOSA URGENCIA

El 6 de octubre pasado, la “Campaña Internacional para la Abolición de las Armas Nucleares” recibió -con toda justicia- el Premio Nobel de la Paz. En nombre de ella lo recibirá, en pocas semanas, en la ciudad de Oslo, una perseverante sobreviviente de Hiroshima: Setsuko Thurlow.
Ella tenía 13 años cuando, el 6 de agosto de 1945, una bomba nuclear explotara a apenas quinientos metros sobre su cabeza y a tan sólo mil quinientos metros de donde ella estaba. En la ciudad de Hiroshima, en Japón.
Segundos después de esa tremenda sorpresa, todo era silencio -y desolación- en su derredor. Como ella misma señalara: nadie lloraba, nadie corría. Sólo se oían las súplicas de aquellos que requerían agua para tratar de mitigar el dolor de quienes fueron los pocos sobrevivientes. Habían muerto -en un instante- 140.000 personas.
Tres días más tarde, en Nagasaki, otras 80.000 personas perdían la vida en un terrible episodio muy similar. Las bombas habían sido arrojadas, según algunos, para impresionar a la Unión Soviética y, a estar a la visión de otros, la mayoritaria ciertamente, para forzar a Japón a rendirse sin más demoras y poner fin a la terrible Segunda Guerra Mundial.
Hoy Setsuko Thurlow tiene 85 años. Casada con un canadiense que falleciera en el año 2011 luego de apoyarla fervientemente por años en su cruzada, todavía no ha podido desprenderse de la horrenda pesadilla que le tocara en suerte vivir y la sigue motivando.
Desde el 2007 ella lucha incansablemente, desde la ciudad de Toronto en la que reside, para que, en un mundo cada vez más peligroso, la comunidad internacional a la que incansablemente procura sensibilizar, se decida a proscribir definitivamente las armas atómicas mediante un tratado internacional que disponga específicamente su prohibición absoluta.
Quienes hemos visitado el impactante Memorial de Hiroshima, tenemos bien claro cual es la tragedia de la que habla. Se refiere a una muerte con dolores indecibles. Por derretimiento, con alguna frecuencia. En un proceso que puede describirse como la terrible tortura de ser quemado en vida. A veces instantáneamente. Otras, lentamente. Siempre por la dolorosa secuela generada por la radiación.
En el cenotafio de Hiroshima hoy se lee: “Descansen en paz, este error no será repetido”. Mirando hacia Corea del Norte y teniendo en cuenta las tensiones que su fanático belicismo parece haber desatado no se puede tener por seguro que ello vaya necesariamente a ser siempre así.

Emilio Cárdenas
LA NACION
NOVIEMBRE DE 2017

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