“LAS BASES” FESTEJAN EL “DÍA DE LA MILITANCIA”.

La noche del (17-11), impensadamente, asistí a una hermosa fiesta no oficial. Una fiesta sin indios ni caciques. Una fiesta de barrio, con gente endomingada, sanguchitos de miga, pizzas, empanadas y tortas merengadas adornadas con el mítico escudo peronista: Todo hecho en casa por señoras hacendosas, algo entradas en años, pero conservando antiguas coqueterías. Fiesta de poco vino y mucha gaseosa, con disk jockey y luces que danzan al compás de la música.
Mis buenos amigos peronistas de antaño, del enigmático segmento de “las bases”, me habían invitado a festejar el “Día de la Militancia”. Llegué, puntual, a un elegante salón de fiestas ubicado en Villa José Vicente Sola (en los lindes del Barrio El Consuelo, cantado por Martín Risso Patrón) y, pronto, me vi rodeado de señoras y señoritas de mi generación, vestidas de gala y preparadas, creo, para bailar y bailar hasta las tantas. Muy pocos eran los varones presentes (sobresalía el tanguero Roberto, ex Secretario General de las 62), y los organizadores habían excluido expresamente a los miembros de la casta dirigente del peronismo salteño que, al parecer, celebrara un burocrático encuentro financiado con fondos del Estado en su zarandeada sede de calle Zuviría.
Los reunidos, todos, pertenecían a “las bases”, ese amplio y variopinto conglomerado de personas que profesan la fe peronista, pero que no roban, y que nunca cenarán en Las Costas ni se sentarán en ninguna de las tantas “mesas chicas” en donde los jerarcas deciden dinastías, hacen negocios y trafican poderes y votos.
En el peronismo salteño, se nace “base” y se muere “base”, como lo denunciaba Modesto Torrejón en aquel lejano año de 1973. Bien es verdad que la historia del peronismo salteño (me refiero al realmente existente a partir de 1983) registra sólo un par de pícaros surgidos de “las bases” que lograron colarse en la esfera de la “alta política” lugareña; hoy, ricos, desprecian y son ignorados por “las bases”.
Nada más llegar, una compañera que supo poner de pie a todo el Barrio Castañares me dijo: “Aquí no hay dirigentes. No los queremos. Tampoco habrá discursos. Nos independizarnos, de quienes nos usan y nos abandonan. Festejamos solas. Todo esto lo hicimos con mucho esfuerzo, con muchas ganas de juntarnos sin jefes ni intermediarios”. Otro me abrazó. “¿Te acordás, Armandito, de las campañas de Tres Banderas? Ahora el peronismo esta hecho aca”. Teresita (que conserva en sus ojos rasgos de su perdida belleza autóctona) recordaba el viaje en tren a Ezeiza para recibir a Perón en 1973. Esther, al borde de las lágrimas se acordó de Carlos Xamena y de mi padre. El histórico Hoyos (Lista Verde) también lloró acordándose de Miguel Ragone. Una jovencita se me presentó diciendo. “Soy la biznieta de don Oropeza, el que escondió los bustos de Perón y Evita salvándolos de la furia gorila y se los entregó a don Roberto. Oropeza, el que tiraba las bombas de estruendo en los actos, ¿se acuerda?”. Aproveché la presencia de Luisa para preguntarle: “¿Viene el Cabezón?”, me dijo: “Claro, lo queremos mucho al dotorcito, nunca nos falló”.
A medida que la concurrencia lograba identificarme por encima de mis canas y arrugas, se arremolinaban para sacarse fotos y besarme, casi como en los viejos tiempos. Pero esta vez ni yo buscaba votos, ni ellas ni ellos estaban allí para especulaciones menores. Éramos puro sentimiento. Nostalgia, rabia, esperanzas.

José Armando Caro Figueroa

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