COALICIONES: LECCIONES ALEMANAS

El presidente alemán Frank-Walter Steinmeier acaba de demostrar que la Presidencia es el último recurso del Parlamentarismo. Claro está que no se trata de un Presidente decorativo. Es un hombre del riñón de la Social Democracia, ex-Ministro de Relaciones Exteriores, que supo acompañar las grandes reformas económicas, orientadas a recuperar la competitividad germana, que encaró el canciller G. Schroder del 2002 al 2005.
Cuando el Presidente advirtió que la canciller Angela Merkel no lograba formar una nueva coalición de gobierno, con Liberales y Verdes, trató de evitar un nuevo llamado a elecciones y comenzó a trabajar en el armado de una nueva gran coalición Demo-Cristiana/Social Demócrata. Seguramente reflexionó estratégicamente en base a cuatro datos fundamentales.
El primer dato apela a la memoria: en los años ’30, bloqueos institucionales y disoluciones de gobiernos terminaron con la República de Weimar. Para Alemania ese pasado siempre está presente, de manera que el deber de la buena política consiste en evitarlo.
El segundo dato refiere a los desafíos que la Unión Europea debe enfrentar y que hacen necesario un gobierno sólido en Berlín. Concretamente la agenda estratégica alude a la negociación del Brexit; las impostergables reformas que debe encarar la Unión y la necesidad de evitar que Moscú se aproveche de un vacío de poder en el núcleo duro de la Unión.
El tercer dato es el necesario rescate del eje franco-germano. Es impostergable “el service del proyecto europeo” y para eso Berlín y París deben alinearse en la misma frecuencia. La llegada de Emmanuel Macron y sus propuestas de reformas en general fueron bien recibidas. El presidente galo no ignora que los plazos prescriben y que la legitimidad de algunas de ellas se medirá en resultados económicos que necesitan de un acuerdo básico entre ambos países. Así logró consenso para las reformas laborales mientras batalla contra el mal francés: el déficit.
Contra todos los cálculos, Macron resiste; lo ayudan el crecimiento económico, su imagen en ascenso y el derrumbe de su principal contradictor. Concretamente, J.L Mélenchon posee una opinión favorable en el 36% de la población, mientras el 71% de los franceses entienden que este populista-marxista fracasó en su idea de paralizar a Francia con protestas.
Finalmente, el cuarto dato: un nuevo llamado a las urnas puede deteriorar, aún más, a los grandes partidos en beneficio de la tercera fuerza, la extrema derecha Alternativa Alemana que obtuvo el 13% de los votos.
Si finalmente la Social Democracia acepta formar gobierno, el viejo socialismo habría actuado con la ética de las responsabilidades. Las convicciones fueron las que inspiraron al derrotado candidato M. Schultz, al sugerir el retorno al llano, para oxigenarse y para impedir que la derecha anti-sistema se convierta en la principal fuerza opositora.
En los próximos días será interesante observar el debate interno de los social demócratas. De allí saldrá la decisión de acompañar, o no, a Merkel y los contenidos de las propuestas que el Partido impulsará para regresar al gobierno.
Seguramente incluirán salarios, inversiones en infraestructura, educación, salud y una visión aggiornada sobre el mundo de la economía digital. También habrá que leer la “letra chica” en temas claves. En materia europea, en el espacio de Merkel existen dudas respecto de la creación de un presupuesto europeo gestionado por un Super Ministro de Finanzas. Esas son algunas de las propuestas de Macron que los social demócratas pueden acompañar. Lo mismo ocurre con la defensa europea: adhieren a la idea de avanzar, a la luz de la desconfianza que suscita Trump y los temores que inspira V. Putin luego de haber invadido Ucrania en el 2014.
Por último, no podrá estar ausente la cuestión migratoria. En ese punto la anterior coalición se definió en favor de una política de “puertas semi-abiertas”, luego la Canciller acordó con Turquía, a cambio de compensaciones económicas, el cierre de las rutas migratorias. Esta cuestión fue utilizada por “Alternativa Alemana”, que se benefició de un porcentaje de votos que abandonaron el socialismo.
Las consultas y debates que una nueva gran alianza requiere tienen sus costos. Merkel no está en condiciones para armar una agenda “a su manera”, su momento pasó. La falta de nuevos liderazgos en su espacio explica la prórroga de su tiempo. En el país de la productividad económica, la política vacila. Los temas pendientes se acumulan y muchas decisiones se postergan, dentro de Alemania y en la propia Unión. El soft power europeo sufrirá la pérdida del liderazgo germano. Nada será igual.
Una lectura realista es insoslayable: los que vienen de perder votos sólo sobreviven, los opositores mantendrán su dinámica. Si el nuevo gobierno fracasa, el relevo es incierto. La gobernabilidad de Alemania sólo puede garantizarla una nueva gran coalición.

Carlos Pérez Llana

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