COMUNIÓN DEL AJEDREZ CON LA CULTURA ARGENTINA

El milenario, metafórico e influyente ajedrez logra que los creadores de todas las geografías caigan rendidos ante su misteriosa fascinación. En las antiguas epopeyas indias del Mahābhārata y del Rāmāyaṇa se alude al chaturanga (su antecesor) y se menciona al tablero (ashtāpada). En un hermoso poema de la tradición oriental, se advierte dentro de los frutos de un mandarino a dos ancianos concentrados jugando su versión china: el xiang-qi. El sabio árabe Al-Masudi fortalece la tesis de su origen indio, mientras que el poeta persa Ferdousí, en el siglo X, da cuenta del momento exacto en el que ingresó a Bagdad, cuatro centurias antes. Desde la Edad Media, los europeos refieren a él en los versos de trovadores y poetas, y en relatos de caballería o de contenido místico. Se sabe que en Argentina el ajedrez fue introducido por los españoles en la época de la colonia. Los generales Gerónimo Espejo y Bartolomé Mitre, en sus historias sobre el Cruce de los Andes, coinciden en que José de San Martín era un asiduo practicante. Andrés Rivera ubica a Juan José Castelli y Bernardo Monteagudo reflexionando sobre los tiempos revolucionarios mientras disputan una partida. José Mármol, el autor de Amalia, se entretuvo con él en la cárcel en tiempos rosistas. Domingo Faustino Sarmiento emplea imágenes del juego como metáforas: en una serie de cartas publicadas en el exilio chileno, para describir una Montevideo sitiada o para reparar en sus experiencias como viajero. Juan Bautista Alberdi reconoce a Juan Lavalle como jugador y apela al ajedrez para criticar a Mitre, quien era asimismo un aficionado que frecuentaba el pionero Club del Progreso. El episodio de la Revolución del Parque de 1890 fue pensado en clave ajedrecística, tal como lo describe Juan Balestra en El noventa: una evolución política argentina. Esa posibilidad de analogía también la empleó Juan B. Justo en su conocida arenga de 1898. Juana Gorriti lo incluye en sus semblanzas sociales. También aparece con los autores de la Generación del 80: Eduardo Wilde, en el registro de sus vivencias en el exterior; Paul Groussac, al referirse al Napoleón ajedrecista, y Lucio López, para retratar tertulias en mixtura de política y ajedrez en el Progreso. El juego va ingresando poco a poco en la vida cotidiana de nuestro país; se lo practica durante travesías, en las casas de connotadas familias y, más tarde, en clubes y cafés, epicentros de su popularización. Son los escritores del siglo XX los que dan cuenta de este auge en toda su dimensión. Por vez primera aparece en ficción, con Roberto Payró en teatro (Sobre las ruinas…), y con Leopoldo Lugones en poesía (“El Solterón”) y cuento (“Abuela Julieta”). Las novelas de Roberto Arlt Los siete locos y Los lanzallamas son las primeras en incluir la temática en su trama, y en sus Aguafuertes porteñas describe con punzantes observaciones el ambiente ajedrecístico. Jorge Luis Borges —a quien su padre introdujo en el campo del análisis lógico explicándole las paradojas de Zenón sobre un tablero— concibe una cosmogonía propia a partir del juego, en resonancia con sus laberintos y espejos; poemas, cuentos, ensayos y conferencias dan cuenta de esta profusa elaboración conceptual. Ezequiel Martínez Estrada recrea su pasión en agudas reflexiones filosóficas y literarias: Filosofía del ajedrez, un texto único en su tipo en el mundo, y La cabeza de Goliat son bellas expresiones de su fascinación por la diosa Caissa. Operación Masacre, La batalla y los cuentos policiales de Rodolfo Walsh, cuyo propio destino militante se cifra en derredor de un tablero en un café platense, están cargados de connotaciones al espacio escaqueado. Abelardo Castillo, un gran jugador, se reveló en Las palabras y los días como estudioso en la complejidad de su origen y deslumbró con su cuento “La cuestión de la dama en el Max Lange”. Para Julio Cortázar el ajedrez es un epítome de la dimensión lúdica esencial de la vida, y Ernesto Sábato plantea que “el hombre no inventó el ajedrez, sino que lo descubrió”. Los escritores que se ocupan del tema, en los diversos géneros, conforman una serie que no termina de agotarse: Baldomero Fernández Moreno, Juan Filloy (quien fundó un club de ajedrez en Córdoba), Leopoldo Marechal, Silvina Ocampo, Enrique Mallea, Enrique Anderson Imbert, Adolfo Bioy Casares, Marco Denevi, Manuel Mujica Lainez, Héctor Murena, Manuel Puig, Tomás Eloy Martínez, Ricardo Piglia, Osvaldo Soriano; y entre los actuales, Juan José Sebreli, Horacio Salas, Mempo Giardinelli, Tomás Abraham, Guillermo Martínez, Pablo De Santis, Ariel Magnus… Tres trabajos poéticos llevan “Ajedrez” como título, los de Borges, Alejandra Pizarnik y Arturo Capdevila, una nómina preciosa a la que se debe agregar “Ajedrez de país central” de Alberto Laiseca, cuyos versos remiten al xiang-qi. La simbiosis entre el mundo blanquinegro y el de las letras es tan perfecta que en la sala del Café Rex de Buenos Aires, dirigida por el jugador polaco Paulino Frydman, su compatriota Witold Gombrowicz, junto a varios literatos cubanos y locales, tradujeron la notable novela Ferdydurke al castellano. El universo de los trebejos también fue explorado con soltura por letristas del cancionero popular: en el tango, Enrique Cadícamo y Eladia Blázquez; Ariel Petrocelli en folclore; Luis Alberto Spinetta, Pil Trafa y Pier, en rock. También asoma en la música académica: Juan María Solare presentó en 2001 una pieza para voz media y piano basada en el célebre poema borgiano. En la música infantil, es imposible olvidar a la araña y al ciempiés montados en caballos de ajedrez del “Reino del revés” de María Elena Walsh, y hasta existe en la actualidad una banda dedicada exclusivamente a la temática: Pieza Tocada Pieza Movida. El arte plástico argentino ha sabido embeberse en su mundo imaginario: podemos mencionar la extraordinaria serie pictórica que hizo el ítalo-argentino Vito Campanella; su inclusión en la siempre estimulante y provocativa obra de León Ferrari y en una bella pintura de Raúl Soldi; el esotérico y excepcionalmente creativo “Pan-ajedrez” de Xul Solar. En fotografía se luce el trebejo de la reina en el fotomontaje surrealista de la reconocida artista Grete Stern. El escultor Alejandro Marmo presentó en 2010 obras de su autoría en la muestra “Ajedrez del Bicentenario”. Y difícilmente pueda hacerse una historia del juego sin tomar en cuenta a los dibujantes e historietistas como Quino (en Mafalda lo pone en escena una y otra vez), Mordillo, Roberto Fontanarrosa, Caloi y la dupla conformada por José Muñoz y Carlos Sampayo, autores del precioso Le livre inspirado en Novela de ajedrez del escritor austríaco Stefan Zweig; todos ellos de algún modo siguieron la huella de Luis Medrano y sus Grafodramas de los años cuarenta, y la de los magníficos dibujos aparecidos mucho antes en las célebres revistas El Mosquito, Caras y Caretas, La vida Moderna o PBT. El ajedrez aparece con su sello en textos especializados y científicos de divulgación, como en los de Mario Bunge, Alejandro Piscitelli o Diego Rasskin Gutman; y en crónicas periodísticas, siendo en estas habituales las parábolas que lo asocian a conflictos, estrategias geopolíticas, relaciones amorosas, tramas policiales, entre tantas otras facetas posibles de la vida. Por su poderosa fuerza alegórica numerosos trabajos literarios fueron llevados a los medios audiovisuales (cine y televisión) y al teatro. En todo caso el juego-ciencia nos invita a pensar una historia lateral de las artes y las letras. Así ha sido desde los comienzos vibrantes de la patria, y en sus vacilaciones ulteriores. Ajedrez y cultura, siempre en vital comunión.

Por Sergio Ernesto Negri

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