FRANCISCO, ¿VENDRÁ O NO VENDRÁ?

Han pasado ya más de tres años desde que los cardenales eligieron a quién sería el papa Francisco. Su sencillez y actitud de cercanía con el dolor y la injusticia, empezando por los últimos de los últimos, son un testimonio fresco y vital del Evangelio, para un mundo desesperanzado, descreído y violento.
Los argentinos, creyentes o no, imaginan el día en que puedan verlo recorriendo nuestras calles, abrazando niños, tomando mate y saludando como quien querría abrazar a cada uno, con una expresión de alegría y simpatía que no se le conocía cuando estaba entre nosotros.
Muchos, seguramente la inmensa mayoría, hacen de aquellas imágenes una ilusión que dan por cierta cuando Francisco considere que haya llegado el momento oportuno, entre la miríada de prioridades que tironean al pastor de todos. Es que Francisco y ano es más “exclusivamente nuestro”, como cuando andaba entre nosotros, como ignoto pasajero de subte.
Otros, los menos, seguramente se agolparían al paso de la inusitada caravana pontificia por la avenida del Libertador. Sin embargo, ensayan sus teorías sobre el porqué del papa que todavía no ha visitado su tierra: “El Papa no quiere ser un factor de división”, “no quiere ser atrapado por las internas políticas”, “no quiere ser usado por unos u otros”, “no quiere regalarle su visita al gobierno”, “está enojando con fulano o mengano”, “está desilusionado con los obispos”, “no vendrá nunca”, esto o lo otro.
Mi propia teoría es que Francisco vendrá en el momento en que crea que podrá hacer el mayor bien posible a los argentinos. Mientras lo esperamos, no dejemos de demostrarle nuestra gratitud, cariño y admiración, y nuestra consecuencia al hacer lo que no deja de pedirnos, que recemos por él.

Vicente Espeche Gil

(Embajador)

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