JERUSALEM. EVANGÉLICOS Y LA DECISIÓN DE TRUMP.

Los aliados de los Estados Unidos y las otras potencias siguen reclamando o denunciando la carencia de una doctrina de su presidente que oriente líneas de comportamiento claras y confiables; mientras tanto, todo parece reducirse a un relato internista y aislacionista, inapropiado de la primera potencia global. La declaración de Donald Trump de aceptar a Jerusalem como la capital del estado de Israel y su decisión de trasladar allí su embajada ha sido motivo para todo tipo de noticias y análisis que, en general, coinciden en no encontrarle sentido en el marco de la política exterior y del juego geopolítico de Washington.

La declaración insustancial e incoherente, cuando no cínica como cuando afirma que contribuye al proceso de paz, no convenció a nadie fuera de los Estados Unidos salvo a Israel para quien los argumentos poco podrán importarle toda vez que obtiene un resultado positivo a su largo reclamo. El rechazo fue de una asombrosa unanimidad mundial. Rex Tillerson, al momento de la declaración se encontraba de gira europea, donde lidia dificultosamente para obtener apoyo de los aliados de la OTAN para adoptar medidas contundentes contra una Rusia que, alegan los norteamericanos, está violando acuerdos misilísticos y nucleares. Los europeos se siguen preguntando, ahora más que antes, cuáles son los límites de su alianza con Washington que, en manos de Trump, son unos Estados Unidos diferente. El Secretario de Estado cosecha frialdades. Tiempos arduos para la diplomacia norteamericana.

Jerusalem es el punto central y más sensible de cualquier proceso de paz entre Israel y Palestina. Romper el “status quo” llenó de preocupación a los principales aliados de los Estados Unidos; la novel corona saudita está atenta a las reacciones populares; Jordania y Egipto, piezas claves para cualquier política de Washington en la región, se ven obligados a cuidar y revisar al menos la forma de su cercanía con Washington. Turquía amplía su juego; los musulmanes encuentran un motivo de acercamiento y Rusia descubre nuevos carriles para su diplomacia en el oriente próximo.

Se sabe que Rex Tillerson, el Secretario de Defensa James Mattis y el propio Jared Kuchner embarcado en un operativo de paz entre Israel y Palestina, no estaban de acuerdo con la oportunidad del anuncio. Esta movida encuentra su lógica en la política interna de los Estados Unidos. En ese marco, no es creíble que la fuerza del lobby judío norteamericano haya sido la causa eficiente de esta decisión. Es verdad que Sheldon Addelson, empresario del juego y las apuestas y fuertísimo aportante a la campaña del presidente y de la convención republicana, cara visible de las presiones por el traslado de la embajada, pudo haber convencido al yerno Kuchner, que cese sus objeciones ante su suegro presidente, pero muchos presidentes soportaron a estas presiones y haber cedido a ellas solamente demostraría una fragilidad de carácter impropia de Trump.

El rol del electorado evangélico en las elecciones norteamericanas es preponderante y algunos candidatos presidenciales han sabido experimentar una notable conversión en la fe. En las elecciones de 1976, Gerald Ford fue urgido a confesarse un “new born Cristian”, como lo había hecho su contrincante demócrata Jimmy Carter quien finalmente triunfó con un fuerte voto evangélico; George Bush, el Jóven, renació nuevo cristiano de la mano del Rev. Billy Graham,de quien se dice que lo recuperó del alcoholismo pero –ya presidente- le insistía que no jugara a dios. Donald Trump, fue traído a su nuevo nacimiento como cristiano por la glamorosa millonaria pastora Paula White, titular de la pentecostal Centro Cristiano Nuevo Destino, que preside el comité evangélico de asesoramiento espiritual del actual presidente.

White y el vocero de ese organismo informal, John Moor, son firmes y públicos sostenedores la teoría rescatada de la época de los Estuardos de que es la voluntad de Dios la que unge a los líderes de las naciones; es en virtud de ello que quien está contra Trump, y así lo mencionan expresamente, actúan contra la voluntad del Señor. A su vez, dice Moor, para el mundo evangélico, la más importante de las promesas electorales fue devolver Jerusalem a los judíos; como Dios lo había adjudicado, agrega el Rev. Robert Jeffres, pastor de la Primera Iglesia Bautista de Dallas y miembro de ese comité asesor. Como proclama White, estar en contra de Trump es estar en contra de la voluntad, la mano y el plan de Dios.

La discusión teológica puede tener sus propios carriles, pero la incidencia política de un grupo religioso que orienta a 50 millones de votantes, y que en su componente racial blanco votó por el actual presidente en un 81%, ha sido el factor preponderante de la medida adoptada por el presidente Trump y que difícilmente encuentra explicación alguna en la racionalidad diplomática y estratégica.

Para muchos evangélicos Trump está llevando adelante una misión bíblica con Dios de su lado y, conforme al profeta Ezequiel, contribuyendo al destino de la construcción del Tercer Templo por el que todo el pueblo judío abrazará a Cristo.

Mario José Pino

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