LA INFLACIÓN SIGUE Y LA PELEA, TAMBIÉN

Una disputa interna ya no soterrada sino pública con el jefe del Banco Central; el dólar que se despertó y en sólo 30 días subió 8%; más la inflación que sigue viva y coleando tupido; más los previsibles fogonazos de las paritarias; más… Menos fiesta, hubo de todo entre el fin de año y el comienzo de 2018.
Primero, lo que hubo primero: una insólita cumbre comandada por el jefe de Gabinete, Marcos Peña, que el 28 de diciembre barrió las metas de inflación del 8 al 12% que Federico Sturzenegger había fijado para este año y de un plumazo le impuso otra del 15%. Venía clavado que el presidente del BCRA no tenía otra alternativa que recortar la tasa de interés. Sencillamente, porque ese era el objetivo, si no el mandato, detrás de la decisión política.
Una lectura posible de la ofensiva es que carece de sentido pagar un costo económico tan elevado, mientras el Central sigue sin encajar los precios dentro de sus metas, cosa que tampoco había ocurrido en 2016.
Parecía que al fin y con la venia de Mauricio Macri habían triunfado quienes postulaban achicar el costo del crédito y privilegiar la actividad productiva, justo cuando el rebote tiende a frenarse. Si hasta ahora los hechos cantan que decir triunfado es decir demasiado, el correlato inmediato del ruido que metió la cumbre fue correr las expectativas inflacionarias hacia la zona del 20%.
El problema es que Sturzenegger decidió bajar la tasa de interés a su modo, sin herir su única herramienta de lucha contra los precios ni desaprovechar ciertos márgenes de autonomía. Eso fue lo que hizo finalmente el martes pasado, con buenas dosis de profesionalismo y de astucia.

Debió archivar la idea de mantener la tasa del 28,75% hasta entrado abril y modificar el rumbo que había previsto. ¿Y qué resolvió?: resolvió reducirla al 28%, ni siquiera un punto porcentual; menos el punto y medio que los augures del mercado pronosticaban y el ala política oficial esperaba.
Puesto sin vueltas, la bajó un poquito. Apenas un gesto para aparecer cumpliendo con Peña, aunque cumpliendo a la medida de sus propios planes. Cuidándose de que nadie pudiese afirmar que rifaba la política monetaria y, de paso, provocándoles pérdidas a quienes habían apostado al dólar.
Se tomó al pie de la letra el martilleo sobre la independencia del Banco Central para determinar su política que, a partir del 28 de diciembre, brotó desde el Gobierno. La única condición fue que la acomodara a la nueva pauta. Y se acopló, efectivamente, solo que sin alterar su manera de entender cómo conviene actuar en el mundo de los precios.
Mucho de ese enfoque asoma en el comunicado que el BCRA emitió el martes. Para empezar, señala que ahora se busca “una menor velocidad de desinflación que la planteada originalmente”, o sea, una inflación mayor a la planteada originalmente, y que en consecuencia corresponde aplicar una estrategia monetaria menos restrictiva. Lo cual suena igual a precisar que semejante opción no fue suya, sino de otros.
Y siempre en un lenguaje bastante críptico, dice más todavía. Como que el Banco Central “será cauteloso en la adecuación de la política monetaria al nuevo sendero de desinflación”. Y que “esa moderación en el sesgo contractivo sólo podrá sostenerse en el tiempo en la medida en que la evolución de la desinflación sea compatible con la trayectoria buscada”. Esto es, compatible con el 15%.
Traducido: el Central puede pasar de la moderación a la durezasi advierte que la inflación va camino de desbordar el 15%. Llegado el caso, subir la tasa o aplicar un remedio de efecto parecido. Otra vez, los márgenes que permite la independencia.
Sturzenegger siguió todo on line desde Suiza, donde participaba de un encuentro de banqueros centrales. Siguió e intervino, tanto en el debate del Comité de Política Monetaria como en la redacción del comunicado, el martes a primera hora de la tarde. Distante y descontento con el cambio de las pautas, Demian Reidel, una de las piezas clave del directorio, relojeó el final instalado en su casa de José Ignacio, en Punta del Este.
Primera conclusión, con el panorama completo a la vista: si alguien interpretó que al jefe del Central le habían torcido el brazo también debiera interpretar que se lo torcieron hasta ahí nomás.
La segunda conclusión engancha con la cumbre que mostró juntos a Peña, Sturzenegger, a Nicolás Dujovne y a Luis Caputo, el ministro de Finanzas. Si se quiso presentarla como prueba de alineamiento y coordinación entre las fuerzas en pugna, los hechos conocidos no la confirman.
Por de pronto, la tasa del 28%. Altísima, 13 puntos porcentuales por arriba de la nueva cota; bien alejada de las aspiraciones de la cúpula política y, desde luego, contradictoria con el objetivo de movilizar la economía.
Pero si esa es la cuestión, vale poner las cosas donde verdaderamente están. En la Argentina el crédito privado pesa poco más que nada: equivale al 15% del PBI, contra el 49% de la región, el 112% de Chile y el 62% de Brasil.
De algo así hablamos cuando hablamos de la tasa de interés y de su muy limitada potencia como instrumento para darle batalla a la inflación y a sus coletazos.
Luego, poner en caja los precios es una tarea compleja que manda utilizar un repertorio complejo. Y habrá que seguir bailando con la más fea, porque tallará una seguidilla de aumentos que impresiona: van desde electricidad, gas, agua, transporte y seguramente combustibles, hasta peajes, prepagas e impuestos municipales.
Dedicadas a calcular el impacto de tamaño combo en el índice del primer cuatrimestre, algunas consultoras ya barajan del 7,5 al 8%, con el salto del dólar incorporado. Resultado: en cuatro meses se habría consumido la mitad de la nueva meta.
En medio del trajín hubo un dato si se quiere auspicioso para el Gobierno: en treinta días el tipo de cambio mejoró un 8%, sin que se le fuera de las manos. No viene nada mal, tratándose de una variable cuyo retraso sacude cuentas externas teñidas de un rojo subido.
Buena parte de estos movimientos medía Sturzenegger cuando proyectaba mantener la tasa del 28,75% hasta entrado abril. Pregunta: ¿es posible que en las próximas semanas o no mucho más adelante se arriesgue a bajarla nítidamente del actual 28%? Un 24% es el número óptimo para los políticos de la Casa Rosada, pero está por verse si el Central se allanará a los deseos de quienes acaba de desairar.
Es cierto que el 3,1% anotado por el índice de diciembre y el 24,8% de todo el año fueron empujados por las tarifas y que, por lo tanto, la factura no le cae de pleno al BCRA.
Pero existe un par factores igualmente ciertos. Uno es que los aumentos significan ajuste fiscal, como pide Sturzenegger. Y el otro, que limpio de tarifas el índice anual ronda el 22%, o sea, déficit a su propia cuenta.
Por fuera de los errores del BCRA, que los hubo en cantidad, y de las peleas internas, que prometen continuar, la inflación será siempre un asunto del Gobierno. Y un asunto inquietante. Así varios anden golpeados, costará que los gremios convaliden el 15% que el macrismo imagina para las paritarias.

 

Alcadio Oña
Clarín, 14-1

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