¿PUEDE SIRIA SER UN NUEVO VIETNAM PARA LOS EE.UU.?

Al tiempo de su reciente campaña electoral, Donald Trump advertía a los norteamericanos acerca del peligro que siempre supone involucrarse en guerras externas. Seguramente tenía en mente los conflictos aún abiertos en Afganistán, Irak y Siria.
Pese a ello, acaba de anunciar, por boca de su Secretario de Estado, Rex Tillerson, que los EE.UU. mantendrán una presencia militar en Siria, para así asegurarse que el militarmente derrotado Estado Islámico no renacerá de sus propias cenizas. Esa presencia continuará, sin que exista plazo alguno previsto.
Los EE.UU. mantienen hoy unos 2000 efectivos en Siria. En general se trata de entrenadores para las fuerzas locales, sumado a comandos, e ingenieros. Como la duración de sus tareas no tiene duración precisa, cabe suponer que ese número de soldados puede oscilar en función de las necesidades a enfrentar que vayan apareciendo. Pero naturalmente no puede asumirse que la decisión sea la de permanecer en Siria a perpetuidad.
Cabe recordar que las operaciones militares norteamericanas en Siria comenzaron efectivamente en el 2014, cuando el expresidente Barack Obama decidiera, con razón, que era ya necesario enfrentar en el terreno el Estado Islámico. Esa demorada decisión fue ciertamente coronada con éxito, desde que se pudo recuperar la casi totalidad del territorio sirio que esa organización terrorista islámica llegara a controlar. Lo que supuso, además, liberar del que fuera un inhumano y hasta brutal cautiverio nada menos que a unos siete millones de sirios.
Pero ocurre que la grave amenaza que para todos supone el terrorismo islámico, hoy diezmado ciertamente, no puede considerarse eliminada. Y en los EE.UU. no se olvida el serio error que fuera la salida de sus fuerzas a destiempo -y casi precipitadamente- de Irak, así como el que se cometiera también en Libia, al dejarla inesperadamente descabezada y abandonada a su suerte tras la caída del dictador Muammar Qaddafi.
Es posible que la decisión norteamericana tenga asimismo que ver con los éxitos obtenidos en Siria por Irán y Rusia, quienes tuvieron tropas en el terreno y han sido, ellos también, artífices centrales de la derrota del Estado Islámico y de la supervivencia del régimen criminal del presidente sirio, Bashar al-Assad.
Esto último tiene a su vez relación con la posibilidad de poder influenciar con algún peso en el proceso de “reconstrucción” sirio, que previsiblemente será una tarea de una enorme complejidad. Empezando porque Rusia e Irán defenderán a Assad y los EE.UU., en cambio, procurarán encontrar la forma de prescindir de él. Hablamos de un hombre que no ha vacilado en usar criminalmente armas químicas contra su propio pueblo, en reiteradas oportunidades. Por esto debiera ser considerado más como un obstáculo a dejar de lado, que como un salvavidas al que tratar de aferrarse.
Los EE.UU., no obstante, al reclamar con razón una salida diplomática para la crisis siria, pretenden que ella sea conducida por las Naciones Unidas y no por ellos. Pese a lo cual, seguramente se empeñarán, directa o indirectamente, en lograr que el próximo gobierno sirio no sea un mero títere iraní, como pretenden no sólo Irán, sino también el fortalecido y aguerrido movimiento libanés, Hezbollah.
Hay en esto otra complicación adicional. Seria. Es la que tiene que ver con los kurdos del norte de Siria y sus bien entrenadas y eficientes milicias, cuya contribución al triunfo contra el Estado Islámico en la guerra civil siria estuvo claramente entre las más decisivas. Esas milicias tienen unos 30.000 efectivos que evidentemente procurarán que la semi-autónoma región kurda, una suerte de “enclave nacional” para los kurdos, no vuelva a ser ignorada.
Para Turquía, que considera a los kurdos como su enemigo, esto es inaceptable. Ocurre que obviamente teme que la significativa población kurda que reside en Turquía de pronto revigorice, ella también, sus pretensiones separatistas e independentistas.
El riesgo más alarmante que los kurdos presentan ahora es el de tener a distintos países de la OTAN enfrentados entre sí, lo que conforma una horrenda pesadilla.
Queda entonces claro que el conflicto sirio puede, de pronto, empantanar a los EE.UU. en un nuevo conflicto de larga duración. Como ocurriera en Vietnam, entre 1959 y 1975. Por sus consecuencias, esta posibilidad no puede descuidarse.
Por: Emilio Cárdenas

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