IDAS Y VUELTAS, EN MEDIO DEL TEMBLOR

Inflación, tasas, dólares y financiamiento externo.

Este miércoles (7-2) el Gobierno ofreció pagar inflación más 3,75% y llovió plata: tomó los 70.481 millones de pesos que había salido a buscar y encima le plantaron el doble. “El resultado fue mucho mejor al esperado”, alardeó el ministro de Finanzas, Luis Caputo.
Nada hubo allí de mano maestra y poco de señal de fortaleza en tiempos incertidumbre internacional. Hubo, sencillamente, un negocio redondo y libre de riesgos, una operación a un año de plazo, o sea, un horizonte cercano, con un Estado que ha probado cumplir sus compromisos.
¿Qué ocurriría si a los dirigentes sindicales les ofrecen algo similar? Lloverían acuerdos salariales, desde luego.
Está a la vista que a los funcionarios pueden preocuparles la indexación y las cláusulas gatillo o inquietarlos las expectativas inflacionarias que crea el rally de aumentos en los combustibles, pero hasta cierto punto. Les preocupan, siempre y cuando no choquen contra urgencias propias. Unas urgencias llamadas cubrir los desajustes fiscales.
También ha quedado claro adónde conduce el contrapunto entre las tasas de interés de Caputo y las que Federico Sturzenegger, el presidente del Banco Central, aplica a las Lebac que son clave en su estrategia de sacar pesos del mercado. Conduce a un jubileo financiero continuo del que sacan provecho, sobre todo, los operadores fuertes.
Cuesta encajar, aquí, el principio según el cual tasas demasiado elevadas desalientan la actividad económica. Esto es, el argumento que el alto mando político oficial usó cuando decidió barrer las metas de inflación del BCRA, fijar una del 15% y, al fin, forzar a Sturzenegger a bajar sus tasas.
Dos de paso juntos a propósito de lo mismo. Uno: si la inflación pinta para 20%, un 20% más 3,75% da cerca de 24% o un rendimiento por cierto seductor. El de paso siguiente salta en la brecha con la pauta salarial del 15%.
Hay pues un embrollo armado por las idas y vueltas del propio Gobierno, acoplado a un negocio cuyo rédito le quita atractivo a las inversiones volcadas a la producción.
Es una regla conocida por los especialistas que en cualquier esquema de política económica suelen convivir objetivos e instrumentos que los contradicen. Y que el gran desafío de los hacedores de política económica consiste en encontrar la coherencia entre objetivos e instrumentos. Todo muy parecido al dilema del Gobierno, solo que no acierta con el final de la regla.
Para el caso, el gradualismo fiscal versus la receta antiinflacionaria del Banco Central. Claro que el pregonado gradualismo lleva un dato que tiene bien poco de gradual: la notable seguidilla de aumentos en las tarifas orientada a achicar la carga de los subsidios.
Cada lunes el vicejefe de Gabinete, Mario Quintana, reúne al equipo económico bajo la consigna de coordinar decisiones. Imprescindible, salvo que a veces o demasiadas veces la realidad no acompaña el esfuerzo.
Nicolás Dujovne acostumbra centrar el desequilibrio fiscal en la diferencia entre gastos e ingresos corrientes, en el déficit primario. Y medir y presentar los resultados en relación al PBI: por ejemplo el 3,9% del año pasado, seguido por el comentario de que fue menor al de 2016 o que se cumplió la meta.
La fórmula tiene una ventaja relativa originada en el mismo juego de variables: un PBI en crecimiento facilita la posibilidad de alcanzar un saldo fiscal proporcionalmente más reducido. Aunque el Presidente tiene su propia fórmula: pide que le digan de cuánta plata se trata.
Pero en la ecuación déficit primario-PBI hay un problema y un problema creciente. Omite computar dentro del gasto a los intereses de la deuda, que el año pasado ascendieron a $ 225.000 millones y crecieron nada menos que 71%, casi tres veces la inflación.
Y como significa una cuenta potente, el rojo financiero o real escaló a $ 629.000 millones; si se prefiere, a 33.280 millones de dólares al tipo de cambio de fines de diciembre de 2017. Ahora tocó rojo mayor al de 2016.
Siempre en subida, sean dólares o pesos, los intereses ya equivalen a la mitad de la recaudación de Ganancias, superan en 30% a la del impuesto al cheque y el año pasado se comieron por completo el recorte a los subsidios energéticos. Conclusión: por ahí se escapa el ahorro generado por el achicamiento del déficit primario o beneficio producido por los incrementos en las tarifas de la electricidad y el gas.
Caputo puede conseguir una montaña de pesos, pero tiene por delante una montaña de un color diferente, atada a los compromisos de la deuda externa y ahora al encarecimiento del crédito. Aún después de una fuerte operación en enero y de otras posteriores, le falta colocar alrededor de US$ 16.000 millonessegún cálculos de un ex director del Banco Central.
¿Y qué tasa debería pagar si hoy sale al mercado internacional?, le preguntó Clarín.
Respuesta: “Con un escenario que se ha enrarecido, debería pagar 7% aproximadamente por bonos a 10 años. Un punto más que el 6% de enero y varios puntos más que Chile, Bolivia, Paraguay o incluso Brasil”.
¿Y cuál las provincias? Habla de 8% y nuevamente de un financiamiento muy caro.
Agrega: “Así son las cosas con un país que no tiene buenos precedentes sino malos precedentes. Vulnerable, que no termina de superar sus desarreglos económicos y que permanece en estado de transición”.
Tras descartar de plano un cierre de los mercados, analiza las perspectivas de las empresas privadas. Dice: “Siguen siendo buenas para el sector agropecuario y la energía y tirando a muy complicadas para las industrias manufactureras o el petróleo”.
La suma de los factores explica por qué el dólar refugio todo terreno ha superado la cota de los 20 pesos y también por qué a menudo resultan insuficientes las ventas de los bancos oficiales.
Ante un frente externo hace tiempo cargado de nubarrones, con exportaciones siempre flacas, a fines de diciembre Quintana advirtió que había llegado la hora de un mini-ajuste cambiario. No que hubiese un ajuste acelerado como el que hay: más del 8% en menos de un mes y medio.
Existía un riesgo de origen ahora potenciado justamente por la suma de factores: que la trepada del dólar termine en los precios. Imaginable allí donde esa variable pesa de verdad, como en productos agropecuarios de alto consumo, como en una industria sostenida por un 50% de piezas y partes importadas o, tal cual se ve, en el costo de los combustibles.
Frente a la amenaza de que la inflación se coma la mejora del tipo de cambio, sobran quienes aconsejan una intervención drástica del Central que le ponga fin a la corrida.
“Con 500 millones de dólares lo bajan a 19 pesos”, dice un analista que ha ocupado lugares importantes en la cocida de las decisiones financieras. “Es bueno que haya flotación, pero deja de serlo cuando la volatilidad es grande y acarrea incertidumbre”, dice otro con amigos en el directorio del BCRA.
Pero está por verse si Sturzenegger quiere salir de la regla del tipo de cambio libre y flexible o si alguien de bien arriba se lo pide, porque Quintana se lo pidió a él. Lo hizo alguna vez, cuando las papas quemaban; ¿lo hará de nuevo o dará batalla?
Según la hoja de ruta de la Jefatura de Gabinete, hay un tiempo, hasta el tercer trimestre, para gastar capital político. Y otro, posterior y ya en modo electoral, en el que se cosechará el capital invertido. El punto es acertar con las decisiones, que el equipo económico se parezca a una orquesta afinada y, finalmente, que los resultados coincidan con el objetivo. Nada más y nada menos.

Alcadio Oña
Clarín

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