TIEMPO DE DÉFICITS GEMELOS FUERTES

Inclusión del gasto en los intereses de la deuda

El martes pasado volvió a quedar claro que así convivan dos maneras de medir el estado de las cuentas fiscales, la verdaderamente importante es una sola: aquella que incluye dentro del gasto a los intereses de la deuda. Y lo es sobre todo porque el Gobierno decidió financiar el desequilibrio poco menos que a puro endeudamiento.
La fórmula si se quiere tradicional y usual en los informes oficiales pasa por contrastar gastos e ingresos primarios, o sea, medir el resultado de cuentas directamente asociadas al funcionamiento de la Administración Pública Nacional. En enero dio $ 3.929 millones positivo y además de superar en 10% al de igual mes del año pasado, les permitió a los funcionarios mostrar gestos triunfales: siguen cumpliéndose sus metas.
Un cantar muy diferente surge cuando el avance de los intereses se incorpora al mapa. Entonces ya no hay superávit, sino un déficit financiero o real de $ 29.818 millones y, esta vez, la mejoría toma el color de un rojo 366% mayor al de enero de 2017.
Nada para andar batiendo parches, o más de una especie similar. El Presupuesto Nacional del año pasado tenía previsto un desajuste de $ 480.840 millones y terminó en otro de 612.700 millones. Evidente, los pronósticos no son el fuerte de los funcionarios.
Algunos especialistas afirman que el modelo de operar sobre el resultado primario fue instalado, hace tiempo, por el Fondo Monetario y fue un emergente de sus conexiones con la banca internacional. Bajado a tierra, plantea: si hace falta ajustar, hay que meter mano en gastos tales como salarios, inversiones, planes sociales o previsionales. La deuda es una consecuencia, pero no se toca.
El comunicado del Ministerio de Hacienda explicó que los intereses pegaron un salto del 226% en enero, a causa de varios vencimientos simultáneos: uno con el Banco Central y otros derivados de dos bonos. Dice que la carga tenderá a disminuir, pero hasta julio cuando, por la misma razón, volverá a crecer. En cualquier caso el total-total aumentará, pues de un año al otro la deuda aumentará.
Y como cada vez son más los analistas que ponen la lupa allí, el equipo de Nicolás Dujovne agregó a su informe un cuadro inédito hasta ahora. Compara la relación intereses-PBI argentina con la de otros países de la región, para resaltar que acá el peso es menor.
Eso ocurre, efectivamente. Aunque si el cuadro hubiese sido acompañado por uno sobre las tasas que deben afrontar los mismos actores, la fotografía habría resultado bien distinta: la Argentina le sacaría varios cuerpos de ventaja al resto. Costo sin vueltas.
Nada elimina al fin la necesidad de salir a buscar alrededor de US$ 17.500 millones hasta fin de año. Ni tampoco el riesgo de que, en un mercado internacional turbulento, esa plata pueda resultar más cara que en colocaciones anteriores. Dólares, siempre dólares para tapar el agujero fiscal.
Aun cuando los números fatigan, a veces permiten entender ciertas cosas mejor que un montón de palabras.
Dicho esto, vale cruzar la caída de los subsidios con el volumen de los intereses en 2017. Datos de ASAP, una organización especializada en análisis fiscales, revelan que si por un lado el país se ahorró $ 83.708 millones por el otro desembolsó $ 314.000 millones. Luego, el costo de la deuda se comió limpio y más que limpio el beneficio que al Fisco le reportó achicar fuerte los subsidios.
Claro que achicar fuerte los subsidios implicó aumentar fuerte las tarifas. Un dato adicional de ASAP: después de un freno en la Justicia originado por un error increíble del Gobierno, desde octubre de 2016 el cargo variable de Metrogas subió 245% promedio y un 682% el cargo fijo. Con los aumentos de abril del año pasado, el cuentakilómetros ya marca cerca del 1.000% y seguirá corriendo cuando se concreten las demandas que hoy plantean las distribuidoras.
Ahora dos datos de la Dirección de Estadística porteña dedicados a habitantes de la Ciudad, aunque pueden extenderse a los del GBA: en 2017, el costo de la electricidad se incrementó 174% y un 253% durante 2016. Acumulados, 867%.
Sea bajo el método que fuese, a la corta o a la larga, siempre los desajustes del sector público son bancados por los contribuyentes. Aquí está tocando usuarios de servicios públicos, y a la cortísima.
Es una rareza dentro de este cuadro que del 1° de enero al último miércoles, el Ministerio de Energía hubiese usado apenas el 0,04% de una partida destinada a subsidios. Dispone de $ 65.000 millones, pero mejor evitar conclusiones rápidas: ni el ajuste ni los anticipos de nuevos ajustes llegan al extremo de haber sido reducidos a cero ahora mismo.
Ya explicables, hay otras cifras para este boletín. Hasta octubre la inversión pública y las transferencias de capital a las provincias, toda inversión financiada por el Estado nacional, crecían entre 31 y 47%; muy por arriba de la inflación de esos diez meses. La podadora a fondo hizo que a partir de octubre cayeron a pique, hacia porcentajes bajo cero.
Casi ni hace falta preguntarse qué ocurrió. Ocurrió que habían pasado las elecciones y, junto con ellas, el tiempo de bombear recursos en cantidad para apuntalar a los candidatos de Cambiemos y a aliados de Cambiemos. Ninguna novedad en el universo de la política, solo que en la volteada entraron los socialmente imprescindibles gastos para viviendas y agua potable.
En tren de seguir con los no hace falta decir, viene el turno del endeudamiento y de un recurso limitado al que más valdría encontrarle pronto caminos alternativos. Uno de ellos, en marcha, consiste en ir cambiando crédito en dólares por crédito en pesos.
La opción por el dólar es, o fue, pariente del período de tasas bajas. Y la variante pesos no sale precisamente barata: en una muy reciente licitación, el Tesoro Nacional pagó indexación o cláusula gatillo más 3,75%.
Mauricio Macri conoce de sobra el problema y, puertas adentro, ha transmitido su preocupación a quienes manejan las decisiones económicas, empezando por la Jefatura de Gabinete.
El dolor de cabeza sería menos grande si a la Argentina no se le escaparan divisas a chorros. Y como eso lo muestran mejor los números, vuelven los números.
En enero la salida de dólares por turismo, incluidos los tour de compras, fue de 1,567 millones y fue récord desde el fin de la convertibilidad. Con los ingresos, el neto del año pasado habría rondado US$ 7.900 millones. Oneroso y visible efecto del retraso cambiario.
También en enero, las cuentas del comercio exterior plantaron un déficit de US$ 986 millones, casi 1.000 millones en un solo mes. Los primeros cálculos privados dicen alrededor de US$ 13.000 para todo el año, unos 21.400 millones sumando el rojo de 2017.
Las cifras del INDEC le anotaron una suba del 10,7% a las exportaciones. Considerable viniendo del entancamiento, salvo que al mismo tiempo las importaciones aumentaron 32,1%, o sea, tres veces más.
Resultaría definitivamente alentador que las ventas al exterior mantuvieran esa tendencia. Pero si la cuestión es torcer el rumbo de las importaciones, el operativo presenta un obstáculo primero y principal: la Argentina tiene una estructura muy dependiente de bienes e insumos que no produce, y crecer equivale a comprar más. Reducir la brecha no luce a tarea sencilla, y menos sencillo luce emparejar los tantos.
Déficit gemelos crecientes, atraso cambiario, más inflación aún fuera de la raya: por donde se mire brota trabajo abundante para quienes administran las decisiones económica. Y debiera ser del bueno.

Alcadio Oña
Clarín, 25-2

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