MUERE EL TENIENTE GENERAL EUSTOQUIO FRÍAS

 

UN SOLDADO INCOMBUSTIBLE, HEROE DE MIL BATALLAS Y DIGNO PATRIOTA HOY OLVIDADO: 16 DE MARZO DE 1891, MUERE EL TENIENTE GENERAL EUSTOQUIO FRÍAS, EL ÚLTIMO SOLDADO DEL GENERAL DON JOSÉ DE SAN MARTÍN

Eustoquio Frías fue el último de los jefes del Ejército de los Andes que vio Buenos Aires.

El presidente Carlos Pellegrini en una oportunidad le pregunto si aún conservaba alguna de sus espadas usadas en las campañas de la independencia, a lo que Frías le contestó:

“No, aunque he cuidado mucho mis armas, porque la Patria era pobre y yo también. El sable que me regaló Necochea en Mendoza, lo rompí en Junín. Ya estaba algo sentido….”

Vivió noventa años, hasta el 16 de marzo de 1891. Sus restos fueron llevados por el Ejército Argentino en una cureña al Cementerio de la Recoleta. En 1931, los Arsenales de Guerra fundieron una urna de bronce y en ella se veneran sus restos, los cuales hoy descansan en el Panteón de las Glorias del Norte.

Era adolescente cuando el ejército español invadió Salta y su padre emigró a Tucumán llevándolo con su familia; momento en que el niño Eustoquio participó ya en la batalla de Tucumán ayudando a los artilleros, alcanzando agua en un balde a las posiciones. Su papá combatió en el batallón de salteños mandado por don Mariano Benítez.

Ya en el año 1816 Eustoquio fue a Mendoza, cuando el General San Martín organizaba la campaña de los Andes para liberar Chile; allí se presentó al coronel Matías Zapiola, jefe del Regimiento de Granaderos a Caballo e incorporándose al Primer Escuadròn antes de cumplir sus 18 años. Actuó en toda la épica campaña Libertadora: en la campaña de Chile y del Perú, a las órdenes de San Martín mereció la medalla que llevó por inscripción “Yo fui del Ejército Libertador”; en la primera y segunda campaña de la Sierra con el Mariscal Arenales se encontró en las batallas de Nazca y de Pasco donde obtuvo el escudo que decía “Yo soy de los vencedores de Pasco”; participó del asalto a las fortalezas del Callao, mandado por el General Las Heras.

Hizo la campaña de Quito con la división auxiliar de ayuda a Bolívar, enviada por el General San Martín y dirigida por el General Santa Cruz, resultando herido en Río Bamba, y recibió el escudo con la leyenda: “El Perú al heroico valor en Río Bamba”. Ya bajo el mando del General Sucre peleó en la gloriosa batalla de Pichincha, haciéndose merecedor de tres medallas de oro y de plata otorgadas por los gobiernos de Colombia, Perú y el Cabildo de Quito.

En la campaña de Ecuador participó en la acción de Chuncuanga, donde nuevamente es herido, y por lo cual recibió otro escudo que decía “La Patria a los vencedores de Chunchanga”. En la célebre batalla de Junín y bajo las órdenes inmediatas del General Necochea combatió heroicamente y recibió otro escudo con la frase: “Gloria a los vencedores de Junín”. Nuevamente resultó herido en la famosa batalla de Ayacucho que puso fin a la lucha emancipadora de Sudamérica, siendo condecorado con una medalla de oro acordada por Bolívar.

Pero la paz no seria el destino de Eustoquio Frías, ni esas las únicas condecoraciones por valor en batalla que recibiría. Tras el fin de la guerra de Independencia no dudó en volver a defender la patria en la guerra contra el Brasil, participando en todas las grandes batallas y distinguiéndose especialmente en las de Ombú e Ituzaingó; siendo luego condecorado por el gobierno de Rivadavia.

Tal era el profesionalìsmo y arrojo demostrado por Frìas en combate, que fue el propio General Sucre quien le dijo: “Si todos los soldados de San Martín son como usted, son invencibles.”

Derrotado Brasil, el ya Teniente Coronel Frías regresó a Buenos Aires, pero en el año 1830, disconforme con la política de El Restaurador Don Juan Manuel de Rosas, pidió su baja alegando razones de salud. En una breve nota autobiográfica Frías cuenta que en una entrevista con Rosas, éste le pidió que no se retirara del ejército, a lo que aquel le contestó: “Si el señor Gobernador me permite que le hable con franqueza le diré los motivos que me obligan a no servir: Primero lo quebrantado de mi salud; segundo la ingratitud de los gobernantes; tercero que pertenezco a un partido contrario a V.E. y mis sentimientos tal vez me obligaran a traicionarle, y para no dar un paso que me degrade suplico a V.E. se digne concederme mi retiro”. Al día siguiente don Juan Manuel de Rosas le otorgó la cédula de retiro por inválido y le dio 500 $, diciéndole: “Cuando Ud. se halle necesitado busque no al Gobernador, sino a Juan Manuel de Rosas”, lo que Frìas agradeció y se retiró, para nunca más volver a verlo.

Opositor al régimen rosista, participó en la campaña de Lavalle contra El Restaurador, tomando parte en todos los grandes combates, pero tomado prisionero después de Quebracho Herrado se lo condujo a Buenos Aires y puesto allí en libertad, logró fugar a Montevideo, uniéndose al General paz en la lucha contra los federales, alistándose luego en las fuerzas de Urquiza, con las que tomó parte en la batalla de Caseros. Luego estuvo con Mitre en la lucha entre Buenos Aires y la Confederación, combatiendo en Cepeda y Pavón.

Pero la paz seguía sin ser el destino de este soldado. Tras la unificación argentina, estuvo otros 11 años como Jefe de la Frontera de Buenos Aires, participando en innumerables combates contra las invasiones de indios.

Ya pasado en años, con su cuerpo remendado en cicatrices de mil batallas, sin más lugar en el pecho donde prender medallas, por fin llegó la paz para este patriota.

El presidente de la Nación Argentina, don Carlos Pellegrini, en un discurso que pronunció al despedir los restos del Teniente General Eustoquio Frías en ese año 1891, con justicia dijo: “Fue siempre leal al deber y al honor y pueden escribirse en su foja de servicios -la más larga en los anales de nuestro Ejército– estas palabras que encierran el ideal de la gloria militar: “Fue un soldado sin mancha y sin tacha.” Fue tan bravo en los combates como modesto en la gloria, y relataba sus hazañas con la sencillez del valiente. Preguntándole un día –recordó Pellegrini en su discurso– si conservaba alguna de sus espadas de la guerra de la Independencia; “No, me dijo, aunque he cuidado mucho mis armas porque la patria era pobre y yo también. El sable que me dio Necochea en Mendoza, para pasar los Andes lo rompí en Junín, estaba algo sentido!” Con razón debía estar sentido el sable del Granadero de Rio Bamba y de Pichincha, pues las heridas de lanza y bayoneta que ostentaba su cuerpo, probaban que el enemigo nunca estuvo lejos del alcance de su brazo.”

Poco antes de fallecer el Teniente General Frías, la comunidad de Buenos Aires, el 9 de Julio de 1890, le rindió un inolvidable tributo, aclamándolo cuando un carruaje descubierto, seguido de una inmensa columna cívica y de estudiantes de los colegios, cubierto de flores que le arrojaban desde todos los balcones, fue desde la Plaza de Mayo frente a las tropas que le rendían homenaje, por la calle Florida hasta el pié de la estatua del General San Martín.

Este soldado de la Independencia, el soldado que más largo servicio prestó a la Patria, que participó en más combates, que jamás se llevo nada para él salvo el grato placer del deber cumplido, un hombre íntegro de intachable conducta, es hoy desconocido para el común general de la sociedad argentina, y hoy ni tan siquiera se lo recuerda como merece. Es un verdadero ejemplo de valor, patriotismo, humildad, integridad moral y hombría de digno reconocimiento para las jóvenes generaciones,  para el Ejército Argentino, y para la entera Nación Argentina.

TENIENTE GENERAL EUSTOQUIO FRÌAS, ¡SALUDO UNO!

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