MACRI Y LA DEMOCRACIA COMO AMENAZA

No tengo mucha paciencia, confieso, con los análisis sicológicos de las figuras ni de los colectivos políticos. Muchas veces se deja ver en ellos la convicción del que lo está haciendo que la suya es la visión lúcida y humana de la realidad, y que los que tienen otra, con otros valores es porque son capitalistas (una neurosis que Freud pasó por alto), sufrieron traumas infantiles o los medios hegemónicos les dieron una falsa conciencia.
No quiero ser injusto: también están los que revelan inseguridades y pulsiones que no son visibles en la superficie. Mis reservas surgen cuando ponerse a explicar cómo es el Otro(s), hace que se deje de lado mirarse a Uno(s) mismo, y, sobre todo, explorar cómo se consigue lo que Uno(s) pretende. Después de todo, la lucha por el poder es racional, y no depende de una inclinación nietzcheana. Una porción de poder es necesaria hasta para conseguir los fines más nobles y altruístas. Y -somos humanos- proporciona recompensas y satisfacciones al ego que la mera riqueza no consigue. Aunque son más efímeras, es cierto.
Dicho todo eso, tengo que explicar porqué voy a subir casi íntegra esta nota de Ernesto Semán, en Panamá. Es porque, además de señalar revelaciones que Macri hace sobre sí mismo y cómo ve al mundo, creo que muestra una constante en la historia argentina, que todavía está muy vigente. Debemos tomarla en cuenta, como agrego al final.
“Dos frases de Macri de los últimos días expusieron el imaginario de un país, de una parte del mismo, que vive su día a día amenazado por el poder potencial de una sociedad democrática a la que pelea por domesticar desde hace un siglo.
La palabra de Macri siempre es barrunto. Indicio de algo que él registra o planea. Su espontaneidad va más allá de lo que le sugiera un publicista. Tiene más que ver con un tipo que, más de lo esperable, es permanentemente hablado por su propia historia. Por más planificada que esté su performance pública, Macri es, sobre todo, un síntoma caminando.
En su entrevista con Luis Majul, reflexionando sobre su descubrimiento tardío de las desigualdades de géneros (o de los problemas que esas desigualdades implican), explicó: “Yo venía de la empresa, en mi época había muy pocas [mujeres]… De golpe llegué a la política y dije ‘¿Qué es esto, hay que trabajar con mujeres, cómo es?’”.
Apenas una semana después, en la intimidad descripta en una nota del diario Perfil, el presidente describió la crisis que enfrentan los empresarios, financistas y millonarios varios de su gobierno acusados de lavado de dinero y otras irregularidades: “Si el que entra a la política debe explicar su vida, con quién se asoció, con quién no, los tipos enloquecen, porque hay instrumentos del mundo de los negocios que usan todos.”
Macri hace dos cosas interesantes que van en contra del imaginario PRO que él mismo encarna con solidez. Una es que, en las dos frases, “la política” es tanto el espacio igualador como aquel en el que las conductas privadas son sujetas a una mayor presión por la transparencia. La política (si eso existe) está llena de minas y es un lugar en el que hay que explicar y rendir cuentas por lo que uno ha hecho. Y la otra es que, al mismo tiempo, Macri hace una pincelada de la actividad económica privada acertada e incisiva. Es un mundo en verticalista y jerárquico, al que las mujeres llegaron tarde y poco, una clase social esencialmente venal en la que la ilegalidad y la duplicidad son reglas implícitas como el abuso sexual dentro de una familia: algo internalizado por los miembros que es imposible de explicar por fuera del grupo sin evidenciar su criminalidad.
Los espejos revierten las miradas y Macri, jefe del poder público y dueño de la política, ve a su otro yo patrimonialista y tradicional, y lo apaña. Macri el empresario se mira en el espejo de Macri el Presidente, y de alguna manera, ayudado por los instrumentos financieros de su grupo, las tradiciones, y la seguridad que la suma del poder provee, se comprende. Macri descubre. “De golpe llegué a la política” dice (la transcripción de la Casa Rosada es benevolente con el Presidente y con la ayuda de su gangoseo de clase eliminó el “de golpe” que se escucha en el video) más de 15 años después de haber empezado. Macri, que vio crecer a su lado el G25 mujeres como uno de los grupos más dinámicos en la construcción del PRO, sabe bien de la existencia de mujeres en el mundo empresarial, pero procesa esas experiencias como imposiciones de la política sobre una dinámica privada refractaria a la igualdad de oportunidades.
La política argentina no es, precisamente, un ágora para hombres y mujeres. El 2015 se ve hoy como un “momento histórico” porque cinco mujeres, apenas cinco, llegaron a ser gobernadoras. Como señalan Mercedes D’Alessandro y Andrés Snitcofsky en Economía Feminista, la presencia y poder de las mujeres en los gobiernos nacional y bonaerense, así como la perspectiva de género de ambos, son un tanto desoladores: dos mujeres en el gabinete de Macri y el 17 % de las secretarías; una mujer en el gabinete de María Eugenia Vidal y sólo el 15 % de sus secretarías. “El poder no derrama”, dicen los autores; sólo se avanza al lado de la expansión de la lógica igualitaria y la disputa contra el poder que no derrama. De golpe, hay que trabajar con mujeres.
Las frases de Macri están armadas tanto de experiencia como de tipos ideales. Pocos saben mejor que él que resulta imposible hacer una separación tan tajante entre el Estado y la política por un lado y la actividad económica privada. No tanto porque el Estado sea aquel viejo reflejo de los intereses de las clases dominantes, sino porque (y esto no es mucho menos viejo) las clases dominantes necesitan del Estado para resolver sus conflictos y contradicciones. Los instrumentos que “usan todos en el mundo de los negocios” son el derivado directo de esa fricción entre dinero y poder político, un roce que produce un espacio gaseoso en el que habitan historias como las del Grupo Macri y en el que empresarios y malandras aprenden no sólo el fraude sino, sobre todo, la construcción permanente de una nueva legalidad.
Pero lo que Macri transpira son décadas de sobremesas, partidos de paddle y vidas íntimas de un enorme grupo que al mismo tiempo que moldeó el país, percibió a la política democrática como una amenaza contra las jerarquías y el libre desarrollo de la vida económica. No sin razón. Esa amenaza no está en el accionar de un grupo político o la presión de un partido, sino que es la forma en la que esos partidos y organizaciones reflejan, con todas sus deformidades, la resistencia que ofrece el tejido social a su desmembramiento y pulverización.
Como bien señala Gabriel Vommaro en su libro sobre el origen de Cambiemos, el grupo de empresarios que se vuelca al PRO decodifica su decisión de saltar a la política como un acto de servicio y un sacrificio individual. Ese salto ocurre como reacción al fracaso de Ricardo López Murphy dentro del gobierno de la Alianza y después de éste en su esfuerzo por ajustar la realidad social a sus reformas económicas. Para ese grupo, “la política” aparece como la manifestación evidente de ese obstáculo que pone la sociedad e impide realizar los ideales modernizadores. El acto de servicio es, entonces, lograr que la política pase de ser un escollo a una oportunidad para la reforma.
Eso también es una derecha moderna y democrática como la que sugiere José Natanson. Democrática no como adjetivo laudatorio sino como descripción del objetivo que se pone por delante. Habitarla, hacerla funcionar luego de desempacar en medio del poder político con todo el bagaje de “la empresa” en la que no hay mujeres y “el mundo de los negocios” en el que no rigen las mismas reglas que para el resto de la sociedad. Argentina, su masa sindical, su sociedad civil irredenta, tiene el reloj atrasado. Macri llegó para modernizar la política y transformar a la amenaza democrática en un obstáculo del pasado. Ir de un lado al otro del espejo sin desvanecerse en el aire”.
La única observación que puedo hacer a esto es que me parece que Semán, como otros brillantes analistas, se fija demasiado en la excepcionalidad del PRO. Es cierto que es un experimento interesante, algo original en la política argentina (aunque la UCEDÉ tenía bastantes de sus características, terminó fagocitada por el peronismo en los años de Menem).
Pero lo que describe aquí Semán es un pensamiento, un dogma, muy común en las clases dirigentes argentinas, o que aspiran a serlo. Están convencidos que hay una racionalidad económica – en este caso, la de esta etapa del capitalismo financiero, donde se han beneficiado. Y que es la ignorancia e impaciencia de las mayorías, que escuchan a demagogos, lo que hasta ahora ha impedido aplicarla. Editaron su memoria. Experimentos anteriores, como el Plan “Moneda sana” de Prebisch, el Plan Pinedo en 1962, el de Krieger Vasena en 1967, las reformas de Martínez de Hoz en 1976, y las de Cavallo en 1991, … no existieron o fueron mal aplicados.
Si el proyecto que hoy encabeza Macri termina en un fracaso, lo “explicarán” de la misma manera. Tienen la misma fe ciega en su ideología -que además es la de sus intereses- como otros sectores, en otro tiempo, creían en la racionalidad indiscutible del socialismo, y cualquier resultado negativo era fruto de errores o traiciones. Eso sí, ese fracaso, si se produce, va a crear una oportunidad, como pasó en esos casos anteriores, para ensayar nuevos caminos. Es importante pensarlos cuidadosamente, porque por algo en 2015 tuvo su oportunidad el proyecto en marcha.

por Abel Baldomero Fernández.

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